Los resultados electorales de Madrid y nuestro pensamiento sobre políticas sociales

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Posiblemente quienes trabajamos en el ámbito de las políticas sociales tendemos a sobreestimar la importancia de nuestras prestaciones y servicios públicos de bienestar en la satisfacción con su vida que tienen las personas y en su percepción del contrato social en el que están inmersas, en función de la cual toman decisiones y, entre otras, la de su voto en las elecciones políticas.

Quizá nos juega una mala pasada nuestra edad y nuestra posición en el entramado laboral y residencial y damos una excesiva importancia a la seguridad frente a determinados riesgos que ofrecen los poderes públicos. Y no reparamos en determinada gente de otras edades, en personas que viven y trabajan en otros sitios y para quienes esas seguridades no son más que una quimera lejana.

Acaso, por nuestra trayectoria académica, profesión y empleo, dedicamos bastante tiempo al procesamiento de información escrita, científica y técnica, al raciocinio y la deliberación crítica, menospreciando, quizá, determinados saberes, prácticas, hábitos, pertenencias, malestares, aficiones, vínculos, valores, deseos, ilusiones, temores y emociones que consideramos, posiblemente, demasiado básicas o primarias y, quizá, inapropiadas o injustas.

Seguramente sentimos un gran apego por logros en los que hemos participado y no somos suficientemente conscientes de sus deficiencias y deterioros, de sus desajustes tras ciertos cambios sociales. De sus sesgos de género, de edad, de clase, territoriales. De la rigidez burocrática e impersonalidad digital con que se producen en ocasiones. De su frecuente paternalismo, autoritarismo, clientelismo o moralismo.

Igual sucede que creemos mantener planteamientos alternativos mientras se nos percibe como parte del sistema establecido. Que estamos más del lado del conformismo que de la innovación. Que la vivencia de la pandemia y la perspectiva del colapso cuestionan la intangibilidad de lo logrado y construido hasta el momento que suponemos. Que nos interesa mirar para otro lado para no ver que nuestro modo de vida no es universalizable ni sostenible, seguramente. Que no está claro a quién agrupa la primera persona del plural en nombre de la que hablamos.

Quizá por eso nos descolocan especialmente el discurso, el talante, los anclajes y los intereses que han articulado una amplia mayoría en las recientes elecciones de la Comunidad de Madrid.

Las Administraciones ante los nuevos retos sociales

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Podemos ver la Administración social realmente existente como una flota de buques de carga. Esta flota viene realizando recorridos regulares y su tripulación sabe, básicamente, lo que tiene que hacer en el puerto de origen, en las diferentes etapas de los viajes y en el lugar de destino. Y vuelta a empezar. Dentro de este funcionamiento básicamente estable de la flota, siempre ha habido y sigue habiendo cambios. A veces hemos escogido otras rutas y puertos. O hemos modificado estructuras organizativas o funciones en la tripulación. Y así sucesivamente.

Ahora, quizá, toca hacer algo diferente. Ya se venían acumulando las dudas sobre el sentido, planteamiento y funcionamiento general de la flota pero la pandemia y las emergencias han intensificado esas incertidumbres y, en general, la envergadura del desafío que nuestra flota tiene ante sí. En esas circunstancias, una tendencia natural puede ser la de agarrarse a las seguridades que teníamos, repetir lo que hacíamos antes de forma supersticiosa para intentar lograr que las cosas vuelvan a ser como antes, como “siempre”, como “toda la vida”.

En unas circunstancias de este estilo se trata de buscar las dosis justas de prudencia y experimentación. La prudencia, la precaución, intenta salvaguardar lo logrado y aprendido. Nuestros buques y tripulaciones, en su funcionamiento ordinario y dinámico, aportan valor, tienen un bagaje acumulado en sus estructuras, capacidades, funcionamientos y relaciones. No podemos permitir que una tormenta destruya nuestros buques directamente o que, por la tormenta, nos desorientemos y acabemos chocando contra unos acantilados.

Sin embargo, hay suficiente información y evidencia de que muchas organizaciones públicas o de otros tipos, incluso algunas que parecían demasiado grandes para caer, han fracasado estrepitosamente por no saber leer los cambios en el entorno, en los entornos en los que se desenvolvían.

