Novedades de fantova net en el primer cuatrimestre de 2017

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Se han subido los siguientes documentos (clicar para abrirlos) en el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Documentos propios”:

Innovación social en políticas sociales (34 páginas).

Qué pasó la semana anterior al anuncio del cheque bebé (9 páginas).

Las políticas sociales construyendo un nuevo pacto con las comunidades, los mercados y las organizaciones del tercer sector (24 páginas).

En el apartado “Intervención y políticas sociales” de “Documentos propios”:

Los retos de la acción social en las políticas públicas (7 páginas).

Los servicios sociales como pieza clave de una estrategia de inversión social (32 páginas).

Servicios sociales, objeto propio y atención integrada (5 páginas).

En el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Otros documentos”:

Atención integrada, intervención integral e inclusión social (6 páginas).

Además, se han subido cinco nuevos vídeos y se han publicado 22 nuevas entradas de blog. En este momento el número de descargas de documentos acumuladas asciende a 264.000.

Construyendo la atención integrada en, desde y con los servicios sociales

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Para que la historia de los servicios sociales universales sea una historia de éxito será necesario que se vayan configurando en su interior cadenas de valor que posibiliten itinerarios de consecución de resultados valiosos para las personas. En esos itinerarios las personas usuarias de los servicios sociales nos iremos encontrando con diferentes especialistas de distintas cualificaciones relacionadas con diversas áreas de conocimiento. Entendemos la especialización como la ampliación o profundización del conocimiento acerca de los diversos aspectos, dimensiones, dinámicas, perfiles o instrumentos a considerar en la realización de una actividad o proceso; en este caso, la intervención social.

En esa dinámica de especialización y construcción de cadenas de valor, los servicios o programas presenciales con sede física podrán ubicarse más o menos próximos a los domicilios de las personas en función, fundamentalmente, de su mayor o menor masa crítica de destinatarias potenciales. De ahí surge en los sistemas públicos de servicios sociales la diferenciación entre atención primaria y secundaria, por ejemplo. De este modo, se entiende que nuestros itinerarios en los servicios sociales empezarán normalmente utilizando servicios de atención primaria y que posteriormente podamos (o no) participar en actividades que se nos ofrezcan en la atención secundaria. No hay que olvidar, en todo caso, la existencia e importancia de servicios o programas virtuales, domiciliarios, comunitarios u otros, en los que la ubicación de la sede física (o base de operaciones) no es relevante por no ser lugar de atención presencial a personas.

En sistemas o redes de servicios de este estilo, especialmente si la atención primaria depende de una institución y la secundaria depende de otra, es frecuente que la atención se fragmente y se dificulten los itinerarios de las personas. Procede, entonces, alentar dinámicas de integración vertical, es decir, dinámicas de integración entre la atención primaria y secundaria.

Lo que ocurre es que, según las lecciones aprendidas por nuestras compañeras y compañeros del sistema sanitario, la integración vertical tiende a funcionar en la medida en que se empodera la atención primaria y esto sólo parece posible en la medida en que en la atención primaria exista conocimiento y tecnología capaz de ofrecer a las personas resultados más valiosos que los que les ofrecía o les puede ofrecer la atención secundaria. Por ejemplo, cuando demostramos las diferentes ventajas comparativas para una persona con discapacidad de un programa de acompañamiento social en la comunidad (no específico para personas con discapacidad) frente a su ingreso en un servicio residencial específico para personas con discapacidad alejado de su entorno de procedencia.

Hemos de retener la idea de que la especialización no es menor en primaria que en secundaria, sino que es una especialización diferente. Por otra parte, entendemos que es cada vez más disfuncional y perniciosa la pretendida especialización del conocimiento de la intervención social en función de la segmentación que configura (y, frecuentemente, segrega) a las personas destinatarias de la intervención social en los colectivos especiales a los que antes nos hemos referido.

El avance del conocimiento y la tecnología de la intervención social podría permitir una mayor personalización de los itinerarios (atención centrada en la persona) a la vez que se conseguirían masas críticas de personas destinatarias tales que serían posibles más intervenciones de proximidad de enfoque poblacional, preventivo y comunitario (capaces de gestionar diversidades) y se recurriría menos a servicios presenciales que aparten a las personas de sus entornos y redes familiares y comunitarias deseadas y pertinentes. A la vez los avances tecnológicos (fundamentalmente en el área de la información y la comunicación) deberían también ayudar a desburocratizar los procesos de gestión. Todo ello iría haciendo girar el sistema de modo que la atención secundaria se pusiera, en buena medida, al servicio de la primaria y ésta al servicio de las personas.

