¿Y si lo más grave de nuestro asistencialismo fueran sus consecuencias políticas reaccionarias?

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Si existe un círculo virtuoso entre los servicios públicos universales de calidad y el igualitarismo en el pensamiento de la ciudadanía, quizá exista un círculo vicioso entre el asistencialismo social y la retórica reaccionaria. Veamos.

Vivimos una época en la que, en no pocos lugares de nuestro entorno,  el deterioro y descrédito de los bienes, espacios, políticas y servicios públicos universales (de modo especial, seguramente, los educativos y sanitarios), catalizados por el aumento de la desigualdad, segregación y fragmentación social y potenciados interesadamente por voces poderosas en la conversación pública y las redes sociales, alimenta en la población los discursos, sentimientos y comportamientos reaccionarios contra las políticas distributivas y el Estado de bienestar.

En ese contexto, los viejos y nuevos partidos y movimientos reaccionarios están siendo cada vez más capaces de “coser” bases de apoyo electoral y social interclasistas que van desde integrantes de ese 1% de la población más pudiente, exclusivo y elitista hasta personas socialmente excluidas que padecen graves apuros económicos, pasando por otras más acomodadas o más precarias que sienten o temen perder algo que valoran (más tangible o más intangible, más económico o más moral). Conseguir que más y más personas (y más y más diversas) piensen que son víctimas de algún tipo de agravio comparativo es una de sus intenciones principales.

Entonces, cuando desde los servicios sociales públicos o desde el tercer sector de acción social nos vamos especializando en segmentos cada vez más reducidos y diferenciados de personas (para proporcionarles una atención más integral y, en el extremo, para su internamiento en algún tipo de institución total) y cuando damos una vuelta de tuerca más a nuestras prácticas de racionamiento de recursos necesarios para la subsistencia material de la gente, sometiendo a mayores escrutinios y controles a determinadas personas, de forma seguramente involuntaria pero no inocente, las estamos segregando y estigmatizando, las estamos señalando y desvinculando.

Flaco favor hacemos a las personas en riesgo o situación de exclusión social si nuestras intervenciones, programas, servicios y organizaciones actúan como cortafuegos que las separa de otras con las que podrían configurar sujetos colectivos comprometidos con la fraternidad solidaria, las políticas igualitarias y la justicia social. Si, para acceder a nuestras prestaciones y servicios, las personas han de perderse por laberintos burocráticos (presenciales o digitales) y han de alejarse de la comunidad y el territorio; si nuestras organizaciones y profesionales les tratan con asimetría impersonal o condescendencia paternalista, no sólo no les estamos ayudando eficazmente en orden a su inclusión social sino que estamos facilitando el trabajo a las retóricas reaccionarias y excluyentes.

En estos momentos el pensamiento y las políticas reaccionarias parecen llevar el viento de cola. En la medida en que nuestras prácticas y programas de intervención social se conciban, se presenten y se perciban como focalizados para categorías especiales de personas y disminuyan las probabilidades de encuentro e identificación entre personas diversas en el espacio y los servicios públicos, más fácil resultará al pensamiento reaccionario caricaturizar o demonizar a aquellos colectivos (y, en definitiva, personas) que quiera presentar como costosas o peligrosas de cara a articular un “nosotros” excluyente e injusto.

Creyendo atenderlas y defenderlas quizá las estamos poniendo, sin darnos cuenta, a los pies de los caballos.

(En la fotografía, Albert Otto Hirschman, autor de La retórica reaccionaria.)

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