En busca de nuevos modelos de cuidados

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Hay que poner cuidado al hablar de los cuidados. Es un asunto delicado, que está provocando mucho sufrimiento a muchas personas que necesitan cuidados o que los proporcionan. Es, probablemente, una de las cuatro o cinco heridas principales de nuestra sociedad. No podemos hablar descuidadamente de los cuidados y, seguramente, para hablar cuidadosamente de los cuidados, nuestra mirada ha de ser necesariamente feminista e interseccional. Feminista porque, como nos ha mostrado y muestra el feminismo, es tremendo el sesgo de género en el reparto de ese sufrimiento del que hablábamos. Interseccional porque ese sesgo de género se imbrica con otros relacionados, por ejemplo, con la edad, la capacidad o el origen, en un contexto de graves desigualdades en el acceso al ejercicio de derechos de las personas. Además, es posible que la crisis de los cuidados y las cadenas globales de cuidados sean señales de un futuro colapso relacional.

Para hablar con cuidado de los cuidados y de su abordaje desde las políticas públicas, ciertamente, necesitamos operativizar el concepto de cuidados. Para eso nos resulta útil referirnos a las Actividades de la Vida Diaria (básicas, instrumentales y avanzadas) y comprender que, en la mayor parte de las personas y de los momentos de la vida, el cuidado es autocuidado, porque para cuidar, en principio y en general, no hay que tener ninguna cualificación especial. Los cuidados complementan la capacidad funcional de la persona que los recibe y, bien realizados, tienen una dimensión habilitadora, una dimensión relacional y, en definitiva, una dimensión humanizadora.

Identificamos, telegráficamente, algunos nudos o disyuntivas para la política pública sobre cuidados:

  1. ¿Abordamos los cuidados todos juntos o por partes (separando, por ejemplo, el cuidado de las criaturas de los cuidados de larga duración)?
  2. ¿Cuánto viene condicionada la política sobre cuidados por la política de vivienda y urbanismo?
  3. ¿En qué medida y cuándo ofrecer servicios, dinero o tiempo liberado?
  4. ¿Cabe una Intervención poblacional (comunitaria) al respecto de los cuidados?
  5. ¿Utilizamos los principales dispositivos existentes (dinero compensatorio, servicios educativos, servicios sociales) u otros dispositivos menos utilizados (cheques-servicio, desarrollo comunitario, tecnología u otros)?
  6. ¿Cuál es el lugar y la articulación de la prescripción facultativa en los cuidados?
  7. ¿En qué medida ofrecer sólo cuidados y en qué medida ofrecer a la vez otros apoyos o intervenciones (por ejemplo, rehabilitación o asesoramiento a las personas cuidadoras)?
  8. ¿Cuál es el lugar del servicio doméstico en la política sobre cuidados?
  9. ¿Cómo formulamos el derecho al cuidado? ¿Únicamente en referencia a la autonomía o capacidad funcional de la persona o teniendo en cuenta también si dispone de apoyos primarios.
  10. ¿Cuáles serían, junto a los cuidados, los componentes de un nuevo contrato social intergeneracional? ¿Fiscalidad sobre la herencia? ¿Otros impuestos? ¿Dependencia como contingencia cubierta por la Seguridad Social contributiva?

Sobre estas y otras cuestiones hablaremos hoy, 16 de marzo de 2021, a partir de las 16 horas en el congreso de la Red Española de Política Social en la Universidad de Deusto (Bilbao) y a través de Internet (siendo posible la presencia de público en la universidad y el acceso libre a través de youtube).

Mi REPS (agradecimiento personal a una comunidad de pensamiento, afectos y acción)

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Es inevitable que cada miembro de una organización recuerde y reconozca una parte de su historia colectiva, hasta cierto punto, diferente de la que rescatan y proyectan otras personas partícipes de esa misma trayectoria compartida. Por eso me atrevo aquí hoy a hablar en primera persona del singular, con alegría, gratitud e ilusión, de “mi” Red Española de Política Social. También con un poco de orgullo, es verdad.

Y comenzaré diciendo que conservo un correo electrónico enviado por Luis Moreno a Ana Marta Guillén el 30 de julio de 2008 a las 14:37 horas, proponiendo la constitución de la rama española de ESPAnet. En copia aparecemos una treintena de personas y, entre otras, Manuel Aguilar, José Adelantado, Ana Arriba, Luis Ayala, Demetrio Casado, Eloisa del Pino, Manuel Pérez Yruela, Maite Montagut, Gregorio Rodríguez Cabrero, Margarita Leon, Luis Sanzo, Begoña Pérez Eransus o Joan Subirats. Un mensaje posterior, de 28 de noviembre, firmado por Ana Guillén, Luis Moreno y Miguel Laparra, y dirigido ya a más de 100 personas, representa el banderazo de salida de nuestra Red.

