¿Qué puede aprender el sector de los servicios sociales del sector minero en nuestro país?

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A mediados del siglo XX había en España más de 100.000 mineros y en la actualidad hay menos de 2.000. Este dato parece suficientemente expresivo de la pérdida de relevancia de este ámbito de actividad económica. Cambios en su contexto y entorno fueron dinamitando (valga la fácil metáfora) las condiciones de posibilidad (o quizá la necesidad) de esta rama de la producción y de sus profesiones, desde las más operativas (como la de picador) hasta las más técnicas, como la ingeniería de minas. En los procesos de crecimiento y decrecimiento del sector, fue cambiando, por cierto, el reparto de papeles entre agentes y la forma de comprensión y gestión (como bienes comunes, privados o públicos) de los materiales extraíbles por la minería. De hecho, resulta significativa la creación de la empresa pública Hunosa, en 1967, que surge de la nacionalización y fusión de más de veinte empresas preexistentes, precisamente para intentar contribuir a manejar la conflictividad laboral esperada (y ocurrida, ciertamente) en el proceso de desmantelamiento de unos trabajos con fuertes señas de identidad y vinculación al territorio.

Cabe preguntarse si el sector de los servicios sociales en nuestro país pueda ser en los próximos años otro que (dale con las metáforas) entre “en barrena”, como en su día hizo el de la minería. ¿Por qué? Pues porque nuestros servicios sociales tienen como especialidad unos que podríamos llamar “paquetes integrados”, que, básicamente, son dos:

  • El pack que une ayudas económicas para la subsistencia material con acompañamiento y control social (dirigido a personas y familias con cierta combinación de pobreza económica y otros riesgos, especialmente si afectan a niñas, niños y adolescentes).
  • El paquete que une cuidados personales con alojamiento colectivo (dirigido a personas con cierta combinación de limitaciones funcionales, de apoyo familiar y económicas).

Pues bien, parece que, del mismo modo que ciertas alteraciones en la disponibilidad de recursos minerales, en las tecnologías relacionadas, en el contexto comercial u otros fueron achicando el espacio a la actividad minera tradicional, cabe detectar cambios que pueden ir disminuyendo la viabilidad de estos paquetes característicos de nuestros servicios sociales y de los procesos existentes para su producción y distribución:

  • La oferta del primero de los lotes es desbordada brutalmente por la demanda de dinero para la subsistencia material que llega a los servicios sociales debida al desbordamiento, a su vez, de los mecanismos de garantía de rentas de la Seguridad Social (en un contexto estructural fuertemente exclusógeno), demanda económica que, por otra parte, no va asociada en la mayor parte de los casos a una necesidad (o, al menos, a una necesidad sentida) de acompañamiento social.
  • La oferta del segundo de los packs es rechazada por la inmensa mayoría de las personas que necesitan o van a necesitar cuidados, personas cuyo número crece en el actual contexto demográfico, del mismo modo que aumenta su expectativa de que los poderes públicos garanticen el ejercicio de su derecho a recibir cuidados (en su entorno comunitario), al menos tanto como garantizan su derecho a la atención sanitaria.

Como cualquier otra industria, los servicios sociales, en ese contexto, pueden tener cierto margen para reinventarse, para rentabilizar y reutilizar sus activos (profesionales, relacionales, técnicos, políticos, materiales y de todo tipo) y para transformar su oferta. Para esto, resulta imprescindible un salto cualitativo en gestión anticipatoria de la información y el conocimiento. Para ello, también, deberán optar mucho más claramente por su propio reparto de papeles entre agentes (personas, familias, comunidad, poderes públicos, profesionales, organizaciones solidarias, agentes del conocimiento, proveedoras mercantiles y otros). Pero nada les asegura que el futuro que les espera no sea el de un conflictivo proceso de destrucción como el vivido en las últimas décadas por parte de la minería en nuestro país.

(La fotografía, de Laia Farré, corresponde a una reciente manifestación de personal de los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona y está tomada de social.cat.)


  1. ¿Podemos acompañar o atender a quien no lo quiere? Lo veo desde una búsqueda de la motivación intrinseca a través de la extrínseca ¿Condicionalidad, reciprocidad o respeto? Una cuestión compleja con
    diferentes opciones de repuesta según casos, ciñco vital y consecuencias.
    Gracias por la reflexión.

  2. No se si podemos aprender mucho de la mineria (aunque de todo se aprende algo), porque me parece que los dos packs de los servicios sociales que presentas no cuestionan el sector (como en el caso de la mineria) sinó la forma de generar y distribuir los cuidados (lo que seria la energia en si).

    Claro que la demanda económica no va asociada en muchos casos a una necesidad de acompañamiento social. Razón por la cual venimos pidiendo que la primera sea asumida por otras instancias administrativas diferentes a los servicios sociales y así deje más espacio para el acompañamiento personal que es lo que podemos/sabemos producir.

    Algo parecido sucede con el paquete que une cuidados personales con alojamiento colectivo. Veremos como cada vez más las personas queremos que se nos cuide de forma más personalizada y digna, pero esto no creo que deje de ser una de las vetas principales (permitanme también la metáfora) que seguirá correspondiendo a nuestros servicios sociales.

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