Servicios sociales e inclusión social: ¿tiempos oscuros?

oscuridad

Las gentes de los servicios sociales en este país (en un sentido amplio: empleadas y empleados públicos, personas del tercer sector, responsables políticas, profesorado universitario, ciudadanía implicada y otras) podemos reconocer, con orgullo, nuestra contribución a la inclusión social. Una contribución que tiene que ver, en buena medida, con el acompañamiento y ayuda a personas en (o cerca de) situaciones graves y complejas de exclusión social, ese tipo de situaciones en las que suele aparecer el ingrediente de las limitaciones (mayores o menores, temporales o permanentes) en la capacidad autónoma y los apoyos familiares y relacionales para la resolución de problemas (lógicamente, junto a otros como el empleo, la vivienda o los ingresos). En esos procesos nos hemos encontrado muchas veces, venturosamente, con compañeras y compañeros de los servicios sanitarios, educativos, laborales u otros.

Sin embargo, en la paradójica oscuridad y notable dureza (para muchas personas) de los tiempos que vivimos, se diría que las que en otro momento fueron soluciones se convierten en problemas:

  • Nuestra polivalencia y capacidad de combinar diferentes recursos hace que muchas personas vengan a los servicios sociales esperando prestaciones y apoyos que ahora nos sentimos o nos sabemos incapaces de proporcionarles, incluso aunque se aumente el personal y la financiación (o precisamente por eso, en la medida en que los incrementos de recursos pueden generar más expectativas y más demanda, sin necesariamente aumentar tanto la capacidad de respuesta).
  • Las reglas de funcionamiento y normas jurídicas previstas para aportar garantías y eficiencia en la atención a las personas parecen adentrarnos cada vez más en laberintos burocráticos más densos y opacos.
  • La informatización y digitalización llamada a simplificar las tareas administrativas y hacer transparente la información parecen convertirse en una nueva barrera generadora de exclusión y amenazadora fuente de control.
  • La proximidad a las personas destinatarias, seña de identidad fundamental en nuestra intervención social, genera fricciones y malestares crecientes en ambas partes (incluso maltrato y violencia), en un contexto en el que vulnerabilidades, precariedades, recursos y capacidades se reparten de forma más amenazante y aleatoria en los dos lados de “la mesa”.
  • El trabajo en red, la coordinación e integración entre diferentes agentes, tantas veces reclamada y alabada, parece hacer cada vez más intrincados e impracticables los itinerarios para las personas trabajadoras y usuarias. La multiplicación de agentes y aproximaciones, de responsabilidades y conocimientos, se nos hace inmanejable y fragmentadora.

Parece que nos encontramos en una de esas situaciones oscuras y difíciles en las que, con facilidad, podemos pasar de ser parte de la solución a ser parte del problema, en la que nuestros intentos parecen volverse en contra de nuestras intenciones. Sin embargo, los tiempos oscuros y difíciles no tienen por qué ser necesariamente tiempos de desesperanza. Las situaciones paradójicas en las que nos cuesta entender y nombrar lo que sucede pueden ser anticipo y preludio de nuevas claridades y perspectivas. No sería la primera vez que nos crecemos frente a los problemas y dificultades y nos conjuramos para encontrar caminos de salida y avance. Volvamos a hacerlo.

(Notas tras la jornada de ayer sobre inclusión social organizada por el Gobierno Vasco.)

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