Innovación tecnológica y flexibilidad estratégica en el diseño y gestión de las carteras de servicios sociales

Ciudad Real

La exposición de motivos de la Ley vasca de servicios sociales afirma que “de conformidad con las formulaciones más avanzadas en la materia, se ha optado por establecer un sistema de respuesta a las necesidades en función de la naturaleza y características de estas últimas, en lugar de estructurarlo atendiendo a los diferentes colectivos”

De hecho, el artículo 12.5. del Decreto de cartera afirma que se “favorecerá, siempre que resulte idóneo, el acceso a la alternativa o alternativas de atención que posibiliten, en mayor medida, la permanencia de la persona usuaria en su entorno habitual, siempre que ésta sea su elección, justificando[se, en su caso,] la no adecuación de una fórmula de atención más susceptible de garantizarla, según lo previsto en el artículo 25.1, letra c, de la Ley de Servicios Sociales. De este modo, promoverá que las personas: a) ejerzan el poder de decisión sobre su propia existencia, eligiendo su lugar de residencia y dónde y con quién vivir, sin verse obligadas a vivir con arreglo a un sistema de vida específico; b) y gocen de su derecho a vivir en su comunidad, en igualdad de condiciones y opciones, y a su plena inclusión y participación activa en la misma, evitando su aislamiento o separación de ésta. A tal efecto, facilitará que las personas dispongan de apoyos formales (de entre los servicios y/o prestaciones económicas previstos en la Cartera de Prestaciones y Servicios a los que tengan derecho) para desarrollar las actividades de la vida diaria y mantener, recuperar o aumentar, en lo posible su autonomía”.

El artículo 12.6. del mismo Decreto dirá que “los servicios de la Cartera de Prestaciones y Servicios constituyen un conjunto de apoyos formales que podrán compatibilizarse entre sí a fin de ofrecer un apoyo integral y adaptar la intervención a las necesidades, capacidades y, en lo posible, preferencias de cada persona, así como a las características de su contexto. Asimismo, en la determinación del recurso, o combinación de recursos más idónea y, en coherencia con el modelo comunitario, se adoptarán enfoques de prevención y promoción de la autonomía, y participación y calidad de vida en la comunidad”. Y señalará el artículo 12.7 que “a tal efecto, el o la profesional de referencia, con la participación de la persona y/o familia usuaria, seleccionará, de entre los servicios y/o prestaciones económicas de la Cartera de Prestaciones y Servicios a los que las personas puedan tener derecho, aquél recurso o combinación de recursos más adecuada para facilitar, cuanto sea posible, su inclusión social y el desarrollo de sus proyectos vitales, y hacer efectivo un grado satisfactorio, en cada caso, de participación activa, vida independiente y autonomía personal en el seno de la comunidad”.

Recordaremos por último que el artículo 13 del Decreto de cartera, que trata sobre “flexibilización de los requisitos de acceso y permanencia en los servicios” establece que:

  1. “Las administraciones públicas vascas, por sí mismas o mediante acuerdos entre sí, podrán flexibilizar los requisitos de acceso y permanencia en los servicios, estableciendo en dichos acuerdos, si se alcanzan, la oportuna compensación económica a favor de la administración titular del servicio cuyas condiciones se han flexibilizado.
  2. Dichas fórmulas de flexibilización: a) se orientarán siempre a facilitar el continuo de atención y el uso de las alternativas de atención más integradas en el medio comunitario y, por tanto, una atención más personalizada, integral y próxima; b) se podrán adoptar siempre que resulten idóneas para responder a las necesidades y, en lo posible, a las preferencias de la persona atendida, requiriendo su adopción tanto la prescripción técnica como la conformidad de la persona atendida”.

La agenda, por tanto, parece clara y urgente en este momento: incrementar la potencia y versatilidad de los servicios sociales de proximidad, posiblemente mediante el enriquecimiento de las características y potencialidad de los servicios sociales de atención primaria con recursos y capacidades procedentes de servicios sociales de atención secundaria y evaluar su eficacia y eficiencia para abordar las situaciones de forma cada vez más preventiva y comunitaria y, consiguientemente, para disminuir el uso de los servicios de atención secundaria.

