Procomún colaborativo, creación de valor y territorios sostenibles

Pallars Jussà

El modo hegemónico de creación de valor en nuestro mundo es el mercantil y monetizado. En palabras de Antonio Machado: el que confunde valor y precio. Por ello, frecuentemente, desde la vida comunitaria, desde las políticas públicas y desde las organizaciones solidarias cometemos el error de despreciar las fórmulas propias de creación de valor de dichas esferas para incurrir en estrategias que conducen a la mercantilización de bienes relacionales, públicos o comunes.

Dicha dinámica está produciendo una creciente insostenibilidad de la vida, dado que, como es sabido, las lógicas de mercado, que tan beneficiosas y eficientes resultan para determinado tipo de recursos y procesos, no son sensibles al enorme valor de muchos bienes que producimos o necesitamos las personas, como, por ejemplo, aquellos a los que es (venturosamente) difícil restringir el acceso, los que no son de consumo directo para las personas, los que necesitan personas con limitada capacidad de compra (como las niñas y niños) o los que necesitarán de forma más directa o indirecta futuras generaciones de personas que todavía no han nacido.

En un mundo altamente urbanizado, esto se percibe de forma especial en los territorios de menor densidad de población, en los que la menor masa crítica de demanda agregada hace menos rentable hacer llegar numerosos productos y servicios. Ello facilita que se conviertan en territorios (y comunidades) explotadas y perdedoras, como también lo son, por cierto, determinadas zonas urbanas densamente pobladas, segregadas espacial y socialmente, que son esquivadas o soslayadas por flujos y procesos valiosos que, sin embargo, conectan y enriquecen a lugares bien próximos a ellas.

Por ello, posiblemente, un reto relevante de las políticas públicas e iniciativas colaborativas es el de la generación de ecosistemas (micro, meso o macro) en los que se construyan y multipliquen procesos alternativos de generación de valor, en los que la acción combinada y sinérgica de políticas públicas inteligentes e innovadoras e iniciativas solidarias de base comunitaria consiga dominar y subordinar las dinámicas mercantiles y la circulación de dinero al interés general y a la sostenibilidad social.

Ello supone, por ejemplo, superar el culto a la piedra (a la infraestructura física inaugurable) que preside muchas políticas públicas para potenciar su función relacional apoyada en la ciudadanía digital. Supone, por ejemplo, superar fórmulas inerciales y clientelares de financiación de proyectos para sustituirlas por fondos estratégicos e inteligentes de financiación de innovaciones transformadoras. Supone, por ejemplo, pedir a cada política pública e iniciativa social una mayor capacidad de contribuir a diferentes dimensiones (laboral, relacional, económica, ecológica y otras) del desarrollo territorial y social.

Esto es posible, está pasando, lo estamos contando.

(Entrada elaborada a partir de las conversaciones mantenidas en una jornada de trabajo organizada por el Ateneu Cooperatiu de l’Alt Pirineu i Aran en Tremp y en un encuentro del Dixit de Girona. En la foto, un lugar cercano a Tremp.)

Servicios sociales e integración intersectorial: problemas malditos y soluciones inadecuadas

Ctesc

Colegas como Quim Brugué han utilizado la expresión “problemas malditos” (wicked problems, también traducida como “problemas retorcidos” o “problemas perversos”) para referirse a los que tienen que ver con el diseño de la integración intersectorial entre diferentes políticas públicas para la prevención o abordaje de situaciones complejas que reclaman el concurso importante de distintas ramas o sistemas de nuestros Estados de bienestar. Posiblemente, el hecho de que los servicios sociales universales procedan de la asistencia social residual, que, por definición, podía ofrecer a las personas excluidas una atención integral con prestaciones y servicios propios de varios sistemas (como, por ejemplo, alojamiento, atención sanitaria, alimentación o educación) hace que la integración horizontal entre los servicios sociales y otras ramas del bienestar revista especial complejidad y abunden las que podríamos calificar como soluciones inadecuadas.

Soluciones inadecuadas, por ejemplo, parecen aquellas que contribuyen a que los servicios sociales retrocedan y regresen a aquella pretendida atención integral residual. Esto sucede cuando profesionales sanitarias, educativas o de los servicios de empleo, por citar tres ejemplos, estiman que la complejidad de la situación de una persona a la que están atendiendo les justifica para desentenderse de ella y asumen la relación intersectorial con los servicios sociales como un puente de plata para pretender que los servicios sociales se hagan cargo globalmente de la persona en cuestión. Diciendo, por ejemplo, frases como “yo no he estudiado para tratar a este tipo de personas”, incompatible con la universalidad que se supone y la inclusividad que se espera de los servicios en los que dichas profesionales trabajan.

