Diez claves para la integración intersectorial en servicios de bienestar

Arpillera

Si intentamos sintetizar las propuestas de referencia de organismos internacionales como la OCDE, la OMS, la UE o la CEPAL en relación con la manera en la que las diferentes políticas públicas y sectores de actividad (como salud, servicios sociales, educación, vivienda u otros) responden conjuntamente a las necesidades de la población, cabe identificar las siguientes diez claves:

  1. Es crítica una distinción clara y posicionada en la mente de toda la ciudadanía acerca del tipo de necesidades a las que se da respuesta desde cada sector de actividad, de modo que las personas sepan a qué subsistema dirigirse en los diferentes momentos y situaciones de su ciclo vital.
  2. Se asume que, con la actual complejidad social, no puede existir un subsistema residual o última red que se hace cargo de personas globalmente excluidas del resto de ámbitos de respuesta a necesidades y que la suposición de que tal subsistema residual existe es crecientemente disfuncional.
  3. Se debe avanzar hacia una arquitectura más clara y amigable en lo tocante a los accesos a cada uno de los sectores o subsistemas y en lo referido a las interfaces o puntos en los que los itinerarios de las personas les llevan de un sector a otro.
  4. Los diferentes subsistemas han de mejorar su capacidad de identificación proactiva de las situaciones y casos de fragilidad o vulnerabilidad mediante sistemas preventivos de diagnóstico, valoración, evaluación y cribado en función de criterios de segmentación o estratificación.
  5. Resulta fundamental el cuidado profesional en la continuidad de la intervención y los itinerarios intersectoriales, especialmente en momentos delicados de transición entre ámbitos, facilitados mediante la interoperabilidad digital entre los sistemas de atención e información sectoriales.
  6. Es fundamental la protocolización de itinerarios tipo (o el establecimiento de estrategias compartidas) para determinados segmentos o perfiles poblacionales de cierta complejidad, flexibles para adaptarse personalizadamente a las características y preferencias individuales en los itinerarios intersectoriales.
  7. Procede la instalación, cuando sean necesarios, de procesos intersectoriales de gestión de caso, asumiendo el liderazgo del caso el sector cuya necesidad de referencia sea predominante en cada momento.
  8. Se ha de prever, en su caso, la generación de servicios integrados (con prestaciones y profesionales propios de diferentes ámbitos sectoriales), de modo que, excepcionalmente, pueda darse, desde un subsistema, una atención integral.
  9. Es preceptivo, en cualquier modo, trabajar la integración intersectorial en el nivel macro (con expresión presupuestaria y sinergias con las políticas económicas), en el nivel meso (con gestión resolutiva en el marco de una arquitectura ordenada) y en el nivel micro (de modo que la persona no note las “costuras” y se facilite su empoderamiento en su comunidad y territorio elegidos).
  10. La integración intersectorial u horizontal, en todo caso, es complementaria de la integración vertical en el seno de cada uno de los subsistemas, pues si la continuidad, proximidad, personalización y eficiencia de la atención no se logra al interior de cada sector, difícilmente se alcanzará en el conjunto del sistema.

(Sobre estas y otras cuestiones hablaremos el miércoles, 16 de mayo, en una jornada en el Ayuntamiento de Madrid; el jueves, 17, en el congreso de Zahartzaroa, y el viernes, 18, en un curso del Colegio de Trabajo Social en Vitoria-Gasteiz. La imagen pertenece al grupo Dones i Barri, de Badalona, en el que se tejen arpilleras para contar historias.)

Garantizar la subsistencia en la sociedad digital

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Cuando los países como el nuestro se preguntan cómo garantizar el ejercicio de los derechos humanos tras la Segunda Guerra Mundial, los sistemas públicos de protección social se convierten en una de las respuestas fundamentales. Durante décadas, nuestra economía se industrializa, apoyándose en el pleno empleo masculino, suficientemente remunerado como para construir una sociedad de consumo; y se asume, en general, que, en las familias patriarcales y las comunidades homogéneas, las mujeres ofrecerán gratuitamente una gran cantidad de cuidados y apoyos, de suerte que la política social se estructura como el aseguramiento, en buena medida contributivo, frente a contingencias (como enfermedad, desempleo, jubilación o viudedad) que puedan acontecer a esos varones sustentadores o a sus familiares dependientes.