(Adaptado del artículo “Servicios sociales e inclusión social: análisis y perspectivas en el País Vasco”, que puede descargarse completo aquí. Sobre estas cuestiones y las tratadas en las dos anteriores entradas de este blog hablaremos en Ciudad Real, con motivo del aniversario del banco del tiempo de sus servicios sociales.)

¿Estamos a tiempo de reiniciar la vida comunitaria?

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En nuestro entorno, durante décadas, los servicios sociales se han considerado especializados en la medida en que se dirigían a un determinado colectivo poblacional. Saber más no era tanto, al parecer, saber más sobre necesidades, capacidades, herramientas o enfoques de intervención social, como saber más sobre mayores; personas con discapacidad; niñas, niños o adolescentes y así sucesivamente. No pocas trayectorias de intervención o estudio de profesionales y organizaciones han discurrido, básicamente, sin salir apenas de esos nichos o silos en los que una buena parte de nuestros servicios sociales, públicos o subvencionados, llevan segmentados tantos años, de forma inmutable, en muchos lugares.

Sin embargo, a pesar de esa notable incomunicación entre comunidades de práctica y conocimiento, posiblemente a partir de experiencias e influencias similares, cabe identificar paralelismos en la evolución de las propuestas que se van haciendo para la intervención social con esos diferentes segmentos de población, fundamentalmente orientadas hacia una intervención cada vez más preventiva, personalizada, comunitaria, integrada vertical y horizontalmente y capaz de conectar con una mayor diversidad y complejidad de agentes y entornos. Es como si las estudiosas y profesionales que se encontraron con las personas en situaciones en las cuales aparecían etiquetadas, consideradas, clasificadas y tratadas sólo como miembros de un colectivo especial, fueran invitadas a ir, metafóricamente, aguas arriba, en busca de situaciones anteriores (o posteriores) de dichas personas, en las cuales fueran miradas, encontradas, evaluadas y atendidas como personas con diversas dimensiones y relaciones, como miembros de una comunidad, como ciudadanas con capacidades y poder.

Ahora bien, lo que nos relatan profesionales y voluntarias que acompañan a personas de cualquier edad en situación de complejidad o exclusión social en la búsqueda de redes familiares o comunitarias y de territorios amigables e inclusivos es, por una parte, que encuentran dificultades que tienen que ver con el hecho de que estas personas fueron extraídas de dichas redes y entornos (muchas veces por parte del propio sistema de servicios sociales) en momentos y de maneras que dificultan especialmente su actual integración o inclusión relacional y comunitaria activa y sostenible. Por otra parte, procesos de precarización económica, segmentación territorial, reestructuración familiar, desconexión convivencial, debilitamiento cívico y crisis cultural están fragilizando, posiblemente, ese entramado relacional y comunitario que debiera estar esperando con los brazos abiertos a esas familiares, amigos, vecinas y compañeros que regresan o vienen (o debieran hacerlo, hoy, como en anteriores oleadas en otros momentos históricos) desde los centros especializados.

Usando una metáfora de la anatomía humana, decía Ignacio Crespo que es como si tuviéramos deteriorada o debilitada la faja abdominal, ese conjunto de músculos que tienen la función de sostener importantes órganos de nuestro cuerpo y dar estabilidad a la propia columna lumbar. De poco sirve que trabajemos otros músculos, por ejemplo de nuestras extremidades, si esa parte básica y central nos falla.

Realmente, no podemos saber con seguridad si estamos a tiempo de fortalecer nuestra musculación comunitaria, de reiniciar (como se dice en informática) la vida comunitaria. Lo que sí parece seguro es que intentarlo de manera mucho más sistemática e intensa resulta imprescindible si queremos que los servicios sociales puedan contribuir significativamente a un funcionamiento eficiente y sostenible del conjunto del sistema de bienestar.

(Texto para el Fórum Fedaia.)

Los servicios sociales, hacia el reencuentro con la comunidad en el territorio

Bergondo

Nuestros servicios sociales, tanto aquellos de la Administración como los de la iniciativa solidaria, vienen de una larga historia de compromiso con la vulnerabilidad. Están plagados de saberes para el abordaje de la complejidad. Representan, sin duda, un valioso activo para esta sociedad sufriente, cambiante y enfrentada a enormes desafíos.