Existe, lógicamente, también, una necesidad de integración intersectorial, bien mediante servicios integrados (que incorporan en un sector actividades propias de otro) o bien mediante otros mecanismos de trabajo en red o integración horizontal que faciliten los itinerarios intersectoriales de las personas (como, por ejemplo, el establecimiento de protocolos de actuación o la gestión de casos). Las experiencias más potentes de integración intersectorial de la atención a la complejidad suelen apoyarse en presupuestos compartidos y autonomía para la recalibración de las inversiones y, en general, la asignación de recursos; permitiendo desinvertir en unos sectores para invertir más en otros y alinear recursos con procesos de atención, cadenas de valor e itinerarios personales intersectoriales, a partir de una adecuada y renovada estratificación o segmentación de la población. Se trata de iniciativas que deben ser cuidadosamente evaluadas, cimentando una base de evidencia antes de replicarlas o aumentar su escala.

Ahora bien, según el enfoque que aquí se presenta, no existiría un juego de suma cero entre especialización sectorial e integración intersectorial. Más bien se entiende que unos servicios sociales más estructurados, fortalecidos, especializados y posicionados en relación con su objeto propio estarán en mejores condiciones de construir atención integrada intersectorial con otros sectores.

(Tercera y última parte de un artículo recientemente publicado en el blog Llei d’Engel, que puede descargarse completo aquí y que servirá de base para una conferencia prevista para hoy, 25 de abril, en Mejorada del Campo: más información aquí.)

Nuestra RGI, llena de futuro

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Nuestra Renta de Garantía de Ingresos y, en general, la política vasca de garantía de ingresos ha constituido una iniciativa pionera y, en algunos aspectos, excepcional en un contexto español en el que ha llamado y sigue llamando poderosamente la atención el limitado compromiso de la Administración central en lo que tiene que ver con la puesta a disposición de la ciudadanía de unas rentas mínimas que hagan posible, en cualquier caso, nuestra subsistencia material. Aproximadamente la mitad de la inversión social en rentas mínimas que hacen las comunidades autónomas españolas es la del País Vasco.

Como han puesto de manifiesto trabajos de colegas como, por ejemplo, Luis Sanzo, Itziar Barrenkua, Joseba Zalakain, Arantza Orbegozo o Xabier Aierdi, nuestra Renta de Garantía de Ingresos tiene importantes aciertos de diseño (como, por ejemplo, los estímulos al empleo, el complemento de pensiones o su carácter de derecho subjetivo y partida ampliable) y un impacto notable en la superación de la pobreza (80.000 personas salen de la pobreza gracias a ella) y, en todo caso, en su mitigación. Hay pocas dudas acerca del papel determinante de la RGI en el mejor comportamiento del empleo y la economía vasca (comparándola con el resto de la española) en la última crisis económica.

El éxito de nuestra RGI, como sucede con todas las políticas públicas que funcionan, acarrea nuevos retos y exigencias de innovación que, en este caso, son fundamentalmente tres: En primer lugar, el perfeccionamiento en términos de alcance, universalidad y equidad, de modo que, por ejemplo, la RGI sea todavía más potente frente a la pobreza infantil, prioridad política de primer orden. En segundo lugar, que se gestione cada vez con más agilidad, de modo que sea mucho más fluida la entrada y la salida del programa (como demanda la dinámica laboral actual). Y, en tercer lugar, que se pueda mejorar la labor de activación que realizan los servicios de empleo y los servicios sociales para ayudarnos a las personas en nuestros itinerarios hacia la interacción comunitaria y el empleo remunerado (con la consiguiente reducción, en su caso, de los períodos en los que se necesita cobrar la RGI).

Posiblemente estos tres retos nos conducen, como en otros países, a una progresiva integración de la RGI en el sistema fiscal (como un impuesto negativo) de modo que nuestras Haciendas Forales vayan convirtiéndose en el sistema inteligente ante el que nos retratamos todas las personas, bien para pagar impuestos cuando nuestros ingresos así lo justifican o bien para recibir prestaciones en caso contrario. Esta conseguible reorganización y eficiencia administrativa, a la vez, permitirá a los servicios de empleo y a los servicios sociales concentrarse y especializarse en el acompañamiento profesional y la labor promotora que les permitirá ayudarnos a más personas a mejorar nuestra autonomía y competencias y contribuir a construir entornos comunitarios y laborales más inclusivos.

