Ni residencias ni domicilios: comunidad

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¿Son las residencias “el problema”? ¿Son los domicilios “la solución”? ¿Qué hacer?

Veamos. Claro que los centros residenciales públicos y concertados de nuestros sistemas autonómicos de servicios sociales deben activar su agenda de transformación. Y por supuesto que la atención social a domicilio (que normalmente depende de los servicios sociales de los entes locales) y otras prestaciones domiciliarias han de mejorarse y ampliarse. Pero parece difícil imaginar una respuesta suficiente al reto de los cuidados de larga duración sin modificaciones más importantes en el llamado mundo de la vida.

Fenómenos como el intenso sufrimiento vivido en y en torno a las residencias de mayores, el nuevo descenso de la natalidad, el aumento de la preocupación por las soledades (social, emocional y existencial), el retraso de la edad de emancipación juvenil o el incremento y la agudización de situaciones de vulnerabilidad y desesperación son experiencias pandémicas del mundo de la vida que interactúan con importantes desajustes del funcionamiento de nuestros sistemas e instituciones económicas y políticas.

Las dinámicas de cuidado y apoyo mutuo que conocimos en la sociedad patriarcal tradicional, incluso, hasta cierto punto, en su versión salarial y urbana no pueden ser, en ningún caso, clave de futuro. Es demográficamente y sociológicamente imposible pero, sobre todo, es inaceptable desde la perspectiva política y ética. La división sexual y la racialización, precarización e informalización del trabajo de cuidados deben ser superadas. Sin embargo, los proyectos de profesionalización e institucionalización de cuidados y apoyos en el marco de los servicios sociales llevan décadas topándose con restricciones (aparentemente) estructurales para su escalabilidad.

Desde los servicios sociales debemos expresar con claridad a la sociedad y a las autoridades políticas que la necesaria reconfiguración de los mundos vitales cotidianos de amplias capas de la población que reclama la crisis de cuidados no puede encomendarse sin más a estructuras y recursos (los de los servicios sociales, sean residenciales, domiciliarios, ambulatorios o de otro tipo) que se pensaron para hacerse cargo de determinados colectivos poblacionales minoritarios excluidos, además en contextos muy diferentes a los actuales.

La reconstrucción pospandémica, por tanto, debe ser reestructuración económica ambientalmente sostenible (incluyendo esquemas universales de garantía de ingresos) y, a la vez, experimentación e impulso de nuevas maneras de vivir, habitar y convivir en el territorio. El urbanismo feminista, la medicina familiar y comunitaria en la atención primaria de salud, la arquitectura amigable con las personas mayores o con la infancia, las tenencias intermedias en materia de vivienda, la teleasistencia avanzada de los servicios sociales, la acción comunitaria intersectorial, los sistemas alimentarios locales, las economías solidarias de proximidad, los laboratorios ciudadanos, las iniciativas de regeneración de barrios y otras tantas deben llevarnos a formas de vida comunitaria con mucha mayor capacidad de sostenernos mutuamente en nuestras interdependencias para, a su vez, incrementar la libertad efectiva de todas las personas (no sólo de unas pocas) para concebir y llevar adelante sus proyectos de vida.

La actual disyuntiva entre “permanencia en el domicilio” e “ingreso en una residencia” debe ser superada.

La comunidad debe marcar la diferencia.

(Reflexiones en el proceso de elaboración del Plan Estratégico de Servicios Sociales de La Rioja. La ilustración pertenece a la campaña Social Care Future, cuyo lema es: “Queremos vivir en el lugar que llamemos casa, con las personas y las cosas que amemos, en comunidades donde nos cuidemos mutuamente, haciendo las cosas que nos importen”.)

¿Crisis de cuidados, colapso relacional o insostenibilidad de la vida? Horizontes para los servicios sociales

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A la hora de pensar la gestión y la innovación en los servicios sociales (o en otras ramas de las políticas sociales o de las políticas públicas en general), no es lo mismo interpretar la situación ante la que se encuentran, por ejemplo, en términos de crisis de cuidados, de colapso relacional o de insostenibilidad de la vida. Las amenazas y los desafíos son, en parte, diferentes en cada caso y reclaman posiblemente modelos y estrategias distintas.

