¿De qué hablamos cuando hablamos de crisis de los cuidados?

Arlie Russel Hochschild

En palabras de Cristina Carrasco, “el envejecimiento demográfico junto a la cada vez mayor participación laboral de las mujeres ha llevado a una situación crítica, puesto que la oferta de trabajo de las mujeres no era infinita, como parece que se presuponía. Una situación crítica en relación al cuidado de las personas, básicamente, de las personas mayores muy dependientes que requieren presencia constante de otra persona adulta. Dicha situación, unida a la incapacidad o no disposición para pensar en un cambio de modelo de trabajo ha llevado a la denominada crisis de los cuidados. ‘Crisis’ que las clases medias y altas han resuelto de manera individual contratando mujeres pobres de países más pobres”.

Amaia Pérez Orozco señala que “la crisis de los cuidados en los países del centro se engarza con la crisis de reproducción social en los países del Sur global que impele a tantas mujeres a migrar. Entre ambas, se conforman las llamadas cadenas globales de cuidados. Con este concepto nos referimos a las redes transnacionales que se establecen para sostener cotidianamente la vida y a lo largo de las cuales los hogares y, en ellos, las mujeres, se transfieren cuidados de unas a otras con base en ejes de jerarquización social”. Yayo Herrero afirma que “si la ignorancia de los límites biofísicos del planeta ha conducido a la profunda crisis ecológica que afrontamos, los cambios en la organización de los tiempos que aseguraban la atención a las necesidades humanas y la reproducción social también han provocado lo que desde algunos sectores del feminismo se ha denominado crisis de los cuidados”.

La crisis de los cuidados ha sido identificada y analizada desde o con una preocupación especial por la desigualdad entre mujeres y hombres, desde que en 1995 se refiriera a ella Arlie Russel Hochschild (como recuerda Margarita León), aunque el cuerpo teórico feminista sobre los cuidados dataría de los años 80 (Martínez Buján, Raquel). Sin embargo son esas mismas autoras feministas las que muestran cómo afecta también de forma diferencial e injusta cuando miramos a otros factores de diversidad o situaciones de desigualdad. La propia Hochschild se ha referido a las cadenas globales de cuidados como un trasplante global de corazón.

El análisis de la crisis de los cuidados contribuye a comprender mejor el alcance sistémico de la crisis que está viviendo nuestro modelo social y nuestra sociedad y las limitaciones estructurales de nuestro sistema de bienestar. Nos encontramos, en buena medida, ante el reto de reformular el contrato social entre capital y trabajo, pero también entre mujeres y hombres, entre generaciones, entre regiones del mundo, entre las personas que vivimos ahora y las que vivirán en el futuro y en definitiva entre todas las personas en su diversidad de características, situaciones y opciones. El análisis de las economistas y otras feministas sobre la crisis de los cuidados ayuda a colocar la sostenibilidad (global) de la vida (buena) en el centro del diagnóstico y las propuestas. También contribuye a la identificación de valores sociales destructores de la vida y de la naturaleza ética (Goikoetxea, Marije) y humanizadora de la tarea de poner el cuidado de la vulnerabilidad humana en el centro de la vida social, económica y política.

(Fragmentos de un artículo de próxima publicación en Zerbitzuan. En la fotografía, Arlie Russel Hochschild.)

Deconstruyendo los cuidados

AAL

En nuestra sociedad podrán contarse con los dedos de una mano los fenómenos cuya envergadura sea comparable con la de la crisis de los cuidados, identificada, en buena medida, por economistas y, en general, militantes feministas. Por ello la cuestión de los cuidados resulta cada vez más central para el diseño estratégico de políticas sociales. En ese contexto es necesario profundizar en la comprensión del fenómeno humano del cuidado.

Cuando hablamos de cuidados nos referimos a actividades que, en términos generales o mayoritarios, las personas pueden hacer por y para sí mismas. Por su vinculación con nuestro espacio cotidiano de intimidad, por su carácter fundamental o estratégico, por su limitada complejidad o por otras razones, se trata de actividades especialmente indicadas, también, para ser realizadas por o para otras personas en el seno de relaciones primarias de carácter familiar y comunitario. Por ello habla Cristina Carrasco del cuidado como bien relacional.

Cuando el equilibrio hecho de de autocuidado y cuidado primario se deteriora, de forma más o menos repentina, nos hacemos conscientes –muchas veces con desorientación y sufrimiento– de la necesidad de nuevos cuidados y apoyos, normalmente profesionales. Sin embargo frecuentemente no diferenciamos y calibramos adecuadamente las necesidades de ayuda y las posibles respuestas y soluciones.

En ocasiones necesitamos productos o servicios para afrontar limitaciones para la realización de actividades domésticas que antes efectuábamos (como cocinar o limpiar la casa). Otras veces, asistencia personal, porque no somos capaces, por ejemplo, de lavarnos o vestirnos. Puede ocurrir que precisemos mayor control, vigilancia o supervisión porque hemos perdido capacidad de gestión de riesgos. O que se complemente o dinamice nuestra red relacional, que estaba languideciendo. O que se nos ayude a tomar decisiones y hacer gestiones para poder disfrutar adecuadamente de apoyos (más o menos intensos, más o menos tecnológicos) como los que acabamos de mencionar. Y así sucesivamente.

La adecuada identificación de estas y otras necesidades, la correcta deconstrucción de los cuidados que precisamos es condición necesaria –aunque no suficiente– para articular adecuadamente el mix de apoyos, de forma que se preserve y potencie al máximo nuestra autonomía y dignidad cuando, de forma más temporal o permanente, necesitamos cuidados.