Sin embargo, la sociedad que estamos construyendo en estos momentos poco tiene que ver con la que acabamos de describir. La fuerza de trabajo humana aplicada a procesos industriales localizados se ha visto sustituida por el conocimiento intangible utilizado en la capa digital globalizada como principal factor productivo con valor de mercado. A la vez, la individualización y diversificación de trayectorias y expectativas vitales, en un contexto de justificado cuestionamiento de la división sexual del trabajo, está disminuyendo la capacidad agregada de soporte de las relaciones primarias. Todo ello hace que sea crecientemente disfuncional el sistema de protección social que se construyó en el siglo pasado y, por ello, las comunidades de conocimiento y pensamiento sobre política social se aplican a diseñar propuestas innovadoras o líneas de avance, intentando conservar los mejores logros alcanzados y, a la vez, realizar las transformaciones necesarias.

En ese contexto, si nuestros poderes públicos están siendo capaces de ofrecer una garantía razonable de promoción y protección universal de un bien tan complejo y costoso como es la salud, parece tener sentido que intenten avanzar en un sentido parecido con un bien más sencillo y asequible como es la subsistencia material (en relación con bienes tan mercantilizados como la alimentación o la energía necesarias para la vida). Las oportunidades que la inminente desaparición del dinero en metálico y digitalización de todos los flujos financieros ofrecen para ordenar la maraña de impuestos, cotizaciones, deducciones o prestaciones en un sistema integrado, esbelto, universal e inteligente que garantice a todas las personas un mínimo de medios económicos para la subsistencia son innegables. La sociedad vasca, pionera con su Renta de Garantía de Ingresos, tiene un importante camino andado y dispone, además, de las Haciendas Forales como instrumento precioso para avanzar en esta integración de la política fiscal y de garantía de ingresos, siendo la interoperabilidad con la Seguridad Social fundamental en esta operación.

La decisión es política. Podemos aferrarnos a insostenibles dinámicas de producción y consumo. Podemos pensar que seremos cuidadas por mujeres discriminadas o protegidas en comunidades cerradas con policía comunitaria. Podemos votar a partidos que propongan reducir el perímetro y la intensidad de la protección social hasta que salgan determinadas las cuentas, mientras quedemos dentro, con nuestros seres queridos. O podemos apostar por una sociedad sostenible. Si lo hacemos, parece difícil que uno de sus ingredientes no sea que todas las personas tengamos garantizados unos medios para la subsistencia, del mismo modo que podamos ejercer el derecho a la atención sanitaria, la educación, los servicios sociales o la vivienda. En el camino que nos lleva del contrato social por el que pelearon nuestras abuelas y padres al que posibilitará el buen vivir de nuestras hijas y nietos, la Renta de Garantía de Ingresos y sus posibilidades de universalización, simplificación e integración con otros flujos financieros en un pilar de seguridad económica representan un activo e instrumento a cuidar, mejorar, transformar y potenciar.

(Este artículo se ha escrito para Begirada.)

Beveridge y el bienestar: ¿Hay un sexto gran mal? ¿Hay un sexto gran bien?

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En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, se publica en Inglaterra el Informe Beveridge, sin duda uno de los textos mayores en la historia de los Estados de bienestar, en el que se identifican los grandes males (giant evils) contra los que ha de luchar el sistema de protección social: la pobreza o necesidad (want), la enfermedad (disease), el analfabetismo o ignorancia (ignorance), la miseria o insalubridad en el alojamiento (squalor) y la inactividad u ociosidad (idleness). No parece forzado emparejar estos grandes males con los grandes bienes que protegerían y promoverían las siguientes grandes políticas sociales sectoriales: de garantía de ingresos (subsistencia), sanitaria (salud), educativa (conocimiento), de vivienda (alojamiento) y laboral (empleo).