Para eso sirven las lanchas rápidas. Las responsables de la flota, de los buques o de algunos de los buques tienen que aceptar que parte de su tripulación debe abandonar parcial o temporalmente los barcos para engrosar equipos que puedan avanzar en lanchas rápidas. Las lanchas rápidas son experimentos, grupos de tarea, experiencias piloto, pruebas, incursiones que permiten diseñar, construir, explorar innovaciones (de diferentes tipos: en destinatarias, entornos, actividades, estructuras, tecnologías, infraestructuras y más) que posteriormente puedan ser escaladas e implementadas en toda la flota y en la Compañía. Cada una de esas lanchas rápidas y su periplo deberán ser una maqueta, un prototipo que contenga el mayor número de elementos que sea posible, de modo que su posterior escalamiento impacte lo mejor posible en el funcionamiento y el servicio de la flota y de la Compañía.

A la hora de identificar, diseñar, llenar de contenido y ofrecer recursos y recorrido a estas lanchas rápidas, parece idóneo un enfoque de arriba hacia abajo de emisión de señales claras acerca de la orientación estratégica que se propone, combinado con un planteamiento de abajo hacia arriba en el que son los agentes más pegados al territorio quienes formulan las propuestas concretas, con un deseable impacto en la calidad de la atención, el desarrollo tecnológico, la simplificación administrativa, la innovación organizativa, la gestión integrada y la gobernanza inteligente.

(Adaptado de la conclusión del capítulo (descargable aquí) titulado “Qué Administración necesitamos para implementar las políticas que atiendan los nuevos retos sociales” dentro del libro Las Administraciones ante los riesgos sociales y globales. Sobre estas cuestiones conversaremos presencialmente esta semana en varias actividades en Mataró y Barcelona.)

¿Qué puede aprender el sector de los servicios sociales del sector minero en nuestro país?

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A mediados del siglo XX había en España más de 100.000 mineros y en la actualidad hay menos de 2.000. Este dato parece suficientemente expresivo de la pérdida de relevancia de este ámbito de actividad económica. Cambios en su contexto y entorno fueron dinamitando (valga la fácil metáfora) las condiciones de posibilidad (o quizá la necesidad) de esta rama de la producción y de sus profesiones, desde las más operativas (como la de picador) hasta las más técnicas, como la ingeniería de minas. En los procesos de crecimiento y decrecimiento del sector, fue cambiando, por cierto, el reparto de papeles entre agentes y la forma de comprensión y gestión (como bienes comunes, privados o públicos) de los materiales extraíbles por la minería. De hecho, resulta significativa la creación de la empresa pública Hunosa, en 1967, que surge de la nacionalización y fusión de más de veinte empresas preexistentes, precisamente para intentar contribuir a manejar la conflictividad laboral esperada (y ocurrida, ciertamente) en el proceso de desmantelamiento de unos trabajos con fuertes señas de identidad y vinculación al territorio.

Cabe preguntarse si el sector de los servicios sociales en nuestro país pueda ser en los próximos años otro que (dale con las metáforas) entre “en barrena”, como en su día hizo el de la minería. ¿Por qué? Pues porque nuestros servicios sociales tienen como especialidad unos que podríamos llamar “paquetes integrados”, que, básicamente, son dos:

  • El pack que une ayudas económicas para la subsistencia material con acompañamiento y control social (dirigido a personas y familias con cierta combinación de pobreza económica y otros riesgos, especialmente si afectan a niñas, niños y adolescentes).
  • El paquete que une cuidados personales con alojamiento colectivo (dirigido a personas con cierta combinación de limitaciones funcionales, de apoyo familiar y económicas).

Pues bien, parece que, del mismo modo que ciertas alteraciones en la disponibilidad de recursos minerales, en las tecnologías relacionadas, en el contexto comercial u otros fueron achicando el espacio a la actividad minera tradicional, cabe detectar cambios que pueden ir disminuyendo la viabilidad de estos paquetes característicos de nuestros servicios sociales y de los procesos existentes para su producción y distribución:

  • La oferta del primero de los lotes es desbordada brutalmente por la demanda de dinero para la subsistencia material que llega a los servicios sociales debida al desbordamiento, a su vez, de los mecanismos de garantía de rentas de la Seguridad Social (en un contexto estructural fuertemente exclusógeno), demanda económica que, por otra parte, no va asociada en la mayor parte de los casos a una necesidad (o, al menos, a una necesidad sentida) de acompañamiento social.
  • La oferta del segundo de los packs es rechazada por la inmensa mayoría de las personas que necesitan o van a necesitar cuidados, personas cuyo número crece en el actual contexto demográfico, del mismo modo que aumenta su expectativa de que los poderes públicos garanticen el ejercicio de su derecho a recibir cuidados (en su entorno comunitario), al menos tanto como garantizan su derecho a la atención sanitaria.