Podríamos interpretar la crisis de cuidados como un aumento notable de las necesidades no cubiertas (o de la demanda insatisfecha) de cuidados, entendidos como la relación de complementación frente a ciertas limitaciones funcionales de algunas personas para determinadas actividades de la vida diaria. Teniendo en cuenta las necesidades que actualmente están cubiertas de forma insuficiente o inadecuada y el incremento de la demanda debido a las tendencias demográficas y de salud, diversos cálculos hablan de triplicar o cuadruplicar la capacidad de las políticas públicas de cuidados en los próximos treinta años. Recordemos, en todo caso, que, más o menos, en este momento hemos llegado a la mitad de la cobertura prevista hace veinte años cuando se preparaba la llamada Ley de dependencia (sin avance claro en universalización y articulación de los servicios sociales), que, en parte, paradójicamente, ha financiado trabajo doméstico subalterno, precario e informal que hace competencia desleal al cuidado profesional.

Hablaríamos, en cambio, de colapso relacional en la medida en que grupos más o menos amplios de personas se encuentren en una situación en la que, a la hora de reclamar o recibir los productos o servicios de apoyo que necesitan, carezcan de un mínimo de relaciones primarias (familiares o comunitarias) significativas con las que seleccionar y combinar dichos cuidados y apoyos profesionales. Estaríamos hablando de entornos sociales o sectores de población en los que la desproporción y desvinculación entre personas que necesitan cuidados y personas de apoyo o cuidadoras primarias disponibles es tal que hay importantes zonas o parcelas del tejido social con graves afectaciones de su calidad de vida incluso contando con cuidado profesional a disposición. Es lo que, a pequeña escala, relativamente, ha padecido un buen número de las personas usuarias de residencias de mayores en los meses más duros de pandemia y confinamiento. La emergencia de la soledad como problema social sería un síntoma precursor de dicha situación.

Cabe la posibilidad, por último, que, más que sólo ante una crisis de cuidados o una situación de colapso relacional, nos encontremos ante una disrupción de las posibilidades de reproducción de la vida. Viviríamos colapsos en racimo y en cadena, no sólo de carácter relacional sino también (antes o después) ambiental, financiero, demográfico, alimentario, digital, político, sanitario, militar y, en definitiva, sistémico. La economía capitalista globalizada, tal como la conocemos, desencadena efectos extremos y frecuentemente caóticos de contaminación ambiental, desigualdad económica, segregación territorial, precariedad vital, desmoralización social, riesgo financiero o angustia vital y torna radicalmente imposible la misión encomendada a los servicios sociales de hacerse cargo de tantas personas y colectivos centrifugados por el sistema establecido.

Los servicios sociales se configuraron y posicionaron, dentro de un sistema de bienestar redistributivo, como una especie de comodín de la baraja, como un subsistema que podía cubrir a su manera la función de cualquier otro para personas o colectivos que quedaban (o corrían el riesgo de quedar) fuera del funcionamiento social. Hace veinte años visualizaron la atención a uno de esos “colectivos” (el de las personas demandantes de cuidados de larga duración) como una vía para su transformación y universalización. La pandemia parece estar acentuando su fragmentación, burocratización y distanciamiento a la vez que genera islas de polivalencia, flexibilidad y compromiso. Hoy y aquí, según cómo lean la sociedad que viene, deberán adoptar una u otra vía estratégica y modelo de referencia.

(Sobre estas cuestiones, agradeciendo la inspiración de Amaia Pérez Orozco, reflexionaremos por invitación de la Universidad del País Vasco, hoy, miércoles, 26 de mayo, desde las 16 horas hasta las 18 horas en este enlace de acceso libre:

https://eu.bbcollab.com/guest/1fb89752b857492d96141dc2f7a7e805)

(Español) Future scenarios in long-term care

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A long-term care model is a combination of elements such as:

  • • a care model (content and characteristics of the services and benefits that people receive),
  • • a prescription model (who decides that someone receives care),
  • • a management model (who hires the professionals) and
  • • a financing model (who pays).

We have identified four ideal types that our long-term care future might look like:

1. In the corporate scenario, the interests of the main organized groups that participate in long-term care and, fundamentally, those of large and medium-sized provider companies (for-profit or non-profit) and those of less qualified and more numerous and organized workers, would weigh more heavily. Reactive services of low added value (technological, economic and social) are offered for relatively captive and disempowered audiences. Social services could be seen here as a complementary business to others (such as real estate).

2. In the consumerist scenario, the public powers and administrations would get rid of the provision (direct or indirect) of services and would be configured as insurers that give money (direct payments, service checks or personal budgets) to each person, based on some (more or less) objective requirements and then individuals and families would go to the markets and buy the different services or supports. It is a historical vindication of some movements of people with physical disabilities or other sectors.

