“Servicios sociales especializados en exclusión social” es un oxímoron

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Según el Diccionario de la Real Academia, un oxímoron es una combinación de dos expresiones de significado opuesto, por ejemplo “silencio atronador”. Pues bien, esta entrada intentará explicar por qué cabe entender que los servicios sociales (u otros), si son especializados, no pueden serlo en relación con la exclusión (o inclusión) social y que la contribución de los servicios sociales (como la de otros servicios) a la inclusión social (a prevenir, paliar o revertir procesos de exclusión social) no corresponde a una parte especializada de los servicios sociales sino, necesariamente, a todos ellos.

Veamos. En el ámbito de las ciencias sociales y de las políticas de bienestar se ha alcanzado un notable consenso a la hora de definir la exclusión social como un proceso complejo en virtud del cual las personas se van viendo privadas del ejercicio de una serie de derechos de ciudadanía (fundamentalmente de los derechos llamados sociales). Dicho de otro modo, se entiende que el ejercicio de los derechos sociales protege frente a la exclusión social o contribuye a la inclusión social. Contar con dinero para subsistir, disponer de alojamiento, tener un empleo, formar parte de una familia o comunidad, atesorar conocimientos o gozar de una adecuada cobertura sanitaria son, entre otros, factores protectores que hacen más improbable que lleguemos a encontrarnos en una situación de exclusión social.

Los servicios sociales constituyen, por tanto, uno de los pilares de nuestro sistema de bienestar, uno de los fundamentos de los procesos y situaciones de inclusión social, una de las herramientas para prevenir, paliar y revertir procesos y situaciones de exclusión social. Como lo son los servicios educativos o los de salud, o las políticas de empleo, de vivienda o de garantía de ingresos. Lógicamente, en función de los  riesgos e itinerarios de exclusión social de cada persona, serán unos dispositivos u otros los más llamados a actuar para favorecer la inclusión social de esa persona.

¿Y a qué nos referimos cuando hablamos de especialización? Por ejemplo, cuando hablamos de servicios sociales especializados para niñas y niños que no cuentan con un entorno familiar adecuado estamos indicando que, a la hora de aportar los cuidados, apoyos o intervenciones propias de los servicios sociales a esas criaturas, existe y es conveniente, disponer en cierta medida de conocimientos, capacidades, técnicas e instrumentos específicos para tal población y situación, al menos en parte, diferentes de otros conocimientos, capacidades, técnicas e instrumentos de utilidad en los servicios sociales. Pero no cabe hablar, en los servicios sociales, de especialización en relación con la exclusión e inclusión social, pues no es posible identificar ninguna parte de los servicios sociales o ningún tipo de servicios sociales que no sea, por definición, “contra la exclusión social” y “para la inclusión social”. Y lo mismo pasa con los servicios educativos, de empleo u otros.

Dice la Real Academia que, en el oxímoron, la unión de dos palabras contradictorias entre sí origina un nuevo sentido. Quizá cuando se nos habla de servicios sociales especializados en exclusión social se nos está intentando endosar la misión imposible que representa para los servicios sociales (para una parte de ellos) aceptar un encargo o encomienda que, en el mejor de los casos, está al alcance del conjunto del sistema de bienestar o incluso del sistema social en su totalidad. Con el riesgo de que finalmente acaben siendo, involuntariamente, servicios sociales para (perpetuar) la exclusión social.

(Sobre estas y otras cuestiones reflexionaremos y conversaremos mañana en el XXII Gizartegune de la Diputación Foral de Bizkaia.)

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de cuidados?

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El principal problema de las políticas sobre cuidados es precisamente que no sabemos muy bien lo que son los cuidados, es decir, que hay algún malentendido o algunos malentendidos sobre el objeto o contenido de esa política o esas políticas: sobre los cuidados. Llamemos cuidados prolongados a la acción de potenciación y complementación de su capacidad para las decisiones y actividades de la vida diaria que necesitan aquellas personas que están en una situación de limitación de la autonomía funcional para dichas decisiones y actividades, situación que previsiblemente se va a prolongar y seguramente acentuar durante el resto de su vida.