En 1976, Alfred Kahn y Sheila Kamerman hablan de los servicios sociales como un “sexto sistema” a agregar a los anteriores. Según su visión, este sexto sistema, estos servicios sociales “procuran facilitar o mejorar la vida diaria, capacitar a individuos, familias y otros grupos primarios para desarrollarse, competir, funcionar o contribuir”. Y dirán que, en la medida en que los sistemas de bienestar han ido progresando, los servicios sociales “parecen haberse dedicado más a las tareas de desarrollo y socialización, lo que los americanos, frecuentemente, llaman ‘prevención’”. Y concluirán que “son creaciones sociales que encajan en nuestra era y no (…) sustitutos ‘menos malos’ y provisionales”.

En España se ha hecho referencia a los servicios sociales como “cuarto pilar del sistema de bienestar”, tal como se recoge, por ejemplo, en el preámbulo de la Ley de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia. Una campaña de la Generalitat Valenciana y ayuntamientos (ver imagen) los identifica como la “cuarta pata” universal del Estado de bienestar, junto a las de la educación, la sanidad y las pensiones.

Cabe definir los servicios sociales como cuidados y apoyos para mejorar y complementar la autonomía de las personas para las decisiones y actividades de la vida diaria y sus relaciones familiares y comunitarias. Si se acepta esta definición, quizá el gran mal al que se enfrentan sea la dependencia funcional en una vida diaria de aislamiento relacional (es una pena no tener a mano a William Beveridge para que lo diga en una sola palabra). Y para denominar al gran bien correspondiente, el término menos malo que hemos encontrado es “interacción”.

Sea como fuere, y pese a loables esfuerzos como el de la Generalitat Valenciana y a las visionarias palabras de Kahn y Kamerman, nuestros servicios sociales deben seguir todavía esforzándose por verse y ser vistos como una de las grandes ramas universales del árbol del bienestar (en metáfora de Demetrio Casado). Ojalá encuentren su William Beveridge (posiblemente, colectivo) que sepa darles el impulso conceptual, técnico y político que necesitan.

(Sobre estas cuestiones conversamos ayer en Agintzari y Servicios Sociales Integrados y lo haremos hoy con el Consell Comarcal de la Noguera y la asociación Alba (de Tárrega), en Lleida.)

Nuevos documentos (PDF), vídeos y entradas de fantova . net en el último cuatrimestre

La Vall

Se ha subido el siguiente documento (clicar para abrirlos) en el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Documentos propios”:

Un nuevo pacto de las políticas sociales con las comunidades, los mercados y la iniciativa social (24 páginas).

En el apartado “Intervención y servicios sociales” de “Documentos propios”:

Servicios sociales, inversión de futuro (16 diapositivas).

Veinte sugerencias sueltas y telegráficas para pensar al hacer una nueva Ley autonómica de servicios sociales (6 diapositivas).

El contexto actual de los servicios sociales y un modelo para su desarrollo estratégico (8 diapositivas).

Marco estratégico para el desarrollo de nuestros servicios sociales (12 diapositivas).

Hacia un nuevo modelo de servicios sociales (12 diapositivas).

En el apartado “Desarrollo comunitario y sector voluntario” de “Documentos propios”:

Colaboración y alianzas multiagente en el tercer sector de acción social (28 páginas).

Se ha subido, además, un nuevo vídeo y se han publicado 20 nuevas entradas de blog. En este momento el número acumulado de descargas de documentos es de 379.145.

(La imagen corresponde a la campaña en marcha actualmente en La Vall d’Uixó, a la que se dedica la última entrada de blog y el último documento subido del cuatrimestre.)

El meollo de la intervención social y los servicios sociales

Chillida

Los seres humanos somos sistemas vivos que nos desenvolvemos en diferentes entornos, con acciones y respuestas en ambos sentidos (de la persona al medio y del medio a la persona), que transforman tanto a los individuos como a los entornos y que determinan un mejor o peor ajuste o acoplamiento entre la persona y el medio. El desarrollo social puede ser visto como un proceso de incremento de la complejidad de los entornos en los que acontece nuestra vida.