En cualquier caso, sean estos u otros los pasos que vayamos dando en el futuro de nuestra RGI y sean unos u otros los ritmos de mejora e innovación, como siempre nos dice Luis Sanzo, es fundamental no perder la conciencia acerca del valioso patrimonio político, económico, social y moral que la RGI representa en nuestra sociedad en lo tocante a su compromiso colectivo y compartido contra la pobreza injusta. Como herederas y constructoras de ese patrimonio, actuemos con responsabilidad, inteligencia y unidad para que siga siendo y sea cada vez más un instrumento útil y querido para nuestra sociedad.

(Sobre estos y otros asuntos trataremos en una “pildora formativa” el próximo 4 de mayo en la cooperativa Servicios Sociales Integrados y en diversos encuentros de trabajo en los próximos días.)

L’objecte propi dels serveis socials

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Quan vam decidir transformar la (vella) assistència social residual en uns (nous) serveis socials universals, hem d’entendre el que aquesta ciavoga representa en termes d’especialització i en termes de posicionament davant la ciutadania i reconeixement per part de la població. L’assistència social residual no s’especialitzava en determinades necessitats de totes les persones sinó en determinats tipus de persones per a les quals, suposadament, era capaç de respondre (tendencialment) a totes les seves necessitats. Per contra, els serveis socials, en declarar-se universals, deuen, indefugiblement, identificar en quines necessitats de totes les persones s’especialitzaran. Es tracta de dues configuracions i posicionaments incompatibles i oposats (com menjar sopes i xuclar): per això parlem de ciavoga.

L’assistència social residual es basa (explícitament o implícitament) en què hi haurà unes minories que no aconseguiran la gran finalitat del benestar o la inclusió social mitjançant els mecanismes que serveixen a la majoria de la població, que bàsicament són: la participació en els mercats ( de treball, de béns i serveis i financer), la integració familiar i comunitària i la protecció social de caràcter contributiu. Es podria dir que els i les professionals d’aquest àmbit es presenten o són reconegudes com a especialistes en la identificació, control i tractament dels membres d’aquests segments minoritaris de la població. I que l’atenció a aquestes persones s’organitza, majorment, agrupant entre si els membres de cada un d’aquests col·lectius especials.

No obstant això, els nous serveis socials, en declarar-se universals, competeixen, inevitablement, amb altres sectors universals d’activitat i, fonamentalment, amb els de sanitat, educació, ocupació, habitatge i garantia d’ingressos, que són els principals sectors econòmics en què opera l’Estat de benestar. A major perímetre sectorial dels serveis socials menor perímetre d’altres sectors d’activitat, i viceversa. No és el mateix que s’entengui socialment que el que cal fer des de les polítiques socials amb les criatures de zero a tres anys és, principalment, aprenentatge i escolarització (educació) o que es tracta més aviat de cures comunitaris (serveis socials).

En aquest context, la identificació i diferenciació de l’objecte dels serveis socials es converteix en una prioritat estratègica de primer ordre, possiblement en una condició imprescindible de possibilitat per a l’existència del sector d’activitat (del sector econòmic) dels serveis socials i, en el seu si, dels sistemes públics de serveis socials. Altrament l’univers poblacional al qual s’ofereixen els serveis socials (tota la ciutadania, per definició) difícilment sabrà quan anar als serveis socials i quan dirigir-se a un altre dels sectors d’activitat esmentats.

La nostra proposta és considerar que l’objecte dels serveis socials és la interacció, entesa com el desenvolupament autònom de les persones en la seva vida diària en el si de relacions familiars i comunitàries. Per tant, els serveis socials s’entendrien com cures i suports per a la presa de decisions i la seva execució per part de les diverses persones en el seu quotidià i viure integrades en les seves xarxes primàries.

Entenem que el concepte d’interacció (autodeterminació i autonomia funcional / integració familiar i comunitària) ens pot permetre dibuixar i omplir de contingut un perímetre de necessitats, demandes, drets, coneixements, tecnologies, prestacions, serveis i programes valuosos per a tothom i recognoscibles com a propis d’aquest àmbit sectorial i no d’altres.

El concepte d’interacció ens pot servir per identificar el (gran) bé que protegeixen i promouen els serveis socials, de la mateixa manera que la sanitat s’ocupa de la salut, l’educació de l’aprenentatge, els serveis laborals de l’ocupació, les polítiques d’habitatge del allotjament i els sistemes de garantia d’ingressos de la subsistència. És cert que tots aquests grans béns (i altres) tenen sinergies entre si i que tots els sectors d’activitat poden contribuir a la consecució de tots ells (salut en totes les polítiques, per exemple), però vivim en una societat en la qual han emergit sectors especialitzats d’activitat i sistemes públics especialitzats per a aquests diferents béns i aquest és el tauler de joc en el qual hem de ubicar-nos.