Solución inadecuada, en un sentido opuesto a la anterior, parece la pretensión de que un número importante de profesionales de la intervención social y otros recursos propios de los servicios sociales estén dentro de otros sistemas o dependan de ellos. No se trata, por ejemplo, de negar que haya cierta cantidad de profesionales de la intervención social fuera de los servicios sociales (del mismo modo que en los servicios sociales hay médicas, cocineros, arquitectas o artistas), pero denominaríamos inadecuadas a las soluciones que, intentando fortalecer la intervención social en otros sistemas, contribuyen al debilitamiento, subordinación o instrumentalización de los servicios sociales.

Seguramente la principal causa estructural de que la integración intersectorial entre los servicios sociales y otros sistemas sea un problema maldito es que la operación de transformar la asistencia social-camión escoba en un pilar sectorial y universal más del sistema de bienestar, con su cometido acotado y basado en el conocimiento, dista de estar completada, de modo que desde los servicios sociales y las profesiones de la intervención social emitimos señales ambiguas y contradictorias sobre nuestro objeto y perímetro. Por ello podría proponerse que, a cualquier iniciativa (micro, meso o macro) de integración intersectorial, se le pregunte cómo contribuye a la necesaria reestructuración del sistema de bienestar que representa la desaparición de la asistencia social y la construcción de los servicios sociales.

(Entrada elaborada a partir de los diálogos mantenidos con un grupo del Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya y con el equipo de los servicios sociales del Ayuntamiento de Pineda de Mar.)

Construir un ecosistema de coneixement per als serveis socials del futur

serveis 3

L’explosió de les tecnologies digitals de la informació i la comunicació, que incrementa i distribueix la capacitat de processament intel·ligent de grans quantitats de dades, torna obsoletes moltes professions (el coneixement de les quals deixa de tenir valor). També reconfigura les cadenes de valor mitjançant les quals es produeixen els coneixements que permeten la realització d’aquelles operacions que segueixen havent de ser dutes a terme per persones, organitzacions o altres sistemes socials, ja que incrementa la capacitat que cada tipus de coneixement (ideologia, ciència, tecnologia i saber expert) i els seus diversos agents productors i portadors tenen de confrontar als altres i disputar-los el terreny. Alhora, es redefineixen les relacions entre els nivells operatiu, organitzatiu i polític i els seus corresponents entorns d’agents (stakeholders), des del moment, per exemple, en què decisions estratègiques que abans es prenien mitjançant lents mecanismes d’agregació de dades i processament d’informació que anaven ascendint per l’estructura d’interlocució, poden ara automatitzar-se, convertir-se en un algorisme i adoptar-se i executar-se en temps real. Tot això pot conduir a dinàmiques caòtiques i complexes que van des d’estratègies d’integració salvatges, on una organització operadora deixa devastat un departament universitari emportant-se al seu personal científic, apropiant-se de tota una determinada cadena de valor, fins a, en l’altre extrem, oportunitats extraordinàries per a agents que operen en microjaciments, especialitzant-se en una determinada baula d’una determinada cadena de valor.

Com a manifestació, per exemple, dels canvis i reptes en les dinàmiques de relació entre agents a la qual s’ha fet al·lusió més amunt, cal referir-se a l’aplicació de les ciències del comportament, amb la creació d’unitats o equips governamentals sobre enfocaments comportamentals (behavioural insights), a polítiques públiques cada vegada més basades en evidències. Així, podria pensar-se, per exemple, que els coneixements de les ciències del comportament formen part de la caixa d’eines del personal operatiu dels serveis de benestar o, en tot cas, de les persones amb responsabilitats de gestió, per exemple, dels recursos humans. No obstant això, cada vegada més, es presenten com a útils per al disseny de les polítiques. Alhora, aquesta connexió més directa entre unes determinades comunitats científiques i les persones que prenen les decisions polítiques tendeix a impulsar la realització d’assajos controlats aleatorizats (Randomized Controlled Trials), tractant-se d’imitar els assajos aleatoris que s’utilitzen en medicina per avaluar l’efectivitat dels nous medicaments.

