Gizarte-zerbitzuak, etorkizunera begira

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Gizarte-zerbitzuek pertsona guztiei bizitza osoan zehar euren eguneroko autonomia eta harreman primarioak hobetzeko eta osatzeko behar dituzten zainketak eta laguntzak eskaintzen dizkien jarduera ekonomikoen sektorea osatzen dute. Horri esker, pertsonak autonomoak dira eguneroko bizitzako erabaki eta jardueretan, eta familiako eta komunitateko harremanetan. Oro har, aipatutako arloa funtsezkoa da pertsona guztien ongizatearentzat, eta, beraz, gizarte-zerbitzuen politika publikoa ongizatearen estatuko gizarte-politikatzat jotzen da.

Hala eta guztiz ere, azpimarratu behar da, gure gizartean, gizarte-zerbitzuen sektore ekonomikoak edo, horren barruan, gizarte-zerbitzuen sistema publikoak ez dutela lortu ongizatearentzat funtsezkoak diren beste batzuek (esate baterako, osasun zerbitzuen sektore ekonomikoa edo osasun-sistema publikoa) duten garapen maila. Esate baterako, garapen-maila txikiagoa dutenez, lurralde eta administrazio bakoitzak modu batean izendatzen ditu gizarte-zerbitzuak edo haien atalak, eta, askotan, ez daude elkartuta, antolamenduaren aldetik, zatikatuta baizik, eta, aldi berean, beste jarduera batzuekin nahasita.

Gaur egungo gizartean, ordea, zainketen krisia, zalantzarik gabe, gizarte-zerbitzuen garapena areagotu egin behar dela azaleratzen duen gizarte-fenomeno handia da. Zenbait faktorek eragin dute zainketen krisia. Hona hemen adibide bat: ezgaitasunak dituzten pertsonen bizi-itxaropena luzatu izanaren ondorioz, belaunaldi- eta funtzionaltasun-aniztasuna handitu egin da, eta, aldi berean, egitura eta balio patriarkal jakin batzuk zalantzan jartzeko eta gainditze erlatibo eta disfuntzionalerako prozesuak sortu dira. Egitura eta balio patriarkal horiek honako uste honetan daude oinarrituta: emakumeek merkatuaren esparruan, gizarte zibil antolatuan edo Estatuan parte hartzeari uko egin eta lehen mailako harremanetan, batik bat zainketa-harremanetan, jardungo zutelako ustean. Erlatiboa da, oraindik ere emakumeak arduratzen direlako gehienbat lehen mailako zainketez, eta disfuntzionalagoa, oso urrun jarraitzen dugulako lehen mailako zainketen eta zainketa profesionalen arteko oreka egokitik.

Zorionez, berrikuntza teknologikoak (makrodatuekin, gauzen Internetekin, lankidetza-plataformekin, adimen artifizial banatuarekin eta abarrekin lotuak) eta berrikuntza sozialak (Euskadiko hirugarren sektoreko sare solidarioaren indarrean oinarrituak) gure gizarte-zerbitzuen garapena bizkortu dezakete. Garapen horretan, bide batez, askotariko irakaspenak lor ditzakegu hurbileko esperientzietatik. Nafarroan, esate baterako, zenbait prestazio ekonomiko gizarte-zerbitzuetan izapidetzeari utzi eta kenkari itzulgarritzat edo zerga negatibotzat hartzen dituzte, zerga-politikaren esparruan. Era berean, mugaz beste aldean, Ipar Euskal Herrian, lehen haurtzaroaren zainketa komunitarioak jorratzeko edo ezkutuko ekonomian zeuden zainketa-zerbitzuak azaleratzeko (eta erabiltzaileak ahaldunduz) bideak kontuan hartzeko modukoak dira.

(Eusko Ikaskuntzak bultzatutako liburu berderako ekarpenaren zatia.)

¿El País Vasco, perdiendo el tren de los servicios sociales?

