Proyectos comunitarios del siglo XXI

Arroces 2

Es larga y fecunda, en todo el mundo, la historia de las iniciativas de desarrollo comunitario y parece fuera de duda que su reconocimiento y potenciación del valor y del poder de la proximidad relacional y territorial reverdecen permanentemente en los diferentes momentos históricos, entornos geográficos, situaciones sociales y contextos políticos. Por eso podemos decir que, hoy y aquí, la intervención comunitaria, reforzando sus señas de identidad de siempre, va presentando unos perfiles específicos, en buena medida gracias a los propios cambios sociales que muchos proyectos comunitarios han sido capaces de desencadenar y acompañar.

La primera tendencia que destaca es la del reconocimiento cada vez más compartido de la legitimidad de las políticas públicas en el territorio. Hoy en día cualquier actuación en lo relacionado con la salud en una comunidad tiende a realizarse desde el liderazgo del centro de salud y de las correspondientes instancias con responsabilidades en la política sanitaria. De igual modo las intervenciones educativas se encuadrarán desde el correspondiente sistema público, la intervención social va viéndose como responsabilidad del sistema público de servicios sociales, la construcción de vivienda o modificación de la trama urbana tienen sus propios marcos políticos, las actuaciones generadoras de empleo y actividad económica los suyos y las actuaciones de respuesta a las necesidades de subsistencia se mueven en un terreno de juego dibujado por la política de garantía de ingresos. Las entidades solidarias o las empresas privadas, que, en otros contextos y momentos, lideraron no pocos proyectos comunitarios, tienden a asumir la primacía pública, entre otras cosas porque esa ha sido, históricamente, la reivindicación de la mayoría de los proyectos de desarrollo comunitario.

La segunda tendencia característica de los proyectos comunitarios del siglo XXI es que se apoyen en las estructuras sectoriales e intersectoriales de los servicios públicos y en los ecosistemas de agentes sectoriales e intersectoriales que generan las políticas públicas. La construcción de la comunidad y el empoderamiento participativo de todos sus miembros en sus diversidades se construye con el efecto redistributivo de las pensiones que llegan cada mes a las oficinas bancarias del barrio, con la labor asistencial de la pediatra que enseña a usar un inhalador, con el progreso en autonomía y vínculos de un grupo intergeneracional que tiende a encontrarse en una plaza gracias a la labor de los servicios sociales o con el aumento de la capacidad reivindicativa de una cooperativa de covivienda acompañada desde la sociedad de rehabilitación de la zona. Las dinámicas de trabajo en red de los diferentes agentes son, tendencialmente, soportadas y reguladas por la arquitectura institucional sectorial e intersectorial, lo que aumentará su eficacia y eficiencia. Arquitectura estable que se va haciendo más similar y compatible a diferentes escalas, desde la aldea a la Unión Europea. Arquitectura que los proyectos comunitarios ayudan a perfeccionar.

El tercer y último rasgo que cabe identificar en los proyectos comunitarios en la actualidad en nuestro entorno es el de su inserción y contribución en los movimientos de innovación tecnológica y social, que, con su incremento de la conectividad, ´facilita la activación de recursos próximos, a la vez que ofrece mayores posibilidades relacionales con personas lejanas. Una innovación tecnológica y social que hace avanzar la estructuración e interoperabilidad de los diferentes sistemas de información. Una innovación tecnológica y social que brinda oportunidades a nuevos agentes comunitarios, también para cuestionar el estado de cosas y para contribuir a construir una comunidad-sujeto que pueda organizarse para transformar aquellas políticas públicas, dinámicas económicas y procesos sociales que amenacen con ahogar la vida comunitaria.

(Imágenes de una actividad comunitaria en el barrio de San Francisco, Bilbao.)

Servicios sociales: siempre personalizados, siempre comunitarios

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En nuestra sociedad, los servicios sociales, definidos como cuidados y apoyos para mejorar y complementar la autonomía de las personas para las decisiones y actividades de la vida diaria y sus relaciones familiares y comunitarias, constituyen uno de los sectores de actividad cuya necesidad se está incrementando de manera más intensa en la población, debido fundamentalmente al gran aumento de la esperanza de vida (también entre las personas con limitaciones funcionales) y a importantes cambios en las relaciones conyugales, familiares, convivenciales y comunitarias.