Sin embargo, hemos de reconocer que nos hemos extraviado, que hemos tomado caminos que nos han hecho perder el norte, perder energía y, lo que es más terrible, perder a muchas personas, usuarias o trabajadoras, en el trayecto. Caminos como los de la segregación de personas por su pertenencia  determinados colectivos poblacionales. Caminos como los de una desproporcionada sustitución de servicios personales e intervención comunitaria por prestaciones económicas. Caminos como los del control social y la culpabilización punitiva de víctimas de la globalización capitalista. Caminos como los de la burocratización y la entronización de las normas jurídicas y los procedimientos administrativos, caiga quien caiga.

En demasiadas ocasiones creímos, equivocadamente, que construir y utilizar nuestros centros y despachos, nuestras instituciones y organizaciones, nuestras profesiones y puestos, nuestros catálogos y carteras era condición suficiente o principal para cumplir nuestra función, para lograr nuestros objetivos. Sin embargo, en esos procesos, sin duda necesarios, hemos perdido muchas veces el hilo. El hilo de la misión de los servicios sociales; el hilo de los saberes, sentidos y valores de la intervención social y, sobre todo, el hilo de la gente, de la calle, del barrio, del pueblo, de la ciudadanía.

Por ello resultan prometedoras un puñado de iniciativas individuales y colectivas, públicas y solidarias, en las cuales late el renovado proyecto de unos servicios sociales que desean reencontrarse con las comunidades en los territorios. Entre las trabajadoras y trabajadores de los servicios sociales, cualificadas y competentes, se van recuperando e inventando maneras de fomentar y apoyarse en las capacidades, recursos, activos, vínculos y redes comunitarias en el territorio, más rural o más urbano.

Desde procesos de diagnóstico, atención y seguimiento longitudinal y personalizado con mirada comunitaria hasta estrategias territorializadas de atención integrada intersectorial. Desde aplicaciones digitales favorecedoras de la construcción de relaciones primarias hasta servicios de apoyo a redes de personas que cuidan a sus familiares en los domicilios y vecindarios. Desde tecnologías de ingeniería relacional (como los bancos del tiempo, las dinámicas de acogida o los programas intergeneracionales) hasta sistemas de segmentación y geolocalización facilitadores de abordajes preventivos. Desde la reconversión de centros cerrados para colectivos específicos en servicios abiertos ante la diversidad poblacional al incremento programado de visitas domiciliarias y presencias comunitarias del personal de atención directa. Desde las alianzas entre la primaria pública de gestión directa con la iniciativa solidaria de base comunitaria hasta las que se producen entre profesionales de la intervención social y profesorado universitario comprometido en procesos de investigación participativa. Y así sucesivamente.

Hay, sin duda, unos servicios sociales caminando decididamente hacia el reencuentro con la comunidad en el territorio. Ojalá consigamos que sean cada día más y cada vez mejores.

(Notas a partir del trabajo con la Federación Allem y el Ayuntamiento de Getxo de la semana pasada y de cara a los encuentros de esta semana con Emaus Galicia, los servicios sociales del Consorcio As Mariñas, en la foto, y la Cruz Roja de La Coruña.)

Acción voluntaria e innovación social en la ayuda alimentaria

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El modelo integrador de ayuda alimentaria de Cáritas de Barcelona parte de un análisis y valoración de iniciativas voluntarias de ayuda alimentaria que la propia Cáritas u otras organizaciones han llevado o llevan a cabo y de una voluntad de desarrollo y mejora a partir de ellas Si bien declaran como objetivo que los poderes públicos garanticen a todas las personas ingresos con los que adquirir alimentos, consideran que están justificadas, en este momento, iniciativas de ayuda alimentaria llevadas a cabo por organizaciones voluntarias y, en las suyas, están implantando un modelo con los siguientes criterios:

  • Preferencia por la ayuda económica (o, en su defecto, tarjetas) y la mayor libertad en su utilización por parte de la persona, frente a la ayuda en especie.
  • Integración de las actividades de ayuda alimentaria a las personas más desfavorecidas, en lo posible, en estructuras o procesos de distribución de alimentos no focalizados sobre ellas (por ejemplo, una cooperativa de consumo de productos ecológicos de proximidad).
  • Participación de las personas destinatarias de la ayuda como personal voluntario o remunerado dedicado a la propia actividad.
  • Integración, en lo posible, de los procesos de producción (como huertos comunitarios o talleres de cocina) y distribución de alimentos, en clave de soberanía alimentaria y sostenibilidad ambiental.
  • Incorporación de opciones de reparto de comida a domicilio o de espacios para compartir la comida en compañía.
  • Horizontalidad, cercanía, confianza, empatía, respeto, dignidad, igualdad y reciprocidad como características de las relaciones entre las personas voluntarias y destinatarias.
  • Denuncia del despilfarro que supone el actual mercado de alimentos.
  • Incorporación de tecnologías digitales de la información y la comunicación para una gestión más eficiente de los flujos de alimentos.
  • Evitar elementos estigmatizantes como las colas o la exigencia de contraprestaciones o certificaciones.
  • Consideración de aspectos objetivos y subjetivos de calidad y valor de la comida en relación con situaciones de salud, edades, cultura, religión u otras características, situaciones u opciones de las personas.

La profesora Marta Llobet, de la Universidad de Barcelona, está estudiando movimientos similares y su desarrollo en la crisis económica que comienza en 2008, como vía alternativa a los bancos de alimentos más convencionales, con una perspectiva comparada entre varios países (ver, por ejemplo, aquí).

(Esta descripción está basada en el libro de Mercé Darnell y otras, de 2016, titulado Fràgils. L’alimentació com a dret de ciutadania y aparece, como una de las buenas prácticas descritas, en las páginas 116 y 117 del libro Acción voluntaria. Caminos de libertad y solidaridad, disponible sólo en papel, sobre el que se puede obtener más información aquí.)

¿Por qué y cómo podrían sobrevivir los servicios sociales?

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Hay buenas razones para pensar que es posible salir de la encrucijada en la que se encuentra esta rama del sistema de bienestar, haciendo realidad unos servicios sociales universales, viables y, sobre todo, valiosos para la población. Dichas buenas razones serían, al menos:

  • La estructura ya existente, la masa crítica de profesionales con cualificación y experiencia, la penetración territorial del sistema.
  • La capacidad que tienen los servicios sociales para la creación y afloración de actividad económica y empleos de diversos tipos.
  • El posicionamiento logrado (o relativamente asequible) en relación con diversas necesidades y demandas de las personas y, especialmente, en relación con los cuidados (y, consiguientemente, con la conciliación de la vida familiar, laboral y personal y la equidad de género), necesidad y aspiración creciente y presente en muy diversos segmentos poblacionales.
  • La evidencia creciente de disfunciones en otras políticas públicas (como ineficiencias e incluso iatrogenia en el sistema sanitario) por déficits de las personas en lo relacionado con su interacción, estando los servicios sociales bien posicionados para ayudar en ello.
  • La evidencia creciente de las disfunciones sociales emergentes por el debilitamiento de la vida familiar y comunitaria en crecientes zonas urbanizadas del territorio, teniendo los servicios sociales cierto posicionamiento al respecto.
  • La maleabilidad del sistema público de servicios sociales, por estar menos que otros bajo el foco político o social y por contar ya con una articulación bastante mixta (con presencia pública, privada, solidaria y comunitaria).

En cualquier caso, las personas con responsabilidades políticas, organizativas o técnicas en los servicios sociales hemos de ser conscientes de que el futuro no está escrito y hay que ganarlo con inteligencia estratégica, de ahí la necesidad urgente de acertar, y de acertar todas conjuntamente. La propuesta de giro estratégico de los servicios sociales, a la vez, se convierte en una directriz clara para una progresiva reordenación que haga más eficaz y eficiente el conjunto del sistema de bienestar:

  • Incorporando con mayor claridad a los servicios sociales necesidades y respuestas que encajan bien con ellos (como el apoyo en los cuidados en la etapa 0-3, la ayuda a la organización doméstica, el acompañamiento en la planificación de futuros personales o la intervención en el ocio juvenil).
  • Devolviendo a otras ramas del sistema de protección social la responsabilidad sobre asuntos y programas que encajan mejor en ellas (el sinhogarismo a vivienda, la pobreza económica a la política de garantía de ingresos, la exclusión laboral a los servicios de empleo y así sucesivamente). En esta línea van tendencias internacionales como Housing First o la integración de impuestos y prestaciones económicas.
  • Generando la posibilidad de verdaderas y adecuadas sinergias e integración entre los diferentes pilares para los casos complejos, desde el momento en que se avanza en la asunción por parte de todos los pilares de que no hay red residual y en un mejor reconocimiento mutuo del objeto y valor añadido de cada rama sectorial.

Entendemos que la apuesta de los servicios sociales por concentrarse en potenciar y complementar la autodeterminación y autonomía funcional y la vinculación familiar y comunitaria de las personas en su vida diaria puede ser una apuesta ganadora en la medida en que posibilite y visibilice resultados valiosos para la ciudadanía basados en el conocimiento, no alcanzables mediante otros sistemas y claramente complementarios y sinérgicos con los efectos de las otras ramas del sistema de bienestar. No es una batalla ganada ni fácil, pero puede librarse y vencerse.

Y, por ello, es urgente distinguir, diferenciar y separar el corazón de nuestra actividad (la intervención social) de la administración de prestaciones de garantía de ingresos para la subsistencia. Si, después, hay alguna posibilidad de integración, ya se verá, pero ahora lo fundamental es entender y transmitir que cuando tramitamos prestaciones de garantía de ingresos para la subsistencia no estamos haciendo intervención social (y viceversa). De otro modo nuestra actividad y valor añadido seguirá siendo muy difícil de entender e impulsar.

(Contenidos compartidos en el proceso de elaboración del plan estratégico de servicios sociales de Catalunya, al que corresponde la ilustración y sobre el que puede obtenerse información aquí.)

Los MENA y las viudas: merecimiento y sostenibilidad en política social

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Podría decirse que los denominados MENA (menores extranjeros no acompañados) y “las viudas” (consideradas como colectivo) constituirían dos arquetipos, dos polos, dos estereotipos, dos extremos en los que pueden condensarse algunos debates en materia de política social y, más específicamente, de gestión de las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales en nuestras sociedades complejas. El MENA sería visto como varón, joven, fuerte y extranjero, mientras la viuda sería presentada como mujer, mayor, frágil y autóctona.

En el discurso positivo sobre las viudas, estas, por ejemplo, serían merecedoras de las prestaciones y servicios que reciben dentro de un modelo de bienestar más bien contributivo. Así, en su caso, cobran la pensión de viudedad porque su marido cotizó a la Seguridad Social y, con independencia de los recursos de los que dispongan o de las necesidades que presenten, tienen derecho a recibir esa prestación económica. En la mirada negativa, las viudas, longevas y solas, serían, por ejemplo, parte del pretendido problema del envejecimiento de nuestra sociedad y una carga para ella, precisamente por el coste de las pensiones, de la sanidad u otros. En el discurso negativo sobre los MENA, estos serían presentados como intrusos y conflictivos, costosos y peligrosos. En cambio, también habría un discurso positivo, en el que aparecerían como fuerza de trabajo necesaria y valiosa y factor de rejuvenecimiento de esa sociedad envejecida de la que antes hablábamos; también como víctimas de la globalización neoliberal y protagonistas de esforzados y exitosos itinerarios de inclusión educativa, social y laboral.

En muchas ocasiones, estos discursos tienden a subrayar la contraposición de intereses entre segmentos o colectivos sociales. Incluso, podemos encontrar relatos en los que nuestros dos personajes se encuentran y lo hacen conflictivamente: el joven asalta a la mujer en la calle o esta explota a aquel en la economía sumergida. En cualquier caso, como sabemos, no es lo mismo un personaje, una marioneta limitada y pasiva en manos de quien la crea y la maneja, que una persona, con vida propia, única e irrepetible, llena de matices y potencialidades. Nadie es solamente, ni fundamentalmente, MENA o viuda.