(Part de l’article publicat al bloc Llei d’Engel, sencer aquí, traduït al català pels editors del bloc, base per a la conferència prevista per al proper 25 d’abril a Mejorada del Campo: més informació aquí.)

Mito, realidad y futuro de las intervenciones comunitarias

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La comunidad, las comunidades, aparecen como referencia recurrente en un buen número de discursos y en algunas prácticas de las políticas públicas y los servicios de bienestar desde tiempo atrás. Se diría, sin embargo, que, en ocasiones, algunas de nuestras concepciones al respecto, implícitas o explícitas, no se han revisado suficientemente a la luz de los cambios sociales acontecidos durante las últimas décadas.

Sin embargo, son dichos cambios los que nos pueden ayudar a depurar el concepto de la comunidad, de modo que se base decididamente en la dimensión relacional y quede subordinada a ésta, en su caso, la dimensión territorial. Según esta propuesta conceptual, por tanto, podemos hablar de comunidad en tanto en cuanto nos encontremos ante relaciones primarias, es decir, relaciones familiares y otros vínculos de afecto, don, reconocimiento y reciprocidad que, si bien pudieron originarse en contextos de empleo, consumo o, en general, participación en organizaciones, tienen una consistencia y dinámica propia antes o más allá de dichos contextos.

Es evidente que nuestras relaciones familiares y, en general, comunitarias suelen adquirir densidad en la proximidad física. Es muy posible (y para muchas deseable) que, en nuestro domicilio, en nuestro vecindario, en nuestro barrio y en nuestro municipio mantengamos ese tipo de relaciones. Pero no cabe duda de que, cada vez más, nos sentimos parte de comunidades no circunscritas a un territorio y que las relaciones que mantenemos en el seno de dichas comunidades tienen, en esencia, el mismo sentido, significado y valor que aquellas relaciones comunitarias que vienen facilitadas por la proximidad geográfica.

En los servicios sociales, en los servicios sanitarios o en otros, hablaremos de intervenciones comunitarias para referirnos a aquellas capaces de contribuir a la creación y fortalecimiento de relaciones primarias que, a su vez, favorezcan la consecución de los fines de esos servicios profesionales. Seguramente cuanta más experiencia y conocimiento tenemos, más valoramos la aportación a la calidad y sostenibilidad de nuestra vida que proviene de los apoyos y vínculos primarios (desde los más intensos y concentrados hasta los más extensos y ligeros).

Son precisamente los cambios sociales de las últimas décadas los que nos conducen a la necesidad de redoblar el compromiso con el enfoque comunitario de nuestras intervenciones desde la Administración, el tercer sector u otras. Perfeccionar la conceptualización de las dinámicas comunitarias nos llevará, posiblemente, a superar determinadas visiones que privilegiaban y mitificaban un determinado tipo y dinámica de comunidad, a comprender mejor la diversidad presente en la vida comunitaria y a multiplicar la influencia positiva en las relaciones comunitarias de nuestras organizaciones solidarias, intervenciones profesionales y políticas públicas.

(Sobre estas y otras cuestiones conversaremos en el seminario organizado por Progess en Barcelona el próximo 26 de abril.)

Especialización e integración en las organizaciones y en las políticas

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La organización de cualquier actividad está atravesada por una tensión entre dos dinámicas: la dinámica de especialización y la dinámica de integración. La dinámica de especialización permite repartir la actividad entre unidades organizativas o, finalmente, personas (más) capaces de realizar cada parte. La dinámica de integración permite la coordinación, colaboración o unificación entre esas partes en procesos y macroprocesos (un todo) con sentido.

La dinámica de especialización conduce, por ejemplo, al surgimiento, estructuración y reconocimiento de sectores de actividad y de eslabones de las cadenas de valor, dentro de cada sector de actividad y atravesando los sectores de actividad. Por eso, cuando queremos comer podemos, por poner tres ejemplos:

  • ir a un restaurante (realizando una actividad en el sector de la hostelería).
  • ir primero a un bar a tomar un aperitivo y luego al restaurante a almorzar (encadenando dos actividades en el sector de la hostelería) o,
  • comprar comida en un supermercado (del sector de la distribución), cocinarla en nuestra casa (alojamiento) y luego tomar el café en el bar (hostelería), formando una cadena de valor o un itinerario intersectorial de tres eslabones.

