El cráter de los cuidados

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En la superficie terrestre hablamos de cráteres para referirnos a huecos, a espacios vacíos que aparecen por erupciones desde el interior de la tierra, por impactos externos, por movimientos de tierras y, en ocasiones, por razones desconocidas. La metáfora del cráter quizá nos sirva para comprender mejor el momento actual en materia de cuidados profesionales de larga duración.

No cabe duda de que el tejido profesional relacionado con los cuidados está tensionado y parece seguro que se va a tensionar más, mucho más. El problema es cuantitativo (necesitamos más personas de perfiles o cualificaciones que ya existen en gran medida) y cualitativo (seguramente vamos a necesitar nuevos perfiles o cualificaciones). La trama profesional de los cuidados se está rompiendo por varios lados, se están abriendo boquetes cuya dinámica y dimensionamiento nos resulta difícil de conocer y prever. Todo un reto para nuestras políticas de empleo.

Desde diferentes zonas de terreno más o menos firme cercanas al cráter, se ofrecen oportunidades para hacer frente a la situación (aunque también se perciben riesgos de ser engullidas por el cráter). Por ejemplo:

  • Desde diferentes tipos o programas de servicios sociales, como, por ejemplo, la orientación personalizada, la intervención familiar, la dinamización comunitaria, el llamado Servicio de Ayuda a Domicilio, la asistencia personal o los diferentes centros residenciales y sus profesionales más reconocibles (como las llamadas auxiliares o profesionales con perfil técnico con o sin grado universitario, mayor o menor).
  • Desde los servicios y profesiones sanitarias (con formación universitaria o profesional de diferentes grados).
  • Desde el servicio doméstico, con sus alternativas de dignificación, profesionalización o empresarización.
  • Desde el mundo del ocio, el deporte, el turismo o la cultura, con su capacidad de hacerse más accesible, amigable e inclusivo.
  • Desde el ámbito inmobiliario (perfiles profesionales que acompañan y ayudan a las personas en diferentes momentos de su itinerario residencial: desde el diseño de soluciones habitacionales más o menos compartidas o asistidas hasta el día a día de las comunidades vecinales).

Hoy y aquí no tenemos un plan para la reconstrucción, no sabemos cómo vamos a cubrir el cráter, cuántos y qué profesionales estarán en esta economía de los cuidados y la longevidad. Y, seguramente, es difícil avanzar porque las decisiones políticas sobre organización social de los cuidados interactúan con otras sobre, por ejemplo, fiscalidad o inmigración y, en definitiva, con grandes arreglos familiares, comunitarios y sociales de manejo de la diversidad de género, generacional, funcional y cultural.

Más aún, seguramente en los cuidados nos jugamos una frontera de lo humano: ¿Hasta dónde la autonomía? ¿Y las familias? ¿Hasta dónde la profesionalización? ¿Y las comunidades? ¿Y las tecnologías? ¿Y qué familias? ¿Qué profesionales? ¿Qué comunidades? ¿Qué tecnologías? ¿Qué sociedad?

El cráter de los cuidados, sin duda, está haciéndose más grande en la pandemia. Cada día se traga más vidas y haciendas. Y sabemos que no se trata de un problema coyuntural y pasajero sino de la expresión de una falla estructural de la organización social de nuestro capitalismo patriarcal del bienestar. Seguramente no sobra casi nadie, casi ninguno de los agentes implicados hoy en el mundo de los cuidados. Y todos ellos deberán poder transitar bien y con apoyos desde donde están hoy hacia nuevas posiciones. Pero todos ellos están llamados a elevar la mirada para construir estrategias compartidas y poder lograr que, más pronto que tarde, donde hoy se abre un cráter construyamos el terreno seguro y fértil de una sociedad cuidadora.

(Reflexiones en el marco del proyecto #ZainLab.)

Hacia una Euskadi de los Cuidados (e pur si muove)

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¿Son los cuidados nuestro elefante en la habitación? ¿Son ese asunto espinoso en el que estamos pensando pero que preferimos eludir en la conversación? ¿O serán como el elefante de la fábula, que distintas personas perciben de diferente manera según qué parte de su cuerpo estén tocando, al no poder abarcarlo entero? Sea como fuere, en nuestro pequeño país, cabe identificar algunos movimientos, algunas búsquedas, algunos intentos que, ojalá, podamos impulsar y relacionar de manera cada vez más intensa y acompasada, hacia una Euskadi de los Cuidados.