Cal dir que aquest tipus de processos són amb prou feines incipients en el nostre sector dels serveis socials, en el qual la impressió que ofereixen les experiències innovadores valuoses (com les del model d’atenció centrada en la persona, impulsades, per exemple, per la Fundació Pilares; les comunitàries de l’estil del projecte Radars, Vincles BCN o les Superilles Socials (de l’Ajuntament de Barcelona, amb inspiració en el model Buurtzorg) o els nius familiars de Agintzari; els avanços en teleassistència (com els de Servicios Sociales Integrados); nous instruments per al diagnòstic social i l’estratificació poblacional, com els de Luis Barriga a la Comunitat de Castella i Lleó o els de la Diputació de Barcelona; o experiències intersectorials, com Housing First, les comunitats compassives o les del Consell Comarcal d’Osona) semblen més aviat bolets de muntanya que no els fruits d’un sistema agrícola organitzat.

(Sobre aquestes i altres qüestions parlarem l’11 d’abril en els serveis socials de Pineda de Mar i el Centre de Documentació Dixit de Girona, el dijous 12 al Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya, a Barcelona, i el 13 a Tremp , a l’Ateneu Cooperatiu de l’Alt Pirineu i Aran. Una versió estesa del text es troba al bloc Llei d’Engel.)

El cambio estratégico de los servicios sociales desde la base: las cinco emes

Daniel Biber

En los debates acerca del necesario cambio estratégico en nuestros servicios sociales, intentamos dibujar el nuevo modelo hacia el que dirigirnos y, a la vez, perfilar la teoría de cambio que nos permitirá irlo construyendo, teoría que nos permite identificar, por ejemplo, novedades a introducir en la normativa (como separar los servicios sociales de la garantía de ingresos o integrar verticalmente competencias en la Administración) o en la presupuestación (como los fondos estratégicos para la innovación transformadora basada en alianzas entre agentes diversos del ecosistema de conocimiento). A la vez, necesitamos pistas para el día a día, herramientas al alcance de cada una de las personas que, cotidiana y operativamente, hacemos los servicios sociales. Al respecto se sugiere que, con cada una de las actividades o procesos que realizamos, nos preguntemos cuál o cuáles de las siguientes “cinco emes” aplicar:

1. Mirar. Muchas de nuestras actuaciones o servicios ya contienen elementos del modelo que queremos construir y basta fijarse para darse cuenta. Es el caso del servicio en el que creíamos que las personas, fundamentalmente, comían, hasta que vimos su potencia para la adquisición de autonomía y la generación de relaciones. O el de las entrevistas que parecían destinadas a informar sobre recursos hasta que advertimos su valor de acompañamiento relacional y fortalecimiento de capacidades. Este mirar, posiblemente, es la antesala del medir, evaluar y sistematizar más rigurosamente dichos elementos valiosos.

2. Minimizar. Hay cosas que entendemos que no tendríamos que hacer, que no encajan en el modelo de futuro, pero no nos queda más remedio, hoy por hoy, que realizarlas. Es el caso de ciertas comprobaciones de requisitos administrativos, reuniones de supuesta “coordinación” (consecuencia de errores de diseño en la integración estructural) o controles acerca del cumplimiento de obligaciones de determinadas personas. El reconocimiento de su bajo, nulo o negativo valor añadido puede generar una actitud que lleve a dedicarles el menor tiempo posible, ejecutarlas de modo que se reduzcan a su mínima expresión, como paso previo a moverlas a otro sitio o, sencillamente, a la papelera de reciclaje.

3. Modificar. Hay actividades o servicios que debemos modificar. Hay procesos que deben ser rediseñados, simplificados o digitalizados. Hay programas que hemos de universalizar o de aproximar; de transformar en mas preventivos o participativos; de desagregar o de integrar. Puede tratarse de procesos más complejos de reingeniería o de pequeños cambios significativos. Se trata, en todo caso, de buscar su mejora.

4. Materializar. Nuestro giro estratégico hacia unos nuevos servicios sociales necesita materializarse en nuevas iniciativas, prácticas inspiradoras o proyectos piloto que luego se puedan multiplicar, llevar a una escala mayor. La construcción de unos servicios sociales universales, personalizados, especializados, digitalizados, participativos, integrados y comunitarios necesita maquetas arriesgadas y experimentos aceleradores que hagan tangible lo que a veces percibimos como inalcanzable. Afortunadamente, ya está pasando.