Este aumento de las necesidades, unido a transformaciones en los estilos de vida y expectativas de la ciudadanía, así como al reconocimiento legal del derecho universal, subjetivo y exigible a los servicios sociales, va configurando un nuevo perfil de demanda por parte de las personas ante los servicios profesionales, las organizaciones proveedoras y las Administraciones responsables. Un nuevo perfil, en buena medida, coincidente con las propuestas que surgen de los avances y consensos de las redes de conocimiento ético, científico, tecnológico y práctico sobre la materia, que apuntan hacia unos servicios sociales cada vez más, simultáneamente, personalizados y comunitarios.

La preferencia por formatos domiciliarios, de medio abierto y digitales supone que la intervención social deberá suceder, cada vez más, en la comunidad y el territorio y, cada vez menos, en los centros ambulatorios, diurnos o residenciales de servicios sociales. La identificación más precisa del objeto de la intervención social y el aumento de la capacidad de diagnóstico y evaluación profesional deberá darse la mano con la oferta de cuidados y apoyos tecnológicos y profesionales cada vez más capaces de potenciar la autonomía funcional y autodeterminación y las relaciones primarias de todas las personas en su diversidad sexual, generacional, funcional y cultural. Esta atención centrada en la persona vendrá facilitada, especialmente, por los avances tecnológicos de los macrodatos, el Internet de las cosas, las plataformas colaborativas o la inteligencia artificial distribuida.

Por otra parte, estos servicios sociales universales, personalizados, digitalizados y comunitarios, por su flexibilidad, no sólo serán más sinérgicos con las capacidades y activos individuales, familiares y comunitarios, sino más fácilmente interoperables e integrables horizontal e intersectorialmente con los procesos de satisfacción de necesidades de las personas en otros sectores de actividad profesional y garantía de derechos, como los relacionados con la seguridad, la salud, el transporte, la educación, la financiación, la recreación, el alojamiento o la alimentación. La digitalización, en este caso, favorecerá la integración de la intervención operativa en los itinerarios de las personas, la gestión multiagente de los servicios y programas y la gobernanza participativa de las políticas de bienestar y desarrollo territorial a diferentes escalas.

Es, sin duda, un reto ilusionante el representado por la oportunidad y la necesidad de reinventar y remezclar nuestros servicios sociales para poder ofrecer a todas las personas, en las diferentes etapas y situaciones de su ciclo de vida, una acción preventiva y unos servicios de atención altamente personalizados y altamente comunitarios. Siempre personalizados y siempre comunitarios.

(Reflexiones a partir de procesos de consultoría en curso con la cooperativa Agintzari y los servicios sociales del Ayuntamiento de Ermua y de la elaboración de artículos para la Papeles del Psicólogo y la Revista Española del Tercer Sector.)

Crisis de cuidados y sostenibilidad relacional

Bosch

Del mismo modo que la sostenibilidad ambiental depende de que las actividades humanas promuevan (en lugar de destruir) la biodiversidad (entendida como la variedad de seres vivos en sus interacciones naturales), la sostenibilidad relacional se basa en que los seres humanos cuidemos (y no socavemos) la necesaria diversidad humana (sexual, generacional, funcional y cultural) y las relaciones primarias existentes entre las diversas personas.

Cabe denominar sostenibilidad relacional a la capacidad que alcanzamos las personas y las comunidades de vivir y sobrevivir gracias a nuestras relaciones primarias, es decir, las gratuitas y recíprocas que mantenemos en nuestras redes y entornos familiares, amistosos, convivenciales, vecinales o digitales. Relaciones primarias entre personas necesariamente diversas que se complementan y construyen mutuamente. Sabiendo, obviamente, que ninguna vida individual o social es sostenible si no existen, también, otros tipos de transacciones interpersonales, como las que se realizan en las esferas del Estado, el mercado o el tercer sector.