En materia de conocimiento y visión sobre los cuidados, sin duda, hemos de reconocer la deuda de nuestra sociedad con la economía feminista, representada, por ejemplo, por La Colectiva XXK, desde la que comparten saberes Valentina Longo, Silvia Piris Lekuona y Amaia Pérez Orozco. Otros estudios de interés sobre la materia los aporta el SIIS (dirigido por Joseba Zalakain y con investigadoras como Raquel Sanz o Inti Fraile), sin ir más lejos dos bien recientes sobre sostenibilidad del gasto y calidad de la atención. Por otra parte, esperamos con interés la celebración en Vitoria-Gasteiz del próximo Congreso Nacional de Bioética, centrado en los cuidados, cuyo comité organizador está presidido por Marije Goikoetxea, de la Universidad de Deusto. Desde la Universidad del País Vasco, por ejemplo, Matxalen Legarreta participa en el proyecto CUMADE sobre cuidados y género.

Nuestros servicios sociales, obviamente, también están en esa búsqueda, como podía comprobarse, por ejemplo, en las palabras de Sara Buesa en el último número de la revista Grande Place (próximamente disponible en la web), desde la experiencia del Ayuntamiento de Vitoria en la pandemia, con una especial referencia a la sinergia entre los servicios sociales de atención primaria y las redes vecinales de cuidados, mapeadas en este caso por Urbanbat.

En el tercer sector y la economía solidaria podemos fijarnos en las muchas líneas de intervención e innovación del grupo Servicios Sociales Integrados, dirigido por Karmele Acedo y con investigadoras como Clara González o Martín Zuñiga. En este momento, entre otras, cabe destacar su colaboración con la Vicelehendakaritza de Empleo del Gobierno Vasco en el proyecto #ZainLab, que intenta identificar palancas facilitadoras para el proceso de profesionalización de los cuidados y, en general, la economía de la longevidad, con claves de personalización, prevención, proximidad, (re)habilitación, digitalización y comunidad.

En #ZainLab están implicadas, entre otros agentes, las Diputaciones Forales. En el caso de Gipuzkoa, a través de la fundación Adinberri, quien, simultáneamente, está construyendo participativamente la estrategia Hariak, ante las soledades. Esta Diputación, en el marco de su iniciativa Etorkizuna Eraikiz, impulsa proyectos como Pasaia Herri Lab, ecosistema local de cuidados, en el que se imbrican actuaciones de Osakidetza, la Fundacion Matia, OK en Casa, la Fundación Hurkoa, Adinkide y el Ayuntamiento de Pasaia. En este contexto encontramos aportaciones de figuras de referencia como Mayte Sancho, Iñigo Kortabitarte, Maider Azurmendi, José Ignacio del Pozo, Agurtzane Solabarrieta, Félix Arrieta o Irati Mogollón.

Las políticas de vivienda y urbanismo, por su parte, son fundamentales para la organización social de los cuidados y esto se está teniendo en cuenta, por ejemplo, en los proyectos Opengela de regeneración urbana integral o en la promoción de formatos de vivienda facilitadores de la equidad de género, las relaciones intergeneracionales y la apertura a la comunidad por parte de Viviendas Municipales de Bilbao o del Departamento de Vivienda del Gobierno Vasco, que ha encargado, también, un diagnóstico sobre el modelo de viviendas colaborativas en Euskadi. Arquitectas y urbanistas como María Arana, Naiara Zabala, Ignacio de la Puerta, Elena Pérez Hoyos, Miren Vives, Patxi Galarraga o Arrate Presilla trabajan en esta línea.

Por último, no es posible olvidar el papel de los movimientos sociales, entre los que encontramos, por ejemplo, a Amalan, (Asociación de Madres y Tutoras Cuidadoras de Personas con Gran Dependencia), Emakume Migratu Feministak Sociosanitarias o Irauli Zaintza por citar tan sólo tres. Y se sigue con interés la trayectoria de activistas como Isabel Otxoa, Rafael Armesto, Julio Gómez, Igor Nabarro, Juan Luis Uria o Arantza Basagoiti.

Baste este rápido repaso muy personal de algunas apuestas novedosas o renovadas en materia de cuidados para afirmar, recordando la frase atribuida a Galileo ,que el mundo de los cuidados en Euskadi, “sin embargo, se mueve.” Esperemos que, en el proceso de recuperación pospandémico, la organización social de los cuidados adquiera la centralidad que merece y que la transformación de los dispositivos existentes y la creación de otros nuevos encuentren en las políticas públicas vascas el liderazgo necesario y en la sociedad vasca el acompañamiento imprescindible.

(Información procesada en el marco de un trabajo de consultoría estratégica para el Departamento de Empleo, Inclusión Social e Igualdad de la Diputación Foral de Bizkaia. En la foto, de José Mari Martínez, tomada del diario Deia, posa alumnado y profesorado de una acción formativa del Grupo SSI.)

Algunas lecturas recientes que han acompañado la elaboración de esta entrada:

CAMPS, Victoria (2021): Tiempo de cuidados. Barcelona, Arpa.