5. Mostrar. Y, definitivamente, muchas de las labores anteriores resultarán baldías si no mejoramos nuestra capacidad de visibilizar las muchas realidades positivas que contienen nuestros servicios sociales, para que más y más personas (también personas con responsabilidades políticas) sientan que los servicios sociales van con ellas. Se trata de una mayor y mejor aplicación del marketing para transformar nuestro actual posicionamiento, en ocasiones, débil, negativo y residual, en un uno cada vez más potente, positivo y universal.

Mirar (y medir), minimizar (y mover), modificar (y mejorar), materializar (y multiplicar) y mostrar (aplicando el marketing). Cinco (más cinco) emes que pueden inspirarnos y animarnos cada día en la encrucijada estratégica que viven nuestros servicios sociales. Una pequeña caja de herramientas, con tamaño de agenda, que podemos compartir, y que nos puede ayudar a alinear estratégicamente nuestras trayectorias.

(Esta entrada se elaboró con un grupo de profesionales de la atención primaria de servicios sociales de Cantabria. Fotografía de una bandada de estorninos de Daniel Biber.)

El aislamiento relacional es un problema (y lo seguiría siendo aunque no afectase a la salud)

Aislamiento

Con frecuencia leemos artículos acerca de la soledad no deseada como problema social y no pocas veces el carácter preocupante del aislamiento relacional se cifra en el impacto que tiene en la salud de las personas que lo padecen, hasta el punto de que se llega a conceptualizar o presentar como un problema de salud o incluso como una epidemia.

Basta una sencilla búsqueda en Internet para comprobar la abundancia y preponderancia de asociaciones entre aislamiento relacional (o social) y depresión, ataques cardíacos, deterioro cognitivo, problemas del sueño, alteraciones del sistema inmunitario, ictus, desarreglos hormonales, ansiedad, esquizofrenia u otras enfermedades o afectaciones de la salud.

Posiblemente ello es debido a la potencia de nuestros sistemas sanitarios, a su capacidad investigadora o a la preocupación pública que generan aquellas situaciones sociales que, de forma más directa o indirecta, ocasionan gasto en una de las áreas con presupuestos más voluminosos en nuestro Estado de bienestar (normalmente la segunda, después de las pensiones). A la vez, nos encontramos con que el sector de actividad y la política pública a las que corresponde conceptualmente el aislamiento relacional, es decir, los servicios sociales, no tienen en absoluto esa capacidad cognoscitiva y ese posicionamiento económico.

Sin embargo, si intentamos adoptar el punto de vista de la persona que se encuentra en una situación de soledad no deseada, probablemente caigamos en la cuenta de que el aislamiento relacional es un problema en sí mismo, un fenómeno de primera magnitud para nuestra calidad de vida, que puede ser vivido, incluso, de manera más preocupante que muchas enfermedades. A la vez, constatamos que, del mismo modo que la protección y promoción de la salud requieren intervenciones profesionales basadas en el conocimiento, también éstas son reclamadas por la protección y promoción de la interacción, pues ni la salud ni la interacción (tampoco el empleo o la subsistencia) pueden ser dejadas a la suerte de las personas en nuestra sociedad.

Las personas tenemos diversas necesidades y, sin duda, aquellas cuya satisfacción hemos encargado a los servicios de salud son muy relevantes. Sin embargo, no lo son menos otras, como, por ejemplo, las que tienen que ver con nuestra interacción, de las que se ocupan los servicios sociales. Todos los grandes bienes encomendados a las diversas ramas de nuestro sistema de bienestar (como el alojamiento, por poner otro ejemplo, responsabilidad de las políticas de vivienda) tienen impacto en el resto, pero una comprensión cabal de la inclusión social y un diseño eficiente de las políticas públicas se basan en la correcta identificación, ante todo, del valor propio que tiene cada uno de ellos.

(De ésta y otras cuestiones relacionadas con los servicios sociales hablaremos el 2 y 3 de abril en Santander, con profesionales de su atención primaria.)

Por una industria (4.0) de los servicios sociales

Industria

Las ciencias de la gestión estudian el fenómeno de difuminación de las fronteras que distinguían los sectores de actividad industrial de los sectores económicos de servicios. Así, por una parte, empresas industriales han ido incorporando actividades de prestación de servicios, como comprobamos, por ejemplo, cuando compramos una impresora (producto industrial) y se nos ofrece el servicio de traernos a casa, incluso antes de que advirtamos su necesidad, los cartuchos de tinta.

En sentido contrario, nos encontramos con organizaciones prestadoras de servicios en las que se industrializan determinados procesos, es decir, en las que actividades relacionales realizadas por personas (incluso de contacto con usuarias) son reemplazadas por productos fabricados que utilizamos. Así, por ejemplo, frecuentemente, más que solicitar y recibir los servicios de una agencia de viajes, utilizamos aparatos informáticos y plataformas digitales para organizar y hacer posibles nuestros desplazamientos.

