Exclusión social en España: así la estamos haciendo y así nos va quedando

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La exclusión social es un proceso complejo en el cual algunas personas se van viendo privadas de la oportunidad (mejor dicho, del ejercicio del derecho) de disfrutar de algunos bienes de primera necesidad para su supervivencia, desarrollo y bienestar: bienes como el alimento, la atención sanitaria, las relaciones, el alojamiento, el medio ambiente, la seguridad, el espacio público, la educación o la participación. En diferentes lugares y épocas históricas la exclusión social ha funcionado en distintas medidas y de diversas maneras. En España en estos momentos, en números redondos, podemos decir que un 25% de la población se encuentra en una situación de exclusión social (según el indicador denominado AROPE). En las personas menores de 16 años esa tasa es el doble que entre las personas mayores de 65 (más o menos 30 y 15, respectivamente).

En una sociedad tan mercantilizada y monetizada como la nuestra (es decir, en la que el dinero es el medio para acceder a muchos de los bienes mencionados) es interesante fijarse en los ingresos de las personas para conocer las características y dinámicas de la exclusión social. En España la renta media de los hogares está alrededor de los 30.000 euros al año en números redondos. Pues bien, el 10% más rico triplica esa renta media, mientras que el 10% más pobre viene a recibir un 20% de esa cantidad y el siguiente 10% (decil), un tercio, más o menos. Podríamos cifrar en un 5% las situaciones de severidad y gravedad y, por los estudios hechos en este siglo, sabemos que en este período se enquista la exclusión social y la desigualdad aumenta, sobre todo porque las personas pobres se hacen más pobres.

Si seguimos de abajo hacia arriba, las personas del siguiente 20%, el que queda sobre el 20% más pobre mencionado, no llegan a recibir dos tercios de la renta media. Por el lado de arriba, sólo un tercio de la población, aproximadamente, estaría por encima de la renta media. Se percibe por tanto la hace tiempo descrita “sociedad de los tres tercios”, en la que las franjas que no están en exclusión social pero que están cerca se sienten (con razón) inseguras, saben que no están tan lejos de esa situación, se saben poco protegidas frente al riesgo de caer en una situación de exclusión social. Por cierto, el que personas en situación de exclusión social presenten un perfil de severidad, gravedad o complejidad no quiere decir que no estén atendidas o controladas de algún modo por varios servicios públicos y profesionales diversos.

¿Y qué es lo que protege al tercio de arriba de entrar en un proceso de exclusión social? Obviamente sus ingresos pero lo que se está observando en nuestra economía (en buena medida, directa o indirectamente, por la digitalización) es que las rentas de capital crecen más que las rentas del trabajo. Es el denominado “efecto Mateo”: al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará (España, por su sistema de protección social tan contributivo, ya era desde décadas atrás muy de efecto Mateo). En esta economía se incrementa la probabilidad de que quien disfruta de bienes (vivienda, papeles, empleo, ahorros, relaciones, pensión, conocimiento, Internet u otros) obtenga todavía más y, sin embargo, quien carece de ellos, lo tenga todavía más difícil. Por eso se dice que en nuestra sociedad se ha averiado el “ascensor social”.

Además es una sociedad más compleja, en la que se incrementan los mecanismos de inclusión y exclusión, las oportunidades y las amenazas. Esa es una de las razones por las que las personas que trabajan con personas en situación de exclusión social hablan de la diversificación (e incluso sofisticación) de sus perfiles y la mayor aparición de factores de exclusión relacionados con la situación administrativa, con la vivienda, con los cuidados, con las competencias y recursos digitales, con la soledad u otros (además de los más tradicionales como el dinero, el empleo o la familia). Sigue siendo claro, en todo caso, el sesgo de género y de origen.

En este tipo de sociedad que estamos construyendo, la fragmentación o desvinculación social (incluyendo la segregación territorial) dificulta formas anteriores de generación de comunidad o solidaridad y más bien se facilitan comportamientos del tipo “sálvese quien pueda”, por rechazo hacia las personas excluidas de las que otras nos sentimos distantes o precisamente por el miedo que se nos mete a que podamos acabar como ellas. Si decimos, por ejemplo, que el precio del alquiler de la vivienda está siendo uno de los factores exclusógenos principales en esta sociedad, habrá que recordar que el 90% de los 2,5 millones de viviendas en alquiler está en manos de particulares, que deciden qué renta cobrar. O que son pequeños empleadores (micropymes) o los propios hogares (en el trabajo doméstico) las principales fuentes de precariedad laboral, ya que más de la mitad de los aproximadamente 3 millones de personas que no llegan a mileuristas trabajan en empresas de menos de diez personas, que representan menos de un tercio de la capacidad instalada, y, del aproximadamente medio millón de personas que hacen trabajo doméstico, sólo una décima parte tiene condiciones laborales similares a las del resto de trabajos. Todo ello, por cierto, tiene mucho que ver con el tipo de tejido productivo español, de relativamente bajo valor económico añadido.

Es decir, no son sólo las decisiones y actuaciones del 1% o del 10% más rico (al consumir, al relacionarse, al pagar impuestos, al ahorrar, al trabajar, al votar) las que construyen una sociedad tan estructuralmente excluyente, sino que es imprescindible la colaboración de personas situadas en las siguientes franjas (más acomodadas o más inseguras). Sin duda han de ser poderosos los mecanismos (económicos, comunicativos, legales, laborales, policiales u otros) para conseguir que tantas personas conspiren (o conspiremos) contra los que teóricamente serían sus (o nuestros) intereses (como el de lograr una menor desigualdad). Más y más personas participamos en la construcción colectiva de un país (y de un mundo) excluyente.

La pretensión de estas líneas, de todos modos, no es tanto la de hacer un llamamiento moral al compromiso personal de austeridad, decrecimiento, organización, desclasamiento, entrega o compartición. Más bien es la de profundizar en el conocimiento de las lógicas estructurales de nuestra sociedad de cara a enfocar mejor nuestros análisis de situación y nuestra acción colectiva para transformar de raíz esa sociedad excluyente. Saber de qué manera y con qué consecuencias somos agentes de exclusión social nos puede ayudar a ser más y mejores agentes de inclusión social.

(Esta entrada está basada en los estudios de la Fundación FOESSA, a la que pertenece la ilustración.)

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