Como cualquier otra industria, los servicios sociales, en ese contexto, pueden tener cierto margen para reinventarse, para rentabilizar y reutilizar sus activos (profesionales, relacionales, técnicos, políticos, materiales y de todo tipo) y para transformar su oferta. Para esto, resulta imprescindible un salto cualitativo en gestión anticipatoria de la información y el conocimiento. Para ello, también, deberán optar mucho más claramente por su propio reparto de papeles entre agentes (personas, familias, comunidad, poderes públicos, profesionales, organizaciones solidarias, agentes del conocimiento, proveedoras mercantiles y otros). Pero nada les asegura que el futuro que les espera no sea el de un conflictivo proceso de destrucción como el vivido en las últimas décadas por parte de la minería en nuestro país.

(La fotografía, de Laia Farré, corresponde a una reciente manifestación de personal de los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona y está tomada de social.cat.)

Komunitatea, arreta komunitarioa eta komunitate ekintza

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Pandemia global baten testuinguruan, harritzekoa izan daiteke komunitate txikiaz hitz egitea, hurbiltasun komunitarioaz, bizi dugun une honetan funtsezko apustu gisa. Hala ere, zaila dirudi kolapsoa saihestea (ahal izanez gero) gure bizitzak birlokalizatu gabe, lurralde eta harreman-esparru hurbilagoetan gure beharrak asetzeko modurik garatu gabe. Zaila dirudi, baita ere, zaintzen krisiari aurre egin, komunitateari (beste esparru eta eragile batzuren artean) aukera bat ematen ez badiogu.

Kontua da komunitatera “itzultzen” garenean, espazio eta harreman komunitarioetara begiratzen dugunean, haien hauskortasuna, kontraesanak eta mugak aurkitzen ditugula. Zergatik? Bost aldaketa prozesu, behintzat, aztertu behar dira:

  • Aldaketa demografikoa: bizi ibilbideak luzatu egin dira, belaunaldien aniztasuna areagotu egin da eta zaintzak behar ditugun urteak ere gehiago dira.
  • Urbanizazio eta globalizazio prozesua: pertsonen mugikortasun geografikoa areagotzen du beren bizitzan barrena (migrazioak barne).
  • Eraldaketak familien dinamikan eta egituran: banaketak eta harreman berriak areagotu dira, anai-arreben kopurua murriztu da, lanaren sexu banaketa aldatu da eta beste fenomeno batzuk gertatu dira.
  • Bizileku egitura aldatu da: pertsona bakarreko etxeak areagotu dira (% 25 gainditu dute jada).
  • Komunitateko bizitzan eta bizitza sozialean aldaketa kulturalak, araudi aldaketak edo aldaketa moralak: indibidualizazioa, aniztasuna, deserrotzea, pribatutasuna eta anonimotasuna nagusitu dira.

Posible al da komunitatea berrasmatzea? Politika publikoek eta Administrazioaren aparatuek ba al dute ezagutza zientifikorik, zilegitasun etikorik, herritarren agindurik eta hori egiteko gaitasun teknikorik? Zenbat apustu egin komunitateari, zenbat gizarte-eskubide indibidualei, zenbat merkatu-askatasunari? Zein subjektuk edo eragilek egin lezakete bat komunitatearen berrasmatzearen eta sustapenaren aldeko apustu horretan? Kolapsoa saihesteko edo kolapsoaren ondoren berriro hasteko (bizirik jarraitzen badugu) da apustu hori?

Komunitatean oinarritu eta komunitatea eraiki: biak dira beharrezkoak. Arreta komunitarioa (ibaian behera) eta komunitate ekintza (ibaian gora) bereiztu eta integratu behar dira, politika sektorial eta zeharkako politika publikoen arkitekturaren arabera. Eskubideak garatzeko eta aniztasuna kudeatzeko. Pertsona bakoitzari ibilbide bat eskaintzeko eta lurraldeari kohesioa emateko.