En una mirada simplista alguien puede pensar que proporcionar cuidados a esas personas es algo así como realizar movimientos que las personas no pueden ejecutar. Sin embargo, intentando capturar la complejidad del cuidado, podríamos decir que cuidar es:

  • establecer una relación (significativa, de reconocimiento, de ayuda, de confianza, afectuosa) con la persona
  • y, necesariamente, con otras personas con las que ella mantiene relaciones (más directas o más mediadas tecnológicamente) de interdependencia en sus entornos (físicos o virtuales) de vida cotidiana,
  • trabajando (por la dignidad y seguridad de la persona) para desencadenar su mayor autonomía y autodeterminación para la vida diaria,
  • y a ,a vez, complementar dicha autonomía,
  • buscando la mejor integración relacional de esa persona en esos entornos, incluso cuando quien proporciona los cuidados no está presente.

Para pensar los cuidados de larga duración nos pueden servir de referencia los cuidados de la criatura en sus primeros años de vida. La criatura recién nacida no podría sobrevivir ni unas horas si no es acogida en y por una comunidad humana, comunidad que usualmente se materializa especialmente en o a través de una familia. Como nos recuerda Xabier Etxeberria en su obra sobre la receptividad, el yo moralmente autónomo, incluso en su plenitud de capacidad, nunca es autosuficiente. Y sólo en esas relaciones de interdependencia con otras personas va esa criatura adquiriendo autonomía hasta el punto de que puede llegar a una situación en la que durante muchos años sea, básicamente, capaz de autoabastecerse de los cuidados que necesita.

Sea como fuere, en esa situación encontramos diferentes dimensiones de los cuidados: funcional, relacional, intelectual y moral. La criatura es alimentada o vestida pero a la vez es incorporada a una red de relaciones, a una nube de significados, a un mundo de sentido. Cuando en otro momento de su vida la persona vuelve a necesitar cuidados no necesita sólo o ni fundamentalmente que limpien su entorno o colaboren en su alimentación sino, sobre todo, que la ayuden a sostener y seguir desarrollando esa red de relaciones, esa nube de significados, ese mundo de sentido.

(Fragmento de la ponencia presentada en el XV Congreso Nacional de Bioética, en la foto.)

Políticas de cuidados: comunidades que cuidan (guion y ponencia)

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Los servicios de cuidado no aparecían en el Decreto del Estado de Alarma y pocos días después eran la zona cero de la pandemia. ¿En qué quedamos? ¿Son un asunto insignificante o son nuestro principal talón de Aquiles.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué son los cuidados (prolongados)? Son una relación (de ayuda) que complementa y potencia la autonomía funcional así como otras relaciones de una persona, con sentido para la persona que recibe cuidados y la que los da. Sin embargo casi siempre nos olvidamos del bien (cuidados) y centramos la discusión política en cómo pagarlo: error.

¿Política de cuidados? Los cuidados no están entre los cinco grandes bienes canónicos de la política social, correspondientes a los cinco grandes males identificados por Beveridge: salud, educación, vivienda, empleo, subsistencia (bienes disfrutables individualmente de importante dimensión colectiva).

¿Por qué? Porque se daba por descontado un suficiente contingente de mujeres que brindarían cuidados como actividad gratuita o barata. Pero la situación ha cambiado: crisis de los cuidados (tormenta perfecta).

Para la crisis de los cuidados, tres diagnósticos (muy parecido al problema de la energía):

  1. Es un problema de que no dedicamos los recursos (que tenemos): problema de voluntad (política).
  2. No, es más complicado: no tenemos los recursos, no tenemos el mix profesional eficiente. Externalizamos, mercantilizamos, globalizamos. Es un problema de escalabilidad. De ponerle precio a todo (como a las emisiones).
  3. No. Cuantos más recursos dedicamos, cuanto más externalizamos, mercantilizamos, globalizamos, es peor, menos proporción de cuidado (tal como lo hemos definido) producimos. Es un problema de sostenibilidad: estamos quemando el tren en el que avanzamos. Estamos al límite o más allá del límite… Problema sistémico, ecológico: las externalidades se reintroducen en la ecuación: y aparece la soledad… Al límite, más allá del límite… De cantidad a cualidad.

¿La política desfigura el cuidado? ¿Estamos al borde del caos, del colapso, de la catástrofe? (Ver capítulo 6 de la serie “El colapso”.)

¿Qué propuestas hay? ¿Qué imaginarios? ¿Qué caminos o ingredientes?

  • La propuesta patriarcal-colonial.
  • La propuesta patrimonial-actuarial.
  • La propuesta corporativa-institucionalizadora.
  • La propuesta doméstica-consumerista.
  • La propuesta tecnológica-futurista.
  • La propuesta (neo)comunitaria-autogestionaria.