La dinámica de especialización, de configuración de sectores de actividad reconocibles y de fragmentación de las cadenas de valor (zapatero a tus zapatos) en eslabones (visibles o no para las personas destinatarias) es fundamental para la eficacia y eficiencia de las actividades y, también, para el posicionamiento de las proveedoras de bienes y servicios a los ojos de las personas destinatarias, que, según la necesidad que tengan en un momento dado, tomarán la decisión de dirigirse a proveedoras de un sector u otro.

A la vez las proveedoras tienen incentivos para la integración vertical (dentro de su sector de actividad) y horizontal (intersectorial) a la búsqueda de control, sinergias, escalas o posiciones competitivas interesantes. Hace treinta años Kodak disponía de un 90% de cuota del mercado mundial en el sector de la fotografía con presencia en diversos eslabones de la cadena de valor: acudíamos a Kodak (directa o indirectamente) para adquirir la máquina de fotos, para comprar el carrete, para revelar las fotos y para hacer copias que poder compartir. Hoy, la mayoría de las personas, para comprar el aparato con el que tomamos fotos y que nos permite visualizarlas y para poderlas compartir nos dirigimos, básicamente, a empresas de sector de las telecomunicaciones. Quizá por eso Kodak quebró al comienzo de este siglo. Vemos que a empresas como, por ejemplo, Movistar les han funcionado bien algunas estrategias de integración horizontal (y vertical).

La tecnología, entendida como la manera estandarizada y basada en el conocimiento (científico u otros) de realizar las actividades operativas propias de cada sector de actividad (o, en general, cada eslabón de las cadenas de valor), es un factor determinante en los procesos de especialización o integración organizativa. Quizá en los años noventa no era fácil saber si acabaríamos haciendo fotos con el teléfono o más bien hablando por la cámara de fotos. Aunque quizá tampoco sabemos hasta qué punto es primero el huevo o la gallina, es decir, en qué medida (o en qué orden) es el desarrollo tecnológico o las capacidades organizativas las que han permitido a empresas del sector de las telecomunicaciones hacerse con parte del antiguo mercado (sector) de la fotografía.

Pues bien, cuando decidimos transformar la (vieja) asistencia social residual en unos (nuevos) servicios sociales universales, debemos entender lo que esta ciaboga representa en términos de especialización sectorial y en términos de posicionamiento ante la ciudadanía y reconocimiento por parte de la población. A la vez, hemos de ser conscientes de las restricciones y alternativas que se nos presentan en términos de integración vertical (por ejemplo, entre atención primaria y secundaria) u horizontal (por ejemplo, con sanidad, educación, empleo, vivienda o garantía de ingresos).

(Comienzo, adaptado, de un texto propuesto como contenido para una conferencia prevista para el 25 de abril en Madrid (más información aquí) y enviado para su publicación en el blog Llei d’Engel. La ilustración está tomada de un libro de la OCDE que puede descargarse aquí.)

Inversión social y servicios sociales

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Entendemos que el paradigma de la inversión social es rescatable, asumible, reivindicable y aplicable en tanto que estrategia:

  • Sensible a los equilibrios y relaciones intergeneracionales, absolutamente claves, hoy y aquí, para la sostenibilidad económica, política y moral de nuestro sistema de bienestar.
  • Atenta a la dimensión preventiva de las políticas sociales y a la potenciación de la autonomía, actividad, responsabilidad y empoderamiento de las personas en el seno de sus relaciones sociales, económicas y políticas.
  • Orientada a procesos de recalibración intersectorial, ensayando nuevos repartos de recursos y nuevos equilibrios entre las diferentes ramas de la política social, en clave de rediseño del sistema de bienestar.
  • Crítica con las persistentes e inaceptables inequidades de género y discriminaciones en función del sexo presentes en nuestras sociedades, economías y sistemas de protección social.
  • Potenciadora de los importantes retornos económicos, políticos y sociales que una inversión en políticas sociales mejor orientada y unas intervenciones políticas y técnicas de alto valor añadido en el ámbito de las políticas sociales pueden proporcionar.

