La vivienda como arma de destrucción masiva

Construcción

Desde la teoría de las necesidades humanas y el concepto de desarrollo a escala humana, de autores como Manfred Max Neef o Antonio Elizalde, se vería la vivienda como satisfactor de una necesidad fundamental y universal. Ello hace que algunos movimientos sociales y personas expertas señalen que, al menos en algunos casos, la vivienda es lo primero (housing first). Por otra parte, desde un punto de vista moral, hay que recordar que una parte importante del valor de la vivienda lo constituye, frecuentemente, el valor del suelo y, cuando el suelo es privado, hay que preguntarse cuándo, cómo y por qué alguien se apropió de ese suelo (porque evidentemente, no lo produjo) y en qué medida el precio del suelo responde a alguna agregación de valor o no. El valor del suelo, además, depende en buena medida de actuaciones o expectativas de actuaciones públicas de calificación, urbanización, planificación de transporte público o equipamientos.

La necesidad de una política social de vivienda se ha puesto especialmente de manifiesto en la crisis financiera y económica de los últimos años, cuando el mercado de la vivienda y de los créditos hipotecarios ha estado en el centro del huracán, tanto a escala global (hipotecas subprime o de alto riesgo) como en España (burbuja inmobiliaria). La vivienda, que tenía que ser un satisfactor sinérgico de necesidades sociales, se ha convertido en un arma de destrucción masiva de la vida de muchas personas y de partes considerables del tejido económico y financiero de nuestro país y el mundo (con importantes derivadas de impacto medioambiental y corrupción política), en un contexto en el que el caso de España resulta especialmente llamativo por la excesiva cantidad de huevos que nuestras economías familiares, nuestras economías públicas y el conjunto de la economía del país habían puesto en la cesta de la promoción, construcción, comercialización y adquisición de viviendas, muchas veces no pensando en su utilización para vivir sino (como si de tulipanes holandeses del siglo XVII se tratara) en clave de inversión especulativa (como activo que puedo vender, ganando dinero, poco después de adquirirlo); es decir, no como refugio vital necesario, estable y seguro para personas, sino como refugio financiero oportunista, temporal y volátil para capitales.

Posiblemente han sido millones de decisiones de millones de personas las que han contribuido a ese desastroso estado de cosas: las personas particulares que se han arriesgado demasiado al pedir un crédito, las personas que se han lucrado más de la cuenta cobrando un alquiler o vendiendo un piso, las que mantienen viviendas vacías o las que han hecho fraude fiscal en sus transacciones tienen, sin duda, su cuota de responsabilidad. Sin embargo, no es comparable a la de las minorías extractivas que, colocadas (muchas veces mediante mecanismos de colusión y cooptación en un marco de participaciones cruzadas y pertenencias múltiples) en puestos clave de empresas del sector de la construcción, entidades financieras o administraciones públicas, han jugado irresponsablemente, inmoralmente, ilegalmente, y muchas veces impunemente, con la vida de millones de personas, llevadas por una absurda carrera en pos de un mayor beneficio económico particular, ganando mucho cuando la burbuja se iba hinchando y, lo que es más sangrante, volviendo a ganar muchas veces cuando se pinchó, con terribles consecuencias para muchas personas.

De ahí la necesidad de construir, reconstruir y socializar un lenguaje común de carácter social para la política de vivienda y para su contribución a la dignidad humana, la calidad de vida, la seguridad personal, el disfrute del tiempo libre, los lazos familiares y comunitarios, la vida laboral, el desarrollo económico, el medio ambiente, el bienestar social y la sostenibilidad de la vida. En muchas ocasiones ello obligará a poner en cuestión o deconstruir presupuestos y seguridades ancladas de forma inconsciente en muchas personas que a veces damos por descontada y natural una determinada realidad residencial que, sin embargo, es histórica, contingente, localizada y modificable.

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