Releo esa lista de nombres y pienso aquello de “¿qué hace un chico como tú en un sitio como éste?”. Fundamentalmente, porque la mayoría de esas personas son profesorado universitario. No siendo parte de la tribu académica, en la REPS, sin embargo, siempre me he sentido acogido, reconocido e impulsado. Seguramente porque las académicas y académicos de la REPS y ESPAnet tienen especial interés en lo que pasa fuera de los muros de sus facultades.

Y empezaron los congresos: Oviedo, Madrid, Pamplona, Alcalá de Henares, Barcelona, Sevilla y Zaragoza. Y la fortuna del encuentro con personas como José Antonio Noguera, Alessandro Gentile, Lucía Martínez Virto, Pau Mari-Klose, Germán Jaraíz, María José Aguilar, Miguel Ángel Manzano, Raquel Buján, Emmanuele Pavolini, María Silvestre, Xabier Aierdi, Bea Cantillon, Ricard Gomà, Joseba Zalakain, Tine Rostgaard, Quim Brugué, Sara Moreno, Víctor Renes y muchas otras, que no menciono aquí para no alargar excesivamente esta entrada.

La REPS, durante estos años, ha venido estudiando las políticas sociales, ha constituido un espacio amigable de conversación y debate sobre ellas y ha tenido y sigue teniendo influencia sobre el diseño y la implementación de las políticas públicas de bienestar realmente existentes. Para mí ha sido y sigue siendo un ámbito amable, interesante y estimulante para el análisis y la construcción de unas mejores políticas sociales. En definitiva, de una sociedad mejor.

Y hoy comienza en Bilbao el octavo congreso de la Red Española de Política Social. La pandemia lo hace distinto y, a la vez, más necesario que nunca, para alumbrar el futuro. Por ello estoy seguro de que, con mascarillas y videoconferencias de por medio, nuestra comunidad de práctica, conocimiento e innovación volverá a encontrarse con muchas ganas y a conjurarse de nuevo, como dice el lema elegido, por unas políticas sociales que sirvan para cuidar la vida, garantizar la inclusión y convivir en diversidad.

¿Canguros para la conciliación o baterías para coches eléctricos? (Cañones o mantequilla)

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Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía en 1970 (en la foto), planteaba en sus manuales una situación hipotética en la que un país tenía dos productos (cañones y mantequilla, utilizando una disyuntiva anteriormente planteada) y se veía en la tesitura de decidir cuánto de cada uno de ellos producir. La referencia a los cañones y la mantequilla se ha utilizado repetidamente para explicar que la economía es la ciencia que nace a partir de la existencia de recursos limitados susceptibles de usos alternativos y específicamente para referirse al concepto (estudiado anteriormente por David Ricardo) de coste de oportunidad, es decir, de lo que perdemos o dejamos de ganar por tomar un determinado curso de acción en lugar de otro.

La necesidad de optar entre cañones y mantequilla se ha utilizado frecuentemente para ilustrar opciones de política pública, por ejemplo, entre gasto militar y gasto social o, en el caso de la pandemia, entre política sanitaria y política industrial, por ejemplo. La prensa de estos días, sin embargo, nos pone encima de la mesa dos ejemplos de utilización de recursos públicos y de decisiones políticas que quizá nos muestran que nuestros gobiernos tienen ante sí mucha más variedad de opciones que los del siglo pasado. Y cursos de acción quizá más diversos y extremos.

Así, el Ministerio de Igualdad del Gobierno de España ha anunciado la financiación pública para canguros profesionales que atiendan a criaturas, con la finalidad declarada de que sus madres y padres puedan conciliar mejor (y, deseablemente, con mayor corresponsabilidad entre mujeres y hombres) sus responsabilidades familiares con las laborales y otras que puedan tener. Al mismo tiempo, el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo ha comunicado que va a crear un consorcio público-privado con empresas eléctricas y automovilísticas para fabricar baterías para coches eléctricos, en una iniciativa que se considera estratégica para que España pueda retener e incrementar producción y empleo en el contexto del cambio tecnológico en el que está inmersa la industria del automóvil.