Eusko Ikaskuntza

La Comunidad Autónoma del País Vasco ha alcanzado en 2017, según datos del INE, un nuevo máximo histórico de envejecimiento de su población, con 145 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16 años, lo que supone dos puntos porcentuales más con respecto al año anterior y es superior a la media española (118,4) o al dato de Navarra (116,5). Este proceso se acelerará en la próxima década, cuando van llegando a la edad de 65 años las cohortes del llamado baby boom. La dependencia funcional (respecto a los cuidados de otras personas o apoyos equivalentes) se concentra en las personas mayores: de cada diez personas en situación de dependencia funcional, siete tienen 65 años o más.

Por otro lado, según datos, también, del INE, mientras la tasa de fecundidad (personas nacidas por cada 1.000 mujeres entre 15 y 49 años) baja cuatro puntos del 2009 al 2016 en el conjunto de España (de 42,60 a 38,53), en la Comunidad Autónoma del País Vasco prácticamente se mantiene (pasa de 40,77 a 40,22). En el País Vasco, en 2016, la fecundidad de las mujeres de nacionalidad española es de 36,54 y la de las mujeres de nacionalidad extranjera es de 79,39.

Además, la participación de las mujeres en edad laboral en el mercado de trabajo se ha situado, en 2015, en el 52,2%, dos décimas por encima de la registrada en 2014, lo que sitúa esta tasa en la senda de evolución positiva iniciada décadas atrás, cuando la actividad laboral de las mujeres era minoritaria (38,5% en 1991). Datos reveladores de la manera en que se ve relegada al pasado la expectativa o norma social de que las mujeres renunciaran al empleo remunerado y se dedicaran a los cuidados. Sin embargo, según datos del EUSTAT de 2015, las mujeres que trabajaban fuera de casa destinaban 4,9 horas diarias al cuidado de los hijos e hijas menores de 15 años, mientras que los hombres empleaban 3,1 horas diarias. Estas diferencias se mantenían en el caso del cuidado de otras personas funcionalmente dependientes, actividad a la que los hombres le dedicaban 1,5 horas diarias y las mujeres 2,3 horas. Parece claro que, con el movimiento de las mujeres de ceder parte de su trabajo de cuidados, no se ha producido un proceso equivalente de los hombres de asumirlo. Por otra parte, según la encuesta de hogares y familias del Departamento de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno Vasco, además de no haber más de un 25% de hogares con niñas, niños o adolescentes, hay un 25% de hogares en los que sólo vive una persona.

La Comunidad Autónoma del País Vasco, sin embargo, a pesar de ser, según datos de la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, la que más gasta por persona en servicios sociales, tiene una cobertura de servicios sociales domiciliarios (1,4% para mayores) que es menos de la mitad que la (ya baja) media española o un 44,5% de acogimientos familiares de niñas, niños y adolescentes (sobre el total de acogimientos) frente al 60,9% de la media española. Ello puede ser revelador de un modelo de servicios sociales todavía muy apoyado en centros de carácter residencial, diurno o ambulatorio que no está innovando y girando con suficiente fuerza en la línea de cuidar y apoyar a las personas en su vida cotidiana en la comunidad.

Sin embargo, esa transformación estratégica es posible en el marco del imprescindible incremento de la inversión pública en servicios sociales en los próximos años, corrigiendo la descompensación que supone que nuestro gasto público en servicios sociales sea de 1.000 millones de euros anuales, aproximadamente, frente a los 3.700 de sanidad, los 2.700 de educación y los 8.800 de pensiones (por referirnos en números redondos a los cuatro grandes pilares del Estado de bienestar).

Fragmento adaptado de una aportación para el “Libro verde del (de los) Territorio(s) de Vasconia” de Eusko Ikaskuntza. La aportación completa (4 páginas) puede descargarse aquí. El libro verde completo (en el que la parte de servicios sociales comienza en la página 110, con una pequeña errata en la cita de la ley navarra) se puede descargar aquí. Sobre servicios sociales hablaremos esta semana en reuniones estratégicas del Gobierno de Navarra y en jornadas en Madrid, en el centro comunitario de servicios sociales de Colonias Históricas (Chamartín), el día 14, y en el Consejo de Colegios de Psicología (el 16).