(Egun hauetan, erakunde batzuekin edo batzuetan hitz egin dugu edo hitz egitera goaz gai hauetaz: Emaús, Gaztematika, Aldauri, PSOE, SSI, Bizkaiko Foru Aldundia, EGAB, Adinberri, Sarean (argazkian), Helduen Hitza, OEDC, Espainiako Gobernua eta Gasteizko Udala.)

Servicios sociales: ¿prescripción profesional o autodeterminación personal?

Crossroad two ways, choose the way

El mecanismo mediante el cual, hoy y aquí, podemos llegar a disfrutar de algún tipo de servicio social es, básicamente, un mecanismo de racionamiento (a veces más de iure y a veces más de facto) sobre la base de la comprobación administrativa de determinados requisitos establecidos normativamente. Una comprobación, casi siempre, entre otras cosas, acerca de la disponibilidad de recursos económicos por parte de la persona que necesita (o aspira a) recibir el servicio (y, usualmente, de otras personas vinculadas a ella).

En la comunidad ciudadana, profesional y política interesada en los servicios sociales parece existir un consenso sobre la deseabilidad de un proceso de universalización efectiva de los servicios sociales, lo cual, fundamentalmente, quiere decir que tener más o menos dinero no afecte a la posibilidad de recibir servicios sociales públicos. De igual modo, la personalización de los servicios sociales (la atención centrada en la persona) es una idea fuerza comúnmente admitida, de manera que se propone que los servicios sociales deben ajustarse lo más posible a las necesidades, deseos, capacidades y situaciones de cada una de las personas que los reciben.

Pues, bien, no cabe duda de que las decisiones políticas en relación con la envergadura de la inversión pública en materia de servicios sociales vienen resultando determinantes para la práctica inexistencia de avances (cuando no para claros retrocesos) en los procesos de personalización y universalización de nuestros servicios sociales. Sin embargo, posiblemente, la falta de consenso en la comunidad de práctica y conocimiento acerca del modelo deseable de servicios sociales constituye otro de los grandes obstáculos para dichos avances.

Y cuando hablamos de modelo, posiblemente, la disyuntiva fundamental que se dibuja en un horizonte (deseable aunque difícil) de superación del actual marasmo en el que nos encontramos es la que se puede plantear entre un sistema público de servicios sociales que pivote sobre la acción proactiva y prescripción facultativa de profesionales con autoridad presentes en el territorio y uno que bascule más bien sobre la libre elección de las personas para configurar el paquete de cuidados, apoyos e intervenciones de las que son objeto.

Nos gusta pensar que es posible conjugar prescripción y autodeterminación pero, posiblemente, como en el chiste de “a setas o a Rolex”, las apuestas presupuestarias, organizativas, técnicas y, en definitiva, estratégicas que conlleva cada uno de esos dos modelos obligan a un debate profundo basado en la experimentación política para poder optar por un camino o por otro. Hay buenos argumentos para cada una de las dos opciones pero, si somos capaces de avanzar, más pronto que tarde, seguramente, vamos a tener que decidirnos, en buena medida, por una de las dos lógicas vertebradoras del sistema público de servicios sociales.

¿En qué se parece nuestro SAD a un videoclub?

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Puede decirse que nuestro Servicio de Ayuda a Domicilio es conceptualmente subsidiario de la atención residencial, en la medida en que su objetivo es “favorecer la permanencia en el domicilio”. Es decir, nos dice que sirve para evitar o retrasar la institucionalización, pero, en realidad, no nos dice los resultados que espera desencadenar en las personas o el valor que les aporta. Es decir, el SAD, en términos generales, no ha sido conceptualizado como servicio social, como forma de intervención social.

Esta situación de partida se ha visto agravada por una confluencia de los siguientes procesos:

  • Encarecimiento del SAD público sin apenas diversificación ni diferenciación frente a un servicio doméstico notablemente precarizado.
  • Racionamiento y reorientación del SAD a personas con cada vez mayor limitación funcional y desprotección relacional, de estratos económicos más bajos.
  • Burocratización y taylorización del SAD, con reducción de las presencias y su flexibilidad.

