Inclusión social, acción comunitaria y agenda urbana

Rubí

¿En qué consiste el encargo o el reto de la inclusión social? ¿Qué significa que nuestro plan de inclusión social es, a la vez, un plan de acción comunitaria? ¿Qué tiene que ver todo esto con la agenda urbana? ¿Y cómo se cocina, se sirve y se come todo este guiso en estos convulsos tiempos (pos)pandémicos?

Para hablar de la inclusión social nos serviremos de la metáfora de que las personas somos piezas que componemos un rompecabezas que es la sociedad. Si nuestra pieza encaja y está dentro del rompecabezas estaríamos en una situación de inclusión social. Si nuestra pieza no encaja, estamos fuera, estamos en una situación de exclusión social.

En realidad, en gran medida, la sociedad es como una máquina troqueladora que nos da forma como piezas para que encajemos en el rompecabezas que es la propia sociedad. Cierto que las personas venimos al mundo con unas características iniciales pero nuestra historia de inclusión o exclusión social depende en buena medida de cómo nos vaya troquelando la sociedad y, a la vez, cómo nos vaya encajando junto con otras piezas en unas u otras partes del rompecabezas social.

Llevamos unas pocas décadas hablando de exclusión e inclusión social, seguramente porque antes la discusión era más bien sobre la posición de las piezas dentro del puzle (más ventajosa o desventajosa, más humanizadora o deshumanizadora, más bien oprimida u opresora) mientras que, de un tiempo a esta parte, con independencia de las mejores o peores posiciones relativas de quienes están dentro del rompecabezas, parece que hay más y más piezas que, sencillamente, son consideradas como sobrantes por parte de no pocas propuestas de configuración y composición del rompecabezas social. A este respecto es ilustrativa la evolución de los informes FOESSA que, con el cambio de siglo son informes sobre desarrollo social y exclusión social (se diría que vienen de la mano el desarrollo social y la exclusión social).

En todo caso, antes de que se comenzara a hablar de exclusión e inclusión social también había piezas que se consideraban sobrantes o inservibles. De hecho, la construcción, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, de lo que ahora llamamos servicios sociales es, en buena medida, un proceso de clasificación y tratamiento de conjuntos pretendidamente homogéneos de piezas que, por diferentes características, se decía que no encajaban en el rompecabezas social: criaturas desamparadas, personas con discapacidad, familias menesterosas, personas adictas, mujeres maltratadas, personas ancianas y así sucesivamente.

Hoy sabemos que las personas que acaban clasificadas en uno de esos conjuntos cuya atención fue encomendada a los servicios sociales han sido en buena medida troqueladas por la sociedad con esas características. Es más, sabemos que nuestros servicios sociales son, en buena medida, responsables de ese troquelado. A veces un mal menor para que esas personas, al menos, sobrevivan. Pero troquelado al fin y al cabo.

Así pues, en una sociedad que troquelaba a grandes grupos de personas como trabajadores por cuenta ajena, como amas de casa, como personas económicamente dependientes de sus familias extensas, como pensionistas o como rentistas, parecían funcionales unos servicios sociales que se ocupaban de esos otros pequeños conjuntos de piezas difíciles de encajar. Bien para que pudieran sobrevivir en los márgenes de la sociedad o bien, incluso, para que, después de un nuevo proceso de troquelado, pudieran encajar en la sociedad,

(Primeros párrafos de la conferencia preparada para hoy en Rubí. Aquí se puede descargar su contenido completo.)

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