En ese desarrollo social percibimos procesos interrelacionados como los de: especialización del conocimiento, estructuración de las políticas públicas y construcción de las demandas sociales. Estos tres procesos han tenido y siguen teniendo dinámicas diferentes en los distintos sectores de actividad, como se puede comprobar si comparamos el del turismo con el de la salud o el del transporte con el de la vivienda. Llamamos sociedad del conocimiento a aquella en la que el saber (científico, tecnológico o práctico) gana peso a la hora de estructurar los flujos de acciones y respuestas entre las personas y los entornos y a la hora de impulsar el desarrollo social.

Los servicios sociales y las disciplinas de la intervención social han decidido dejar atrás su configuración como Plan B integral para minorías excluidas y se están construyendo como sector de actividad que pretende ser valioso para todas las personas. Ello, obviamente, nos obliga a identificar en qué acciones y respuestas y en qué entorno de la vida de las personas nos consideramos especializadas. Reconocemos los servicios de salud como indicados cuando nuestro cuerpo reacciona con fiebre alta ante un agente infeccioso procedente del entorno físico. Deseamos acudir a un concierto de nuestra cantante favorita (industria cultural) cuando escuchamos en un programa especializado (entorno cultural) una canción de su último disco. Y así sucesivamente.

Identificar de forma cada vez más precisa, compartida y rigurosa el meollo (la médula central, la esencia definitoria) de los servicios sociales y la intervención social es una condición necesaria (aunque no suficiente) para su desarrollo. No porque tal meollo, definido con categorías necesariamente (aunque no sólo) científicas, deba ser identificado por su nombre por la ciudadanía, sino porque es la base precisa para seleccionar y generar tecnologías y estructuras que permitan ofrecer apoyos valiosos que, esos sí, serán reconocidos y demandados por la población.

El concepto de interacción (entendida como el ajuste entre la autonomía funcional para las decisiones y actividades de la vida diaria de la persona y el entorno de las relaciones primarias de carácter familiar o comunitario) pretende servir para nombrar ese meollo de los servicios sociales y la intervención social. Y, por ello, pretende ser la base para identificar, distinguir, crear y desarrollar las estructuras y tecnologías que nos permitan decir, más pronto que tarde, que tenemos una oferta creíble de un conjunto diferenciado de intervenciones, productos y apoyos deseables como universales y valiosos para toda la ciudadanía.

(Entrada elaborada gracias a una conversación con Ana Fungueiriño, del Colegio de Trabajo Social de Galicia. Sobre estas cuestiones hablaremos en actividades programadas para esta semana en La Vall d’Uixó. La fotografía corresponde a la obra “Elogio de la arquitectura V”, de Eduardo Chillida.)

Procomún colaborativo, creación de valor y territorios sostenibles

Pallars Jussà

El modo hegemónico de creación de valor en nuestro mundo es el mercantil y monetizado. En palabras de Antonio Machado: el que confunde valor y precio. Por ello, frecuentemente, desde la vida comunitaria, desde las políticas públicas y desde las organizaciones solidarias cometemos el error de despreciar las fórmulas propias de creación de valor de dichas esferas para incurrir en estrategias que conducen a la mercantilización de bienes relacionales, públicos o comunes.

Dicha dinámica está produciendo una creciente insostenibilidad de la vida, dado que, como es sabido, las lógicas de mercado, que tan beneficiosas y eficientes resultan para determinado tipo de recursos y procesos, no son sensibles al enorme valor de muchos bienes que producimos o necesitamos las personas, como, por ejemplo, aquellos a los que es (venturosamente) difícil restringir el acceso, los que no son de consumo directo para las personas, los que necesitan personas con limitada capacidad de compra (como las niñas y niños) o los que necesitarán de forma más directa o indirecta futuras generaciones de personas que todavía no han nacido.