La construcción equitativa de nuestras sociedades diversas necesita de los discursos científicos, éticos y políticos que nos ayudan a ver lo común humano que compartimos y las múltiples interdependencias entre diferentes sexual, generacional, funcional y culturalmente. También de políticas públicas robustas, universales y personalizadas que garantizan iguales derechos a todas las personas para desplegar sus respectivos proyectos vitales. Y también, específicamente, necesitan de unos servicios sociales y una intervención integrada participativa y de proximidad que ofrecen y desarrollan prácticas y tecnologías comunitarias para el encuentro físico y las relaciones primarias significativas de las personas diversas en los territorios.

Estamos hablando, finalmente pero no en último lugar, de reinventar y fortalecer la convivencia comunitaria desde la base, cotidianamente, en los domicilios y los vecindarios. Estamos hablando de cuidar la sostenibilidad de la vida en las familias y los territorios, a escala humana. Estamos hablando de una necesidad universal, de un reto de conocimiento, de un desafío social, de una línea de innovación, de una política pública fundamental.

(La foto pertenece al proyecto LKaleak, del plan Donostia Lagunkoia, en el barrio de Egia, sobre el que puede obtenerse información aquí. Sobre estas y otras cuestiones hablaremos el martes un la Universidad de Deusto, en Donostia, en la inauguración del Máster universitario en intervención con personas en situación de vulnerabilidad o exclusión.)

Políticas sociales: ¿hacia dónde?

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Entre las funciones que tendemos a encomendar a las instituciones públicas hay algunas que, convencionalmente, denominamos sociales o de bienestar. Entre ellas suelen estar, en nuestro entorno, velar por nuestra salud, garantizar ingresos para la subsistencia (por ejemplo, mediante las pensiones) o proporcionar a las nuevas generaciones unos determinados aprendizajes establecidos como obligatorios.

La crisis que en este momento aqueja a las políticas sociales no es, fundamentalmente, la consecuencia de una insuficiente financiación o legitimación sino, más bien, del desajuste entre ellas y otros subsistemas sociales (como el laboral o el familiar), en gran medida gracias al éxito de esas políticas tal como fueron concebidas, en buena medida, en la segunda mitad del siglo pasado. La crisis es tal que posiblemente algunas de dichas políticas, más que ineficientes, resultan ya contraproducentes para su propia finalidad, quizá porque su característica de estabilizadoras automáticas reguladas burocráticamente dificulta crecientemente su maniobrabilidad y pertinencia.

En ese contexto, paradójicamente, pueden contribuir a la insostenibilidad y riesgo de colapso ambiental y relacional y a la creciente desigualdad económica, laboral y residencial. La contribución de la política de pensiones a la inequidad intergeneracional o la de la política sanitaria a la insostenibilidad de la vida (al prolongar vidas en situaciones de creciente limitación funcional y de apoyos primarios, en ausencia de unos servicios sociales suficientemente eficientes en ese contexto) podrían ser dos ejemplos cercanos.

Desde la comunidad de conocimiento en materia de políticas sociales, respetando las opciones ideológicas que legítimamente concurran al debate democrático, cabe sugerir algunas líneas de investigación e innovación como las siguientes:

  • Impulsar políticas que contribuyan a la relocalización territorial de los procesos sociales y la vida de las personas.
  • Ensayar innovaciones tecnológicas digitales que contribuyan a la reconstrucción, reinvención y sostenibilidad de relaciones primarias comunitarias.
  • Buscar la reiniciación participativa de la colaboración estratégica entre las instituciones públicas y las organizaciones solidarias.
  • Organizar la integración vertical y horizontal de la gobernanza, gestión y operación de las políticas sociales.
  • Construir ecosistemas en red de conocimiento e innovación para la política social.

Posiblemente la reconversión de los sistemas públicos de servicios sociales pueda funcionar como una palanca estratégica en estos cambios necesarios en el panorama de nuestras políticas sociales para una nueva coproducción inteligente del cuidado de la vida en la proximidad. Para un nuevo contrato social multilateral en el que los agentes comunitarios, públicos, solidarios y mercantiles están llamados a reencontrar su papel y posicionamiento sobre la base del conocimiento compartido. Para tener evidencias y diseños que proponer cuando las oportunidades o las amenazas ofrezcan pistas para cambios y avances, menores o mayores.