Sin embargo, uno de los fenómenos que más caracteriza la época histórica que estamos viviendo es la crisis de cuidados, provocada, entre otros factores, por un notable incremento de la diversidad generacional y funcional que se deriva del aumento de la esperanza de vida con discapacidades, que coincide con procesos de relativo y disfuncional cuestionamiento y superación de ciertas estructuras y valores patriarcales, basados en el supuesto de que las mujeres renunciaran en buena medida a su participación en la esfera del mercado, la sociedad civil organizada o el Estado para dedicarse, fundamentalmente, a relaciones primarias, especialmente de cuidado. Relativo porque siguen siendo mujeres, con diferencia, quienes más cuidado primario asumen y disfuncional porque seguimos lejos de encontrar un ajuste satisfactorio entre cuidado primario y profesional.

La crisis de cuidados, desde luego, obliga al reconocimiento, garantía y fortalecimiento de un nuevo derecho social, el derecho a los servicios sociales, al mismo nivel que los otros derechos sociales (como sanidad, educación, empleo, vivienda e ingresos para la subsistencia). Sin embargo, el cuestionamiento que nos provoca y las obligaciones que la crisis de cuidados nos genera van más allá, porque la vida humana necesita cierta sostenibilidad relacional, es decir, cierta capacidad de cuidarnos y apoyarnos gratuita y recíprocamente en relaciones primarias. Dicho de otro modo, los cuidados y apoyos profesionales que aportan los servicios sociales, por desarrollados que estén, pueden complementar los cuidados primarios, pero no parece que puedan, cabalmente, sustituirlos.

Sin embargo, posiblemente, nuestros servicios sociales y nuestro sistema de protección social están contribuyendo inadvertidamente a destruir importantes reservas de capital relacional. Lo hacen, por ejemplo, al contribuir a fragmentar una sociedad, la vasca, en la que la pobreza de las personas menores de 15 años es cinco veces mayor que la de las mayores de 65. O cuando una cobertura de servicios sociales domiciliarios (1,4% para mayores) que es menos de la mitad que la (ya baja) media española hace más probable que seamos extraídas de la diversidad comunitaria para ser alojadas en colectivos generacional y funcionalmente homogéneos.

(Sobre estas cuestiones estamos trabajando en un documento para Eusko Ikaskuntza y sobre ellas se hablará el lunes, 8 de enero, a partir de las 17:00 horas en una conferencia en la Casa de Cultura Ignacio Aldecoa de Vitoria-Gasteiz titulada “Servicios sociales: inversión de futuro”. En la imagen un tuit reciente de Joaquim Bosch.)

Nuevos documentos (PDF), vídeos y entradas de fantova . net en el último cuatrimestre

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Se han subido los siguientes documentos (clicar para abrirlos) en el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Documentos propios”:

La intervención social en los servicios sociales y en la garantía de ingresos. Análisis y propuestas desde la experiencia del País Vasco (13 páginas).

En el apartado “Organización y gestión”:

Guía breve para la elaboración de planes estratégicos locales de servicios sociales (8 páginas).

En el apartado “Intervención y servicios sociales” de “Documentos propios”:

Los sistemas públicos de servicios sociales: coproducción para la sostenibilidad e integración para la inclusión (12 diapositivas).

Servicios sociales e inclusión social: análisis y perspectivas en el País Vasco (23 páginas).

En el apartado “Intervención y servicios sociales” en “Otros documentos”:

Situación actual y futuro del Sistema Vasco de Servicios Sociales (Sara Buesa) (9 páginas).

La perspectiva ética. Una intervención social correcta y buena, conforme a la dignidad de las personas (Marije Goikoetxea) (7 páginas).

Se ha subido, además, un nuevo vídeo y se han publicado 30 nuevas entradas de blog. En este momento el número acumulado de descargas de documentos es de 337.708.

Hacia un lenguaje común en los servicios sociales

No sos vos

Se propone una definición según la cual los servicios sociales consisten en cuidados y apoyos para mejorar y complementar la autonomía de las personas para las decisiones y actividades de la vida diaria y sus relaciones familiares y comunitarias.

Cabe aproximarse a los servicios sociales en tanto que sector de actividad, regulado por una política pública social sectorial conceptualmente universal, es decir, capaz de dar respuesta a una necesidad o conjunto de necesidades que todas las personas poseamos. Dentro del ámbito sectorial de los servicios sociales encontramos el sistema público de servicios sociales, entendido como la parte del sector que es de responsabilidad pública.