En un mundo altamente urbanizado, esto se percibe de forma especial en los territorios de menor densidad de población, en los que la menor masa crítica de demanda agregada hace menos rentable hacer llegar numerosos productos y servicios. Ello facilita que se conviertan en territorios (y comunidades) explotadas y perdedoras, como también lo son, por cierto, determinadas zonas urbanas densamente pobladas, segregadas espacial y socialmente, que son esquivadas o soslayadas por flujos y procesos valiosos que, sin embargo, conectan y enriquecen a lugares bien próximos a ellas.

Por ello, posiblemente, un reto relevante de las políticas públicas e iniciativas colaborativas es el de la generación de ecosistemas (micro, meso o macro) en los que se construyan y multipliquen procesos alternativos de generación de valor, en los que la acción combinada y sinérgica de políticas públicas inteligentes e innovadoras e iniciativas solidarias de base comunitaria consiga dominar y subordinar las dinámicas mercantiles y la circulación de dinero al interés general y a la sostenibilidad social.

Ello supone, por ejemplo, superar el culto a la piedra (a la infraestructura física inaugurable) que preside muchas políticas públicas para potenciar su función relacional apoyada en la ciudadanía digital. Supone, por ejemplo, superar fórmulas inerciales y clientelares de financiación de proyectos para sustituirlas por fondos estratégicos e inteligentes de financiación de innovaciones transformadoras. Supone, por ejemplo, pedir a cada política pública e iniciativa social una mayor capacidad de contribuir a diferentes dimensiones (laboral, relacional, económica, ecológica y otras) del desarrollo territorial y social.

Esto es posible, está pasando, lo estamos contando.

(Entrada elaborada a partir de las conversaciones mantenidas en una jornada de trabajo organizada por el Ateneu Cooperatiu de l’Alt Pirineu i Aran en Tremp y en un encuentro del Dixit de Girona. En la foto, un lugar cercano a Tremp.)

Servicios sociales e integración intersectorial: problemas malditos y soluciones inadecuadas

Ctesc

Colegas como Quim Brugué han utilizado la expresión “problemas malditos” (wicked problems, también traducida como “problemas retorcidos” o “problemas perversos”) para referirse a los que tienen que ver con el diseño de la integración intersectorial entre diferentes políticas públicas para la prevención o abordaje de situaciones complejas que reclaman el concurso importante de distintas ramas o sistemas de nuestros Estados de bienestar. Posiblemente, el hecho de que los servicios sociales universales procedan de la asistencia social residual, que, por definición, podía ofrecer a las personas excluidas una atención integral con prestaciones y servicios propios de varios sistemas (como, por ejemplo, alojamiento, atención sanitaria, alimentación o educación) hace que la integración horizontal entre los servicios sociales y otras ramas del bienestar revista especial complejidad y abunden las que podríamos calificar como soluciones inadecuadas.

Soluciones inadecuadas, por ejemplo, parecen aquellas que contribuyen a que los servicios sociales retrocedan y regresen a aquella pretendida atención integral residual. Esto sucede cuando profesionales sanitarias, educativas o de los servicios de empleo, por citar tres ejemplos, estiman que la complejidad de la situación de una persona a la que están atendiendo les justifica para desentenderse de ella y asumen la relación intersectorial con los servicios sociales como un puente de plata para pretender que los servicios sociales se hagan cargo globalmente de la persona en cuestión. Diciendo, por ejemplo, frases como “yo no he estudiado para tratar a este tipo de personas”, incompatible con la universalidad que se supone y la inclusividad que se espera de los servicios en los que dichas profesionales trabajan.

Solución inadecuada, en un sentido opuesto a la anterior, parece la pretensión de que un número importante de profesionales de la intervención social y otros recursos propios de los servicios sociales estén dentro de otros sistemas o dependan de ellos. No se trata, por ejemplo, de negar que haya cierta cantidad de profesionales de la intervención social fuera de los servicios sociales (del mismo modo que en los servicios sociales hay médicas, cocineros, arquitectas o artistas), pero denominaríamos inadecuadas a las soluciones que, intentando fortalecer la intervención social en otros sistemas, contribuyen al debilitamiento, subordinación o instrumentalización de los servicios sociales.