3. The community scenario is the one that defends the community of practice and knowledge. It would be based on a model of preventive and population approach, as well as on technological, social and political innovation. It would be based on the technical and organizational strengthening of primary social care (which generates capacity and legitimacy for technical prescription) within a framework of integrated care.

4. The chaotic scenario would be that of an increase in the informal care economy and inequity in social care and welfare services in general. It would difficult people’s decisions about their future and the intergenerational contract.

Tendencias para el gobierno de las políticas sociales

tendencias

Parecemos entrar en la transición entre los tiempos pandémicos y los tiempos de la reconstrucción y quienes gobiernan nuestras políticas sociales se encuentran ante el desafío de identificar grandes tendencias en curso, como corrientes u olas que aprovechar para tomar y dar impulso. Se proponen y presentan las siete siguientes:

1. Profesionalización

La sociedad del conocimiento es la sociedad de la profesionalización, es decir, la sociedad en la que más y más necesidades van obteniendo respuesta a través de esas figuras con un plus de saber exigible que llamamos profesionales. En ese contexto, es evidente que el campo específico de los cuidados de larga duración es uno de los que, con más claridad, va a necesitar más cantidad y cualificación de profesionales, por el aumento, diversificación y sofisticación de la demanda. Ello es interesante, por otra parte, porque vivimos en una sociedad en la que el empleo sigue siendo un regulador importante y un mecanismo fundamental del contrato social y el campo de los servicios sociales tiene, por lo dicho, una importante capacidad y potencialidad de creación, absorción y sostenimiento de empleo de diferentes tipos. La inversión en cualificación es predistributiva.

2. Digitalización

Internet es (con la experiencia de la pandemia todavía más) la infraestructura fundamental para el funcionamiento de la sociedad y, especialmente, para la regulación de las relaciones, la gestión de la información y la circulación del dinero. Aquellos sectores de actividad (y, específicamente, aquellas ramas de la política social) que equilibren e hibriden mejor la capa digital y los procesos materiales, corporales y presenciales en sus niveles operativos, de gestión y de gobierno tendrán, seguramente, más posibilidades de éxito. Sea como fuere, la digitalización representa un gran reto para el diseño de políticas sociales pues su poder tecnológico le permite una gran capacidad de transformar (y eventualmente de desfigurar) los procesos que se digitalizan (de ahí la importancia de la deliberación ética al respecto).

3. Territorialización

Por razones medioambientales y de supervivencia, resulta imperativo que nuestras vidas se desarrollen en mayor medida en la proximidad física y en la reciprocidad comunitaria, con una diversificación (en el continuo individual-comunitario-público) de las formas de tenencia y uso del territorio y la edificación y de los formatos de vivienda y equipamiento dotacional. Por ello, aportarán más valor aquellas políticas sociales y aquellos agentes y profesionales que mejor contribuyan a que las personas podamos vivir más tiempos y hacer más itinerarios de satisfacción de necesidades en nuestros vecindarios y localidades, potenciando los activos y relaciones comunitarias de todo tipo. La pandemia y la perspectiva de colapsos aconsejan invertir en comunidades y territorios resilientes apoyados en la capilaridad y atención integrada del personal profesional de las políticas de bienestar a pie de calle.

4. Clusterización

Las actividades económicas (y todas las que satisfacen necesidades lo son) suelen ordenarse (articularse o integrarse, vertical y horizontalmente) en ecosistemas (clústeres) donde unas organizaciones ejercen un efecto tractor sobre otras. Pensemos, por ejemplo, en lo diferente que resultará el futuro de las actuales residencias de mayores (la zona cero de la pandemia) si su necesaria transformación se hace en el marco de sistemas públicos de servicios sociales, en el marco de ecosistemas sanitarios, en un marco de silver economy, en un marco de regeneración de barrios y vecindarios, en el marco de un sistema de cuidados o en otro clúster diferente. Estamos en un momento crucial para tomar un camino u otro y para acertar en el impulso de las dinámicas de tracción, sinergia y estructuración.

5. Coproducción

Las nuevas complejidades de los desafíos a los que se enfrenta nuestra sociedad (como se está viendo con claridad en los meses de la pandemia) reclaman nuevas capacidades directivas de los poderes públicos y nuevas formas de repartir y coordinar los papeles entre la Administración pública y otros agentes. La pandemia ha sido ocasión de nuevas formas y cotas de ejercicio de la autoridad pública que reclaman, a su vez, de nuevas iniciativas de empoderamiento de la sociedad civil y de gobernanza, gestión y producción colaborativas, generadoras de confianza, que saquen lo mejor de cada tipo de agente, cada uno con su papel específico y sus correspondientes ventajas comparativas. De lo contrario, el enquistamiento endogámico de muchos partidos políticos se retroalimenta con el individualismo posesivo de relevantes capas de la población.

