Hacia una nueva centralidad política de lo social

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El hecho de que, en las crisis de los últimos años, algunos sectores sociales en algunos lugares del mundo estén sintiendo de forma más cercana y dolorosa una serie de disfunciones e injusticias económicas y políticas puede estar ensanchando la conciencia acerca de las limitaciones y contradicciones de aquella visión de las políticas públicas que considera las políticas sociales como políticas de segunda vuelta o de segunda categoría, compensadoras o paliativas de las externalidades más negativas del funcionamiento de los mercados y de las políticas económicas, situadas éstas como eje de la gobernanza institucional.

El proceso continuo de encarecimiento excluyente de los recursos básicos y, finalmente, el estallido devastador de las burbujas especulativas hinchadas a base de la privatización de bienes comunes (alentada muchas veces por colusiones irresponsables o corruptas entre sectores de la clase política, empresarial o financiera, ciertamente androcéntrica, dicho sea de paso) debe llevarnos a pensar que, más allá de figuras individuales cutres, inmorales y estúpidas, hay ideas de fondo, diseños institucionales, formas de pensamiento y valores morales de gran vigencia que han de ser revisados en profundidad.

Y quizá sea el momento para entender que, en el seno de las políticas públicas, la política social puede ser el eje guía del conjunto de políticas. No (sólo ni fundamentalmente) la política social entendida en su versión más instrumental, como redistribución de recursos económicos para equiparar posiciones ante el mercado. Más bien, diríamos, la política social entendida, radicalmente, como la capacidad del subsistema político para dialogar con las comunidades, agentes, movimientos y redes sociales para promover la calidad y sostenibilidad de la vida en un mundo necesariamente común.

Si algo nos demuestran dramas cercanos y crecientes como los del desempleo, los desahucios, la pobreza infantil o la violencia machista (sin mencionar otros, más, locales o globales) es que la política social de segunda vuelta llega, por definición, irremediablemente tarde para la dignidad humana y la decencia social. Quizá el futuro está en manos de los movimientos y partidos políticos que sepan reescribir sus programas, estrategias, alianzas, liderazgos y prácticas colocando en el centro una política social universal, participativa y sinérgica con el desarrollo económico, el fortalecimiento institucional y la relacionalidad comunitaria.

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