CHRISTENSEN, Karen y PILLING, Doria (2020): “Introduction” en CHRISTENSEN, Karen y PILLING, Doria (edición): The Routledge Handbook of Social Care Work Around the World. Abingdon, Routledge, 1-12.

DONATI, Pierpaolo (2020): “Diritti sociali e welfare relazionale” en MORUZZI, Mauro y PRANDINI, Riccardo (cuidado): Modelli di welfare. Una discussione critica. Milano, Franco Angeli, páginas 77-112.

ETXEBERRIA, Xabier (2020): Dependientes, vulnerables, capaces. Receptividad y vida ética. Madrid, Los Libros de la Catarata.

LEICHSENRING, Kai (2021): “Applying ideal types in long-term care analysis” en ASPALTER, Christian (edición): Ideal types in comparative social policy. Abington, Routledge, páginas 187-206.

MARTÍN PALOMO, María Teresa (2016): Cuidado, vulnerabilidad e interdependencias. Nuevos retos políticos. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

SPC (Social Protection Committee) y EC (European Commission) (2021): 2021 Long-Term Care Report. Luxemburg, European Commission.

Construyendo ecosistemas locales de cuidados y apoyo comunitario

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Partamos de que los cuidados pueden constituir un foco de interés creciente e importante en los próximos años en nuestro contexto, que pueden ser vistos como uno de los grandes problemas sociales no resueltos por parte de capas cada vez más amplias de la población.

Y asumamos que, hoy en día, ningún agente o sector tiene el liderazgo al respecto, es decir, que no hay ninguna organización o sistema social al que mire de forma clara y mayoritaria la ciudadanía cuando siente que necesita o puede necesitar cuidados o apoyos para cuidarse o cuidar.

Las instituciones públicas con responsabilidades en materia de servicios sociales tienen aquí una responsabilidad y una oportunidad pero solas no pueden hacer frente a este desafío y, sin duda, es imprescindible la colaboración del sistema de salud, del tercer sector de acción social, de las políticas de vivienda, de los servicios de empleo, de los movimientos sociales, de la acción comunitaria, de los centros escolares, de diferentes empresas tecnológicas, de las industrias del ocio y así sucesivamente.

En materia de cuidados (especialmente de cuidados de larga duración) y apoyos (más o menos) conexos son fundamentales el territorio, la convivencia y la proximidad. Por fundamental e insoslayable que resulte la digitalización de los cuidados, éstos se siguen produciendo en gran medida en el cuerpo a cuerpo y en un contexto de relación y compromiso familiar y comunitario. Contexto en el que, junto a los cuidados, se producen y disfrutan otros apoyos e intervenciones propias de los servicios sociales, la acción comunitaria o la atención integrada para el bienestar.

Necesitamos, por tanto, estructurar, desarrollar, visualizar y visibilizar ecosistemas de cuidados (y otros apoyos de proximidad) a escala humana, de enfoque familiar y comunitario. En cada lugar, con los agentes, activos, demandas y oportunidades realmente existentes y disponibles. Comprometiéndonos siempre a la fundamentación, trazabilidad y sistematización de las prácticas en conversaciones, colaboraciones y redes políticas y de conocimiento. Tan conscientes de la urgencia y envergadura del reto como de la necesidad de afrontarlo, con orden y concierto, desde marcos reconocibles y con visos de continuidad.

(Notas iniciales para el diseño de la segunda edición del Aula de Servicios Sociales del Gobierno de Cantabria. En la foto, la inauguración de la primera.)

Una brújula para reconstruir el contrato social

Contrato social

En el centro, la palabra “regulación”, representando la política, entendida como la toma de decisiones para cursos de actuación y (re)generación de estructuras mediante leyes u otros instrumentos. Partiendo de la percepción de que estamos en un momento de replanteamiento global del contrato social en nuestra sociedad.

Desde ese centro, los cuatro puntos cardinales a no perder de vista serían:

  • El territorio, es decir, la demarcación geográfica de referencia (municipal, autonómica, estatal, europea o mundial).
  • El conocimiento, base de cualquier decisión.
  • Los recursos disponibles, ahora y en el futuro, para dar satisfacción a las necesidades de las personas.
  • La legitimación, combustible imprescindible en una sociedad democrática.

El primer elemento definitorio del contrato social que podamos (re)construir es el de nuestras finalidades y, entre ellas, la principal, que puede ser:

  • La igualdad, si lo que más nos importa es el reparto equitativo de los bienes entre la diversidad de personas.
  • La eficiencia, si lo que priorizamos es incentivar la autonomía y creatividad para producir y disfrutar de esos bienes.
  • La cohesión, si nuestro foco está en el vínculo social que nos une como comunidad.

En segundo lugar, construimos contrato social cuando determinamos la satisfacción de qué necesidades y la producción de qué bienes se realizará mediante el mecanismo de la familia, del dinero o del Estado.