Trabajo social, educación social y psicología de la intervención social: ¿de morros, de espaldas o de la mano?

Manos 3

En nuestro entorno son tres las profesiones con rango universitario que tienen claramente más presencia en los servicios sociales y las que en mayor medida ponen a lo que hacen el nombre de intervención social: el trabajo social, la educación social (con la pedagogía social) y la psicología de la intervención social (entendida como una de las especializaciones aplicadas de la psicología). Se proponen aquí como las tres disciplinas llamadas en mayor medida a construir y constituir el cuerpo de conocimientos científicos y técnicos de la intervención social.

Ciertamente, interacción es un término que se utiliza en el mundo del trabajo social, cuando se afirma, por ejemplo, que “el objeto de intervención del trabajo social es la interacción entre el sujeto en situación de necesidad y/o en situación-problema y su entorno social” (María José Aguilar). Mary Richmond, pionera del trabajo social, decía que “el diagnóstico social, entonces, puede ser descrito como el intento de hacer una definición, lo más exacta posible, de la situación y personalidad de un ser humano con alguna necesidad social; de su situación y personalidad, esto es, en relación con otros seres humanos de los que de alguna manera depende, o los que de alguna manera dependen de él, y en relación también con las instituciones sociales de su comunidad”.

Se ha dicho, por otro lado, que “la Psicología de la Intervención Social es un conjunto de saberes y prácticas fundamentadas en la ciencia del comportamiento humano que se aplican a las interacciones entre personas, grupos, organizaciones, comunidades, poblaciones específicas o la sociedad en general, con la finalidad de conseguir su empoderamiento, la mejora de su calidad de vida, una sociedad inclusiva, la reducción de las desigualdades y el cambio social. Todo esto mediante estrategias proactivas y preventivas que dinamizan y favorecen la participación de personas y comunidades y tienen en cuenta la diversidad humana” (López-Cabanas y otras).

Por último, cabe recordar que, en la bibliografía sobre pedagogía y educación social se hace referencia a la dimensión “relacional, convivencial, comunitaria” de la “vida cotidiana” como “escenario” de la intervención (Caride) y a la “acción sistemática que moviliza los recursos del entorno para favorecer el desarrollo de la sociabilidad del sujeto, promoviendo su autonomía y participación crítica en la sociedad” (Melendro), recordando que las personas son “seres de necesidades, que deben satisfacerse en la interacción con otros” (Caride) en un “marco sociocultural determinado” (Melendro).

Sea como fuere, si bien cabe constatar la presencia y predominancia de estas tres áreas de conocimiento en la intervención social y en los servicios sociales realmente existentes y establecer conexiones entre ellas y la definición de la interacción (entre autonomía funcional cotidiana y relaciones familiares y comunitarias) como objeto de la intervención social y de los servicios sociales, seguramente está en gran medida por hacer la conversación en y, especialmente, entre estas tres disciplinas y profesiones (y otras) para la construcción de un conocimiento compartido, una actividad profesional colaborativa y un sector económico y de política pública atractivo y de futuro.

(Adaptado de un fragmento del artículo “Construyendo la intervención social”, descargable pinchando en su título. Sobre estas cuestiones hablaremos esta semana en actividades organizadas por Servicios Sociales Integrados, la Diputación Foral de Bizkaia y el Instituto Aragonés de Servicios Sociales con la Universidad de Zaragoza.)

La incidencia política desde el tercer sector de acción social

Incidencia

Las organizaciones y redes del tercer sector de acción social, en términos generales, asumen que una de sus tareas inexcusables es la de lograr tener influencia en las políticas públicas. Para ello, posiblemente, el primer paso es analizar sus condicionantes y expectativas externas e internas y tomar conciencia de que, frecuentemente, ellas mismas son parte integrante del sistema establecido, singularmente en el ámbito de los servicios sociales y, frecuentemente, en otros como los del empleo o la vivienda. Por ello, transformar las políticas públicas empieza por transformarse a sí mismas (por ejemplo, despatriarcalizar las políticas públicas empieza por despatriarcalizarse a sí mismas).