“Las relaciones de cuidado son parte del capital social”

CAMFiC

(Entrevista de la Sociedad Catalana de Medicina Familiar y Comunitaria a Fernando Fantova, con motivo de una jornada sobre cuidados familiares y comunitarios y coordinación sociosanitaria prevista para el 15 de mayo en Barcelona.)

1.- Usted habla de que las relaciones de cuidado son consustanciales a la vulnerabilidad humana. Y específica que hay una relación interpersonal (relación de cuidado) que nos constituye y nos construye como personas. ¿De qué manera? ¿Necesitamos cuidar?

Los seres humanos nacemos muy vulnerables y sólo podemos sobrevivir y desarrollar nuestras potencialidades como personas en la medida en que somos cuidados por otros seres humanos. El cuidado es una forma de relación fundamental o una dimensión básica de las relaciones interpersonales. Los seres humanos necesitamos ser cuidados y, entiendo, que, de forma bastante natural, sentimos la necesidad de, recíprocamente, cuidar a otros. Las personas nos construimos en relación, como se comprueba, por ejemplo, si nos fijamos en que algo tan constitutivo y central en la vida humana como es, en general, el lenguaje, sólo puede ser aprendido y producido en el seno de relaciones interpersonales.

2.- También habla de la interacción humana como una vinculación familiar y comunitaria, y la describe como un estado deseable y fundamental. ¿Es esta interacción humana también una relación de cuidado? ¿Qué la diferencia de la relación interpersonal?

Me he atrevido a proponer un concepto de interacción humana para intentar explicar cuál es el bien que protegen y promueven los servicios sociales, es decir, para qué nos sirven los servicios sociales. Y lo que digo es que, del mismo modo que los servicios sanitarios se ocupan de nuestro estado de salud, los servicios sociales se ocupan de nuestro estado de interacción, definida específicamente como autonomía funcional (capacidad interdependiente para el desenvolvimiento cotidiano) e integración relacional (vinculación familiar y comunitaria en clave de reciprocidad). Ese estado o proceso que denomino interacción es, por tanto, relación familiar y comunitaria y tiene, desde luego, un componente de cuidado en muchos momentos.

3.- Por otro lado, define la relación de cuidado como parte del capital social de nuestra sociedad. ¿Es por ello que debemos ir más allá del cuidado personal y hablar de una relación de cuidado más “institucional” que debería ofrecernos cualquier Administración de un Estado como un derecho?

Las relaciones familiares y comunitarias de cuidado son, sin duda, una parte importante del capital social de una sociedad, como lo son, por poner otro ejemplo, las iniciativas de participación asociativa en las que nos implicamos las personas. Entiendo que el Estado no puede ser neutral ante esas formas de capital social sino que debe promoverlas activamente y complementarlas sinérgicamente. Deseo vivir en una sociedad donde el Estado me garantice, como derecho social, una serie de cuidados (proporcionados por los servicios sociales, sanitarios u otros) y dónde el Estado se implique activamente en la facilitación y promoción del ejercicio de los cuidados familiares y comunitarios y, en general, de la capitalización social.

4.- ¿Podemos afirmar que la crisis del Estado del Bienestar pone en peligro las relaciones de cuidado y al capital social? ¿Qué soluciones caben?

La llamada crisis del Estado de bienestar puede ser leída, en parte, como el desajuste del sistema público de protección social en un contexto de rápidos y profundos cambios sociales en lo concerniente a la autonomía funcional y las relaciones familiares y comunitarias de las personas. En ese contexto se producen simultáneamente deterioros de la eficacia de la protección pública y destrucción de bienes relacionales o capital social, fragilizándose, destruyéndose o no realizándose muchos cuidados que son necesarios para muchas personas. La solución pasa por un rediseño reconstituyente de las políticas sociales y el Estado de bienestar con enfoque comunitario.

5- ¿Debemos reinventar y redefinir el Estado del Bienestar? ¿Con qué criterios? ¿Habría un nuevo paradigma de todo ello?

Propongo tres grandes criterios para esa necesaria reinvención o redefinición del Estado de bienestar: universalidad, estructuración y enfoque comunitario. Las seis grandes políticas sociales sectoriales del Estado de bienestar (sanidad, educación, servicios sociales, empleo, vivienda y garantía de ingresos) han de avanzar hacia su universalización. Por otra parte, la estructura del Estado de bienestar debe combinar estos pilares sectoriales con políticas transversales (de igualdad y diversidad, familiar, comunitaria y de promoción de la iniciativa social) e intersectoriales. Ello configura un Estado capaz de proteger y promover eficazmente el bienestar y de contribuir al empoderamiento comunitario.

6.- ¿Qué papel espera en todo esto de la Medicina de Familia?

La medicina familiar y comunitaria tiene un papel absolutamente estratégico en este contexto, al menos por tres razones. En primer lugar porque, entre las áreas de conocimiento importantes en las políticas sociales, la medicina es la más avanzada en términos de investigación científica y práctica basada en la evidencia, mostrando el camino a otras disciplinas. En segundo lugar por la centralidad de la profesión médica en el pilar sectorial más universalizado y estructurado entre los mencionados, que es el sanitario, que opera en parte como modelo para otras políticas sectoriales. Y en tercer lugar por el liderazgo que ha venido ejerciendo la medicina familiar y comunitaria en la transformación de la sanidad desde un enfoque comunitario, apostando por una atención primaria próxima y resolutiva.

(Aquí puede leerse esta entrevista en la web de la CAMFiC)