El reto que tienen ante sí nuestros servicios sociales en el contexto del incremento de la diversidad funcional y de otros tipos de diversidad en la población y de la disminución y cambio de la capacidad familiar y comunitaria para brindar cuidados y apoyos primarios es de tal envergadura que parece imposible hacerle frente sin una mucha mayor industrialización de la intervención social, fundamentalmente gracias a las tecnologías digitales de captación, procesamiento y transmisión de datos y de complementación (robótica o no) de otras funciones humanas utilizadas en actividades de la vida diaria.

Parece difícil construir una oferta de cuidados y apoyos que logre hacer posibles y sostenibles nuestras vidas autónomas, diversas e interactivas en la convivencia comunitaria si no somos capaces de entreverar dinámicamente actividades profesionales de alto contenido relacional con procesos automatizados de control de situaciones y respuesta a necesidades. Superando unos servicios sociales tendentes a dosificarnos el sucedáneo del dinero o a terminar llevándonos a centros residenciales, diurnos o de otro formato, se trata de potenciar su capacidad de prevenir, revertir y compensar el deterioro de nuestra autonomía funcional y red primaria mediante apoyos tecnológicos o profesionales en los itinerarios cotidianos en el domicilio, el vecindario, la calle o el territorio.

Ahora necesitamos más maquetas, ensayos, experimentos o pilotos que nos ayuden a identificar y evaluar mejor las capacidades individuales para las decisiones y actividades de la vida diaria y las potencialidades efectivas de las relaciones familiares y los activos comunitarios, de modo que sean perfeccionables y escalables los diseños de entramados de productos tecnológicos y servicios profesionales que vayamos necesitando las diversas personas en nuestras situaciones y transiciones vitales, para cuya facilitación se debe estructurar la industria de los servicios sociales, con un abordaje preventivo de la limitación funcional, un empoderamiento de las personas, una humanización de las comunidades y una densificación de las relaciones primarias y solidarias.

Fortalecer la alianza estratégica entre la atención primaria de servicios sociales de gestión pública directa y el tercer sector de acción social

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El principal ámbito para la construcción de colaboraciones y alianzas por parte de las entidades del tercer sector de acción social debe ser el sector de los servicios sociales y, específicamente, el sistema público de servicios sociales. Ello es así porque el futuro que espere al ámbito sectorial de los servicios sociales dentro de nuestro sistema de bienestar es determinante para el tercer sector de acción social, tanto por el peso específico de sus entidades en el sector económico de los servicios sociales como por el hecho de que la financiación principal del tercer sector de acción social procede, hasta el momento, de los presupuestos públicos destinados a servicios sociales.

Se ha de recordar que el sector de los servicios sociales se encuentra en una ciaboga hacia la universalización que sólo puede completarse con alguna posibilidad de éxito si los avances del conocimiento y la tecnología posibilitan estrategias de integración vertical, entre la actual atención primaria, en gran medida de gestión pública municipal, y la actual atención secundaria, en buena medida gestionada por la iniciativa social sobre la base de una segmentación y segregación de la población usuaria en los tradicionales colectivos vulnerables de los que se ocupaba la asistencia social (como las personas menores, con discapacidad o mayores). Estrategias de integración vertical que incrementen la capacidad resolutiva de la atención primaria con una orientación cada vez más preventiva, personalizada, participativa y comunitaria.

Por ello se propone que las entidades del tercer sector de acción social impulsen proactivamente experiencias piloto, a las que puedan volcar su caudal de conocimiento y su capacidad de gestión, en las que intervengan con las personas en la comunidad, pertenezcan o no al colectivo poblacional con el que la entidad ha trabajado tradicionalmente. Se trata de construir formatos de atención que faciliten la vida de las personas en la comunidad, que hagan más improbable que dichas personas sean clasificadas de alguna manera que las haga candidatas a ser alejadas de su entorno y que vayan permitiendo que la intervención social suceda más en la comunidad (es decir, en los domicilios; en la calle o, en general, en el medio abierto o en el entorno digital) y menos en los centros (ambulatorios, diurnos o residenciales). Formatos que vayan rompiendo la dicotomía entre intervención individual e intervención comunitaria, en la medida en que toda intervención sea, a la vez, personalizada (porque así lo facilitan los avances tecnológicos de los macrodatos, el Internet de las cosas, las plataformas colaborativas o la inteligencia artificial distribuida) y comunitaria (porque siempre es objeto de la intervención social la construcción de lazos comunitarios).