Seguramente la principal causa estructural de que la integración intersectorial entre los servicios sociales y otros sistemas sea un problema maldito es que la operación de transformar la asistencia social-camión escoba en un pilar sectorial y universal más del sistema de bienestar, con su cometido acotado y basado en el conocimiento, dista de estar completada, de modo que desde los servicios sociales y las profesiones de la intervención social emitimos señales ambiguas y contradictorias sobre nuestro objeto y perímetro. Por ello podría proponerse que, a cualquier iniciativa (micro, meso o macro) de integración intersectorial, se le pregunte cómo contribuye a la necesaria reestructuración del sistema de bienestar que representa la desaparición de la asistencia social y la construcción de los servicios sociales.

(Entrada elaborada a partir de los diálogos mantenidos con un grupo del Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya y con el equipo de los servicios sociales del Ayuntamiento de Pineda de Mar.)

Construir un ecosistema de coneixement per als serveis socials del futur

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L’explosió de les tecnologies digitals de la informació i la comunicació, que incrementa i distribueix la capacitat de processament intel·ligent de grans quantitats de dades, torna obsoletes moltes professions (el coneixement de les quals deixa de tenir valor). També reconfigura les cadenes de valor mitjançant les quals es produeixen els coneixements que permeten la realització d’aquelles operacions que segueixen havent de ser dutes a terme per persones, organitzacions o altres sistemes socials, ja que incrementa la capacitat que cada tipus de coneixement (ideologia, ciència, tecnologia i saber expert) i els seus diversos agents productors i portadors tenen de confrontar als altres i disputar-los el terreny. Alhora, es redefineixen les relacions entre els nivells operatiu, organitzatiu i polític i els seus corresponents entorns d’agents (stakeholders), des del moment, per exemple, en què decisions estratègiques que abans es prenien mitjançant lents mecanismes d’agregació de dades i processament d’informació que anaven ascendint per l’estructura d’interlocució, poden ara automatitzar-se, convertir-se en un algorisme i adoptar-se i executar-se en temps real. Tot això pot conduir a dinàmiques caòtiques i complexes que van des d’estratègies d’integració salvatges, on una organització operadora deixa devastat un departament universitari emportant-se al seu personal científic, apropiant-se de tota una determinada cadena de valor, fins a, en l’altre extrem, oportunitats extraordinàries per a agents que operen en microjaciments, especialitzant-se en una determinada baula d’una determinada cadena de valor.

Com a manifestació, per exemple, dels canvis i reptes en les dinàmiques de relació entre agents a la qual s’ha fet al·lusió més amunt, cal referir-se a l’aplicació de les ciències del comportament, amb la creació d’unitats o equips governamentals sobre enfocaments comportamentals (behavioural insights), a polítiques públiques cada vegada més basades en evidències. Així, podria pensar-se, per exemple, que els coneixements de les ciències del comportament formen part de la caixa d’eines del personal operatiu dels serveis de benestar o, en tot cas, de les persones amb responsabilitats de gestió, per exemple, dels recursos humans. No obstant això, cada vegada més, es presenten com a útils per al disseny de les polítiques. Alhora, aquesta connexió més directa entre unes determinades comunitats científiques i les persones que prenen les decisions polítiques tendeix a impulsar la realització d’assajos controlats aleatorizats (Randomized Controlled Trials), tractant-se d’imitar els assajos aleatoris que s’utilitzen en medicina per avaluar l’efectivitat dels nous medicaments.