Por otra parte, para lograr incidencia política, el tercer sector de acción social debe avanzar en su configuración como intelectual colectivo, compatible con la emergencia de intelectuales orgánicas, personas que puedan encarnar, en determinados momentos, el pensamiento, el conocimiento y la voz colectivas. Se trata de ir a la interlocución política con los poderes públicos (y otros agentes) más y mejor pertrechadas de análisis y propuestas comprehensivas sobre las políticas sectoriales y la atención integrada y no únicamente del “qué hay de lo mío”.

Seguramente, en ese terreno, hoy y aquí, es fundamental tener claro lo que supone la aplicación de un enfoque de derechos en la universalización de los servicios sociales y de otras ramas de la política social y ejercer  la resistencia crítica ante los intentos de restaurar ultimas redes asistencialistas que, con la bandera de conveniencia de una pretendida atención integral, precarizan estructuralmente las vidas de muchas personas y, también, dicho sea de paso, el propio tercer sector de acción social. Sabiendo que el reparto de papeles entre el sector público, el tercer sector y otros agentes será diferente en cada sector de actividad (servicios sociales, garantía de subsistencia, vivienda, empleo u otros).

Por otra parte, ese enfoque de derechos universales y el impulso de unos servicios sociales personalizados y comunitarios obliga a no pocas organizaciones del tercer sector de acción social a iniciar, más pronto que tarde, una travesía que, mediante la gestión del conocimiento y las alianzas estratégicas, les lleve a abandonar su nicho tradicional de atención segregada a un determinado colectivo poblacional para irse abriendo al conjunto de la ciudadanía diversa en el territorio (desde el hacinado al despoblado) en clave, cada vez más, de prevención y promoción.

Cada organización y cada red del tercer sector de acción social deberá definir y conquistar su posicionamiento específico, con la proporción deseada, en cada fase de su desarrollo, de ingredientes como: ser red de relaciones solidarias, dinamización comunitaria, intervención profesional, construcción de conocimiento, innovación social, construcción del diálogo civil (a la altura del diálogo social), colaboración con el sector público, sensibilización, cabildeo, fortalecimiento del propio tercer sector de acción social, denuncia, construcción de alianzas con o en movimientos sociales, movilización y así sucesivamente.

Posiblemente, la prueba del algodón de las estrategias de incidencia política del tercer sector de acción social sea la verificación en su seno de procesos de participación y empoderamiento de personas en situación, por ejemplo, de dependencia funcional, aislamiento relacional, exclusión comunitaria o fragilidad vital. Ser menos organizaciones que compiten por subvenciones para sostener empleos (en buena parte dedicados a solicitar y justificar subvenciones) y más instrumentos de autoorganización comunitaria y transformación social.

(Reflexiones compartidas en Cáritas de Castilla y León.)

Cuatro encuadres para el desafío de los cuidados

cuatro encuadres

El reto de los cuidados en nuestra sociedad puede describirse como el de un incremento de la demanda agregada de cuidados, es decir, como un aumento del número de personas que piden (o para las que se piden) cuidados: como un crecimiento del número de horas de cuidado demandado, en función de las limitaciones para el autocuidado que las criaturas, las personas mayores u otras personas presentamos. Desde ese encuadre, se suelen plantear disyuntivas más prácticas (por ejemplo, entre servicio doméstico y servicios sociales) o más políticas (entre aseguramiento público o régimen de mercado, por ejemplo).

Un segundo marco, sin desconocer el aumento cuantitativo de la demanda de cuidados, pone el énfasis, desde una perspectiva cualitativa, en el incremento de su complejidad. Desde esta perspectiva, se subrayará que los cuidados serían una materia en la que, además o por encima del juego de la oferta y la demanda, debe haber un análisis técnico y profesional y una política pública que permitan identificar y atender las necesidades. En este plano se movería, por ejemplo, buena parte del discurso, las prácticas y el debate “sociosanitarios”.