En tercer lugar, resulta fundamental para para la formulación del contrato social la diferenciación entre tres grandes técnicas de política pública:

  • La provisión de los bienes (por ejemplo mediante servicios sociales públicos que proporcionan cuidados de larga duración).
  • La predistribución (por ejemplo, invirtiendo en conocimiento y capacitación de los agentes que aumente su capacidad de producción de cuidados).
  • La redistribución (por, ejemplo, garantizando a todas las personas unos cuidados adecuados en el final de su vida, con independencia de los recursos o capacidades que tengan ese momento).

Por último, en cuarto lugar, se trata de ver qué segmentos sociales (en función de su posición económica, sexo o edad) son beneficiados o perjudicados en cada caso y en qué medida se pueden lograr sinergias y alianzas entre segmentos o nuevas formas de segmentación y nuevos sujetos.

(Esquema preparado para la Vicelehendakaritza y Departamento del Gobierno Vasco responsable en materia de Inclusión.)

Comunidad, servicios sociales, acción comunitaria e inclusión

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Hablar de comunidad es hablar de proximidad. Es hablar de vínculos, de afinidad, de vecindad. Hablar de comunidad es hablar de convivencia en diversidad(es). Es hablar de espacios, equipamientos y servicios públicos. Es hablar de autoorganización, de autogestión, de autodeterminación. También es hablar de calle, de encuentro, de fiesta. Es hablar de pertenencia elegida, de reconocimiento recíproco, de proyecto compartido. Hablar de comunidad ha de ser hablar de calidad de vida, de bienestar, de inclusión.

Podemos definir la acción comunitaria como el conjunto de actuaciones de la sociedad civil y los poderes y administraciones públicas que, con independencia de otras finalidades (principales o secundarias) que puedan perseguir, pretenden (de manera intencional, explicita y sistemática) construir, fortalecer, mejorar o potenciar la vida en comunidad, es decir, las comunidades como uno de los dispositivos o entornos fundamentales para la vida de las personas.

Los servicios sociales son, sin duda, un ámbito de actividad económica y una rama de la política pública en y desde los que se realiza (la) acción comunitaria, tanto en la atención primaria como en la especializada, tanto en los servicios públicos como en los concertados. Aunque somos conscientes de que nuestros servicios sociales y sus profesionales no son ajenas a dinámicas sociales de destrucción de lazos comunitarios, de desvinculación, de perversión de las dinámicas comunitarias, de estigmatización, de manipulación, de segregación, de exclusión. No pocas veces practicamos en los servicios sociales un asistencialismo punitivo que desempodera, aísla y aliena a las personas.

En cualquier caso, antes y después de la acción comunitaria sectorial que pueda hacerse en y desde los servicios sociales (u otros, como los de salud, urbanismo, empleo, seguridad, vivienda, promoción económica o cultura), la acción comunitaria ha de ser integrada e intersectorial. Y es vertebrada y compuesta en gran medida por agentes con encargos transversales en clave interseccional de igualdad y diversidad de género, generacional, funcional o cultural. Siendo sin duda imprescindibles los agentes con encargo propia y específicamente comunitario, frecuentemente con contenidos de prevención y promoción.

En la pandemia hemos tenido ocasión de (volver a) comprobar con fuerza la necesidad de la comunidad y de la acción comunitaria, así como de avizorar las oportunidades que se abren ante nuestros servicios sociales y otros servicios públicos y agentes de proximidad para involucrarse en procesos innovadores de acción comunitaria. Para incorporar una mirada más comunitaria, para construir comunidad, para ser comunidad.

(Notas tras el III Congreso de la Acción Social inclusio.cat.)

Profesionalización y especialización en cuidados y economía de la longevidad: tendencias ciertas e inciertas

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Hay unas tendencias claras que son tractoras (de manera más directa o indirecta) de los procesos de cualificación y profesionalización en los cuidados de larga duración (de los servicios sociales) y la economía de la longevidad en general en nuestro entorno:

  • El progresivo incremento, en los próximos años, del número de personas con diversos grados de limitación funcional para las actividades de la vida diaria (especialmente mayores) y del número de personas mayores (con o sin limitaciones funcionales).
  • La disminución de cuidado primario disponible por los cambios en las estructuras y dinámicas familiares y comunitarias.
  • La mayor complejidad o sofisticación de las situaciones de las personas y la consiguiente necesidad de especializaciones en o a partir de algunas actividades.
  • El aumento y diversificación de exigencias y expectativas de las personas mayores (o con discapacidad) en materia de cuidados y en general, incluyendo el aumento de la capacidad de acción colectiva e interlocución estratégica.
  • La necesidad de reemplazo por jubilación de un número importante de las personas que ahora están trabajando en estos ámbitos.