Frente a unas entidades del tercer sector de acción social tradicional, pretendidamente especializadas en la asistencia integral (y, por tanto, frecuentemente, residual) a supuestos colectivos poblacionales entendidos como compartimentos estancos, se trataría de impulsar innovaciones en clave comunitaria y capaces de gestionar las relaciones interpersonales en las diversidades sexuales, generacionales, funcionales y culturales. Desde esta perspectiva estratégica, la incardinación sectorial de la actividad de las entidades del tercer sector de acción social en el ámbito de los servicios sociales se considera condición previa para la atención integrada intersectorial.

(Adaptado de un artículo de próxima publicación en la Revista Española del Tercer Sector, tras reflexiones compartidas con el Ayuntamiento de Mataró y la Fundació El Maresme.)

El reto estratégico de nuestros servicios sociales

Manifestaos 2

Al ubicarse de forma cada vez más clara las diferentes políticas públicas en (y en referencia a) sectores de actividad económica (seguridad, salud, agricultura, finanzas, vivienda, energía, educación, cultura u otros), los sistemas u organismos públicos de cada uno de esos sectores se ven obligados a fortalecer su capacidad competitiva para crear valor (público) relacionándose de formas cada vez más diversas y complejas con el resto de agentes operantes en cada sector. Por otra parte, existe abundante evidencia acerca de la fuerza de la “dependencia de la senda” (path dependence) en el ámbito de las políticas sociales sectoriales, por diferentes razones, como su funcionamiento como estabilizadoras automáticas, el apoyo por parte de sectores de la población afectados en necesidades sensibles o su grado de institucionalización. Ello favorece a los sistemas y agentes más consolidados y mejor posicionados, dificultando la innovación y adaptación de las políticas sociales a los cambios sociales que ellas mismas han contribuido a desencadenar.

Cambios no menores, dado que en el contexto de la crisis de los cuidados y los vínculos de las últimas décadas (relacionada con el incremento de la longevidad y el cambio familiar y comunitario), el modelo de bienestar tradicional (más cuanto más patriarcal, monetizado y burocratizado) entra en una crisis sistémica, debida también a la expansión universalizante y compleja individualización de las expectativas, demandas y conciencia de derechos frente al Estado por parte de la ciudadanía. Todo ello en un entorno de digitalización y reconfiguración radical de las relaciones financieras, económicas y laborales a escala global y de fragmentación y reconstitución de los sujetos sociales que, de diferentes maneras, son base de las mayorías electorales que dan soporte (o no) a las políticas públicas. En un marco en el que el contrato social clásico entre clase trabajadora y élites económicas debe reformularse también como contrato entre generaciones, entre mujeres y hombres, entre comunidades culturales o, incluso, entre humanidad y entorno ecológico, nido de futuras generaciones.

En esa situación paradójica de crisis de desarrollo de las políticas sociales, se impone rediseñar el “perímetro” y desarrollar el contenido operativo (universal, preventivo, personalizado, tecnológico y comunitario) del sector de los servicios sociales, que debe abandonar el nicho residual que ocupaba como asistencia social y apostar por un objeto propio, resultando precisas nuevas formas de diferenciación e integración intrasectorial (vertical: entre plataformas y servicios que no obliguen a la persona a salir de su entorno domiciliario y territorial y los que, excepcional y puntualmente, lo requieran) e intersectorial (horizontal) con el resto de ramas sectoriales (como salud, vivienda y otras).

Se sostiene que la que se denomina interacción es un estado o situación deseable y valiosa, dinámica y cambiante, importante y compleja, como lo son los estados o situaciones de salud, aprendizaje, empleo, alojamiento y subsistencia (objeto de las otras ramas de la política social). Prevenir el deterioro de tal situación o estado deseable de (relativa) autonomía funcional y autodeterminación para la vida diaria e integración relacional (familiar y comunitaria), ayudar a las personas a alcanzarlo y paliar las consecuencias de su pérdida total o parcial sería, según esta propuesta, la responsabilidad de los servicios sociales.