Cabe apuntar a una centralidad de la apuesta por el desarrollo de los servicios sociales para una estrategia de inversión social en el ámbito de las políticas sociales porque:

  • Los servicios sociales brindan apoyos críticos en momentos y circunstancias clave a lo largo de todo el ciclo de vida de las personas, promoviendo y protegiendo la autonomía, y previniendo y revirtiendo la dependencia de personas, familias y comunidades, actuando ante riesgos que ya no pueden seguir siendo vistos como minoritarios o privados.
  • Los servicios sociales son imprescindibles para prevenir y combatir la transmisión intergeneracional de la pobreza, la desigualdad y la exclusión, al impulsar procesos de aseguramiento y empoderamiento en el seno de las relaciones primarias de las personas, fundamentales para su desarrollo y capitalización intelectual, emocional y relacional.
  • Los servicios sociales son la rama de las políticas sociales más directamente concernida por los nuevos riesgos sociales vinculados a la crisis de los cuidados y, por ello, constituyen un puntal fundamental de las políticas de igualdad de género y de conciliación de la vida personal, familiar y laboral y para las políticas de atención a la diversidad sexual, generacional, funcional y cultural.
  • El grado intermedio de madurez y maleabilidad de los servicios sociales les permiten funcionar como comodín en procesos de rediseño y recalibración de otras políticas públicas más o menos maduras o rígidas, y como banco de pruebas para políticas transversales o iniciativas innovadoras que luego puedan ser aplicadas en otras ramas (como envejecimiento activo, atención centrada en la persona, Housing First u otras).
  • Los servicios sociales pueden aportar a la estrategia de inversión social una impronta más comunitaria y más abierta a experiencias escalables de innovación y transformación social de carácter alternativo, autogestionario, ético y solidario.

(Fragmentos del capítulo “Los servicios sociales como pieza clave para una estrategia de inversión social”, cuyo original puede descargarse aquí y que forma parte del libro Repensar las políticas sociales. Inversión social y predistribución, sobre el que hay más información aquí y cuya presentación está prevista para el viernes, 7 de abril, en Donostia: más información, aquí.)

Los servicios sociales, crujiendo en la ciaboga

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Las ciudadanas que acudimos como usuarias a los servicios sociales y las personas que trabajamos en su prestación o gobierno nos sentimos –en diferentes medidas, de diferentes maneras–­ desorientadas y sobrecargadas. En algunos casos, incluso, angustiadas y desbordadas. Se trata, sin duda, de situaciones y emociones que se viven también en otros servicios públicos y de proximidad, como los de empleo, seguridad, salud, vivienda, justicia o educación.

Por ello, la comunidad de conocimiento de los servicios sociales debe construirse en mayor medida en clave de mixtura de disciplinas, con mayor colaboración entre la universidad y la intervención, siendo necesarios los procesos de intervisión en los que nos cuidamos como profesionales, la investigación de las ciencias sociales capaz de generar evidencia y especialización y el desarrollo tecnológico que nos permita reinventar y hacer mucho más eficientes, valiosos y apreciados nuestros procesos de intervención social. Sólo así generaremos saberes que iluminen la situación en la que nos encontramos y nos ayuden a salir de ella.

Para eso, resulta indispensable el liderazgo político que, desde la visión de que nos encontramos ante el reto de un cambio sistémico del modelo de bienestar, haga la apuesta de una inversión social inteligente e innovadora para la reconfiguración y despliegue de un sistema público de servicios sociales integrado verticalmente (entre primaria y secundaria) y horizontalmente (con los sectores de sanidad, vivienda, educación, empleo y garantía de ingresos). Sabiendo que habrá de enfrentarse a poderosas inercias e intereses que anidan en nuestra arquitectura institucional y en la actual forma de articulación entre el sector público, el sector privado y el tercer sector.

Los servicios sociales estamos haciendo la ciaboga que viene impuesta, insoslayablemente, por los impresionantes cambios sociales en curso en las últimas y próximas décadas y por las nuevas demandas y expectativas que se nos presentan. Sabemos que el viejo asistencialismo residual, burocratizado, punitivo y estigmatizador (que vuelve a rebrotar en estos momentos de dificultad, alentado por tendencias sociales supremacistas, excluyentes y xenófobas) sólo debe tener sitio en el baúl de los recuerdos. Y nos conjuramos para recordarnos mutuamente que los crujidos de nuestro barco son, deben ser, dolores de parto para unos nuevos servicios sociales, que brinden cuidados y apoyos universales, comunitarios y diversos a personas en proceso de empoderamiento colaborativo, para la construcción de un nuevo contrato social.

(Reflexiones compartidas en la jornada de aniversario de los servicios sociales de base de Vitoria-Gasteiz el 31 de marzo de 2017.