Hay, sin embargo, otros fenómenos o procesos que van a tener relevancia de cara a la cualificación y profesionalización en los cuidados de larga duración (de los servicios sociales) y la economía amigable con las personas mayores pero cuyo ritmo y sentido de evolución resulta más difícil de prever:

  • La existencia de una cierta estabilidad económica e institucional en los próximos años o la ocurrencia de eventos disruptivos de carácter sanitario, financiero, político o de otra índole, tanto aquí como en otros países (de dónde vienen migrantes).
  • El fortalecimiento de las dinámicas de aumento de la desigualdad y la desvinculación o bien el surgimiento de iniciativas favorecedoras de la equidad y cohesión social.
  • La envergadura de la apuesta política y presupuestaria de las políticas públicas en materia de servicios sociales u otras conexas.
  • El modelo de provisión que predominará en los sistemas autonómicos (y los subsistemas locales) de servicios sociales, a partir, por ejemplo, de la tensión entre el racionamiento de servicios (predominantemente) concertados y los pagos directos (o cheques servicio o presupuestos personales).
  • El grado de desarrollo que alcanzarán iniciativas intersectoriales de desarrollo comunitario que puedan introducir modificaciones relevantes en los modos de habitar y convivir en las viviendas y vecindarios y en las dinámicas de ayuda mutua, acción voluntaria y organización solidaria.
  • Las maneras de integración o clusterización de actividades según cuáles sean tractoras o vertebradoras (no es lo mismo que el negocio inmobiliario tire del asistencial que lo contrario, no es lo mismo que la rama sanitaria tire más o menos de la de servicios sociales y así sucesivamente).
  • La idoneidad e intensidad de los esfuerzos por superar la informalidad y precariedad que asola el ámbito de los cuidados.
  • Las dinámicas de intermediación o desintermediación en las diversas actividades (como, por ejemplo, cooperativización del trabajo doméstico, fortalecimiento de la gestión de caso, uberización de los cuidados u otras).
  • Los desarrollos tecnológicos de todo tipo que permitan responder de nuevas maneras a las necesidades de cuidado y otras que presenten las personas mayores o con discapacidad.
  • La configuración de los correspondientes ecosistemas de conocimiento y el papel de las proveedoras de formación y de las propias organizaciones prestadoras de servicios.

(Notas compartidas dentro del proyecto #ZainLab, ejecutado por el grupo cooperativo de la economía solidaria Servicios Sociales Integrados con apoyo del Departamento de Empleo del Gobierno Vasco. En la foto, su presentación a cargo de la VIcelehendakari, Idoia Mendia; el Viceconsejero, Alfonso Gurpegui, y la Directora de SSI, Karmele Acedo.)

Universalidad y condicionalidad en los bienes, prestaciones y servicios públicos

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Una gran parte de los debates sociales sobre la acción política y de las preocupaciones de quienes se dedican al diseño de las políticas públicas tiene que ver con la selección de los bienes, prestaciones y servicios que serán proporcionados por las administraciones públicas y el grado de universalidad e incondicionalidad con que se pondrán a disposición de la ciudadanía.

La variedad de situaciones es enorme. Desde un bien público como un parque al que todas las personas podemos acceder de forma gratuita cuando queramos hasta servicios (por ejemplo, sociales) públicos que podríamos recibir tras la comprobación de que cumplimos determinados requisitos, después de pasar un tiempo en una lista de espera y pagando incluso un precio más alto que lo que nos costaría un servicio similar en el mercado privado. Desde pensiones contributivas entendidas como rentas vitalicias de sustitución hasta ingresos mínimos no contributivos que podemos perder si no cumplimos determinados compromisos establecidos en un documento que hemos firmado. Y así sucesivamente. (Dejamos aparte ahora la cuestión de la prescripción facultativa, es decir, cuando alguien con autoridad científica o profesional para hacerlo dice si un bien, prestación o servicio es adecuado para una determinada persona.)

El panorama, además, es más complejo porque, en ocasiones, las Administraciones nos brindan un determinado bien o servicio y, en otros casos, nos dan un dinero (mayor o menor y más o menos afectado) con el que podemos comprar unos u otros bienes o servicios. (En todo caso, desde una perspectiva ética, lo decisivo es que las personas puedan satisfacer su necesidad o ejercer su derecho, mientras que la cuestión de si el Estado (directa o indirectamente) te da el bien o servicio o te da dinero para comprarlo es secundaria, es más bien de tipo técnico.)

En realidad, también aparecen consideraciones técnicas y éticas a la hora de proponer incluir o no un determinado bien, prestación o servicio (y de hacerlo de forma más o menos universal e incondicional) dentro del perímetro público o más bien pensar que es mejor que esté en la esfera mercantil (a veces llamada privada), relacional (o familiar y comunitaria) o solidaria (como determinadas ayudas de organizaciones del tercer sector, bienes comunes o actividades cooperativas).