Victoria Camps reivindica la ética del cuidado como complementaria de la ética de la justicia y termina su libro sobre los cuidados hablando de la fraternidad. Antoni Domènech (El eclipse de la fraternidad) la entendía como emancipación compartida de personas dependientes, subalternas (como la mayoría de las cuidadas y cuidadoras) ¿Cómo serán las comunidades capaces de producir suficientes cuidados, de garantizaros como derecho y de compartirlos solidaria y sosteniblemente a escala humana?

(Guion para la intervención en el XV Congreso Nacional de Bioética. La ponencia completa puede descargarse aquí. En la foto, Antoni Domènech, fallecido en 2017.)

No sabemos producir cuidados a gran escala

Bioética

No sabemos en qué medida y de qué manera es posible articular un modelo adecuado y satisfactorio de cuidados en determinadas condiciones (tormenta perfecta) de longevidad, individualización, ocupación, cambio en los roles de género, dependencia funcional, desigualdad, alojamiento, globalización, urbanización, movilidad, endeudamiento, exclusión u otras como las que estamos viviendo. Nuestras comunidades no saben cómo proporcionar los (o tantos) cuidados de larga duración en el tipo de sociedad que estamos construyendo. Estamos haciendo varios intentos (desde intentar seguir ejerciendo el cuidado familiar (básicamente femenino) tradicional, a veces incentivándolo económicamente, hasta complementarlo o reemplazarlo por cuidado pagado en forma de servicio doméstico o de servicios sociales) pero parece que no nos sale muy bien.

Parece que, cada vez más, sentimos que los cuidados que conseguimos proporcionar son más descuidados. Frecuentemente intuimos que, cuando se produce un buen cuidado, un cuidado de calidad, un cuidado humano y humanizador, no es por nada que hayamos hecho bien políticamente, sino por azar. Parece que, cuanto más nos preocupa el cuidado y más nos ocupamos de él desde la política pública, más síntomas de insatisfacción aparecen. Se diría que la magia del cuidado aparece de la manera más insospechada. Sabemos que sería suicida fiar nuestros futuros cuidados de larga duración a la espiral del don en un marco de reciprocidad familiar intra e intergeneracional con sesgo de género pero, como comunidad política, no tenemos un modelo creíble de ecosistema de cuidados que garantice mínimamente que tengan esa calidad técnica y ese rostro humano.

Parece que desde las políticas sociales sabemos identificar esos movimientos que ya no ejecuta la persona que necesita cuidados y que debe realizar quien le cuida pero, a la vez, sabemos que el cuidado no está fundamentalmente en esos movimientos sustitutivos sino justamente en esa relación de ayuda que no sabemos cómo generar y sostener. Cuando vemos a la nueva cuidadora preparar la merienda para la persona en situación de dependencia, comprobamos que ejecuta los mismos movimientos que la anterior pero descubrimos que allá está sucediendo algo radicalmente diferente, absolutamente intangible, precisamente por el cuidado que le pone a esa preparación de la merienda y en la autorrealización que representa para ella cuidar bien. Pero no tenemos la menor idea de cómo conseguir a escala sistémica ese cuidado, ese valor añadido diferencial que apreciamos con claridad.

Ver la crisis de los cuidados como crisis sistémica supone pensar que la sinergia entre economía capitalista y protección social pública que ha servido para montar el Estado de bienestar que conocemos quizá ha empezado a revertirse en forma de juego de suma negativa. Quizá estamos poniendo al mundo al límite (o más allá del límite) en cuanto a su equilibrio sistémico desde el punto de vista económico, ecológico, emocional, político u otros. ¿Es la crisis de los cuidados un problema de producción de una mayor cantidad de cuidados o se está dando una especie de salto cuántico o salto cualitativo, un paso de la cantidad a la cualidad?

(Fragmentos de la ponencia elaborada para el XV Congreso Nacional de Bioética, próximamente en esta página web.)

Una pequeña brújula para las relaciones y alianzas de las organizaciones y agentes del bienestar

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Las organizaciones y, en definitiva, las personas que trabajamos de forma profesional, voluntaria o comunitaria en el marco de la acción y las políticas pro bienestar estamos, lógicamente, llamadas a mantener relaciones y construir alianzas con otras personas y organizaciones. Reflexionando al respecto, cabe hacer un sencillo análisis acerca de los mundos o las esferas en las que, cada una de nosotras, tenemos más o menos conexiones significativas, de modo que, si percibimos que nos escoramos hacia alguno de los lados, podamos corregir el rumbo, potenciando nuestro capital relacional por la parte que tengamos más débil. Proponemos clasificar nuestros contactos en cuatro grupos:

  • Mi gente.
  • Agentes del sistema.
  • Referentes del territorio.
  • Cómplices para el conocimiento.