En un tercer encuadre, sin desconocer la creciente cantidad y complejidad (singularmente, intersectorial) de los cuidados demandados o necesarios, se mira a los cuidados, en primera instancia, como bienes relacionales, es decir, como parte de las relaciones primarias de reciprocidad en las que participamos todas las personas. Más y antes que cuidados profesionales sustitutivos o sucedáneos, se reclamarían apoyos para el ejercicio pertinente del autocuidado y los cuidados primarios. Aquí encajaría, por ejemplo, la agenda de transformación innovadora de los servicios sociales en clave preventiva, personalizada, digital y comunitaria.

Desde una cuarta mirada, por último, se vería nuestra actual crisis de cuidados como una expresión de un problema sistémico de insostenibilidad relacional de la vida. La pregunta sería cuánta destrucción o carencia de relaciones primarias (familiares y comunitarias) podemos soportar sin arriesgarnos gravemente a mutaciones sociales y humanas incontrolables. Desde esta mirada, se plantearía el reto de una nueva integración vertical y horizontal de los servicios de bienestar y las políticas públicas, en un proceso de construcción de un nuevo modelo social para el buen vivir corporal y digital, territorial y globalizado.

(Entrada elaborada para Marije Goikoetxea, resumiendo, precisando y conectando una intervención en el congreso de Zahartzaroa. De estas y parecidas cosas hablaremos el 23 de mayo, en Valladolid, con Cáritas de Castilla y León y el 25 de mayo, en Murcia, con los colegios profesionales de psicología y educación social.)

Diez claves para la integración intersectorial en servicios de bienestar

Arpillera

Si intentamos sintetizar las propuestas de referencia de organismos internacionales como la OCDE, la OMS, la UE o la CEPAL en relación con la manera en la que las diferentes políticas públicas y sectores de actividad (como salud, servicios sociales, educación, vivienda u otros) responden conjuntamente a las necesidades de la población, cabe identificar las siguientes diez claves:

  1. Es crítica una distinción clara y posicionada en la mente de toda la ciudadanía acerca del tipo de necesidades a las que se da respuesta desde cada sector de actividad, de modo que las personas sepan a qué subsistema dirigirse en los diferentes momentos y situaciones de su ciclo vital.
  2. Se asume que, con la actual complejidad social, no puede existir un subsistema residual o última red que se hace cargo de personas globalmente excluidas del resto de ámbitos de respuesta a necesidades y que la suposición de que tal subsistema residual existe es crecientemente disfuncional.
  3. Se debe avanzar hacia una arquitectura más clara y amigable en lo tocante a los accesos a cada uno de los sectores o subsistemas y en lo referido a las interfaces o puntos en los que los itinerarios de las personas les llevan de un sector a otro.
  4. Los diferentes subsistemas han de mejorar su capacidad de identificación proactiva de las situaciones y casos de fragilidad o vulnerabilidad mediante sistemas preventivos de diagnóstico, valoración, evaluación y cribado en función de criterios de segmentación o estratificación.
  5. Resulta fundamental el cuidado profesional en la continuidad de la intervención y los itinerarios intersectoriales, especialmente en momentos delicados de transición entre ámbitos, facilitados mediante la interoperabilidad digital entre los sistemas de atención e información sectoriales.
  6. Es fundamental la protocolización de itinerarios tipo (o el establecimiento de estrategias compartidas) para determinados segmentos o perfiles poblacionales de cierta complejidad, flexibles para adaptarse personalizadamente a las características y preferencias individuales en los itinerarios intersectoriales.
  7. Procede la instalación, cuando sean necesarios, de procesos intersectoriales de gestión de caso, asumiendo el liderazgo del caso el sector cuya necesidad de referencia sea predominante en cada momento.
  8. Se ha de prever, en su caso, la generación de servicios integrados (con prestaciones y profesionales propios de diferentes ámbitos sectoriales), de modo que, excepcionalmente, pueda darse, desde un subsistema, una atención integral.
  9. Es preceptivo, en cualquier modo, trabajar la integración intersectorial en el nivel macro (con expresión presupuestaria y sinergias con las políticas económicas), en el nivel meso (con gestión resolutiva en el marco de una arquitectura ordenada) y en el nivel micro (de modo que la persona no note las “costuras” y se facilite su empoderamiento en su comunidad y territorio elegidos).
  10. La integración intersectorial u horizontal, en todo caso, es complementaria de la integración vertical en el seno de cada uno de los subsistemas, pues si la continuidad, proximidad, personalización y eficiencia de la atención no se logra al interior de cada sector, difícilmente se alcanzará en el conjunto del sistema.