(Sobre esto hablaremos el jueves, 5 de septiembre, en la Fundació Pere Tarrés, en Barcelona.)

Cuatro hipótesis para la articulación de agentes en los servicios sociales

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Algunas hipótesis que pudieran ayudar a impulsar el debate, la investigación y, en general, la construcción y aplicación de mejor conocimiento acerca de los roles y relaciones de los diferentes tipos de agentes en nuestros servicios sociales:

  1. En la llamada sociedad del conocimiento se refuerza la importancia estratégica de la incardinación en los ámbitos sectoriales (de la economía, la política pública y la gestión del conocimiento; en este caso en el de los servicios sociales), no sólo de las empresas privadas, sino también de las organizaciones públicas y las entidades de iniciativa social (frente a un imaginario de un sector público y un tercer sector más bien transversales y con agentes generalistas).
  2. El aumento de la complejidad social impulsaría arreglos (mix) diversos entre sector público, tercer sector y otros agentes en los diferentes ámbitos sectoriales y un acercamiento menos ideológico y más pragmático a dichas articulaciones, atendiendo tanto a la inercia institucional (path dependency) como a las oportunidades de girar estratégicamente.
  3. La crisis de los cuidados hace más urgente y relevante la preocupación y contribución de los diferentes agentes a la sostenibilidad relacional de la vida en las comunidades y los territorios, en el marco procesos de integración vertical y horizontal y de arquitecturas públicas para la gobernanza participativa, multinivel e intersectorial del bienestar y el desarrollo.
  4. La pujanza de la esfera del mercado en todos los órdenes de la vida, la fragmentación y relativa fragilidad estructural y cognoscitiva de los agentes públicos y solidarios en los servicios sociales y el débil posicionamiento de éstos ante la comunidad harían creíble una evolución centrífuga en la que se dispararían básicamente, por un lado, un sector privado lucrativo para la demanda solvente (fundamentalmente de servicios residenciales para mayores de gama alta, media o baja); por otro, unas oficinas públicas orientadas al control social de poblaciones vulnerables y problemáticas mediante la administración de prestaciones económicas condicionadas; y, por último, un tercer sector precario y asistencialista, posiblemente dualizado entre unas pocas grandes organizaciones singulares y muchas entidades notablemente atomizadas.

Sin embargo, cabe afirmar que, tan cierto como que hay momentos y períodos de deterioro y amenaza o de bloqueo y atasco en los que resulta prácticamente imposible desencadenar cambios estratégicos positivos y justos, es que, en determinadas circunstancias, frecuentemente imprevistas, se abren ventanas de oportunidad para girar o, sencillamente, las amenazas obligan a tomar decisiones de calado, cueste lo que cueste

(Fragmentos de un artículo recién publicado en Cuadernos de Trabajo Social, que puede descargarse completo aquí.)

Contrato intergeneracional y políticas sociales

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La sanidad pública y las pensiones de jubilación contribuyen a la longevidad y son, a la vez, políticas públicas especialmente demandadas y apoyadas por las generaciones mayores. En la medida en que las políticas sociales más orientadas a las personas mayores se fortalezcan, en términos relativos, más que las que benefician a las generaciones jóvenes, podemos decir que las políticas sociales tienen, objetivamente, un impacto no deseado en términos de inequidad intergeneracional en perjuicio de las generaciones más jóvenes. La inequidad intergeneracional y la contribución a ella de las políticas sociales pueden y deben, ciertamente ser criticadas y denunciadas por meras razones éticas, es decir, porque no es justo que exista el mencionado sesgo de edad en la distribución de los recursos en una sociedad. Pero existe, además una segunda y poderosa línea argumental contra la inequidad intergeneracional que se observa en nuestras sociedades, que es la que tiene que ver con la insostenibilidad social que genera y potencia dicha inequidad.