Todo ello en el contexto de un Sistema Vasco de Servicios Sociales ralentizado y desorientado, en el que faltan muchos de los apoyos que se requieren para los itinerarios de las personas: porque hay servicios necesarios no identificados, porque hay servicios de la cartera no creados, porque hay importantes listas de espera en los servicios y porque la integración intersectorial con sanidad y vivienda está prácticamente inédita.

Esto nos lleva a un SAD crecientemente ineficaz, ineficiente e insatisfactorio para las trabajadoras y directivas: SAD-commodity (gama baja), SAD de guerra o guerrilla, SAD reactivo-paliativo. Ciertamente un SAD esforzado y meritorio (especialmente en la pandemia) y apreciado por sus usuarias y usuarios. Pero, en todo caso, un SAD minoritario (inescalable), un SAD café para todos (rígido), un SAD videoclub (crecientemente obsoleto).

De hecho, las tendencias que se atisban como necesarias parecen cuestionar la radical distinción actual entre domicilios particulares y servicios residenciales y apuntarían a una gama mucho más compleja en la que se requeriría una mucho mayor diversificación de soluciones habitacionales, con una mucho mayor permeabilidad entre los espacios privados y los espacios comunitarios. Por otra parte, se observa una tendencia a tecnologías de apoyo con menor necesidad de base domiciliaria y más móviles, siendo evidente que, a corto plazo, los robots podrían reemplazar en una buena parte aquello que ahora hacen nuestras auxiliares domiciliarias.

Esta visión del SAD es, sin duda, impresionista y generalizada y no hace justicia a algunas realidades excepcionales. Pretende, no obstante, llamar la atención sobre algunas situaciones y tendencias que hacen conveniente una reacción, evaluación, reflexión e intervención de los poderes públicos. Del mismo modo que el videoclub formaba parte de un ecosistema que se ha visto transformado de manera importante, las tensiones que afectan a nuestro SAD parecen reclamar y anunciar cambios de notable envergadura, ante los que no podemos mirar para otro lado.

Referencias

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PAÍS VASCO: Decreto 185/2015, de 6 de octubre, de cartera de prestaciones y servicios del Sistema Vasco de Servicios Sociales

RODRÍGUEZ, Pilar y otras (2015): La situación del Servicio de Ayuda a Domicilio en el ámbito local y perspectivas de futuro. Madrid, FEMP.

RODRÍGUEZ, Pilar y otras (2017): La atención en domicilios y comunidad a personas con discapacidad y personas mayores en situación de fragilidad o dependencia. Madrid, Fundación Pilares.

SIIS (2012): El Servicio de Ayuda a Domicilio en un contexto de crisis económica. Principales tendencias en Europa. Donostia.

SIIS (2020): Orientaciones para el Servicio de Asistencia Domiciliaria (SAD) en Vitoria-Gasteiz. Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz.

SIIS (2017): Servicio de promoción de la autonomía personal -SEPAP. Pamplona, Gobierno de Navarra.

WILLIAMS, Paul y otras (2016): Integrating Long-Term Care into a Community-Based Continuum. London, IRPP.

Fraternidad republicana y democracia del cuidado

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Antoni Domènech nos ayuda a identificar lo que tiene la fraternidad de propuesta de emancipación conjunta de personas dominadas en el seno de relaciones familiares (en un sentido amplio) de carácter patriarcal, personas con trabajos invisibilizados, precarizados y desvalorizados que, sin embargo, son esenciales para la sostenibilidad de la vida. Dirá este autor: “La ‘canalla’ (…) –pequeños artesanos pobres, trabajadores asalariados urbanos, aprendices, jornaleros, domésticos de todo tipo, criados, campesinos sujetos a varias servidumbres– quería elevarse de pleno derecho a la condición de una vida civil de libres e iguales (…). Que esa pretensión se sirviera de una metáfora conceptual del ámbito de la vida familiar es algo que no puede sorprender (…). Y ‘familia’ –del latín famuli: esclavos, siervos– seguía denotando, como en la Edad Media, no sólo el núcleo restringido de parentesco, sino el amplio y aún amplísimo, conjunto de individuos que, para vivir, dependían de un señor, entendido como pater familias (…) señor patriarcal” (Domènech, 2004: 13).