Mi gente. Como agentes que trabajamos en el ámbito de las políticas sociales, siempre hay algunas personas u organizaciones con las que tenemos algo así como una relación o alianza natural, que no cuesta especialmente mantener. Puede tratarse de organizaciones que forman parte de la misma red, personas que trabajan con el mismo colectivo poblacional que nosotras, gente que tiene nuestra misma profesión y así sucesivamente. No cabe duda de que estas conexiones son fundamentales, que nos arropan y nos dan eficacia, pero hemos de ser conscientes del riesgo de la endogamia, de encerrarnos en y con ellas.

Agentes del sistema. El trabajo en favor del bienestar o la inclusión, hoy y aquí, es y debe ser un trabajo estructurado, tanto vertical como horizontalmente, en forma de sistema de bienestar. Esa estructuración formal, obviamente, lleva a que tengamos interlocución con otras personas y organizaciones, con otros agentes, en función del diseño de ese sistema. Normalmente se tratará de eslabones anteriores y posteriores al nuestro en las cadenas de valor configuradas para facilitar (esperemos) los itinerarios de las personas destinatarias. Estas conexiones son imprescindibles para que las políticas sociales funcionen y deben ser fluidas y amigables, aunque sabemos que están amenazadas por el riesgo esa “aluminosis” de las estructuras organizativas que es la burocratización.

Referentes del territorio. Sabemos que el bienestar de la ciudadanía se juega, finalmente, en buena medida, en las distancias cortas de la vida comunitaria; en la cantidad, calidad, diversidad y coherencia de los servicios de proximidad que las personas tengan a mano en el territorio. Por eso hemos de preguntarnos en qué medida nuestros contactos son contactos de kilómetro cero, es decir, gente a la que podemos ir a ver sin grandes desplazamientos. Entre estos referentes del territorio ocuparán un lugar especial personas de la comunidad, personas usuarias de nuestros servicios, personas destinatarias de las políticas sociales, pues, si están ausentes, hemos de preguntarnos si servimos a quien decimos servir. Demasiado local no vale, pero global sin local, tampoco.

Cómplices para el conocimiento. Por último, un cuarto tipo de agentes que habremos de encontrar en nuestras agendas son personas y organizaciones a las que nos unimos en procesos de formación y cualificación, investigación científica, desarrollo técnico o innovación tecnológica y social en dinámicas de gobernanza, gestión y producción de datos, información y conocimiento. Ningún agente de las políticas sociales puede permanecer ajeno a estas dinámicas proactivas del saber para la eficiencia y la mejora de la acción pro bienestar, en las que deben encontrarse desde quienes tienen como encargo específico el conocimiento como quienes tienen como encargo directo la inclusión social. Posiblemente el divorcio entre estos dos mundos sea uno de los principales problemas de nuestra acción pro bienestar hoy y aquí.

(Reflexión surgida ayer en la Escuela de Otoño de la Plataforma del Voluntariado que se está realizando en Mallorca.)

Atención integrada, ecosistemas de conocimiento y gobernanza exploratoria

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La creciente especialización de las áreas de conocimiento, las actividades profesionalizadas y las políticas sectoriales en el ámbito del bienestar requiere, lógicamente, a su vez, mayores cotas de integración vertical y horizontal de las estructuras implicadas, para lograr que los itinerarios de las personas que ejercen los derechos sociales sean eficientes y satisfactorios, con independencia de su menor o mayor complejidad: desde el sencillo mecanismo mediante el cual una persona consigue comenzar a cobrar su pensión de jubilación hasta el complejo proceso que desencadena calidad de vida sostenible a lo largo de años para una criatura con una grave discapacidad.