Lógicamente, si los poderes públicos decidieran ahora en España contratar más médicas, maestros o juezas o tender kilómetros de carreteras o vías férreas, estaría bastante claro qué organizaciones públicas incorporarían o canalizarían los recursos correspondientes. Sin embargo, cuando el Estado se adentra en el territorio más ignoto, por ejemplo, de los canguros o las baterías, eso no está tan claro. ¿Qué instrumentos jurídicos, mediaciones organizativas y anclajes institucionales se utilizarán para que el Estado logre la contratación de canguros o la fabricación de baterías? Todavía es una incógnita.

Los poderes públicos están obligados a emprender, innovar y a experimentar; deben “pensar fuera de la caja” y “salir de su zona de confort”; y deben esforzarse en saber y en comunicar cuándo sus iniciativas son coyunturales, cuándo son experimentales y cuándo buscan generar y estabilizar estructuras estables y sostenibles. El papel del Estado en la satisfacción de las distintas necesidades de las personas es un contenido fundamental del contrato social, que consiste en una claridad que nos permita a las ciudadanas y ciudadanos saber qué derechos tenemos y qué aportación se espera de nosotras. En determinados momentos y ámbitos es el propio Estado el que tiene que arremangarse y hacer. En otros, le corresponden otros papeles no menos relevantes (como, por ejemplo, regular, incentivar, financiar o controlar). Ojalá acertemos con los canguros, las baterías y todo lo demás.

¿Qué (nos) está cambiando? (Reflexiones pandémicas)

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Una de las consecuencias de esta experiencia pandémica es una cierta alteración (diferentes tipos de alteraciones) de la relación entre las diversas personas y algunos de los dispositivos mediante los cuales funcionamos en la sociedad y obtenemos (de forma más directa o indirecta) satisfacción para nuestras necesidades. Se utiliza aquí la palabra dispositivo en un sentido amplio: desde las gafas sin las cuales no podría estar escribiendo este texto hasta la Seguridad Social a la que cotizo todos los meses; desde este ordenador conectado a Internet que tengo ante mí hasta la calle que pisaré cuando salga de casa dentro de un rato.

Esos dispositivos o mediaciones lo son para la relación de las personas con el medio físico y con otros seres humanos. En esas relaciones mediadas, las personas dependemos del medio y lo construimos, utilizamos los dispositivos y somos manipulados y transformados por esos dispositivos y medios. Esto, por cierto, ocurre en unas coordenadas espaciales y temporales. En el año pandémico hemos visto cambiar nuestro ritmo de vida porque hay procesos que se han vuelto más costosos en tiempo y otros que se han facilitado y parecemos oscilar entre la aceleración inducida y la pausa impuesta. Nuestro desenvolvimiento por el espacio se ha visto también notablemente alterado, frecuentemente condicionado o prohibido.

Parece que hay procesos que han tendido a digitalizarse más intensamente. Por ejemplo, los cobros y pagos, es decir, el uso del dinero. Y la digitalización de los flujos financieros puede llegar a modificar en forma importante la propia naturaleza del dinero como regulador de la vida económica y social. Pensemos en las amenazas y oportunidades que la digitalización de todas las transacciones monetarias aporta para la obstaculización o agilización de los pagos de las prestaciones y ayudas que recibimos cuando las personas o las empresas nos encontramos en situaciones de vulnerabilidad económica.

Otras relaciones, en cambio, han revelado con más fuerza su necesaria dimensión corporal y material. El hecho de que el virus haya afectado a nuestros cuerpos nos ha hecho más conscientes de que necesitamos cuidados que requieren proximidad física y las medidas restrictivas de dicha proximidad en las relaciones sociales nos hacen añorar, por ejemplo, la espontaneidad de los encuentros urbanos imprevistos, la común utilización del espacio público cotidiano o los abrazos como forma de expresión de la alegría y el afecto. Está por valorar el alcance del impacto emocional y existencial de esta situación.

El colapso pandémico y su alargamiento con perspectivas inciertas es un colosal experimento social y humano. Sin ninguna duda está afectando a las relaciones económicas, sociales y políticas y a la configuración de sujetos colectivos que actúan en la esfera pública. Sujetos colectivos que están viendo regulado de formas inéditas el ejercicio de libertades y derechos fundamentales para la vida política y social o que son más segmentados, fragmentados y recombinados por el poder de los algoritmos en las redes digitalizadas de comunicación, al que están más sometidos.