Posiblemente ha sido Pierpaolo Donati, pensador bastante alejado ideológicamente de Antoni Domènech, todo hay que decirlo, una de las personas que más ha explorado esa esfera fraternal o comunitaria que, en primera instancia podemos entender como familiar. Así, en palabras de Donati, hemos de “concebir la familia contemporánea como un sistema altamente complejo, diferenciado y de confines variables, en el que se realiza aquella experiencia vital específica que es fundamental para la estructuración del individuo humano como persona, esto es, como individuo-en-relación (ser relacional), en sus determinaciones de género y de pertenencia generacional» (Donati, 1999: XII). Dirá este autor: “Las oportunidades se crean en y por las redes sociales primarias y secundarias de la sociedad civil cuya moralidad no se basa en el intercambio de ganancias ni en las normas redistributivas, sino en criterios de reciprocidad (producción entre pares, coproducción, coordinación abierta, asociación…). La marginalidad de esta tercera moral está atestiguada por el hecho de que su valor rector (fraternité o solidaridad) no está institucionalizado en el sistema cultural (incluido el sistema legal) como, en cambio, lo están los otros dos valores rectores (liberté y égalité)” (Donati, 2017: 10).

No cabe duda de que los trabajos de cuidado han sido y siguen siendo impuestos, expropiados y ocultados en ese ámbito familiar o comunitario en el que, sin embargo, estaban y están llamados a ser practicados en clave de reciprocidad o solidaridad. Cristina Carrasco, al estudiar el “cuidado como bien relacional” (Carrasco, 2015: 52-54) apunta que “es curioso –o no, ya que la mirada masculina nunca se dirige al espacio doméstico– que el cuidado no se categorice habitualmente como bien relacional, teniendo en cuenta que precisamente ha sido el desarrollo de las relaciones mercantiles el que ha eliminado de las relaciones humanas lo que era y es la característica básica del cuidado: su dimensión relacional” (Carrasco, 2015: 53). La tarea será, entonces, politizar el cuidado, ponerlo a la luz, lograr que sea un bien público –y un derecho de ciudadanía– potenciando su carácter relacional.

Terminemos con unas palabras de Joan Claire Tronto, que nos vuelve a conectar con la emancipación de la que nos hablaba al principio Antoni Domènech: “El déficit de cuidados y el déficit democrático son dos caras de la misma moneda (…). Hay una manera de cambiar nuestro mundo. Requiere que volvamos a comprometernos con el cuidado de nosotras mismas y de las demás, aceptando y repensando nuestras responsabilidades de cuidado y proporcionando recursos suficientes para el cuidado. Si somos capaces de hacer esto, podremos mejorar los niveles de confianza, reducir los niveles de desigualdad y proporcionar libertad real para todas las personas” (Tronto, 2013: 181-182).

Bibliografía

CARRASCO, Cristina (2015): “El cuidado como bien relacional: hacia posibles indicadores” en Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, número 128, páginas 49-60.

DOMÈNECH, Antoni (2004): El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista. Barcelona, Crítica.

DONATI, Pierpaolo (1999): Manuale di sociologia della famiglia. Roma, Laterza.

DONATI, Pierpaolo (2017): “The good life as a sharing of relational goods” en Relational Social Work, volúmen 1, número 2, octubre, páginas 5-25.

TRONTO, Joan Claire (2013): Caring democracy. Markets, equality and justice. New York, New York University Press.

(Fragmentos adaptados de un capítulo publicado dentro del libro colectivo Vidas en transición. (Re)construir la ciudadanía social, que puede adquirirse físicamente en las mejores librerías de nuestros barrios y también aquí.)

Cuidarnos en comunidad: políticas de cuidados

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(esquema con enlaces, para la conferencia de esta tarde)

Cuidados

Elección del término y marco, en lugar de otro (dependencia, servicios sociales, conciliación, envejecimiento, silver economy u otros)

Mirada feminista, interseccional y pospandémica (crisis, cadenas y colapso)

Conceptualización

Arquetipo: cuidado de criaturas y legado social

Ingredientes: funcionamiento, relación, empoderamiento, humanización

Cuidado como derecho

Dimensionamiento

Entre los cinco primeros desafíos hoy y aquí

Tormenta perfecta: longevidad de baby boomers con complejidad, estructura y dinámica familiares, cambio en reciprocidad intergeneracional ascendente, estructura habitacional, movilidad, desigualdades.