Las estrategias, procesos y situaciones de integración vertical aproximan a la persona destinataria y a sus entornos cercanos la aportación de valor de cada ámbito sectorial (sanidad, servicios sociales, vivienda, educación u otros) minimizando el impacto negativo de la mayor distancia física en la ubicación de las profesionales más especializadas o con mayor responsabilidad, así como el de la separación entre sí y el superior alcance territorial de las organizaciones responsables correspondientes a dichas profesionales. Así, por ejemplo, la integración vertical del sistema educativo debe permitir que la mencionada criatura, vaya a la escuela que vaya en función del barrio en el que viva, se beneficie de todo el caudal de conocimiento especializado disponible sobre la atención educativa a su discapacidad.

Las estrategias, procesos y situaciones de integración horizontal resultan de especial interés en aquellas interfaces entre ámbitos sectoriales más habitadas o transitadas por parte de las personas destinatarias de los servicios de bienestar. Buscan que sea lo menos oneroso posible para la población el reparto existente, entre las diferentes ramas de actividad, de los bienes (salud, cuidados, alojamiento, conocimiento u otros) que componen el bienestar. La integración horizontal de servicios facilita que la mencionada criatura con discapacidad, que pasa temporadas escolarizada, otras hospitalizada y otras básicamente en su domicilio, pueda seguir progresando siempre satisfactoriamente en todos los aspectos de su vida.

Los agentes presentes en esa trama integrada vertical y horizontalmente que deseamos que sea nuestro sistema de bienestar participan, a su vez, en ecosistemas de conocimiento con otros agentes integrados o no en dicho sistema de atención. La facultad de trabajo social de una universidad, por ejemplo, no es una parte integrante de la atención para el bienestar en un determinado lugar o territorio pero, sin embargo, debe verse dentro de uno o varios ecosistemas de conocimiento conectados con esa trama, que la alimentan y son alimentados por ella. De esa facultad de trabajo social egresó, por ejemplo, la profesional de referencia que la familia de la criatura de la que estamos hablando tiene en la atención primaria de servicios sociales. Y a esa facultad regresa en ocasiones esa trabajadora social, por ejemplo, para participar junto a sus investigadoras en proyectos colaborativos de investigación, desarrollo e innovación.

Las servidoras y servidores públicos y solidarios a pie de calle, el personal con responsabilidades técnicas, administrativas o de gestión en las organizaciones y las personas con funciones políticas son productoras, receptoras y portadoras en diferentes proporciones de distintos tipos de conocimiento (práctico, tecnológico, científico o ético, por ejemplo), todos ellos indispensables en la atención integrada para el bienestar. Conocimiento que es, sin duda, el principal activo del sistema, lo que hace necesaria una gobernanza exploratoria que entienda que se debe nutrir directa e indirectamente de dichos ecosistemas de conocimiento y asuma que impulsarlos, sostenerlos y mejorarlos es su principal responsabilidad. Las políticas sociales, hoy y aquí, no pueden dar por supuesto que existe el conocimiento que necesitan para su diseño, implementación y evaluación, sino que más bien deben persuadirse de que les toca comprometerse activa, dinámica y abiertamente en su construcción.

(En la imagen cuatro diapositivas utilizadas recientemente en una conferencia sobre el asunto del que trata la entrada.)

Social innovation in social services

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In 1997 I returned to Spain after several years living in Ecuador. For our family it was the moment of greatest vulnerability and risk of social exclusion in our history. The welfare state helped us. At the employment office, both my wife and I got job orientation and a monthly salary to support us until we found work. Our two daughters started going to public school totally free and we immediately had access to free health services. However, we had to find housing on our own and we did not have support from social services for the care of our daughters or our community inclusion. Four pillars of the welfare state served us but two did not, one of them social services, because they were very weak. From then until now the situation has not changed much, there has not been a great innovation or a great development (scaling up of innovations) in social services.

Usually, social innovation is distinguished from technological innovation. Take, for example, the fields of health or mobility. We easily distinguish technological innovations (a new technique for surgical operations or a new motor for buses) from social innovations (which have more to do with the inclusion of agents and participatory organization in each of these sectors). Obviously, an innovation can be technological and social simultaneously.

The problem in social services is that there is no clear delimitation of the sector, that it is a very poorly articulated area and that we do not know what its value chain is. I see it as a border area in the welfare state with different configurations in different countries. This is a very problematic context for technological innovation and for distinguishing technological innovation from social innovation and promoting both.

In any case, for me, at this time, the most interesting innovations in social services have to do with preventive, proactive, relational and close care, supports and interventions in diverse communities with the support of digital technology that complement the autonomy and relationships of all the persons. Also with the vertical (multilevel) integration between different responsibilities and horizontal (intersectoral) integration with health, employment, education and other branches of services.