A partir de los análisis y encuadres anteriores, cabría sugerir algunas propuestas de transformación y desarrollo de nuestras políticas sociales que entendemos que ayudarían a revertir y evitar los impactos negativos de las actuales políticas sociales, caminando hacia una mayor equidad y unas mejores relaciones intergeneracionales y que podrían constituir un adecuado contenido para un nuevo pacto intergeneracional. Resaltaríamos tres:

  1. Impulso de una nueva política de servicios sociales que lidere la respuesta del sistema de bienestar y de la sociedad a la crisis de los cuidados y a la soledad no deseada y la incorporación del enfoque familiar y comunitario, con equidad de género, en todas las políticas.
  2. Articulación de una gobernanza basada en el conocimiento y una integración intersectorial de las políticas públicas para el bienestar y el desarrollo territorial, con especial atención a los retornos en términos de capital humano y económico de las políticas sociales, en un paradigma de sostenibilidad económica, social y ambiental.
  3. Diseño de una nueva política fiscal que, integrada con las políticas de garantía de ingresos, posibilite la suficiencia financiera de las unidades familiares de convivencia y de los poderes y administraciones públicas y refuerce las dinámicas comunitarias y solidarias y la sostenibilidad intergeneracional de la vida.

(Fragmentos del documento compartido para el curso de verano de la Universidad del País Vasco organizado por Aubixa en la semana que comienza y que puede descargarse completo aquí.)

Las entidades de la discapacidad intelectual y los servicios sociales ante el reto de la inclusión

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Cuando estas organizaciones (asociaciones, fundaciones u otras) nacieron para trabajar a favor de las personas con discapacidad intelectual, la sociedad era muy diferente de la actual y seguramente fue correcta la decisión de crear servicios y empleos especiales para las personas con discapacidad. Sin embargo, décadas después, comprobamos que es difícil lograr la inclusión de las personas con discapacidad intelectual en las comunidades y en los empleos y, en general, en la vida con otras personas. Además, las familias, las comunidades, las empresas y los servicios públicos han cambiado mucho. Por una parte, las leyes hablan de derechos universales, de derechos iguales para todas las personas y el conocimiento y la tecnología ofrecen muchas ventajas para la mejora de la vida de la gente. Por otra parte, hay problemas que antes sólo tenían algunos colectivos (como las personas con discapacidad intelectual) que afectan en cada vez más a más personas en forma de precariedad, vulnerabilidad y exclusión en el empleo, en la vivienda, y en otros ámbitos.

Ante esa situación, algunas de estas organizaciones se están dando cuenta de que deben cambiar, de que deben dejar de etiquetar y segregar a las personas con discapacidad intelectual, de que deben abrir sus actividades a una mayor diversidad de personas y, a la vez, acompañar a más personas con dificultades de inclusión social a experiencias de vida, de ocio, de empleo y de convivencia inclusiva en la diversidad. Para ello, es fundamental que estas organizaciones dependan menos del dinero público y de la prestación de servicios segregados y potencien sus actividades solidarias y productivas, sus experiencias innovadoras, su arraigo en el territorio y la comunidad y sus relaciones de colaboración con organizaciones públicas, con otras organizaciones solidarias y con el tejido comunitario.

Estas organizaciones tienen una especial amenaza y oportunidad en el ámbito de los servicios sociales, precisamente porque es una parte de nuestro Estado de bienestar con una fuerte crisis de identidad. La amenaza es quedarse como un nicho, cada vez más restringido y separado, de atención especializada y segregada. La oportunidad es participar en la reinvención de unos servicios sociales, basados en el conocimiento y la tecnología, preventivos, comunitarios, personalizados, atentos a las diversidades, integrados, colaborativos e inclusivos.

El reto es encontrar la motivación, la dirección, la velocidad y los mecanismos para este cambio estratégico. Mucho de lo construido hasta el momento será valioso en el nuevo contexto. Las organizaciones, comunidades y territorios están llenas de prácticas prometedoras y quizá la clave está en la fidelidad a los orígenes (diálogo con el territorio, arraigo comunitario, apoyo mutuo y compromiso solidario), en el aprovechamiento de lo logrado (estructuras organizativas, capacidad de gestión, vías de interlocución y notoriedad pública) y en una nueva apuesta compartida (innovación tecnológica, gestión de las diversidades, innovación social y participación en la gobernanza).

(Aportación compartida en un seminario de Dincat, cuyo documento final puede descargarse aquí.)