Así, desde un punto de vista ético, vamos alcanzando la conciencia de que hay algunos bienes, prestaciones o servicios de primera necesidad que el Estado debiera garantizar incondicionalmente como derechos universales. Por otra parte, desde un punto de vista técnico, las ciencias sociales muestran que determinadas condicionalidades (requisitos, obligaciones, compromisos, contraprestaciones, copagos u otras) que, eventualmente, si se aplicaran sin sesgos o arbitrariedad, pudieran ser moralmente defendibles (o políticamente rentables), generan, sin embargo, efectos no deseados (por ejemplo, en el comportamiento, la imagen, la dignidad, las capacidades o los recursos de las personas usuarias, destinatarias o beneficiarias) o, en otros casos, efectos deseados a un coste excesivo.

De hecho, un asunto que está recibiendo mucha atención en el ámbito de las políticas públicas en los últimos años (con reconocimiento, incluso, del premio Nobel de economía) es el de la eficacia de los acicates, estímulos, incentivos y argumentos (comparada con la de las limitaciones, prohibiciones, amenazas y sanciones, por ejemplo). Ojalá nuestra ética pública y nuestro saber técnico se den la mano para constituir y desarrollar un conjunto suficiente de bienes, prestaciones y servicios públicos que todas las personas podamos disfrutar como derechos, de manera universal e incondicional, potenciando, a la vez, los necesarios dinamismos personales y sociales de comunidad, solidaridad y productividad.

(Reflexiones al hilo de trabajos realizados la semana pasada con el Gobierno Vasco, el Gobierno de la Rioja y el Ayuntamiento de Madrid. La imagen corresponde al título y la ilustración en la portada del libro de Richard Thaler y Cass Sunstein sobre los acicates. “Acicates” es una traducción tomada, como otras aportaciones, del número 25 de la revista Gestión y Análisis de Políticas Públicas.)

¿Tiene sentido seguir hablando del barrio?

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No es fácil acotar el concepto de barrio pero, al menos, cabe identificar algunos elementos que podrían aparecer en dicha definición, tales como: un territorio o espacio delimitado o delimitable; unas relaciones (fuertes y débiles) con cierto carácter primario, gratuito, de reconocimiento o afecto; una identidad y memoria, un capital simbólico relativamente compartido; unos movimientos asociativos, una capacidad de agencia colectiva; y una economía e institucionalidad de proximidad.

Puede decirse que, cuando nos referimos a los barrios, desde el análisis de las ciencias sociales y la voluntad transformadora de las políticas públicas, quizá haya una gama de miradas que podríamos situar entre dos extremos arquetípicos: la de quienes ven, fundamentalmente, relaciones sociales (dejando el espacio físico en un segundo plano, como un fondo, un subproducto o una construcción social) y la de quienes ven, principalmente, un espacio físico (una trama urbana, un territorio, una geografía) que determina en buena medida el comportamiento o la acción humana.

Sea como fuere, la pregunta sobre si tiene sentido seguir hablando del barrio surge probablemente por la pujanza e influencia de procesos que suceden a una escala mayor, que afectan a nuestra vida condicionando, superando o diluyendo preexistentes dinámicas barriales. Nos referimos a una economía crecientemente digitalizada, globalizada y deslocalizada, o a un patrón de consumo cultural que hace que estemos viendo la misma serie de televisión en todo el mundo, o a las migraciones que llevan a que nos comuniquemos con nuestra familia a través de Internet, o a fenómenos de segregación territorial de urbanizaciones exclusivas frente a zonas de alta vulnerabilidad social.

Sin embargo, la época que estamos viviendo también puede ser vista como un tiempo de oportunidad para los barrios, al menos, por cuatro razones. Primera, la pandemia que nos está recordando que somos cuerpos vulnerables e interdependientes que necesitan cuidados y contactos físicos de proximidad. Segunda, nuevas formas de presencia cotidiana en las comunidades (por ejemplo, por el aumento del número de personas pensionistas o que trabajan en los domicilios). Tercera, la necesidad imperiosa de relocalizar procesos productivos y comerciales por razones medioambientales y estratégicas. Y cuarta, los desarrollos técnicos en la acción pro bienestar (sanidad, educación, servicios sociales y otros) hacia enfoques de atención integrada comunitaria.

No podemos dar por supuesto que nuestros barrios serán necesariamente activos y solidarios, desde un comunitarismo ingenuo o banal. Tampoco debemos aceptar identidades y dinámicas excluyentes que construyen barrio reproduciendo e intensificando las desigualdades y discriminaciones y fomentando la percepción de determinadas (otras) personas como enemigas de las que desconfiar. Sin embargo, hoy y aquí, parece difícil imaginar una construcción de sujetos y procesos de transformación y justicia social que no pase, de una u otra manera, por los barrios. Por el compromiso compartido de hacer posible en ellos la calidad de vida y la convivencia en diversidad. En consecuencia, afirmamos que tiene todo el sentido seguir hablando del barrio y seguir haciendo barrio.