Cabe denominar intervención social al conjunto de actividades o procesos operativos que caracterizan y diferencian a los servicios sociales y que desembocan finalmente (de forma más o menos directa) en las personas destinatarias, permitiéndoles dar satisfacción a determinadas necesidades y obtener determinados resultados valiosos. El concepto de interacción puede servir para identificar el tipo o conjunto de necesidades de las que se ocupan los servicios sociales (o, dicho de otro modo, el conjunto o tipo de resultados que desencadena la intervención social), es decir, el objeto de los servicios sociales (y de la intervención social). Los procesos de intervención social son centrales y fundamentales en los servicios sociales, aunque también se producen (de forma secundaria y complementaria) en otras ramas de la política social (como sanidad, educación, empleo o vivienda) y, en general, en otros ámbitos sectoriales (como seguridad o justicia).

Los procesos de intervención social, como tantos otros procesos en diversos ámbitos de actividad económica, política pública y vida social tienen una dinámica cíclica en la que se encabalgan tres tipos de momentos o subprocesos: de evaluación (que incluyen actividades de diagnóstico o valoración), de planificación (que incluyen actividades de prescripción y de ejercicio de la autonomía moral, consentimiento informado y toma de decisiones de la persona destinataria) y de ejecución o implementación.

Los procesos de intervención social contienen ingredientes (actividades, apoyos, prestaciones) propios o característicos de los servicios sociales (como, por ejemplo, los cuidados de la vida diaria, el acompañamiento social o la dinamización comunitaria) y también otros típicos de otros ámbitos sectoriales (como alojamiento, trabajo doméstico o atención médica) o presentes en todos los ámbitos sectoriales (como determinadas actividades de gestión). El conocimiento y métodos utilizados en los procesos de intervención social es aportado, hoy y aquí, fundamentalmente (no únicamente) por tres áreas de conocimiento (disciplinas y profesiones): el trabajo social, la educación (y pedagogía) social y la psicología de la intervención social.

La regulación de los itinerarios de la población en el disfrute de los servicios sociales obliga a hacer opciones organizativas en el terreno de la configuración de servicios o programas estables (conjuntos de actividades disponibles en forma recurrente) y rutas de acceso y egreso para cada uno de esos servicios o programas, produciéndose una mayor o menor (y un tipo u otro de) especialización o integración en y entre dichos servicios. A esa integración entre eslabones de las cadenas de valor que se produce en el interior de cada sector de actividad (en este caso dentro del ámbito de los servicios sociales) la llamamos integración vertical, a diferencia de la integración horizontal o intersectorial, que incorpora actividades o servicios propios de diferentes ámbitos sectoriales.

En la medida en que suceden los procesos de intervención social y se va organizando la prestación de servicios sociales a las personas (integrándose vertical y horizontalmente), diferentes tipos de agentes (públicos, privados, solidarios y comunitarios) van participando en dichos procesos con diferentes funciones (como garantía de derechos, ejecución de la intervención, representación de intereses, construcción de conocimiento u otras).

(Adaptado de un fragmento del artículo “Servicios sociales e inclusión social: análisis y perspectivas en el País Vasco” que puede descargarse clicando aquí.)

Servicios sociales: de los colectivos vulnerables a la comunidad sostenible

Cuatro esferas 2

Del mismo modo que los servicios sociales se han inspirado en la sanidad para la creación de los niveles de atención primaria y secundaria, pueden inspirarse en los planteamientos de la salud pública, poblacional y comunitaria y en sus prácticas de reforzamiento de la capacidad resolutiva y el liderazgo organizativo de la primaria, en una integración vertical con la secundaria apoyada en el conocimiento y la tecnología. Como recuerdan Vicente Ortún-Rubio y Guillem López-Casasnovas, “cuando el conocimiento gana importancia como factor productivo y la demanda se sofistica, aumenta la necesidad organizativa de situar la capacidad decisoria allá donde está la información específica y costosa de transmitir: aumenta la necesidad de descentralización”. Con especial motivo si apostamos por unos servicios sociales dedicados a la interacción, pues, si bien una cirujana cardiovascular puede repararnos una válvula mitral lejos de nuestro entorno comunitario (originario o escogido), no parece posible que un educador social nos ayude a reconstruir red comunitaria lejos de dicho entorno, por intensa y especializada que haya de ser su labor.