El reto es considerable y requiere, como condición necesaria aunque no suficiente, de una más orientada investigación básica y aplicada, desde diversas áreas de conocimiento, que permita mejorar el instrumental de evaluación de los fenómenos y cambios de los que se ocuparían los servicios sociales, así como de experiencias piloto (prototipos) que vayan construyendo formatos e itinerarios de atención más comunitarios y calibrando su utilidad, viabilidad, legitimidad, transferibilidad, escalabilidad y sostenibilidad, permitiendo a las entidades del tercer sector vinculadas a colectivos poblacionales (con alto riesgo de quedarse enquistadas en una atención secundaria crecientemente asistencialista, estigmatizada, precaria y privatizada) implicarse, impulsadas por el sector público, en la construcción de conocimiento y tecnología útil para todas las personas en la comunidad.

(Fragmento adaptado de un artículo de próxima publicación en la Revista Española del Tercer Sector, para sesiones de trabajo organizadas por el Gobierno de Cantabria. En la foto, integrantes del grupo Manifestaos por los Servicios Sociales.)

Segregación espacial, comunitarismo securitario y emprendimiento social

Corazón de María

La lectura del capítulo 6 de La gran transformación, de Karl Polanyi, puede ser de gran ayuda para extrañarnos de algo que, en nuestra sociedad, muchas personas dan por supuesto y por bueno: el tratamiento de la tierra como una mercancía que se puede comprar y vender, la consideración del suelo como un bien privado, la legitimación del hecho de que determinadas personas o agentes nos hayamos apropiado de partes del territorio. Para Polanyi, la tierra es una mercancía ficticia, un bien que, sólo recientemente, se ha llegado a considerar mercantilizable, con consecuencias destructivas para la sociedad.

Ismael Blanco, Helena Cruz, Rubén Martínez y Marc Parés, del Institut de Govern i Polítiques Públiques de la Universitat Autònoma de Barcelona han estudiado algunos duros procesos estructurales de aumento de la segregación urbana entre grupos sociales (por renta, por origen o por otros factores) y de la vulnerabilidad y exclusión residencial, como consecuencia, junto a otras causas, de los salvajes procesos de mercantilización de la vivienda que ha venido representando la creación, el pinchazo y la gestión de las consecuencias de la última burbuja inmobiliaria, acompañados de políticas públicas (habitacionales, educativas u otras) que, frecuentemente, han agravado la situación, contribuyendo, por ejemplo, a la creación de guetos.

Débora Ávila y Sergio García, de Carabancheleando y de la Universidad Complutense de Madrid, en estudios relacionados con la intervención social, analizan, en ese contexto, situaciones y procesos en los que, tanto desde ciertos poderes públicos como desde determinados movimientos vecinales, se olvidan u ocultan los factores y causas estructurales antes mencionadas, y se orienta a los servicios sociales al control punitivo y a la pretendida respuesta a la emergencia social general (incluyendo la más habitacional y económica), a la vez que se apuesta por reemplazar intervención social por respuesta policial de proximidad, imbricando más su fuerza tecnológica y humana en la trama comunitaria. Es el retorno de las periferias estigmatizadas, donde sólo la policía está en la calle (¿dónde están otros agentes que antes estaban en ella?) y donde el problema es la “convivencia” (una versión de ella).

En este contexto, evidentemente, el emprendimiento social, apoyado en la innovación tecnológica y la intervención comunitaria, corre un grave riesgo de quedarse en una superficial y débil acción paliativa o distractora, incapaz de dinamizar y transformar las menguantes políticas y estructuras públicas y las frágiles relaciones primarias y colaborativas en los territorios escindidos y desatendidos. Máxime cuando se observa que, frecuentemente, agentes del mercado prestan más atención a las iniciativas de innovación social que administraciones y servicios públicos u organizaciones solidarias y movimientos emancipatorios tradicionales, consiguiendo fragmentar y atomizar posibles sujetos transformadores, que necesariamente habrían de ser amplios, plurales y complejos.

(Texto inspirado por las conversaciones en unas recientes jornadas en Equo Madrid y en los servicios sociales de Moratalaz. La imagen, del 28 de febrero de 2018, corresponde a la Plaza del Corazón de María, del barrio de San Francisco (Bilbao), sobre el que también se habló en las jornadas de Moratalaz.)