Cabe decir, además, que no sabemos hasta qué punto pueden llegar a afectar estos procesos a nuestra propia configuración y sostenibilidad como seres humanos, al alterar notablemente formatos espaciotemporales de relación de las personas con sus entornos físicos y humanos. El humano es un ser forjado en el cuidado en proximidad física y en la conquista de la autonomía mediante el dominio del medio natural con diferentes herramientas. En este contexto, nos preguntamos quizá con más fuerza dónde termina la persona y dónde comienza la tecnología, dónde termina la libertad individual y dónde comienza el poder del algoritmo, dónde termina el “nosotras” y dónde comienzan “los otros”, dónde termina la soberanía colectiva y dónde comienza la regulación y cuándo ésta es legítima o ilegítima.

Preguntas abiertas, reflexiones pandémicas.

(La imagen pertenece a la película “2001: una odisea del espacio”, de Stanley Kubrick.)

Atención comunitaria integrada: un sueño al alcance de la mano

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Desde el 11 de marzo de 2020 no he vuelto a Barcelona y quizá por eso el jueves soñé que me había trasladado a vivir allá.

En el sueño, mi barrio ha sido escogido para una experiencia piloto de atención comunitaria integrada, en el marco del Plan Estratégico de Servicios Sociales de Catalunya y, en este caso, impulsado por un convenio de colaboración firmado por tres amigas: Meritxell Benedí (Generalitat de Catalunya), Lluïsa Moret (Diputación de Barcelona) y Laura Pérez (Ayuntamiento de Barcelona). Desconozco si el hecho de que sean, respectivamente, de Esquerra Republicana de Catalunya, el Partit dels Socialistes de Catalunya y En Comú Podem tiene algún significado en mi sueño.

Lógicamente, el pilotaje de una atención integrada de carácter comunitario en mi barrio soñado requiere de una gobernanza estratégica, de un equipo directivo que ordene los procesos y deshaga los nudos. En mi sueño, partiendo de la experiencia del Pla interdepartamental d’atenció i interacció social i sanitària, en esa gobernanza están Albert Ledesma y Joan Carles Contel, así como Dolors Colom, representando la mirada del trabajo social sanitario, y Núria Fustier, la de la planificación y programación.

En este sueño no hago más que tirar de amigas y amigos por todas partes. Sigamos.

En mi sueño, el barrio cuenta con potentes procesos de acción comunitaria o desarrollo comunitario que, desde equipamientos y equipos públicos, impulsan las redes vecinales de cuidados y ayuda mutua, la mediación y la convivencia, el asociacionismo y el voluntariado, la participación ciudadana y la economía circular, de proximidad y solidaria. En esas labores andan Oscar Rebollo (Ayuntamiento), Marta Solé (Diputación) y Marta Ballester (desde el cooperativismo, la universidad y la oficina técnica de apoyo a los Planes locales de acción comunitaria e inclusiva).

Otro amigo, Javier Burón (gerente de Vivienda del Ayuntamiento de Barcelona), promueve en el barrio la diversificación de formatos de alojamiento mediante la colaboración público-comunitaria, las cooperativas con cesión de uso o las viviendas colaborativas, lo que facilita que las personas del barrio, sin irnos a vivir fuera, podamos encontrar, en nuestros diferentes momentos y situaciones vitales, la vivienda que mejor se ajuste a nuestras necesidades y capacidades.

Otro equipo tripartito de gente querida (con Anna Rufí, Miguel Ángel Manzano y Marta Fabá) es el encargado, en mi sueño, de dotar al proyecto y a los diferentes servicios de herramientas digitalizadas para la localización proactiva, el diagnóstico, la estratificación, el cribado, el seguimiento y, en definitiva, la gestión compartida de la información acerca de las personas que vivimos en el barrio y nuestros itinerarios de atención.

En el sueño, mi médica de atención primaria es Aina Perelló, experta en mapeo de activos de salud, fan de los paseos saludables, dinamizadora de diversos foros y comunidades y buena conocedora de los protocolos de atención integrada para diferentes perfiles de personas. Como lo es el coordinador de mi centro de servicios sociales de referencia, Xabier Ballesteros, quien anima la Colla Cuidadora y otros proyectos en cuya supervisión y mejora trabaja Clàudia Manyà, educadora social y consultora.