Una lectura estratégica de la situación de nuestros servicios sociales

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Los servicios sociales que hemos heredado fueron diseñados para el control social y la mejora de la situación general de pretendidos colectivos minoritarios que quedaban fuera de los sistemas regulares de vida familiar, actividad económica y protección social.

Sin embargo, los acelerados procesos de cambio social de las últimas décadas (catalizados por la crisis de los últimos años) incrementan el tamaño, intensifican la problemática y transforman las expectativas de esos supuestos colectivos vulnerables en un contexto de incremento de la complejidad social que vuelve, en todo caso, imposible la misión original encomendada a los servicios sociales.

Por otro lado, los propios servicios sociales, sus comunidades de conocimiento y los agentes políticos interesados en ellos ya habíamos hecho, al menos en algunos entornos, una reflexión autocrítica sobre dicho encargo e iniciado un proceso de superación del asistencialismo residual y de construcción de la universalidad sectorial de los servicios sociales como derecho subjetivo de ciudadanía y cuarto pilar del sistema de bienestar.

Por ello, si analizamos la trayectoria de las políticas sociales en el País Vasco en los últimos diez años podemos identificar algunos esfuerzos para avanzar en la identificación de un objeto propio para los servicios sociales, en la devolución de responsabilidades hacia otros ámbitos sectoriales y en el desarrollo de capacidades e instrumentos de diagnóstico e intervención en relación con ese objeto propio que, desde mi punto de vista, no es otro que la interacción, entendida como la autonomía de las personas para su desenvolvimiento cotidiano en el seno de relaciones familiares y comunitarias.

En esa construcción del pilar sectorial universal de los servicios sociales nuestra principal fuente de inspiración ha sido, seguramente, la de los servicios sanitarios. Ello puede percibirse, por ejemplo, en la utilización de catálogos y carteras de prestaciones y servicios o en la diferenciación entre atención primaria y secundaria.

Quizá no reparamos, sin embargo, en un hecho fundamental que no es otro que el hecho de que, para cuando se construyen los sistemas sanitarios públicos, es ya notable el grado de maduración científica, desarrollo tecnológico y posicionamiento a los ojos de la ciudadanía de las ciencias y profesiones relacionadas con la salud, especialmente de la medicina y la farmacia. Dicho de otra manera: la política sanitaria pública, cuando decide estratégicamente apostar por la promoción y protección de la salud, se encuentra con que este bien está razonablemente bien delimitado e identificado por parte de la ciudadanía y se dispone de un conjunto de conocimientos y técnicas acreditadas y reconocidas para la obtención de resultados valiosos en la satisfacción de las necesidades relacionadas con la salud.

Por otra parte, si bien determinada literatura técnica y normativa jurídica relativa a los servicios sociales y a otras políticas sociales avanzaba en su acotación sectorial (y se daban pasos como el paso de la Renta de Garantía de Ingresos a Lanbide), eso no quería decir que, necesariamente, otros ámbitos sectoriales (como, por ejemplo, el de la vivienda, a pesar del derecho subjetivo) asumían efectivamente determinadas responsabilidades que los servicios sociales pretendían entregar. En ese contexto, por otra parte, resulta difícil armar políticas intersectoriales o transversales que vayan mucho más allá de lo declarativo o lo experimental exploratorio.

Además, no hemos tenido suerte con el momento histórico en el que hemos abordado esa ciaboga. A pesar de ciertos esfuerzos para la construcción de conocimiento e innovación en materia de intervención social, para el fortalecimiento de la atención primaria de servicios sociales, para renovar las relaciones entre administración pública y tercer sector o para la estructuración de una relación simétrica entre los servicios sociales y otros sistemas dentro de un enfoque de atención integrada e integral intersectorial, la realidad nos sigue tomando la delantera y, en muchas ocasiones, ante la presión de realidades incuestionables como la crisis de los cuidados, la nueva pobreza laboral o la exclusión residencial, sentimos que se nos impone una especie de regresión a aquel el modelo asistencialista atrápalo-todo que queríamos dejar atrás.

(Contenido de la primera parte de la conferencia prevista para el viernes, 31 de marzo, en la jornada organizada por el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. Más información aquí.)

¿Todo mercado? ¿Cuánto mercado? ¿Cuándo mercado?

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Intentaría apuntar algunas respuestas en forma de posibles lecciones aprendidas o (hipo)tesis provisionales desde el área de conocimiento en la que trabajo, que es la del estudio y diseño de políticas sociales. Terminaría, sin embargo, dando cuenta de las limitaciones de dicho marco de análisis y de la necesidad de desbordarlo.