2040: ¿cuadruplicar la envergadura?

Modelo implícito actual

Infancia: permisos y escuela

Cuidados de larga duración: pensión contributiva, patrimonio inmobiliario y suerte (y, si no hay suerte, servicios sociales)

Diseño: diferenciación e integración intersectorial

Disfunciones crecientes en la interfaz salud-servicios sociales

Escenarios:

Elementos: atención, prescripción, gestión, financiación

Tipos: caótico, corporativo, consumerista y comunitario (valoración)

Política de cuidados, política con mayúsculas

¿Vivienda juvenil, cuidado de mayores?

¿Impuesto de sucesiones o nueva contingencia de la Seguridad Social?

Afecta al núcleo del contrato social

Comunidad

Qué es

Reflexiones pandémicas

Margen para la ingeniería social

Vulnerabilidad y sostenibilidad basada en la proximidad

Soledad emocional y existencial

Imaginando una comunidad cuidadora: circular, próxima, diversa, densa, intergeneracional, anidada

Espacios transicionales, tenencias intermedias, viviendas colaborativas

Tecnología digital de la asistencia, la información y las relaciones.

Servidoras públicas y agentes de la comunidad a pie de calle

Política pública participativa, misional, exploratoria, experimental y basada en la evidencia

Búsquedas emergentes, experiencias piloto, ciencia ciudadana, lanchas rápidas

Aprendiendo sobre la(s) soledad(es)

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Acotando el concepto de soledad, para poder construir políticas públicas al respecto, cabe identificarla como un sentimiento subjetivo, como una emoción particular por la que algunas personas perciben un desajuste entre sus expectativas y la realidad en lo referente a relaciones, apoyos, vínculos, identidades compartidas, sentimientos de pertenencia o entornos motivadores. De ahí la oportuna decisión de hablar, más bien, de “soledades” como hace el reciente trabajo coordinado para la Fundación Adinberri por Mayte Sancho, con quien hemos conversado, por ejemplo, entre otras, sobre la posible soledad de quien vive en una residencia llena de gente o de personas monitorizadas por sofisticados robots.

Quizás, como dice Maribel Pizarro, convenga huir de frases catastrofistas e imágenes estigmatizantes y comprender que la soledad va a ser, seguramente, una compañera de viaje en diferentes momentos y épocas de la vida de todas las personas. Podemos llevarnos mejor o peor con ella y es legítimo que queramos darle esquinazo, pero seguramente no nos conviene cargar las tintas acerca de lo molesto de su compañía.

Como recuerda Mabel Cenizo, en todo caso, junto a consecuencias de acciones u omisiones de cada persona, hay determinantes estructurales de la soledad. En las exclusiones y desigualdades y, más inmediata y precisamente, en realidades demográficas, de movilidad, familiares, habitacionales o culturales. Y la manera en la que la soledad convoca a una comunidad cuidadora hace que los servicios sociales hayan de sentirse especialmente concernidos en una estrategia ante la soledad.

Como sugería acertadamente Javier Yanguas en una conversación, si una persona tiene una importante insuficiencia cardíaca mal gestionada, 350 euros al mes de ingresos, vive sin ascensor en un quinto piso en malas condiciones y sólo se relaciona con tres personas (y con baja intensidad), no podemos pensar que algo llamado “soledad” es lo fundamental que le sucede. Y no vamos a responder adecuadamente a esa vulnerabilidad general con un programa para la soledad.

Sara Marsillas apuntaba que la evidencia existente en cuanto a qué funciona en materia de intervenciones frente a la soledad es limitada. Nos da pistas pero no nos permite hacer afirmaciones contundentes acerca de la eficacia que podrán tener estrategias a gran escala, que es lo que estamos empezando a intentar construir por varios lados.

De la mano de Isabel Massa hemos podido explorar la variedad de programas que se están poniendo o se pueden poner en marcha para la prevención y abordaje de la soledad. Desde bancos de tiempo hasta la dinamización de La Escalera. Desde plataformas digitales para la participación en un barrio hasta rediseños colaborativos del espacio público. Desde procesos de reinvención de asociaciones o centros existentes hasta proyectos de sensibilización de personal público de proximidad.