Y parece evidente que, en los actuales servicios sociales de atención primaria, la limitada oferta efectiva de cuidados y apoyos que tenemos disponibles en cuanto se sospecha que podríamos ser clasificadas dentro de alguno de los “colectivos” tradicionalmente identificados en la segmentación utilizada en la atención secundaria incrementa nuestra probabilidad de ser alejadas de nuestros (u otros) entornos comunitarios. La personalización (atención centrada en la persona) necesita superar ese tipo de segmentación obsoleta por “colectivos” que funcionan en gran medida como “pasaporte” para un tratamiento segregado estándar con una casi total ausencia de itinerarios, especialmente itinerarios cuya trazabilidad (las migas de pan de Hansel y Gretel o el hilo que Ariadna deja a Teseo) facilite recorrerlos de regreso a la comunidad si hemos sido alejadas de ella.

Se trata de ir avanzando en procesos de microsegmentación que generen diversidad de itinerarios protocolizados y flexibles en los que los servicios sociales funcionen menos como lugar en el que estar y más como proveedores y activadores de cuidados y apoyos cada vez más autogestionados, digitales, comunitarios y capaces de atender a la diversidades; unos servicios sociales universales que pretendan proteger y promover la interacción de todas las personas con una orientación personalizada, preventiva y poblacional que esté a la altura de las sociedad del conocimiento, del riesgo, del bienestar y de la complejidad: una sociedad en la que se diversifican tanto los ejes de fragmentación y exclusión social como las vías de empoderamiento e inclusión y que demanda una intervención social (y una atención integrada intersectorial) capaz de potenciar los activos individuales y los vínculos comunitarios.

Algunas entradas anteriores sobre intervención comunitaria y atención integrada:

La comunidad como destinataria, entorno, nivel, enfoque y objeto para la intervención social

Cuatro afirmaciones tentativas sobre acción comunitaria

La dimensión territorial de los servicios sociales

Políticas integradas de bienestar: cinco claves

Historias de la atención (des)integrada

Servicios sanitarios y sociales comunitarios

(Adaptado de un fragmento del artículo “Servicios sociales e inclusión social: análisis y perspectivas en el País Vasco” que puede descargarse clicando aquí. Sobre estas cuestiones conversaremos el martes, 19 de diciembre, con los servicios sociales, y otros, de Chamberí y la asociación La Rueca, en Madrid. La ilustración es una transformación de la original de Victor Pestoff.)

Pobreza y exclusión en sociedades complejas

Blake

Usando un trazo grueso, podría decirse que nuestros servicios sociales consisten, en buena medida, en oficinas municipales que dan ayudas económicas a personas o familias pobres y centros del tercer sector que atienden a miembros de diferentes colectivos en riesgo o situación de exclusión social. Somos más que eso y queremos ser, cada vez más, algo diferente de eso; pero el imaginario social y político no está muy lejano del que acabamos de pintar con la brocha gorda y hemos de reconocer que algo de verdad contiene.

Sin embargo, con independencia de las valoraciones éticas o técnicas que cupiera hacer en sus orígenes acerca de ese encargo de la pobreza y la exclusión a los servicios sociales, parece bastante evidente que la complejidad que actualmente presentan nuestras sociedades convierte esa encomienda en una verdadera misión imposible. Y ello es así por el carácter crecientemente estructural, diversificado y reflexivo que presentan en estas sociedades las situaciones y trayectorias de pobreza económica y exclusión social.

Para bien o para mal (no es esa ahora la cuestión) ya no vivimos en aquella sociedad en la que la promesa universalizable de la capacidad inclusiva del empleo, de las familias y comunidades homogéneas y del aseguramiento público ante contingencias previsibles y tasables era creíble para amplias mayorías sociales. Hoy y aquí, ya sabemos que esos tres grandes vectores de bienestar material e inclusión social dejan estructuralmente fuera de su manto protector a importantes segmentos de población.