LluÍs Torrens (desde el Ayuntamiento) y Mar Mestre (desde la cooperativa que gestiona el servicio) impulsan en mi sueño la experiencia de las supermanzanas sociales en lo relacionado con servicios sociales domiciliarios y también innovaciones tecnológicas como el programa Vincles o el uso de robots para algunos cuidados. A su vez, Ester Sarquella es la encargada de todo lo que tiene que ver con la teleasistencia avanzada y su sofisticada cacharrería para el domicilio o llevable, uso de la inteligencia artificial y gran capacidad de detección, anticipación y conexión.

Esther Limón, médica familiar y comunitaria, aporta la mirada del ciclo de vida, con programas que van desde la atención temprana integrada (para criaturas en sus primeros años de vida) hasta las comunidades compasivas y los cuidados paliativos integrados y domiciliarios. Ariadna Manent, Carles Campuzano y Toni Codina tienen la misión de apoyar a las organizaciones del tercer sector en el proceso de seguirse enredando y enraizando cada vez más en el territorio y la proximidad. Elisa Sala coordina el programa Radars y otras iniciativas de prevención de la soledad, en su mayoría de organizaciones del tercer sector.

(Me voy acercando al “millón de amigos” de Roberto Carlos. Se me acaba el espacio. Sigo.)

Manuel Aguilar es un sabio asesor para toda esta movida, un buen árbitro para evaluar el proyecto. Por último, aparecen en mi sueño Andrea Barbiero, dedicada al manejo de las grandes cantidades de datos que se producen en este proyecto y Jésica de Armas, incorporando los métodos cuantitativos, modelos matemáticos y algoritmos avanzados para una atención centrada en la persona. (A ellas dos debo la reciente invitación que me puso a soñar, por cierto.)

Todo lo que se cuenta en este sueño ficticio es muy real o muy cercano a la realidad, aunque más disperso en diferentes lugares y momentos. Todo existe: mi privilegio de contar con la amistad de estas personas y, lo que es mucho más importante, las iniciativas o programas que se citan junto a sus nombres, que me he tomado la libertad de utilizar y poner juntas en un mismo barrio. Lo he hecho porque, al construir este sueño con materiales tan reales (y siendo consciente de que podrían citarse muchas otras personas y experiencias), la atención comunitaria integrada se me ha aparecido como una de esas #UtopíasPosibles.

Nuestros servicios sociales tras un año de pandemia

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La pandemia de la covid y las medidas tomadas frente a ella están suponiendo una enorme prueba de esfuerzo para muchos de los sistemas o dispositivos de nuestras sociedades y cabe suponer que dichos mecanismos o artefactos sociales se están viendo afectados y lo están haciendo, en buena medida, en función de su naturaleza o estructura previas.

Por ejemplo, los sistemas públicos de salud, posiblemente, están recibiendo todavía un mayor caudal de apoyo en cuanto a su universalidad (porque “no te puedes permitir pagar cuarenta días de UCI de tu bolsillo”) y han hecho realidad, como nunca, el lema “salud en todas las políticas”, en la medida en que ha habido y hay buenas razones para que otros subsistemas o ramas (como el transporte, la hostelería o la cultura, por citar tres) subordinen su actividad a la finalidad del sistema sanitario, al menos temporalmente. A la vez, seguramente, se ha acentuado la dependencia de la sanidad pública respecto de las mercantiles farmacéuticas para lo relacionado con la investigación, desarrollo e innovación en salud (de cuya importancia no podemos dudar).

Por poner otro ejemplo, en los sistemas de telecomunicaciones , posiblemente, se han reforzado aún más el poder de las grandes corporaciones privadas multinacionales, la digitalización de los procesos y el modelo de negocio apoyado en la comercialización de los datos que de forma voluntaria o involuntaria entregamos como usuarias, en la escalabilidad de las actividades productivas y en la integración vertical y horizontal para alcanzar una posición dominante en el sector correspondiente.

Los servicios sociales, por su parte, parecen haber visto acrecentado su funcionamiento e identidad como última red de asistencia o protección sin contenido específico, a la que sólo cabe acudir cuando todos los demás resortes o soportes han fallado. Una red a la que, literalmente, se puede recurrir casi para cualquier cosa (alimentos, dinero para pagar la luz, fármacos, cuidados, alojamiento, relaciones, servicio doméstico, ropa, orientación laboral y así sucesivamente) pero sólo si demuestras que no tienes otra forma de obtenerla. Diríamos que se ha reforzado su condición de servicios residuales para emergencias no cubiertas (a veces emergencias cronificadas, vale decir).