(Ideas compartidas en la jornada organizada en Bilbao el 18 de junio de 2021 bajo el mismo título por Civersity y Kultura Abierta, a la que corresponde la fotografía. Algunas de esas ideas fueron inspiradas por la lectura del último número de la revista Encrucijadas.)

Bakardadeak eta hariak

Hariak

“Bakardadeei aurre egiteko politika edo estrategia baten barnean tokia duten jarduera tipologiak zehazterakoan (esku-hartzeak, programak, zerbitzuak), ezin ditugu aintzat hartu, soilik, berariaz eta zuzenean bakardadea lantzen dutenak. Hala ere, “gorago” joaten bagara, bakardadeei zeharka eta inplizituki eragiten dieten jarduerak adierazteko, ezin dugu oso gora igo eta edozein jarduera sartu estrategian. Oreka hori lortu nahian, 12 jarduera tipologia zehaztu ditugu. Inplizituenak edo zeharkakoenak direnetatik hasi, eta esplizituenak edo zuzenenak direnetan amaituko dugu. Hau da zerrenda:

1. Pertsonak bizi diren, ibiltzen diren eta erabiltzen duten espazio fisikoa egituratzeko edo eraldatzeko jarduerak (etxebizitza eta hirigintza).

2. Pertsonen balioak, sinesmenak, jarrerak, ideiak eta jokabideak aldatzen dituzten komunikazio, sentsibilizazio edo mobilizazio jarduerak.

3. Aisialdiko ekintzak eskaintzeko jarduerak.

4. Borondatezko ekintza eta asoziazionismoa sustatzeko jarduerak.

5. Komunitateko elkarbizitza eta lankidetza dinamikak sortzera bideraturiko jarduerak.

6. Bizilagunen komunitateak dinamizatzeko jarduerak (atarietan, finketan, eta abarretan).

7. Pertsonen bizi proiektua, trantsizioak eta etorkizuna planifikatzeko laguntza jarduerak.

8. Eten digitala prebenitu eta konpontzeko eta teknologien erabilera sustatu eta errazteko jarduerak, komunikaziorako, harremanetarako eta sare sozialetarako.

9. Hainbat pertsona etxebizitza berean bizitzeko edo bizileku irtenbide bat izateko sustapen, bideratze eta laguntza jarduerak.

10. Egoitza zerbitzuak erabiltzen dituzten pertsonak desinstituzionalizatzeko sustapen jarduerak eta zentro horietako pertsonengan oinarrituriko arreta aplikatzeko sustapen jarduerak.

11. Bakardade egoera nork berak prebenitzeko edo aurre egiteko gaitasunak eta harremanak garatzeko jarduerak.

12. Pertsonen bakardade egoerak orekatzen, arintzen edo leuntzen dituzten laguntza jarduerak.”

(Zerrenda hau topatzeko: “Hariak: Bakardadeei aurre egiteko Gipuzkoako estrategia. Oinarrizko dokumentua” 39-41 orrialdeetan. Argazkian, estrategia eratzeko Adinberri Fundazioak bultzatzen ari den prozesu partehartzailearen bilera bat.)

Exclusión social en España: así la estamos haciendo y así nos va quedando

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La exclusión social es un proceso complejo en el cual algunas personas se van viendo privadas de la oportunidad (mejor dicho, del ejercicio del derecho) de disfrutar de algunos bienes de primera necesidad para su supervivencia, desarrollo y bienestar: bienes como el alimento, la atención sanitaria, las relaciones, el alojamiento, el medio ambiente, la seguridad, el espacio público, la educación o la participación. En diferentes lugares y épocas históricas la exclusión social ha funcionado en distintas medidas y de diversas maneras. En España en estos momentos, en números redondos, podemos decir que un 25% de la población se encuentra en una situación de exclusión social (según el indicador denominado AROPE). En las personas menores de 16 años esa tasa es el doble que entre las personas mayores de 65 (más o menos 30 y 15, respectivamente).

En una sociedad tan mercantilizada y monetizada como la nuestra (es decir, en la que el dinero es el medio para acceder a muchos de los bienes mencionados) es interesante fijarse en los ingresos de las personas para conocer las características y dinámicas de la exclusión social. En España la renta media de los hogares está alrededor de los 30.000 euros al año en números redondos. Pues bien, el 10% más rico triplica esa renta media, mientras que el 10% más pobre viene a recibir un 20% de esa cantidad y el siguiente 10% (decil), un tercio, más o menos. Podríamos cifrar en un 5% las situaciones de severidad y gravedad y, por los estudios hechos en este siglo, sabemos que en este período se enquista la exclusión social y la desigualdad aumenta, sobre todo porque las personas pobres se hacen más pobres.