Por otra parte, la fragmentación sistémica de nuestras sociedades compone trayectorias de empobrecimiento y exclusión crecientemente diversificadas e impredecibles en sus factores de cambio. No es igual la familia desahuciada por no poder hacer frente a una hipoteca contratada hace cinco años que la que nunca alcanzó un mínimo estándar de estabilidad y calidad residencial. No corre la misma suerte la persona de setenta años con importantes limitaciones cognitivas que había sido diagnosticada de “deficiencia mental” a los diez años o la que lo ha sido de “demencia senil” a los sesenta.

Por último, los propios discursos y dispositivos que el Estado o, en general, la sociedad ha generado para dar respuesta a los riesgos y situaciones de pobreza y exclusión o para generar bienestar e inclusión, siendo más o menos eficaces, alteran, muchas veces de manera imprevista e indeseada, el pensamiento, los valores y los comportamientos de los diferentes actores sociales, incluidas las personas en riesgo o situación de pobreza y exclusión: actores reflexivos, compitiendo en viejas y nuevas arenas, por recursos limitados.

Ciertamente, en este contexto, no resulta sencillo saber cómo responder al reto de la pobreza y la exclusión. Lo que sí resulta fácil es adivinar que no se trata de un asunto del que, de forma exclusiva o especial, se puedan encargar los servicios sociales.

(La fotografía corresponde a la película “I, Daniel Blake”. Sobre este asunto se tratará en un próximo encuentro organizado por la Diputación Foral de Bizkaia.)

Servicios sanitarios y sociales comunitarios

Patxi

Puede decirse que las comunidades se construyen y se definen por la libertad, densidad, diversidad, fortaleza, positividad y sostenibilidad de los vínculos primarios entre las personas que formamos parte de ellas: por las relaciones de don, afecto y reciprocidad que compartimos en el territorio físico o en la capa digital. Se labran y se traban sin cesar: en la caricia cuidadosa a nuestra hija recién nacida, en la ayuda al amigo para subir su sofá al quinto piso, en el “me gusta” de las redes sociales al primo lejano, en el saludo a la vecina de ventana a ventana del patio, en el auzolan o minga que nos reúne para limpiar el bosque cercano.

El poder de las comunidades atrae y convoca a los servicios públicos, a los restaurantes y comercios, a las organizaciones solidarias (que también surgen de aquellas). Diferentes agentes políticos o profesionales (proviniendo o no de ellas) nos acercamos a las comunidades, intervenimos en éstas, embebemos en ellas nuestros servicios, nos confundimos gozosamente con sus miembros. Frecuentemente ocurre que, en mayor o menor medida, somos agentes dobles, somos (o nos hacemos) parte de la comunidad en (o ante) la que ejercemos una función desde una institución pública, una empresa privada o una entidad del tercer sector.

Los sistemas públicos de salud y de servicios sociales, entre otros, han comprendido hace décadas la necesidad de adoptar un enfoque comunitario, de desperdigarse por el territorio, de acercarse a donde vivimos, de cuidar a las comunidades. Las ciencias de la salud muestran al sistema sanitario la importancia de conocer, aprovechar y contribuir a construir activos comunitarios que le ayuden en la consecución de sus fines. Los servicios sociales consideran que la generación de relaciones comunitarias es uno de los principales efectos deseados que dan sentido a su existencia.

Una médica puede aportar más valor si, cuando prescribe a una persona la realización de determinado ejercicio físico, es conocedora de grupos de la zona que se reúnen para practicarlo. Un trabajador social, acompañando un proceso de autoorganización de una familia, puede mejorar su práctica si conoce el valor más o menos salutogénico de unos u otros hábitos en la vida diaria. Un enfermero que hace una visita domiciliaria puede detectar una situación relacional en un vecindario que podría beneficiarse de una actuación por parte de los servicios sociales. Una educadora social puede ayudar a que una persona joven, reticente a hacerlo, acuda al centro de salud antes de que sea tarde. El acierto está en saber cuándo actuar desde nuestro sector y cuándo dar paso al otro.