Con Sacramento Pinazo podemos clasificar los programas de prevención de la soledad en programas de prevención primaria, secundaria y terciaria. En los primeros, cabe decir, actuamos con personas que no se encuentran en situación de soledad. En los segundos, con personas en situación de riesgo de soledad. Y en los terceros, con personas en situación de soledad.

Y Elisa Sala nos recuerda que, posiblemente, uno de los caminos más prometedores a medio plazo para la prevención de la soledad venga de la mano de procesos de ingeniería social, desarrollo tecnológico y, en definitiva, política pública que exploren las oportunidades y caminos para el fortalecimiento y regulación de nuevas relaciones comunitarias (más ligeras o más intensas) de reconocimiento, convivencia y ayuda mutua.

(Esta entrada pretende recoger en varios trazos algunos aprendizajes adquiridos en el trabajo de elaboración del Documento de Bases de la estrategia de Gipuzkoa ante la soledad, en el que estoy involucrado gracias a Adinberri Fundazioa. Me he tomado la libertad de atribuir a algunas personas ideas, sin poder asegurar que reflejo fielmente su pensamiento, como forma de agradecerles a ellas y a otras lo que estoy aprendiendo en este proceso. Sobre estas y otras cuestiones conversaremos mañana martes en un encuentro telemático organizado por el grupo cooperativo Servicios Sociales Integrados en el marco de la iniciativa Bizkaia Saretu.)

Cuidado, innovación, empleo y territorio: el rol del “servicio público a pie de calle”

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A estas alturas de la pandemia hay pocas dudas acerca de la gravedad de lo sucedido, por ejemplo, en las residencias de mayores. Sin embargo no se ha decantado un relato canónico al respecto: no sabemos quién es “el malo de la película” (no hay un análisis causal de consenso sobre lo ocurrido) ni mucho menos cuál puede ser el “final feliz” (el modelo de cuidados de larga duración para el futuro). En  todo caso, sí cabe afirmar que las búsquedas de las instancias interesadas parecen alumbrar unos cuidados más:

  • Profesionalizados y diversificados: por el aumento de una demanda de atención, necesariamente más personalizada, y por la exigencia justa de mejora de la equidad de género y las condiciones laborales en el empleo de cuidados.
  • Tecnológicos y digitalizados: por la eficiencia, sostenibilidad, interoperabilidad y escalabilidad que pueden aportar estos desarrollos e innovaciones, potenciando la autonomía y relaciones de todas las personas.
  • Comunitarios y territorializados: por la revalorización del kilómetro cero, las relaciones de proximidad y la escala humana en el contexto de la experiencia pandémica y del aumento de la credibilidad de las amenazas de colapso de diversos sistemas.

Podemos pensar en un círculo virtuoso entre una comunidad más cuidadora, una economía de proximidad más robusta, una innovación tecnológica más social, un empleo de mayor calidad, una gobernanza más participativa y un territorio más sostenible. Sin embargo nadie puede asegurarnos que no se impondrá el círculo vicioso tan reconocible entre precariedad laboral, vulnerabilidad económica, deterioro ambiental, segregación territorial, aislamiento relacional, angustia emocional, deshumanización tecnológica y caos de cuidados.

En ese contexto, las servidoras y servidores públicos a pie de calle (street-level bureaucrats, según el concepto acuñado por Richard Lipsky hace treinta años) ocupan una posición estratégica en los procesos de implementación, innovación y legitimación de las políticas de bienestar. Tanto mediante su integración vertical en profesiones, gremios y disciplinas como a través de su integración horizontal intersectorial en el territorio, pueden actuar concertadamente y añadir valor a una práctica cotidiana inteligente en la que, necesariamente, su alianza sagrada sólo puede ser con la ciudadanía de la que son parte y a la que tienen la obligación ética de ofrecer una atención profesional y experta basada en el mejor conocimiento científico y tecnológico disponible.

En un reciente encuentro hablábamos de “cuidar la vida, garantizar la inclusión y convivir en diversidad”. Olvidar estas referencias (u otras similares) es garantía de quemarse y perderse en estos tiempos de brumas densas e interesadas. El servicio público a pie de calle, vital, ciudadano e innovador, es un agente indispensable en la construcción de esa comunidad de los cuidados que constituye hoy el reto central de las políticas públicas, urbano-territoriales y de bienestar.

(En la foto, Manlleu, “donde” hoy conversaremos sobre estos asuntos.)