Por eso, quizá, es cada vez más difícil identificar el pretendido valor añadido técnico o contenido prestacional específico y propio de los servicios sociales, en detrimento de unas cada vez más omnipresentes, inadecuadas e ineficientes funciones administrativas o de gestión. Obviamente, en ese océano de gestión residual y en esa mezcla de actividades hay islas en las que cabe identificar cuidados, apoyos e intervenciones de mayor valor añadido que podrían, hipotéticamente, universalizarse, articularse y llenar de contenido un sistema o rama con un cometido diferenciado, pero se diría que esas islas son más pequeñas y están más aisladas que hace un año: ha subido el nivel del mar de la gestión generalista de la emergencia aguda o cronificada, de una emergencia, muchas veces, generada estructural y deliberadamente.

Se debe reconocer el esfuerzo, el sacrificio y, en ocasiones, el heroísmo de tantas trabajadoras y trabajadores de los servicios sociales, desde las oficinas de proximidad y la atención domiciliaria hasta los diferentes tipos de centros residenciales. Trabajadoras y trabajadores que han hecho realidad la máxima de poner en el centro la vida (directamente, la supervivencia) de las ciudadanas y ciudadanos. Es más, en muchas ocasiones, el personal de los servicios sociales ha sido capaz de, además de garantizar eficazmente la supervivencia de las personas usuarias, atender con cuidado a sus situaciones y necesidades emocionales y relacionales, promoviendo su autonomía y autodeterminación.

En términos generales y estructurales, sin embargo, hemos de reconocer que los servicios sociales, en la comunidad y en las residencias, están más lejos que hace un año de poder ser reconocidos, reclamados o estructurados como esa rama de servicios profesionales, técnicos, asistenciales, personalizados, humanizadores, comunitarios, preventivos y universales que en teoría decimos que deben ser. El asistencialismo (dedicarse a hacer peor que otros lo que otros debieran hacer) ha ganado terreno.

Recordando la fábula de la rana y el escorpión es como si, habiéndose preguntado a nuestros servicios sociales por qué se han comportado de manera asistencialista en la pandemia, éstos respondieran: lo siento, está en mi naturaleza.

Estrategias para la innovación en servicios sociales

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La fragmentación del ecosistema de agentes, de la (deseable) comunidad de conocimiento para los servicios sociales es una separación del conocimiento en función de los colectivos poblacionales en los que tradicionalmente (y, en buena medida, actualmente) se ha estructurado la atención de los servicios sociales, especialmente en las organizaciones del tercer sector y las privadas. Pero también es una incomunicación entre las áreas de conocimiento en las que se forman las profesionales que trabajan en los servicios sociales: entre las grandes disciplinas presentes en la universidad (trabajo social, educación social y psicología), entre la formación universitaria y la formación que se obtiene en otras instituciones; entre las comunidades (colegios) profesionales, entre las asociaciones científicas y así sucesivamente.

Frente a los agentes que tienen incentivos o inercias para mantener la fragmentación, es débil la acción de agentes que, como determinados Departamentos (o partes) de instituciones públicas, ciertas organizaciones dedicadas al conocimiento (observatorios, centros de estudios, consultoras o divulgadoras) u otras, sí toman el conjunto del ámbito de los servicios sociales como referencia. Además, aquí se produce el problema de la ambigüedad o confusión en cuanto al perímetro de actividad que se identifica (a veces más amplio, a veces más restringido, a veces sesgado, por la polisemia de la palabra “social”) y también las confusiones o ambigüedades en lo que tiene que ver con la distinción y conexión entre el conocimiento sobre la cadena básica de valor o actividad operativa (intervención social), sobre la gestión y sobre el gobierno (y las disciplinas correspondientes).

En este contexto, algunas propuestas estratégicas para avanzar podrían ser:

  1. Potenciar en las personas con responsabilidad política en materia de servicios sociales la conciencia de la necesaria reconversión tecnológica con base científica de los servicios sociales.
  2. Priorizar la investigación, diagnóstico, estratificación y evaluación que ayude a identificar las necesidades, recursos, capacidades y efectos que corresponden al objeto específico de los servicios sociales (no cabe integración horizontal si previamente no hay identidad como rama).
  3. Apoyar la innovación tecnológica y social que permita visualizar y visibilizar los servicios sociales como rama, su impacto preventivo y su integración horizontal con otros ámbitos de actividad (singularmente vivienda-urbanismo y salud) en la comunidad y el territorio.
  4. Favorecer los espacios de encuentro y colaboración entre referentes y productoras de conocimiento de las distintas disciplinas o profesiones y colectivos poblacionales.
  5. Impulsar dinámicas tripartitas en las que participen proveedoras, instituciones políticas y agentes especializados en conocimiento.
  6. Conectar las dinámicas locales de investigación, desarrollo e innovación en servicios sociales con las dinámicas internacionales generales de ciencia y tecnología desde apuestas de país.