6. Politización

El aumento de las desigualdades y de la precarización, fragmentación y segregación laboral, residencial, económica y, en general, social hace que no pueda ser sino conflictiva la pugna por unas u otras políticas sociales. Se ha de intentar que las políticas sociales se apoyen en la mayor medida posible en la evidencia y en los consensos de la comunidad de conocimiento y, sin embargo, desde el diseño de políticas sociales se debe reconocer y reclamar la dimensión ideológica y emocional de las políticas sociales. Puede decirse que, en los pasados meses, hemos tenido en Pablo Iglesias el ejemplo de una acción política desconectada de la materia de su responsabilidad en el Gobierno (servicios sociales) y el ejemplo contrario, en Yolanda Díaz, de hacer política con mayúsculas (y emocionante) precisamente desde el conocimiento y la viabilización de su responsabilidad gubernamental (trabajo).

7. Disrupción

En una sociedad de la innovación y en la que, cuando creemos tener respuestas, cambian velozmente las preguntas, la maquinaria de construcción, implementación y reconocimiento de políticas sociales debe tener la capacidad de realizar con agilidad experiencias piloto (lanchas rápidas) que pronto puedan convertirse en iniciativas emblemáticas (buques insignia, según la terminología adoptada, por ejemplo, en el Plan de recuperación, transformación y resiliencia del Gobierno de España), tractoras de procesos de mejora, reforma y transformación de las políticas sociales (nuestra flota). La maniobrabilidad y capacidad de respuesta rápida a retos inéditos y tormentas perfectas se hace más necesaria para las políticas sociales.

Lecturas recientes inspiradoras

DEL PINO, Eloisa y SUBIRATS, Joan (coordinación)(2021): Las Administraciones ante los riesgos sociales y globales. Madrid, INAP.

GOMÁ, Ricard y UBASART, Gemma (coordinación)(2021): Vidas en transición. (Re)construir la ciudadanía social. Madrid, Tecnos.

PÉREZ ERANSUS, Begoña y MARTÍNEZ VIRTO, Lucía (coordinación)(2020): Políticas de inclusión en España: viejos debates, nuevos derechos. Madrid, CIS.

MORENO, Francisco Javier y DEL PINO, Eloisa (edición)(2020): Las transformaciones sociales y territoriales del Estado en la edad digital. Libro homenaje a Luis Moreno. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

(Contenidos de o para encuentros de la semana pasada o previstos para la entrante con el Consorcio As Mariñas, Nerea Eguren, los Departamentos de Empleo del Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Bizkaia, Elkarrekin Podemos, APTES, el Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona, el Consejo Económico y Social Vasco, el proyecto CUMADE (con Amaia Pérez Orozco y Dolors Comas, entre otras), el PSOE (a través de Eva Granados), Adinberri, el Consell Comarcal de la Noguera y los grupos cooperativos Tangente y Servicios Sociales Integrados.)

Los resultados electorales de Madrid y nuestro pensamiento sobre políticas sociales

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Posiblemente quienes trabajamos en el ámbito de las políticas sociales tendemos a sobreestimar la importancia de nuestras prestaciones y servicios públicos de bienestar en la satisfacción con su vida que tienen las personas y en su percepción del contrato social en el que están inmersas, en función de la cual toman decisiones y, entre otras, la de su voto en las elecciones políticas.

Quizá nos juega una mala pasada nuestra edad y nuestra posición en el entramado laboral y residencial y damos una excesiva importancia a la seguridad frente a determinados riesgos que ofrecen los poderes públicos. Y no reparamos en determinada gente de otras edades, en personas que viven y trabajan en otros sitios y para quienes esas seguridades no son más que una quimera lejana.

Acaso, por nuestra trayectoria académica, profesión y empleo, dedicamos bastante tiempo al procesamiento de información escrita, científica y técnica, al raciocinio y la deliberación crítica, menospreciando, quizá, determinados saberes, prácticas, hábitos, pertenencias, malestares, aficiones, vínculos, valores, deseos, ilusiones, temores y emociones que consideramos, posiblemente, demasiado básicas o primarias y, quizá, inapropiadas o injustas.

Seguramente sentimos un gran apego por logros en los que hemos participado y no somos suficientemente conscientes de sus deficiencias y deterioros, de sus desajustes tras ciertos cambios sociales. De sus sesgos de género, de edad, de clase, territoriales. De la rigidez burocrática e impersonalidad digital con que se producen en ocasiones. De su frecuente paternalismo, autoritarismo, clientelismo o moralismo.