Si seguimos de abajo hacia arriba, las personas del siguiente 20%, el que queda sobre el 20% más pobre mencionado, no llegan a recibir dos tercios de la renta media. Por el lado de arriba, sólo un tercio de la población, aproximadamente, estaría por encima de la renta media. Se percibe por tanto la hace tiempo descrita “sociedad de los tres tercios”, en la que las franjas que no están en exclusión social pero que están cerca se sienten (con razón) inseguras, saben que no están tan lejos de esa situación, se saben poco protegidas frente al riesgo de caer en una situación de exclusión social. Por cierto, el que personas en situación de exclusión social presenten un perfil de severidad, gravedad o complejidad no quiere decir que no estén atendidas o controladas de algún modo por varios servicios públicos y profesionales diversos.

¿Y qué es lo que protege al tercio de arriba de entrar en un proceso de exclusión social? Obviamente sus ingresos pero lo que se está observando en nuestra economía (en buena medida, directa o indirectamente, por la digitalización) es que las rentas de capital crecen más que las rentas del trabajo. Es el denominado “efecto Mateo”: al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará (España, por su sistema de protección social tan contributivo, ya era desde décadas atrás muy de efecto Mateo). En esta economía se incrementa la probabilidad de que quien disfruta de bienes (vivienda, papeles, empleo, ahorros, relaciones, pensión, conocimiento, Internet u otros) obtenga todavía más y, sin embargo, quien carece de ellos, lo tenga todavía más difícil. Por eso se dice que en nuestra sociedad se ha averiado el “ascensor social”.

Además es una sociedad más compleja, en la que se incrementan los mecanismos de inclusión y exclusión, las oportunidades y las amenazas. Esa es una de las razones por las que las personas que trabajan con personas en situación de exclusión social hablan de la diversificación (e incluso sofisticación) de sus perfiles y la mayor aparición de factores de exclusión relacionados con la situación administrativa, con la vivienda, con los cuidados, con las competencias y recursos digitales, con la soledad u otros (además de los más tradicionales como el dinero, el empleo o la familia). Sigue siendo claro, en todo caso, el sesgo de género y de origen.

En este tipo de sociedad que estamos construyendo, la fragmentación o desvinculación social (incluyendo la segregación territorial) dificulta formas anteriores de generación de comunidad o solidaridad y más bien se facilitan comportamientos del tipo “sálvese quien pueda”, por rechazo hacia las personas excluidas de las que otras nos sentimos distantes o precisamente por el miedo que se nos mete a que podamos acabar como ellas. Si decimos, por ejemplo, que el precio del alquiler de la vivienda está siendo uno de los factores exclusógenos principales en esta sociedad, habrá que recordar que el 90% de los 2,5 millones de viviendas en alquiler está en manos de particulares, que deciden qué renta cobrar. O que son pequeños empleadores (micropymes) o los propios hogares (en el trabajo doméstico) las principales fuentes de precariedad laboral, ya que más de la mitad de los aproximadamente 3 millones de personas que no llegan a mileuristas trabajan en empresas de menos de diez personas, que representan menos de un tercio de la capacidad instalada, y, del aproximadamente medio millón de personas que hacen trabajo doméstico, sólo una décima parte tiene condiciones laborales similares a las del resto de trabajos. Todo ello, por cierto, tiene mucho que ver con el tipo de tejido productivo español, de relativamente bajo valor económico añadido.

Es decir, no son sólo las decisiones y actuaciones del 1% o del 10% más rico (al consumir, al relacionarse, al pagar impuestos, al ahorrar, al trabajar, al votar) las que construyen una sociedad tan estructuralmente excluyente, sino que es imprescindible la colaboración de personas situadas en las siguientes franjas (más acomodadas o más inseguras). Sin duda han de ser poderosos los mecanismos (económicos, comunicativos, legales, laborales, policiales u otros) para conseguir que tantas personas conspiren (o conspiremos) contra los que teóricamente serían sus (o nuestros) intereses (como el de lograr una menor desigualdad). Más y más personas participamos en la construcción colectiva de un país (y de un mundo) excluyente.

La pretensión de estas líneas, de todos modos, no es tanto la de hacer un llamamiento moral al compromiso personal de austeridad, decrecimiento, organización, desclasamiento, entrega o compartición. Más bien es la de profundizar en el conocimiento de las lógicas estructurales de nuestra sociedad de cara a enfocar mejor nuestros análisis de situación y nuestra acción colectiva para transformar de raíz esa sociedad excluyente. Saber de qué manera y con qué consecuencias somos agentes de exclusión social nos puede ayudar a ser más y mejores agentes de inclusión social.

(Esta entrada está basada en los estudios de la Fundación FOESSA, a la que pertenece la ilustración.)