(Fragmento adaptado de un artículo recientemente publicado en la Revista de Treball Social, que puede descargarse completo aquí.)

Escenarios de futuro en cuidados de larga duración

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Un modelo de cuidados de larga duración es una combinación de elementos como:

  • un modelo de atención (contenidos y características de los servicios y prestaciones que reciben las personas),
  • un modelo de prescripción (quién decide que se atienda o intervenga),
  • un modelo de gestión (quien contrata a las personas que cuidan) y
  • un modelo de financiación (todo esto quién lo paga).

Identificamos tres tipos ideales a los que podría parecerse nuestro futuro en materia de cuidados de larga duración:

1. En el modelo corporativo pesarían más los intereses de los principales colectivos organizados que participan en los cuidados de larga duración y, fundamentalmente, los de las grandes y medianas empresas proveedoras (con o sin ánimo de lucro) y los de las trabajadoras y trabajadores de menor cualificación y más numerosos organizados en sindicatos.

Se trataría, básicamente, de una continuidad o profundización natural del modelo actual: servicios básicamente reactivos de bajo valor (tecnológico, económico y social) añadido para públicos relativamente cautivos y desempoderados. Los servicios sociales se podrían ver aquí como un negocio complementario de otros (como el inmobiliario).

2. En el modelo consumerista los poderes y administraciones públicas se desembarazarían de la provisión (directa o indirecta) de servicios y se configurarían como aseguradoras que dan un dinero (pago directo, cheque-servicio o presupuesto personal) a cada persona en función de unos requisitos más o menos objetivos y luego las personas y familias se buscan la vida en los mercados de los diferentes servicios o apoyos.

Es un modelo atractivo para las responsables políticas y otros agentes que perciben los inconvenientes del actual modelo mixto que, dicho coloquialmente, no es ni carne (gestión pública directa, como en la sanidad) ni pescado (toma el dinero y corre, como en las pensiones). Por otra parte, es una reivindicación histórica de movimientos de personas con discapacidad física u otros sectores.

3. El modelo comunitario sería el que, en teoría, defiende la mayor parte de comunidad de conocimiento y de los movimientos organizados de personas profesionales y de la ciudadanía usuaria de los servicios. Se basaría en un modelo de atención preventivo y poblacional, así como en la innovación tecnológica, social y política para la sostenibilidad de la vida en el territorio.

Este modelo sólo parece factible con una (improbable) apuesta política significativa por el fortalecimiento técnico y organizativo de la atención primaria del sistema público de servicios sociales (que genere capacidad y legitimidad para la prescripción facultativa) en un marco de integración intersectorial de la atención entre las diferentes ramas del sistema de bienestar con terminales territorializadas (como salud, servicios sociales, empleo, garantía de ingresos o vivienda, entre otras).

Lógicamente, cabe imaginar diferentes mezclas entre estos escenarios.

(Notas en el marco de un trabajo con el grupo cooperativo Servicios Sociales Integrados.)

Loneliness and public policies

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For anyone interested in public policies and pro-welfare interventions in our environment, the emergence in the last years of the issue of loneliness as an object of concern, study and action cannot fail to be striking. The incorporation of the word “loneliness” to the name of a Ministry in the United Kingdom, in 2018, as a result of a report on the subject, which had been initially promoted by the murdered Labour MP (Member of Parliament) Jo Cox in 2016, can be seen as the fact that symbolizes these years of strong growth in interest about loneliness.

Logically, it should be understood that this outbreak of which we speak, although it may be related to conjunctural phenomena such as those mentioned, responds to more structural trends of social change, such as: increased longevity; transformations in family and community structures and dynamics; globalization and urbanization processes; the increase in economic inequality, job insecurity and residential segregation in our societies; or the diversification and individualization of people’s habits and values. On the other hand, the covid pandemic and several of the measures taken to deal with it (such as the use of masks, home confinements, restriction of activities and relationships, or increased physical interpersonal distance) clearly affect the relationships between people and, specifically, can influence the generation or accentuation of situations of loneliness.