(The drawing is by Robin Murray.)

Jugar como equipo visitante en la liga del conocimiento sobre inclusión social

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Los ecosistemas de conocimiento, las comunidades de personas que conversan entre sí alrededor de una materia tienen perímetros y configuraciones que hacen más probables unas interacciones y más improbables otras (Bunge, 1999). En la pandemia hemos vivido la capacidad de un ecosistema global de conocimiento en salud para, partiendo del trabajo de investigación sobre un virus del que la mayoría empezamos a escuchar hablar a comienzos de 2020, alcanzar para mediados de 2021 el resultado de que cada una de nosotras, en nuestro entorno, haya podido recibir el pinchazo de una vacuna. Al parecer, otro ecosistema de conocimiento, económico, partiendo de la experiencia de la crisis financiera de hace diez años, ha conducido a decisiones de política monetaria muy diferentes, que estamos empezando a experimentar. A la vez, lógicamente, vemos cómo otra serie de debates o discusiones sobre otras materias se van abriendo y quizá desperdigando como fractales, sin llegar aparentemente a ninguna conclusión para una aplicación operativa.

Pues bien, cuando hablamos de políticas de inclusión social nos estamos refiriendo, al menos, a un conjunto de ramas de política pública y correspondientes sectores de actividad tales como educación, sanidad, servicios sociales, empleo, vivienda y garantía de ingresos para la subsistencia. Se trata de sectores de actividad y ramas de política pública con un limitado grado de integración vertical y horizontal y una frágil configuración y vertebración  en tanto que ecosistema de conocimiento. Por otra parte, estos tiempos pandémicos y pospandémicos de aceleración del cambio social generan visiones y agendas muy discrepantes e incluso polarizadas en cuanto a la comprensión y abordaje de los procesos de exclusión e inclusión social (Quilter-Pinner y otras, 2020).

Para avanzar en materia de conocimiento para la inclusión social, tentativamente, cabría acogerse a la reivindicación de la proactividad de los poderes públicos en la construcción del conocimiento y sus ecosistemas (Aguilar, 2021) y al concepto de misión (Mazzucato y otras, 2020) para reclamar de dichos poderes públicos la tracción que pudiera ayudar en la articulación del deseado ecosistema de conocimiento para las políticas de inclusión social, reivindicando simultáneamente el concepto de política exploratoria (Longo, 2019) y de las exploradoras frente a los chamanes (Lapuente, 2015) y promover laboratorios ciudadanos (Lafuente, 2020) en el seno de nuestras organizaciones y servicios. En cualquier caso, posiblemente, en este momento, la labor más urgente sea la de la conexión entre las universidades y los agentes que están interviniendo en el territorio, posiblemente facilitada por agencias intermedias o intermediarias, frecuentemente públicas.

Como personas y agentes preocupados por los procesos de inclusión social sentimos que es fundamental que quienes son constructoras y portadoras de un tipo de conocimiento útil para la inclusión social (ético, científico, tecnológico o práctico), cualquiera de ellas, todas ellas, realicen permanentemente y cada vez más el esfuerzo de participar en algún proceso liderado por otro tipo de agente (Wagensberg, 2002). Si queremos jugar en una buena liga, seguramente tendremos que hacer el esfuerzo de jugar, al menos algunos partidos, en el campo de otro equipo, es decir, aceptar jugar como equipo visitante.

(Adelanto del texto que se colgará en esta web, completo y con referencias, el miércoles, 20 de octubre, tras la jornada organizada por el Consejo Económico y Social y la EAPN de la Región de Murcia. Asimismo, el lunes 18 y el martes 19 trabajaremos sobre estas cuestiones en un seminario del proyecto BuiCaSuS por invitación de Fresno Consulting.)

El tercer sector ante el reto de la pobreza

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En el ámbito de la intervención social en nuestro entorno, las organizaciones solidarias, las entidades del tercer sector, se entienden habitualmente dentro de un paradigma de la acción social que podríamos llamar subsidiario o residual, es decir, son concebidas en general como dispositivos para hacerse cargo en lo posible de situaciones o colectivos especiales, excepcionales, cuando otros mecanismos más poderosos fallan. Y en la evolución de los últimos cuarenta años van acostumbrándose a hacerlo, en buena medida, con la financiación y el control de las administraciones públicas.