Construyendo un ecosistema de conocimiento para la intervención social y los servicios sociales

Network

Justin Parkhurst pone de manifiesto la importancia decisiva del ecosistema institucional mediante el cual se producen los diferentes tipos de conocimiento (éticas, ciencias, tecnologías, saberes expertos) que son necesarios para la realización de las operaciones, el procesamiento de los datos y las tomas de decisiones que aparecerían en los niveles, por ejemplo, de la intervención, la gestión y las políticas sociales. El reparto de papeles podría ser el siguiente:

  • La esfera política, en parte penetrada por la academia, sería el principal espacio y repositorio de deliberación y conocimiento ideológico (incluyendo el ético), en el que se apoyan las decisiones políticas, si bien es creciente la demanda de que éstas se basen cada vez más en evidencias (mejor cuanto más científicas), lo cual abre espacio para agentes poseedores de conocimiento científico (por su estatus) y tecnológico (metodológico, aplicado), que pueden ser las propias académicas u otras personas (desde empresas de consultoría y otras agencias).
  • Las organizaciones que emplean a las operadoras profesionales (como las prestadoras de servicios), las organizaciones profesionales de estos operadores (como los colegios) y las organizaciones del tercer sector (como representantes de usuarias) serían las que tendrían, más bien, el saber experto, dependiendo de la esfera política y de la academia, de entrada, para la incorporación de sus recursos humanos cualificados.
  • La universidad (y otros centros formativos) y las asociaciones científicas constituirían el ámbito que, en principio, produce, valida y distribuye el conocimiento científico, si bien son conscientes de que necesitan relaciones interdisciplinares en su seno y de la alianza con las organizaciones operadoras y otras, como mínimo para poder obtener los datos que procesan en sus investigaciones.
  • La tecnología (entendiendo por tal dispositivos o métodos estandarizados para la realización de operaciones que surgen de la aplicación del conocimiento científico o, en su defecto, de la sistematización del saber experto) sería el terreno abonado para un cuarto tipo de agentes (centros de investigación, centros tecnológicos, centros de documentación, consultoras, observatorios, institutos de evaluación, agencias de transferencia de conocimiento, defensorías de derechos, hubs, labs o startups de innovación, instituciones reguladoras, clústeres de empresas, agencias de acreditación o certificación, organizaciones o personas divulgadoras u otras) que surgen, sobre todo, a partir de asimetrías, distancias y complejidades que los otros tres tipos de agentes no son capaces de salvar o gestionar entre ellos.

La explosión, entre otras, de las tecnologías digitales de la información y la comunicación, al incrementar y distribuir la capacidad de procesamiento inteligente de grandes cantidades de datos, reconfigura las cadenas de valor mediante las que se producen, comparten y aplican los conocimientos que permiten la realización de aquellas operaciones que siguen teniendo que ser realizadas por seres humanos, organizaciones u otros sistemas sociales, al incrementar la capacidad que cada tipo de conocimiento (ideología, ciencia, tecnología y saber experto) y sus diversos agentes productores y portadores tienen de confrontar a los otros y comerles terreno. A la vez, se redefinen las relaciones entre los tres niveles mencionados (operativo-micro, organizativo-meso y político-macro) y sus correspondientes entornos de agentes (stakeholders), desde el momento, por ejemplo, en que decisiones estratégicas que antes se tomaban mediante lentos mecanismos de agregación de datos y procesamiento de información que iban ascendiendo por la estructura de interlocución, pueden ahora automatizarse, algoritmizarse, adoptarse y realizarse en tiempo real. Todo ello puede conducir a dinámicas caóticas y complejas que van desde estrategias de integración salvajes, donde una organización operadora deja devastado un departamento universitario al llevarse a su personal científico, apropiándose de toda una determinada cadena de valor, hasta, en el otro extremo, oportunidades extraordinarias para agentes que operan en micronichos, especializándose en un determinado eslabón de una determinada cadena de valor.

Cabe decir que este tipo de procesos son apenas incipientes en el sector español de los servicios sociales, en el que la impresión que ofrecen las experiencias innovadoras valiosas (como las del modelo de atención centrada en la persona, impulsadas, por ejemplo, por la Fundación Pilares; las comunitarias del estilo del proyecto Radars o las Superilles Socials (del Ayuntamiento de Barcelona, con inspiración en el modelo Buurtzorg) o los nidos familiares de Agintzari; los avances en teleasistencia (como los de Servicios Sociales Integrados); nuevos instrumentos para el diagnóstico social y la estratificación poblacional, como los de Luis Barriga en la Comunidad de Castilla y León o los de la Diputación de Barcelona; o experiencias intersectoriales, como Housing First, las comunidades compasivas o las del Consell Comarcal d’Osona) es más las de setas de montaña que la de frutos de un sistema agrícola organizado.

(Fragmento adaptado de un artículo de próxima publicación en Cuadernos de Trabajo Social.)