Sector voluntario, bienes comunes e innovación social

benicomuni

Si tiene sentido hablar de un sector voluntario como entramado de organizaciones socialmente relevante y diferenciado del sector público y del sector privado convencional o mercantil es porque aceptamos que dichas organizaciones se distinguen por el tipo de bienes de cuya gestión se hacen cargo.

En la medida en que una decisión política legítima sustrae una serie de bienes del juego del mercado y encomienda su promoción y protección a los poderes públicos, esos bienes no se consideran ya privados (mercancía) sino públicos (derechos). Habría otro tipo de bienes, los bienes relacionales, que no pueden ser reclamados como derechos ni comprados en el mercado, sino tan sólo coproducidos en el seno de relaciones familiares y, en general, comunitarias. Se trata de un patrimonio de afectos cálidos, expectativas confiadas, apoyos gratuitos y vínculos recíprocos que, sin duda, resultan fundamentales para la calidad y el sentido de nuestra vida, como seres radicalmente vulnerables y necesitados de cuidado que somos.

En nuestro mundo, sin embargo, emerge con fuerza un sentimiento y pensamiento compartido por muchas personas acerca de la necesidad de los bienes comunes como fundamentales para la sostenibilidad de la vida. Se trataría de activos tangibles o intangibles que pertenecerían a toda la colectividad pero cuya gestión, en alguna medida, no queremos o no podemos encomendar al Estado. En ese momento, las organizaciones voluntarias, las mutualidades participativas, los movimientos asociativos, las fundaciones altruistas o las cooperativas solidarias aparecen como el instrumento que nos permite hacernos cargo de la gestión de esos bienes.

El sector voluntario, gestor de bienes comunes, sería entonces un espacio de hibridación de lógicas y emergencia de una nueva y mayor capacidad de la sociedad para lograr su sostenibilidad social. Para ello debe hundir sus raíces en las relaciones comunitarias y alimentarlas; colaborar críticamente con el sector público en procesos de desmercantilización y aumento de la equidad; y generar actividades económicamente sostenibles que, mediante trabajo voluntario y empleo de calidad, den respuesta a un buen número de necesidades de las personas.

Si aceptamos estas premisas, la prueba del nueve del cumplimiento de su misión por parte de las organizaciones voluntarias no puede ser otra que una verdadera y radical dinámica de innovación social que les permita ofrecer fórmulas eficaces para la gestión participativa de bienes comunes, maneras sostenibles de ensanchar ese espacio común, que frecuentemente se achica ante nuestra mirada impotente. Esto es lo que ha hecho siempre y sigue haciendo hoy en día la genuina e imprescindible iniciativa social.

Pronto, documento completo en fantova.net

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