En ese contexto, la pobreza sería vista como una de esas situaciones de las que pueden ocuparse las entidades de iniciativa social. A veces las personas pobres han sido contempladas como uno de esos colectivos especiales de los que se encarga, entre otros, el tercer sector y otras veces la pobreza se ha entendido como algo que les sucede a varios e incluso a muchos de esos colectivos. En los últimos veinte años, con la generalización del uso de los conceptos de exclusión e inclusión social, cabe decir que el término pobreza ha quedado más circunscrito a la carencia económica o monetaria más que a otras dimensiones de la exclusión social (como la relacional, la administrativa, la laboral, la residencial u otras).

Sin embargo, en estos mismos años también hemos ido elaborando la identidad del tercer sector y se ha planteado otra mirada no subsidiaria y no residual. Según esta visión lo que diferenciaría a las organizaciones solidarias de las públicas o de las mercantiles o incluso de las propias redes de relaciones primarias familiares y comunitarias es la lógica de sus transacciones o el tipo de medios que utilizan, de suerte que, resumiendo mucho, el intercambio sería lo propio del mercado, el derecho y la obligación lo propio del Estado, la reciprocidad lo propio de las relaciones primarias y la solidaridad lo propio de las entidades de iniciativa social.

Desde esta mirada, la aportación diferencial del tercer sector es más bien la de fortalecer la solidaridad con un fuerte acento de acción voluntaria y puede cuestionarse su posicionamiento originario según el cual sólo intervenía cuando algo fallaba en los mecanismos sociales considerados principales. Es un tercer sector, podemos decir, que llega a la mayoría de edad, que adquiere un estatuto superior, que intenta jugar en la primera división de los dispositivos para la integración y el funcionamiento de la sociedad. Emergiendo, genera interfaces interesantes y potentes con la comunidad, el mercado y los poderes públicos. Además, el avance del conocimiento (ético, científico, técnico y práctico) para la intervención social (y para otras ramas de la acción pro bienestar) nos lleva cada vez más a un enfoque universalista, preventivo, colaborativo, comunitario y basado en el conocimiento que casa mal con la vieja función subsidiaria y residual.

Por todo ello, diríamos que, hoy en día, nuestras organizaciones solidarias de acción social se mueven en una tensión entre las fuerzas que las llevan al rincón asistencialista (y además burocratizado por los requerimientos de control público) de hacer lo que otros agentes dejan sin hacer y los impulsos que les mueven hacia el universalismo preventivo, comunitario, colaborativo y productivo basado en el conocimiento. La pandemia y su abordaje seguramente han agudizado esta tensión, casi militarizando o bancarizando algunas organizaciones y revitalizando los dinamismos comunitarios, voluntarios, críticos y transformadores en otras.

Lo que sabemos hoy sobre las condiciones macroestructurales de generación y mantenimiento de las situaciones de pobreza económica y exclusión social (en una suerte de emergencia cronificada) aconseja esforzarse por superar el viejo posicionamiento focalizado y reactivo aunque, obviamente, las organizaciones solidarias tienen tradiciones y compromisos que no pueden abandonar de un día para otro. Se moverán por tanto entre la tarea de acompañar a las personas en situación de pobreza (u otras) sometidas a un régimen de segregación y estigmatización y la de anticipar en experiencias escalables de innovación social maquetas comunitarias de una sociedad sin pobreza ni exclusión. Y entre la capacidad de ayudar a los poderes públicos a cumplir algunas de sus obligaciones en situaciones de emergencia y la necesidad de ser un cauce significativo para la participación colaborativa de la ciudadanía crítica en el gobierno de la comunidad.

(Anticipo del contenido de la intervención en la mesa redonda que se retransmitirá hoy miércoles, 13 de octubre de 2021, a las 18 horas por el canal de YouTube del Capítulo Español del Club de Roma.)

Los tres entornos para la profesionalización y escalabilidad de los cuidados de larga duración

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A continuación se quiere presentar un boceto de un posible modelo simplificado (pero quizá de alguna utilidad) para analizar hipotéticas trayectorias de desarrollo y cualificación de los cuidados de larga duración en nuestro país. Se trata de un ejercicio bastante tentativo y especulativo en las categorías que utiliza y notablemente grosero e inexacto en muchas de las cantidades que se anotan, pero se espera que sirva para avanzar un paso en nuestros análisis y reflexiones. Veamos.