Para construir comunidades y territorios sostenibles necesitamos configurar una arquitectura de las políticas de bienestar y unas prácticas de integración cotidianas que ayuden más a cada sistema público (sanidad, servicios sociales u otros) a ver a los demás sistemas como pilares igualmente necesarios, igualmente valiosos. A entender que, si bien los otros sistemas pueden coadyuvar a los logros del nuestro, tienen su propia finalidad, tan respetable como la nuestra y que debemos empezar por reconocerla. Y que, sobre todo, se trata de multiplicar la eficiencia y el valor agregado de unos servicios públicos cada vez más accesibles, transitables y amigables. Cada día más comunitarios.

(Los trabajos, por ejemplo, de Marco Marchioni o Rafa Cofiño pueden resultar muy sugerentes en relación con el asunto que se trata en esta entrada. La imagen corresponde al Mercado de Especias del barrio San Francisco en Bilbao.)

El objeto de los servicios sociales: intentando afinar

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A la hora de conceptualizar la finalidad, misión u objeto de los servicios sociales, entendidos como una de las ramas, pilares o ámbitos sectoriales universales dentro del conjunto de la acción pro bienestar (o política social), cabría empezar identificando la autonomía personal y la inclusión social como objeto o finalidad del conjunto de la política social (que comprendería sanidad, educación, servicios sociales, empleo, vivienda y garantía de ingresos). Si se admite este punto de partida, la atención integrada e integral (en la que todos estos ámbitos participan por igual) es la que permite alcanzar esa finalidad u objeto general del sistema de protección social que sería la autonomía personal y la inclusión social de toda la población: en una palabra, su bienestar.

Dentro de ese conjunto, por ejemplo, el pilar de los servicios de empleo se encargaría de:

  • Una parte o dimensión de la autonomía personal, que sería la cualificación profesional (o, si se quiere, en un concepto más amplio, la empleabilidad).
  • Una parte o dimensión de la inclusión social, que sería la inclusión laboral.

En cambio, los servicios sociales se encargarían de:

  • Una parte o dimensión de la autonomía personal, que sería la autonomía funcional (incluyendo autodeterminación, cognitiva) para las Actividades de la Vida Diaria.
  • Una parte o dimensión de la inclusión social, que sería la inclusión relacional (es decir, familiar y comunitaria: de vínculos primarios).

Siguiendo con estos dos últimos ámbitos, si al bien que obtenemos cuando encajan las cualificaciones profesionales de las personas con las oportunidades de inclusión laboral lo llamamos empleo, al bien que obtenemos cuando ajustan autonomía funcional e integración relacional lo podemos llamar interacción. Los servicios sociales ofrecerían, entonces, intervenciones, cuidados, productos y otros apoyos para proteger, mejorar y potenciar la interacción de todas las personas y para prevenir, paliar o compensar desajustes en esa área de necesidad que tenemos todas las personas a lo largo de nuestro ciclo vital.

Sigamos. La autonomía e inclusión económicas (es decir, la cobertura de las necesidades de subsistencia, como la alimentación y el vestido) no serían objeto o misión de los servicios sociales. Esto podría afirmarse incluso en los lugares y en los casos en los que, temporalmente, los servicios sociales se siguieran haciendo cargo de una parte de las prestaciones económicas de garantía de ingresos, como las rentas mínimas o las ayudas de emergencia social (del mismo modo que los servicios de empleo se hacen cargo de otras prestaciones económicas de garantía de ingresos, como las de desempleo).

(Temporalmente, se dice, ya que las tendencias de referencia parecen apuntar a la configuración de un gran pilar unificado encargado de la seguridad económica para las necesidades de subsistencia de todas las personas, que integrara, tendencialmente, la determinación y gestión de todos los flujos monetarios entre Administración y ciudadanía, como impuestos, deducciones, cotizaciones, pensiones y otras prestaciones económicas para la subsistencia material.)

Los servicios sociales no se encargarían (por poner dos nuevos ejemplos) de las necesidades de alojamiento o de las atinentes a la salud de las personas, salvo excepcionalmente y en el marco de servicios que exigieran la respuesta a dichas necesidades como complemento a la respuesta a las necesidades que sí correspondiera abordar a los servicios sociales. En la mayor parte de los casos, sin embargo, la atención a las necesidades o situaciones complejas se realizaría mediante procesos de atención integrada intersectorial en los que cada sector de actividad se haría cargo de las necesidades que le corresponden.