(Sobre estas y otras cuestiones hablaremos el miércoles, 16 de mayo, en una jornada en el Ayuntamiento de Madrid; el jueves, 17, en el congreso de Zahartzaroa, y el viernes, 18, en un curso del Colegio de Trabajo Social en Vitoria-Gasteiz. La imagen pertenece al grupo Dones i Barri, de Badalona, en el que se tejen arpilleras para contar historias.)

Garantizar la subsistencia en la sociedad digital

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Cuando los países como el nuestro se preguntan cómo garantizar el ejercicio de los derechos humanos tras la Segunda Guerra Mundial, los sistemas públicos de protección social se convierten en una de las respuestas fundamentales. Durante décadas, nuestra economía se industrializa, apoyándose en el pleno empleo masculino, suficientemente remunerado como para construir una sociedad de consumo; y se asume, en general, que, en las familias patriarcales y las comunidades homogéneas, las mujeres ofrecerán gratuitamente una gran cantidad de cuidados y apoyos, de suerte que la política social se estructura como el aseguramiento, en buena medida contributivo, frente a contingencias (como enfermedad, desempleo, jubilación o viudedad) que puedan acontecer a esos varones sustentadores o a sus familiares dependientes.

Sin embargo, la sociedad que estamos construyendo en estos momentos poco tiene que ver con la que acabamos de describir. La fuerza de trabajo humana aplicada a procesos industriales localizados se ha visto sustituida por el conocimiento intangible utilizado en la capa digital globalizada como principal factor productivo con valor de mercado. A la vez, la individualización y diversificación de trayectorias y expectativas vitales, en un contexto de justificado cuestionamiento de la división sexual del trabajo, está disminuyendo la capacidad agregada de soporte de las relaciones primarias. Todo ello hace que sea crecientemente disfuncional el sistema de protección social que se construyó en el siglo pasado y, por ello, las comunidades de conocimiento y pensamiento sobre política social se aplican a diseñar propuestas innovadoras o líneas de avance, intentando conservar los mejores logros alcanzados y, a la vez, realizar las transformaciones necesarias.

En ese contexto, si nuestros poderes públicos están siendo capaces de ofrecer una garantía razonable de promoción y protección universal de un bien tan complejo y costoso como es la salud, parece tener sentido que intenten avanzar en un sentido parecido con un bien más sencillo y asequible como es la subsistencia material (en relación con bienes tan mercantilizados como la alimentación o la energía necesarias para la vida). Las oportunidades que la inminente desaparición del dinero en metálico y digitalización de todos los flujos financieros ofrecen para ordenar la maraña de impuestos, cotizaciones, deducciones o prestaciones en un sistema integrado, esbelto, universal e inteligente que garantice a todas las personas un mínimo de medios económicos para la subsistencia son innegables. La sociedad vasca, pionera con su Renta de Garantía de Ingresos, tiene un importante camino andado y dispone, además, de las Haciendas Forales como instrumento precioso para avanzar en esta integración de la política fiscal y de garantía de ingresos, siendo la interoperabilidad con la Seguridad Social fundamental en esta operación.

La decisión es política. Podemos aferrarnos a insostenibles dinámicas de producción y consumo. Podemos pensar que seremos cuidadas por mujeres discriminadas o protegidas en comunidades cerradas con policía comunitaria. Podemos votar a partidos que propongan reducir el perímetro y la intensidad de la protección social hasta que salgan determinadas las cuentas, mientras quedemos dentro, con nuestros seres queridos. O podemos apostar por una sociedad sostenible. Si lo hacemos, parece difícil que uno de sus ingredientes no sea que todas las personas tengamos garantizados unos medios para la subsistencia, del mismo modo que podamos ejercer el derecho a la atención sanitaria, la educación, los servicios sociales o la vivienda. En el camino que nos lleva del contrato social por el que pelearon nuestras abuelas y padres al que posibilitará el buen vivir de nuestras hijas y nietos, la Renta de Garantía de Ingresos y sus posibilidades de universalización, simplificación e integración con otros flujos financieros en un pilar de seguridad económica representan un activo e instrumento a cuidar, mejorar, transformar y potenciar.

