Longevidad humana y relaciones intergeneracionales

onu mujeres

Pierpaolo Donati reflexiona sobre la relación intergeneracional entre progenitores y criaturas como una relación fundamental, fundante y constitutiva de nuestra humanidad, de nuestro linaje humano, de nuestro ser. Es característico, en modo superlativo, de nuestra especie que nacemos inmensa y especialmente frágiles y dependientes y que, gracias a esas relaciones intergeneracionales, que son relaciones de cuidado, afectivas y constructoras de vínculos, podemos sobrevivir, ir adquiriendo autonomía funcional y, en gran medida mediante el lenguaje, recibir de la generación anterior un legado de saberes que, en pocos años, nos convierte en seres enormemente capaces y autónomos.

Dolores Puga señala que el cambio relacionado con la primera transición demográfica (transformación en la longevidad y la fecundidad) nos posibilita más tiempo de vida con familiares y amistades de otras generaciones, lo cual hace nuestras redes relacionales menos frágiles porque es más improbable que sus pérdidas sean coetáneas a las nuestras. En esas trayectorias vitales más largas se amplían las oportunidades de cuidado, ayuda y relación intergeneracional, por ejemplo entre personas jubiladas y sus madres y padres o entre abuelas o abuelos y nietas o nietos. La segunda transición demográfica (con su aumento de la inestabilidad conyugal, entre otras características) nos deja trayectorias menos estandarizadas, con más rupturas, nuevos inicios y diversidad de recorridos.

Miguel Ángel Malo y Ricardo Pagán afirman que las redes de amistad proporcionan una mayor variedad de experiencias (debido a su menor redundancia, en comparación con la red familiar), subrayan la importancia crucial de las llamadas “redes débiles” para el bienestar de las personas de 50 y más años y, consiguientemente, insisten en la necesidad de fomentar las relaciones más allá de la familia. Se trata, posiblemente, de trabajar en tres líneas:

  • El apoyo a las familias, es decir, la facilitación por parte de los poderes públicos y, en general, de la sociedad de que las personas puedan constituir familias y mantener relaciones familiares.
  • La asunción por parte de servicios profesionales (deseablemente, en buena medida, de responsabilidad pública) de funciones que anteriormente se realizaban de forma gratuita en el seno de las familias.
  • La experimentación, fortalecimiento y desarrollo de relaciones comunitarias más allá de las estrictamente familiares, en una suerte de reinvención de las comunidades facilitada con algún tipo de ingeniería social desde las políticas públicas de urbanismo, vivienda, ocio, servicios sociales u otras sectoriales o desde políticas transversales de acción comunitaria, inclusión u otras.

Por último, Almudena Hernando revela hasta qué punto el orden patriarcal y su razón instrumental se han valido de las ciencias y las tecnologías y de otras instituciones sociales para un ejercicio del poder de los hombres sobre las mujeres, endosándoles (ellos a ellas), parasitariamente, el cuidado de las emociones, las relaciones y los vínculos. Los movimientos feministas, entre otros, nos recuerdan constantemente, con experiencias prácticas y propuestas reivindicativas, la necesidad de recibir, construir, disfrutar, reconstruir y compartir legados de relaciones intergeneracionales comunitarias liberadoras: viejas y nuevas formas de amistad, ayuda mutua y relación interpersonal imprescindibles para la sostenibilidad de la vida.

(La ilustración está tomada de la web de ONU Mujeres).

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