Me referiría inicialmente a los resultados y legitimación de nuestros Estados de bienestar, como forma histórica de garantía pública de derechos humanos sociales universales. La construcción de estas políticas sociales puede ser presentada como un caso de éxito en la apuesta del Estado por producir, tratar o gestionar determinados bienes como bienes públicos (por desmercantilizarlos en alguna medida). Como un indicador del relativo éxito de esta experiencia histórica cabría presentar el hecho de que determinadas políticas sociales y el reconocimiento del carácter social del Estado y de la dimensión social de todas las políticas públicas forman parte de un cierto patrimonio compartido por las principales y diversas ideologías y formaciones políticas.

La construcción de los Estados de bienestar y las políticas sociales puede ser vista como la emergencia de subsistemas sociales que intentan ser una respuesta de la inteligencia e ingeniería social para una mejor gestión de la complejidad. Una respuesta exitosa que, paradójicamente, contribuye a la generación de nuevos factores de complejidad social. Como contenido, síntoma y expresión de ese incremento de la complejidad, cabe referirse al proceso que vivimos en las últimas décadas de configuración, problemática, de todo un heterogéneo tercer sector, entendido como institucionalización (alternativa) de una producción, tratamiento o gestión de los bienes, no como privados (intercambiables por precio) ni como públicos (garantizados como derecho), sino como bienes comunes (compartidos solidariamente). En un contexto, por cierto, de importantes mutaciones en la esfera de las relaciones de reciprocidad (familiar y) comunitaria, cuya manifestación más sobresaliente sería la crisis de los cuidados (que el ecofeminismo identifica como un vector central de la amenaza actual a la sostenibilidad de la vida).

En ese contexto, las políticas sociales se convierten necesariamente en laboratorios de innovación tecnológica y social acerca de los arreglos y sinergias entre estas cuatro esferas de las que hablamos (pública, privada, solidaria y comunitaria). Arreglos y sinergias (mix de bienestar) que, razonablemente, pueden ser diferentes en las diversas políticas sectoriales y que, para cada servicio o bien, pueden referirse (en forma diversa) a más de una docena de aspectos distintos (su titularidad, su gestión, su financiación, su provisión y así sucesivamente). En contextos en los que lo que interesaría a cada tipo de agente (público, privado, solidario o comunitario) no es tanto un (cada vez más impensable) monopolio de los resortes de respuesta a las necesidades y demandas de la población, sino la capacidad estratégica de ser determinante en el tablero apoyándose en sus ventajas comparativas desde su identidad y legitimidad.

Ahora bien, como ya empezábamos a apuntar de la mano del ecofeminismo, este progreso social que han impulsado los Estados de bienestar realmente existentes; que, sin duda, ha representado y representa oportunidades de más y mejor vida para muchas personas en nuestro entorno; y que contiene, dentro de sus políticas sociales y de su estudio científico, cierta capacidad de innovación y transformación; nos coloca, también, en y ante un mundo plagado de viejas y nuevas amenazas (económicas, sociales, políticas, ecológicas y morales), ante las que se nos impone éticamente la obligación y el riesgo de pensar políticamente, apostar por un modelo de sociedad y ejercer la ciudadanía.

Desde ese punto de vista, por razones biográficas y con algún argumento, me apunto al intento de repensar una socialdemocracia predistributiva y redistributiva que reconoce con humildad la capacidad del mercado (entre otras cosas de haber sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en las últimas décadas) y a la que le gustaría no tanto adelgazar como agilizar al Estado, es decir, liberarlo de la grasa que supone su colonización por parte de intereses privados (de algunos de quienes, como proveedoras, empleados, cargos o pensionistas cobramos de él) y muscularlo como regulador e incentivador de la vida social y, fundamentalmente, garante de derechos. Siento, sin embargo, que la socialdemocracia no puede reinventarse en ese sentido si no se abre a procesos de colaboración, fecundación e hibridación con otros sujetos o espacios sociales y políticos (especialmente a los movimientos de base, populares y sociales que están repolitizando el tercer sector y la economía solidaria en todo el mundo) en un proceso histórico (para el que no tenemos manual de instrucciones) de construir nuevos sujetos sociales, políticos y electorales en los que se puedan encontrar las víctimas de la globalización neoliberal, la exclusión de la ciudadanía, el sistema patriarcal y la amenaza ecológica con sectores instalados pero lúcidos en relación con su injusticia e insostenibilidad.

(Ideas principales para una intervención en el seminario organizado por Carlos García de Andoin que comienza el 22 de marzo de 2017 en Bilbao.)