(Este artículo se ha escrito para Begirada.)

Beveridge y el bienestar: ¿Hay un sexto gran mal? ¿Hay un sexto gran bien?

Quarta 3

En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, se publica en Inglaterra el Informe Beveridge, sin duda uno de los textos mayores en la historia de los Estados de bienestar, en el que se identifican los grandes males (giant evils) contra los que ha de luchar el sistema de protección social: la pobreza o necesidad (want), la enfermedad (disease), el analfabetismo o ignorancia (ignorance), la miseria o insalubridad en el alojamiento (squalor) y la inactividad u ociosidad (idleness). No parece forzado emparejar estos grandes males con los grandes bienes que protegerían y promoverían las siguientes grandes políticas sociales sectoriales: de garantía de ingresos (subsistencia), sanitaria (salud), educativa (conocimiento), de vivienda (alojamiento) y laboral (empleo).

En 1976, Alfred Kahn y Sheila Kamerman hablan de los servicios sociales como un “sexto sistema” a agregar a los anteriores. Según su visión, este sexto sistema, estos servicios sociales “procuran facilitar o mejorar la vida diaria, capacitar a individuos, familias y otros grupos primarios para desarrollarse, competir, funcionar o contribuir”. Y dirán que, en la medida en que los sistemas de bienestar han ido progresando, los servicios sociales “parecen haberse dedicado más a las tareas de desarrollo y socialización, lo que los americanos, frecuentemente, llaman ‘prevención’”. Y concluirán que “son creaciones sociales que encajan en nuestra era y no (…) sustitutos ‘menos malos’ y provisionales”.

En España se ha hecho referencia a los servicios sociales como “cuarto pilar del sistema de bienestar”, tal como se recoge, por ejemplo, en el preámbulo de la Ley de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia. Una campaña de la Generalitat Valenciana y ayuntamientos (ver imagen) los identifica como la “cuarta pata” universal del Estado de bienestar, junto a las de la educación, la sanidad y las pensiones.

Cabe definir los servicios sociales como cuidados y apoyos para mejorar y complementar la autonomía de las personas para las decisiones y actividades de la vida diaria y sus relaciones familiares y comunitarias. Si se acepta esta definición, quizá el gran mal al que se enfrentan sea la dependencia funcional en una vida diaria de aislamiento relacional (es una pena no tener a mano a William Beveridge para que lo diga en una sola palabra). Y para denominar al gran bien correspondiente, el término menos malo que hemos encontrado es “interacción”.

Sea como fuere, y pese a loables esfuerzos como el de la Generalitat Valenciana y a las visionarias palabras de Kahn y Kamerman, nuestros servicios sociales deben seguir todavía esforzándose por verse y ser vistos como una de las grandes ramas universales del árbol del bienestar (en metáfora de Demetrio Casado). Ojalá encuentren su William Beveridge (posiblemente, colectivo) que sepa darles el impulso conceptual, técnico y político que necesitan.

(Sobre estas cuestiones conversamos ayer en Agintzari y Servicios Sociales Integrados y lo haremos hoy con el Consell Comarcal de la Noguera y la asociación Alba (de Tárrega), en Lleida.)

Nuevos documentos (PDF), vídeos y entradas de fantova . net en el último cuatrimestre

La Vall

Se ha subido el siguiente documento (clicar para abrirlos) en el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Documentos propios”:

Un nuevo pacto de las políticas sociales con las comunidades, los mercados y la iniciativa social (24 páginas).

En el apartado “Intervención y servicios sociales” de “Documentos propios”:

Servicios sociales, inversión de futuro (16 diapositivas).

