Servicios sociales: sin objeto no hay sector, sin sector no hay sistema

Objeto

La Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia ha representado, seguramente, la principal apuesta política e inyección económica para el sistema público de servicios sociales en España en la última década y ha puesto de manifiesto el que es, posiblemente, el principal talón de Aquiles de nuestros servicios sociales: su bajo valor añadido. De hecho, la mayor parte de la inversión pública generada por esa Ley, contra lo que su propio texto dice, se ha utilizado para compensar o incentivar a las familias por su labor de cuidado y no para la prestación de servicios sociales. Mi interpretación, discutible por supuesto, es que la principal razón de ese fenómeno está en el bajo valor añadido de nuestra intervención social hoy y aquí. Creo que fue un error pensar que ya teníamos el producto y que bastaba con fabricarlo en serie.

Cuando hablamos de valor añadido de una actividad o servicio nos estamos refiriendo a su capacidad para dar respuesta a necesidades de las personas, sin entrar ahora a discutir si serán esas mismas personas las que pagarán un precio por ese valor o si lo hará el Estado u otros agentes. Las personas reconocemos los diferentes sectores de actividad de la economía y nos acercamos a sus terminales en función de los resultados, productos, servicios y actividades que consideramos valiosas y que caracterizan a cada uno de dichos sectores.

Mi percepción es que en España los servicios sociales siguen posicionados a los ojos de la ciudadanía como servicios que no son para gente como uno (expresión escuchada en Chile). No hemos conseguido que el conjunto de la población comprenda cuáles son las respuestas valiosas que podemos dar y de qué necesidades nos ocupamos. Y me atrevo a decir que, al menos en parte, es porque no las tenemos suficiente y adecuadamente desarrolladas, articuladas e identificadas.

Estimo que el concepto de interacción nos puede permitir avanzar en la definición de un objeto que nos permita construir una cadena de valor que integre las actividades específicas de los servicios sociales e ir configurando y presentando nuestras intervenciones y servicios de forma que puedan ir siendo apreciados por cada vez más personas. Propongo definir interacción como autonomía funcional (capacidad para el desenvolvimiento cotidiano) e integración relacional (vinculación familiar y comunitaria) y considero que es un bien valioso para todo el mundo (como lo son la salud, el aprendizaje o el alojamiento, por hablar de los bienes de los que se ocupan otros sectores de actividad).

Creo que, como suelen decir Auxi González, Manuel Aguilar, Núria Fustier, Joaquín Santos, Germán Jaraíz, Belén Navarro o Miguel Ángel Manzano (por citar algunos ejemplos), hemos de debatir más sobre el objeto de los servicios sociales y que una adecuada identificación del objeto nos ayudará a distinguir y potenciar las actividades que añaden valor y delimitar de qué tratarán nuestros diagnósticos, prescripciones y apoyos en los servicios sociales. Se trata de un debate y esfuerzo fundamental, a mi entender, para cualquier estrategia colectiva o apuesta política por los servicios sociales que queramos hacer.

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