Las personas que, de forma más súbita o progresiva, se encuentran en la circunstancia de necesitar cuidados de cierta intensidad, que, previsiblemente, se van a prolongar en el tiempo, pueden encontrar apoyo, fundamentalmente en tres tipos de entorno o espacio: el que denominaremos comunitario, el que podemos llamar doméstico y el que referiríamos como institucionalizado. Los distinguiremos de esta manera (sin fijarnos ahora en situaciones híbridas, intermedias, borrosas u otras):

  1. La persona que está, fundamentalmente, en el espacio comunitario normalmente recibe los cuidados, principalmente, de alguien de su familia, con una diversidad de profesionales de apoyo en segundo plano.
  2. La persona que está, básicamente, en el entorno que llamamos doméstico suele tener como proveedora fundamental de cuidados a una persona a la que paga.
  3. La persona que ubicamos en el espacio institucionalizado recibe los cuidados en el marco de servicios profesionalizados (tendencialmente) residenciales.

Cada uno de esos tres espacios o entornos y sus posibles variantes presenta ventajas y desventajas (costes y beneficios, fortalezas y debilidades, oportunidades y amenazas) en referencia a diversas cuestiones: disponibilidad de recursos, efectos en la calidad de vida de las personas, impacto de género u otros, sostenibilidad (de diferentes tipos) u otras. Nótese que la clasificación se intenta hacer desde la experiencia de la persona receptora de cuidados, sin reparar inicialmente en quién aporta los recursos (quién cubre los costes) y a quién benefician los impactos y retornos.

En números redondos y con brocha gorda, podríamos calcular que de las 100.000 personas que se encontrarían en Euskadi en la situación referida de necesitar cuidados de larga duración se repartirían, respectivamente, en los siguientes grupos: 65.000 (1), 15.000 (2) y 20.000 (3). En cuanto a los recursos profesionales y sus costes, de nuevo en forma impresionista, podríamos asumir que:

  • En el espacio 1 hay una variedad de perfiles profesionales con diferentes cualificaciones (pongamos que hay 5.000 en el equivalente en jornadas completas dedicadas a esta población) y podríamos estar pensando en un coste de esos servicios profesionales de 500 euros por persona destinataria y mes.
  • En el entorno 2 predominan las empleadas domésticas (digamos unas 15.000 personas) y podríamos calcular un coste de 1.000 euros por persona atendida y mes.
  • En el espacio 3 el perfil más frecuente es el de las gerocultoras (calculemos unas 10.000 personas) y podríamos estimar un coste de 2.000 euros por persona usuaria y mes.

Suponemos que todo esto nos da un coste anual en Euskadi de 1.000 millones de euros, repartidos de la siguiente manera: 300 millones (1), 200 millones (2) y 500 millones (1). Según diversas estimaciones, si hoy se estuviera dando respuesta a las necesidades existentes, estaríamos duplicando los costes. Y si calculamos que, en 2040, son 150.000 las personas que estarán necesitando cuidados de larga duración y se habrá producido, además, una disminución del cuidado primario (básicamente familiar) disponible del 50%, tendríamos unos costes en 2040 que cuadruplicarían los actuales, si se quisiera responder a las necesidades.

En función de la capacidad de los diferentes agentes implicados de aportar o lograr recursos y de introducir innovaciones técnicas, tecnológicas, organizativas, sociales y políticas en cada uno y en el conjunto de esos tres espacios, se producirá una evolución u otra de nuestros cuidados de larga duración e irá variando el peso y la configuración de cada uno de esos tres espacios u otros. El boceto de modelo ya sugiere que los esfuerzos y aportaciones tienen consecuencias y generan equilibrios o desequilibrios diferentes en función del espacio o entorno al que se dirijan. Y después viene la pregunta que hizo Josep Pla ante la iluminación de Nueva York: Y todo esto… ¿quién lo paga?

Bibliografía revisada

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CACHÓN, Elena (2021): “Trabajo de cuidados: tensiones derivadas de su definición, sus regímenes de funcionamiento y su organización social” en Lex Social, número (11)1, páginas 558-586.

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SANCHO, Mayte y MARÍNEZ, Teresa (2020): Residencias de personas mayores: ¡no más de lo mismo! Valladolid, Junta de Castilla y León.

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ZENTZUZ (2021): Cuidadoras migradas: el Sur de nuestro Norte. Vitoria-Gasteiz, Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz.

(Reflexión realizada en el marco del proyecto #ZainLab, uno de cuyos encuentros recientes aparece en la fotografía.)