Veinte sugerencias sueltas y telegráficas para pensar al hacer una nueva Ley autonómica de servicios sociales (6 diapositivas).

El contexto actual de los servicios sociales y un modelo para su desarrollo estratégico (8 diapositivas).

Marco estratégico para el desarrollo de nuestros servicios sociales (12 diapositivas).

Hacia un nuevo modelo de servicios sociales (12 diapositivas).

En el apartado “Desarrollo comunitario y sector voluntario” de “Documentos propios”:

Colaboración y alianzas multiagente en el tercer sector de acción social (28 páginas).

Se ha subido, además, un nuevo vídeo y se han publicado 20 nuevas entradas de blog. En este momento el número acumulado de descargas de documentos es de 379.145.

(La imagen corresponde a la campaña en marcha actualmente en La Vall d’Uixó, a la que se dedica la última entrada de blog y el último documento subido del cuatrimestre.)

El meollo de la intervención social y los servicios sociales

Chillida

Los seres humanos somos sistemas vivos que nos desenvolvemos en diferentes entornos, con acciones y respuestas en ambos sentidos (de la persona al medio y del medio a la persona), que transforman tanto a los individuos como a los entornos y que determinan un mejor o peor ajuste o acoplamiento entre la persona y el medio. El desarrollo social puede ser visto como un proceso de incremento de la complejidad de los entornos en los que acontece nuestra vida.

En ese desarrollo social percibimos procesos interrelacionados como los de: especialización del conocimiento, estructuración de las políticas públicas y construcción de las demandas sociales. Estos tres procesos han tenido y siguen teniendo dinámicas diferentes en los distintos sectores de actividad, como se puede comprobar si comparamos el del turismo con el de la salud o el del transporte con el de la vivienda. Llamamos sociedad del conocimiento a aquella en la que el saber (científico, tecnológico o práctico) gana peso a la hora de estructurar los flujos de acciones y respuestas entre las personas y los entornos y a la hora de impulsar el desarrollo social.

Los servicios sociales y las disciplinas de la intervención social han decidido dejar atrás su configuración como Plan B integral para minorías excluidas y se están construyendo como sector de actividad que pretende ser valioso para todas las personas. Ello, obviamente, nos obliga a identificar en qué acciones y respuestas y en qué entorno de la vida de las personas nos consideramos especializadas. Reconocemos los servicios de salud como indicados cuando nuestro cuerpo reacciona con fiebre alta ante un agente infeccioso procedente del entorno físico. Deseamos acudir a un concierto de nuestra cantante favorita (industria cultural) cuando escuchamos en un programa especializado (entorno cultural) una canción de su último disco. Y así sucesivamente.

Identificar de forma cada vez más precisa, compartida y rigurosa el meollo (la médula central, la esencia definitoria) de los servicios sociales y la intervención social es una condición necesaria (aunque no suficiente) para su desarrollo. No porque tal meollo, definido con categorías necesariamente (aunque no sólo) científicas, deba ser identificado por su nombre por la ciudadanía, sino porque es la base precisa para seleccionar y generar tecnologías y estructuras que permitan ofrecer apoyos valiosos que, esos sí, serán reconocidos y demandados por la población.

El concepto de interacción (entendida como el ajuste entre la autonomía funcional para las decisiones y actividades de la vida diaria de la persona y el entorno de las relaciones primarias de carácter familiar o comunitario) pretende servir para nombrar ese meollo de los servicios sociales y la intervención social. Y, por ello, pretende ser la base para identificar, distinguir, crear y desarrollar las estructuras y tecnologías que nos permitan decir, más pronto que tarde, que tenemos una oferta creíble de un conjunto diferenciado de intervenciones, productos y apoyos deseables como universales y valiosos para toda la ciudadanía.

(Entrada elaborada gracias a una conversación con Ana Fungueiriño, del Colegio de Trabajo Social de Galicia. Sobre estas cuestiones hablaremos en actividades programadas para esta semana en La Vall d’Uixó. La fotografía corresponde a la obra “Elogio de la arquitectura V”, de Eduardo Chillida.)