Cabe pensar que este giro es factible y estratégico hoy en los servicios sociales en España (de hecho, es un giro ya iniciado en diversos lugares en mayor o menor medida) y que es, seguramente, imprescindible para avanzar en la universalización de los servicios sociales, abandonando progresiva y decididamente su condición residual.

(Notas preparadas de cara a una jornada organizada por la Generalitat Valenciana, los días 28 y 29 de noviembre de 2017, en el proceso de preparación de su nueva ley de servicios sociales. Se nutre, entre otros, de trabajos recientes con la cooperativa Agintzari, la Fundación Ramón Rubial, la Fundación FOESSA o los servicios sociales municipales de Ermua.)

Servicios sociales, tercer sector e innovación social

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Si estamos sosteniendo que una nueva complejidad social que hace crecientemente obsoleto el modelo tradicional de bienestar es la que demanda unos nuevos servicios sociales universales dedicados a la protección y promoción de la interacción, basados en el conocimiento y la tecnología de evaluación e intervención e integrados vertical y horizontalmente, parece evidente que habrá de ser crecientemente compleja la red de agentes implicados y crecientemente complejas sus relaciones, de modo que la intervención social sea capaz de dar cuenta de la complejidad social, de hacerle frente. Dentro de esa red de agentes, por su importancia en los servicios sociales, procede fijarse especialmente en las entidades de iniciativa social.

Según el planteamiento presente en la normativa vasca, se entiende que las entidades del tercer sector resultan de interés tanto cuando prestan servicios de responsabilidad pública como en el resto de sus actividades y funciones, aportando, en todo caso, un valor añadido específico y diferencial, en virtud del cual se justifica que sean objeto de fomento (en sus diversas actividades propias) y de discriminación positiva (en forma de cláusulas sociales, reserva de contratos u otras que les favorezcan como gestoras de servicios públicos). Ese valor se verificaría, fundamentalmente, en la sinergia entre la prestación de los servicios en los términos establecidos y otras dinámicas como las de la acción voluntaria, la participación de las personas usuarias (y otras) en calidad de asociadas, el enraizamiento comunitario de la organización, su carácter inclusivo, el plus de compromiso de las trabajadoras, la conexión en red de la organización, la incorporación como trabajadoras (remuneradas o voluntarias) de personas en situación de vulnerabilidad o exclusión, el valor intangible de la renuncia al beneficio económico, la independencia respecto del aparato público, el comercio justo, la gestión y financiación ética, el compromiso soportado con recursos propios, la utilidad pública, el interés social, la reputación en la comunidad u otros intangibles presentes en la cultura o ideología de la organización.

Se trataría, ahora, de recuperar capacidad de estar en los dos lados de la ecuación: del lado de la intervención profesional del sistema público de servicios sociales y del lado de los activos comunitarios que pueden ser vistos como resultados esperados y apoyos complementarios por parte de los servicios sociales públicos o profesionales, de modo que la incorporación de entidades de la iniciativa social como prestadoras de servicios profesionales no acarree el sacrificio de sus potencialidades en clave de red comunitaria, voluntaria y solidaria.

Un marco posible para esta agenda de recuperación o reinvención de la iniciativa social y de la colaboración de diversos agentes en redes diversas de conocimiento y acción puede ser el de la innovación social. Las consideradas como de innovación social suelen ser iniciativas de corte participativo, usualmente vinculadas a innovaciones tecnológicas y comunidades (al menos en parte) virtuales, impulsadas desde el trabajo en red y la hibridación entre tradiciones y realidades organizacionales y sectoriales, planteadas a menudo como proyectos piloto (o empresas emergentes) que pudieran luego llevarse a una escala mayor. Los planteamientos de la innovación social ponen el énfasis en la escucha a las personas usuarias o destinatarias y en general a todo agente (hablándose de innovación abierta, coproducción, y cocreación); promueven intencional, activa, colaborativa y reticularmente la creatividad; juegan con la visualización de los sistemas y las soluciones; y trabajan con procesos de prototipado y experimentación rápida.

(Tomado y adaptado de un artículo de próxima publicación en Zerbitzuan.)