A structural and integrated vision of public policy in the face of loneliness moves away from the interested and decontextualized use of the theme of loneliness as political entertainment to distract citizens and agents who work for well-being. Furthermore, a strategy or public policy against loneliness must be able to incorporate and promote activities and structures not explicitly referenced to loneliness. Although it is easy to explain how a palliative individual care program fits and functions for people in a recognized situation of loneliness, they will surely have a greater strategic impact in the medium term, in loneliness, transformative initiatives (from the public authority and the professional specialization) of urban and housing infrastructures or of the activities and participation opportunities that occur in the daily life of the communities and territories.

Bakardadeari eta isolamendu sozialari aurrea hartzea eta heltzea

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Bakardadea eta isolamendu soziala prebenitzea, arintzea edo lehengoratzea helburu sozial handia da, osasuna edo etxebizitza bezalako behar edo ondasun handiekin zerikusia dutenak bezala. Bakardadearen eta isolamenduaren gaitza banaka eta subjektiboki jasaten dela onartu beharko dugu, baina, ezinbestean, bere dimentsio kolektiboan eta estrukturalean aztertu eta jorratu beharko da. Literaturan bakardade terminoa nahiago izaten da bizipen subjektiborako eta isolamendu soziala gertaera objektiborako. Hizpide ditugun ondasun handi guztiak (osasuna, enplegua edo segurtasuna, adibidez) egitura objektiboak eta subjektibitate indibidualak gurutzatzean gozatzen dira.

Gure ongizate-estatuan bakardadearen eta isolamendu sozialaren erreferentzia gisa jarduera-adar bat edo politika sektorial bat aukeratu beharko balitz, gizarte-zerbitzuena izan liteke, nahiz eta funtsezkoa izan etxebizitza- eta hirigintza-politiken edo osasun-politiken ekarpena, besteak beste, politika publikoen integrazio horizontaleko (sektore artekoa) eta bertikaleko (maila anitzekoa) dinamika batean. Dena den, hori gizarte-zerbitzuen etorkizuneko erronka da, gure inguruko egungo errealitatea baino gehiago. Nolanahi ere, gizarte-zerbitzuek edo beste batzuek isolamendu eta bakardadea prebenitzeko eta jorratzeko erronka beren gain hartzen badute, zalantza gutxi dago teknologia digitalak funtsezkoak izango direla, pertsonen arteko topaketa errazteko eta indartzeko teknologiak, eta ez giza harremanen ordezko edo oztopo gisa.

Bakardadearen eta gizarte-isolamenduaren aurkako politika publikoaren ikuspegi estruktural eta integratu hori urrundu egiten da gaia modu interesatuan eta testuingurutik kanpo erabiltzetik, herritarrak eta ongizatearen alde lan egiten duten eragileak distraitzeko asmoz. Gainera, bakardadearen eta gizarte-isolamenduaren aurkako estrategia edo politika publiko batek gai izan behar du gai horri buruz esplizituki aipatzen ez diren jarduerak eta egiturak txertatzeko eta bultzatzeko. Bakar-bakarrik sentitu nahi ez duten pertsonentzako banakako arreta-programa aringarri bat nola egokitzen eta funtzionatzen duen azaltzea erraza bada ere, ziurrenik eragin estrategiko handiagoa izango dute, epe ertainean, isolamendu soziala eta bakardadean, hirigintza- eta bizitegi-azpiegituren edo komunitateetako eta lurraldeetako eguneroko bizitzan izaten diren ekimen eraldatzaileak.

ANDERSON, Zoe eta beste batzuk (2019): Bringing people together: how community action can tackle loneliness and social isolation. London, Community Fund.

ARARTEKO (2020): La soledad no buscada. Modelos de políticas públicas y compromiso de la ciudadanía. Vitoria-Gasteiz.

KOPLING, Kate (2020): Promising approaches revisited: effective action on loneliness in later life. London, Campaign to End Loneliness.

SALAS, Elisa (2020): La soletat no desitjada durant la vellesa, un fenomen social. Barcelona, Taula del Tercer Sector.

SANCHO, Mayte (koordinazioa) (2020): Bakardadeak: explorando soledades entre las personas que envejecen en Gipuzkoa. Donostia, Fundación Matia.

VIDAL, Fernando y HALTY, Amaia (2020): “La soledad del siglo XXI” en BLANCO, Agustín y otras (coordinación): Informe España 2020. Madrid, Universidad Pontificia de Comillas, páginas 90-167.

YANGUAS, Javier (zuzendaritza) (2020): El reto de la soledad de las personas mayores. Barcelona, Fundación “la Caixa”.

(Adinberri Fundazioarekin landutako gaiak.)