Igual sucede que creemos mantener planteamientos alternativos mientras se nos percibe como parte del sistema establecido. Que estamos más del lado del conformismo que de la innovación. Que la vivencia de la pandemia y la perspectiva del colapso cuestionan la intangibilidad de lo logrado y construido hasta el momento que suponemos. Que nos interesa mirar para otro lado para no ver que nuestro modo de vida no es universalizable ni sostenible, seguramente. Que no está claro a quién agrupa la primera persona del plural en nombre de la que hablamos.

Quizá por eso nos descolocan especialmente el discurso, el talante, los anclajes y los intereses que han articulado una amplia mayoría en las recientes elecciones de la Comunidad de Madrid.

Las Administraciones ante los nuevos retos sociales

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Podemos ver la Administración social realmente existente como una flota de buques de carga. Esta flota viene realizando recorridos regulares y su tripulación sabe, básicamente, lo que tiene que hacer en el puerto de origen, en las diferentes etapas de los viajes y en el lugar de destino. Y vuelta a empezar. Dentro de este funcionamiento básicamente estable de la flota, siempre ha habido y sigue habiendo cambios. A veces hemos escogido otras rutas y puertos. O hemos modificado estructuras organizativas o funciones en la tripulación. Y así sucesivamente.

Ahora, quizá, toca hacer algo diferente. Ya se venían acumulando las dudas sobre el sentido, planteamiento y funcionamiento general de la flota pero la pandemia y las emergencias han intensificado esas incertidumbres y, en general, la envergadura del desafío que nuestra flota tiene ante sí. En esas circunstancias, una tendencia natural puede ser la de agarrarse a las seguridades que teníamos, repetir lo que hacíamos antes de forma supersticiosa para intentar lograr que las cosas vuelvan a ser como antes, como “siempre”, como “toda la vida”.

En unas circunstancias de este estilo se trata de buscar las dosis justas de prudencia y experimentación. La prudencia, la precaución, intenta salvaguardar lo logrado y aprendido. Nuestros buques y tripulaciones, en su funcionamiento ordinario y dinámico, aportan valor, tienen un bagaje acumulado en sus estructuras, capacidades, funcionamientos y relaciones. No podemos permitir que una tormenta destruya nuestros buques directamente o que, por la tormenta, nos desorientemos y acabemos chocando contra unos acantilados.

Sin embargo, hay suficiente información y evidencia de que muchas organizaciones públicas o de otros tipos, incluso algunas que parecían demasiado grandes para caer, han fracasado estrepitosamente por no saber leer los cambios en el entorno, en los entornos en los que se desenvolvían.

Para eso sirven las lanchas rápidas. Las responsables de la flota, de los buques o de algunos de los buques tienen que aceptar que parte de su tripulación debe abandonar parcial o temporalmente los barcos para engrosar equipos que puedan avanzar en lanchas rápidas. Las lanchas rápidas son experimentos, grupos de tarea, experiencias piloto, pruebas, incursiones que permiten diseñar, construir, explorar innovaciones (de diferentes tipos: en destinatarias, entornos, actividades, estructuras, tecnologías, infraestructuras y más) que posteriormente puedan ser escaladas e implementadas en toda la flota y en la Compañía. Cada una de esas lanchas rápidas y su periplo deberán ser una maqueta, un prototipo que contenga el mayor número de elementos que sea posible, de modo que su posterior escalamiento impacte lo mejor posible en el funcionamiento y el servicio de la flota y de la Compañía.

A la hora de identificar, diseñar, llenar de contenido y ofrecer recursos y recorrido a estas lanchas rápidas, parece idóneo un enfoque de arriba hacia abajo de emisión de señales claras acerca de la orientación estratégica que se propone, combinado con un planteamiento de abajo hacia arriba en el que son los agentes más pegados al territorio quienes formulan las propuestas concretas, con un deseable impacto en la calidad de la atención, el desarrollo tecnológico, la simplificación administrativa, la innovación organizativa, la gestión integrada y la gobernanza inteligente.

(Adaptado de la conclusión del capítulo (descargable aquí) titulado “Qué Administración necesitamos para implementar las políticas que atiendan los nuevos retos sociales” dentro del libro Las Administraciones ante los riesgos sociales y globales. Sobre estas cuestiones conversaremos presencialmente esta semana en varias actividades en Mataró y Barcelona.)