Cal dir que aquest tipus de processos són amb prou feines incipients en el nostre sector dels serveis socials, en el qual la impressió que ofereixen les experiències innovadores valuoses (com les del model d’atenció centrada en la persona, impulsades, per exemple, per la Fundació Pilares; les comunitàries de l’estil del projecte Radars, Vincles BCN o les Superilles Socials (de l’Ajuntament de Barcelona, amb inspiració en el model Buurtzorg) o els nius familiars de Agintzari; els avanços en teleassistència (com els de Servicios Sociales Integrados); nous instruments per al diagnòstic social i l’estratificació poblacional, com els de Luis Barriga a la Comunitat de Castella i Lleó o els de la Diputació de Barcelona; o experiències intersectorials, com Housing First, les comunitats compassives o les del Consell Comarcal d’Osona) semblen més aviat bolets de muntanya que no els fruits d’un sistema agrícola organitzat.

(Sobre aquestes i altres qüestions parlarem l’11 d’abril en els serveis socials de Pineda de Mar i el Centre de Documentació Dixit de Girona, el dijous 12 al Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya, a Barcelona, i el 13 a Tremp , a l’Ateneu Cooperatiu de l’Alt Pirineu i Aran. Una versió estesa del text es troba al bloc Llei d’Engel.)

El cambio estratégico de los servicios sociales desde la base: las cinco emes

Daniel Biber

En los debates acerca del necesario cambio estratégico en nuestros servicios sociales, intentamos dibujar el nuevo modelo hacia el que dirigirnos y, a la vez, perfilar la teoría de cambio que nos permitirá irlo construyendo, teoría que nos permite identificar, por ejemplo, novedades a introducir en la normativa (como separar los servicios sociales de la garantía de ingresos o integrar verticalmente competencias en la Administración) o en la presupuestación (como los fondos estratégicos para la innovación transformadora basada en alianzas entre agentes diversos del ecosistema de conocimiento). A la vez, necesitamos pistas para el día a día, herramientas al alcance de cada una de las personas que, cotidiana y operativamente, hacemos los servicios sociales. Al respecto se sugiere que, con cada una de las actividades o procesos que realizamos, nos preguntemos cuál o cuáles de las siguientes “cinco emes” aplicar:

1. Mirar. Muchas de nuestras actuaciones o servicios ya contienen elementos del modelo que queremos construir y basta fijarse para darse cuenta. Es el caso del servicio en el que creíamos que las personas, fundamentalmente, comían, hasta que vimos su potencia para la adquisición de autonomía y la generación de relaciones. O el de las entrevistas que parecían destinadas a informar sobre recursos hasta que advertimos su valor de acompañamiento relacional y fortalecimiento de capacidades. Este mirar, posiblemente, es la antesala del medir, evaluar y sistematizar más rigurosamente dichos elementos valiosos.

2. Minimizar. Hay cosas que entendemos que no tendríamos que hacer, que no encajan en el modelo de futuro, pero no nos queda más remedio, hoy por hoy, que realizarlas. Es el caso de ciertas comprobaciones de requisitos administrativos, reuniones de supuesta “coordinación” (consecuencia de errores de diseño en la integración estructural) o controles acerca del cumplimiento de obligaciones de determinadas personas. El reconocimiento de su bajo, nulo o negativo valor añadido puede generar una actitud que lleve a dedicarles el menor tiempo posible, ejecutarlas de modo que se reduzcan a su mínima expresión, como paso previo a moverlas a otro sitio o, sencillamente, a la papelera de reciclaje.

3. Modificar. Hay actividades o servicios que debemos modificar. Hay procesos que deben ser rediseñados, simplificados o digitalizados. Hay programas que hemos de universalizar o de aproximar; de transformar en mas preventivos o participativos; de desagregar o de integrar. Puede tratarse de procesos más complejos de reingeniería o de pequeños cambios significativos. Se trata, en todo caso, de buscar su mejora.

4. Materializar. Nuestro giro estratégico hacia unos nuevos servicios sociales necesita materializarse en nuevas iniciativas, prácticas inspiradoras o proyectos piloto que luego se puedan multiplicar, llevar a una escala mayor. La construcción de unos servicios sociales universales, personalizados, especializados, digitalizados, participativos, integrados y comunitarios necesita maquetas arriesgadas y experimentos aceleradores que hagan tangible lo que a veces percibimos como inalcanzable. Afortunadamente, ya está pasando.

5. Mostrar. Y, definitivamente, muchas de las labores anteriores resultarán baldías si no mejoramos nuestra capacidad de visibilizar las muchas realidades positivas que contienen nuestros servicios sociales, para que más y más personas (también personas con responsabilidades políticas) sientan que los servicios sociales van con ellas. Se trata de una mayor y mejor aplicación del marketing para transformar nuestro actual posicionamiento, en ocasiones, débil, negativo y residual, en un uno cada vez más potente, positivo y universal.

Mirar (y medir), minimizar (y mover), modificar (y mejorar), materializar (y multiplicar) y mostrar (aplicando el marketing). Cinco (más cinco) emes que pueden inspirarnos y animarnos cada día en la encrucijada estratégica que viven nuestros servicios sociales. Una pequeña caja de herramientas, con tamaño de agenda, que podemos compartir, y que nos puede ayudar a alinear estratégicamente nuestras trayectorias.

(Esta entrada se elaboró con un grupo de profesionales de la atención primaria de servicios sociales de Cantabria. Fotografía de una bandada de estorninos de Daniel Biber.)

El aislamiento relacional es un problema (y lo seguiría siendo aunque no afectase a la salud)

Aislamiento

Con frecuencia leemos artículos acerca de la soledad no deseada como problema social y no pocas veces el carácter preocupante del aislamiento relacional se cifra en el impacto que tiene en la salud de las personas que lo padecen, hasta el punto de que se llega a conceptualizar o presentar como un problema de salud o incluso como una epidemia.

Basta una sencilla búsqueda en Internet para comprobar la abundancia y preponderancia de asociaciones entre aislamiento relacional (o social) y depresión, ataques cardíacos, deterioro cognitivo, problemas del sueño, alteraciones del sistema inmunitario, ictus, desarreglos hormonales, ansiedad, esquizofrenia u otras enfermedades o afectaciones de la salud.

Posiblemente ello es debido a la potencia de nuestros sistemas sanitarios, a su capacidad investigadora o a la preocupación pública que generan aquellas situaciones sociales que, de forma más directa o indirecta, ocasionan gasto en una de las áreas con presupuestos más voluminosos en nuestro Estado de bienestar (normalmente la segunda, después de las pensiones). A la vez, nos encontramos con que el sector de actividad y la política pública a las que corresponde conceptualmente el aislamiento relacional, es decir, los servicios sociales, no tienen en absoluto esa capacidad cognoscitiva y ese posicionamiento económico.

Sin embargo, si intentamos adoptar el punto de vista de la persona que se encuentra en una situación de soledad no deseada, probablemente caigamos en la cuenta de que el aislamiento relacional es un problema en sí mismo, un fenómeno de primera magnitud para nuestra calidad de vida, que puede ser vivido, incluso, de manera más preocupante que muchas enfermedades. A la vez, constatamos que, del mismo modo que la protección y promoción de la salud requieren intervenciones profesionales basadas en el conocimiento, también éstas son reclamadas por la protección y promoción de la interacción, pues ni la salud ni la interacción (tampoco el empleo o la subsistencia) pueden ser dejadas a la suerte de las personas en nuestra sociedad.

Las personas tenemos diversas necesidades y, sin duda, aquellas cuya satisfacción hemos encargado a los servicios de salud son muy relevantes. Sin embargo, no lo son menos otras, como, por ejemplo, las que tienen que ver con nuestra interacción, de las que se ocupan los servicios sociales. Todos los grandes bienes encomendados a las diversas ramas de nuestro sistema de bienestar (como el alojamiento, por poner otro ejemplo, responsabilidad de las políticas de vivienda) tienen impacto en el resto, pero una comprensión cabal de la inclusión social y un diseño eficiente de las políticas públicas se basan en la correcta identificación, ante todo, del valor propio que tiene cada uno de ellos.

(De ésta y otras cuestiones relacionadas con los servicios sociales hablaremos el 2 y 3 de abril en Santander, con profesionales de su atención primaria.)