Servicios sociales: renovarse o…

Gijón

(retrato de familia, comunitariamente elaborado, con Gijón al fondo)

En una mesa de una cafetería de Gijón vemos a Dolores, de 99 años, vestida de negro y en su silla de ruedas; su hijo Manuel, 78 años, minero prejubilado hace tres décadas de la empresa pública Hunosa; María, de 55, hija de Manuel y educadora social en una entidad del tercer sector con financiación de la Fundación Municipal de Servicios Sociales; y, por último, Iván, de 26 años, hijo de María, enfermero en el Hospital Universitario Central de Asturias, que apenas despega la mirada de su teléfono móvil. Este grupo familiar imaginario (pero muy real) nos sirve para ilustrar algunos cambios sociales que podrían hacer que el ámbito de los servicios sociales en nuestro país viviera un proceso similar al de la minería en las últimas décadas del pasado siglo y comienzos de éste, proceso que condujo a su práctica desaparición como rama de actividad.

Dolores recuerda cuando era niña, en una aldea cercana. Acarreaba agua, ordeñaba las vacas y realizaba un sinfín de tareas pegadas a la tierra en una comunidad homogénea y prácticamente autosuficiente en la que raramente se desplazaban fuera de su demarcación territorial. Rememora también los conflictos y las rupturas que la hicieron emigrar a la ciudad, las penurias que pasó en su juventud y las complicadas circunstancias que rodearon al nacimiento de Manuel en La Gota de Leche. No olvida cómo la ayudó a encauzar su vida sor Inés, una religiosa de la Congregación de las Hermanas de la Caridad (que a finales de los cincuenta participaría en la creación de la Escuela de Asistentes Sociales Pío XII y, pocos años más tarde, también, en la de la que llamaron Asociación Asturiana de Protección a Subnormales). Dolores y su hijo pudieron adquirir hace algunos años pisos contiguos y Manuel, que cobra una relativamente elevada pensión de la Seguridad Social, dedica varias horas al día a cuidar a su madre. Cuentan, de todos modos, con Gladys, interna ecuatoriana, contratada al amparo del Sistema Especial para Empleados de Hogar de la Seguridad Social, que no da derecho a cobrar por desempleo.

María está cansada. Piensa que, con su edad, Manuel ya disfrutaba de sus partidas de cartas y paseos por Gijón con sus compañeros pensionistas, mientras ella sigue bregando con jóvenes de vidas desestructuradas y entornos conflictivos, con situaciones cada vez más demandantes, graves y complejas. No sabe si se preocupa más cuando trata a la tercera generación de la misma familia o cuando se encuentra con perfiles diversos que nunca hubiera imaginado llegando a la zona de exclusión social. Jóvenes, en todo caso, a quienes, honestamente, no tiene una hoja de ruta que ofrecer. Afortunadamente su hijo Iván tiene un buen empleo (nada más empezar ya cobra más que su madre con diez trienios) en el mismo hospital en el que él nació (el mismo en el que lo hizo la propia María cuando era Residencia Sanitaria del Instituto Nacional de Previsión) y en el que ha debutado en plena pandemia. Iván está inquieto porque su novio no responde a sus mensajes sobre el coche eléctrico que planean comprar. Iker, su pareja, recién llegado de Londres, está muy ocupado en la gran consultora en la que trabaja, a causa de un proyecto con fondos Next Generation de digitalización de los trámites para las ayudas y prestaciones económicas públicas que podría reducir drásticamente los costes de personal en los servicios sociales, como ya ha sucedido en otros ámbitos.

Mañana María está invitada al arranque de una reflexión estratégica de futuro en los servicios sociales de Gijón. Se pregunta si la desazón que siente tendrá remedio, si serán posibles esos servicios sociales universales, gratuitos, preventivos, personalizados, participativos y comunitarios con los que lleva décadas soñando. Se pregunta si el malestar que percibe en sus colegas y en las personas a las que atienden se reduciría significativamente con más recursos humanos y económicos. O si, más bien, se trata de organizarse de otra manera (especializaciones e integraciones) tanto en los servicios sociales como en el conjunto de las políticas sociales. O si es toda una concepción de la intervención social (quizá paternalista y patriarcal) la que se ha vuelto insostenible y hay que repensar los servicios sociales desde la raíz en el marco de una nueva agenda urbana. Se pregunta en qué medida las disciplinas, las profesiones, las leyes y las organizaciones actuales de los servicios sociales son parte del problema o parte de la solución. Y le preocupa el fuerte giro a la derecha de no pocos electorados en un contexto de guerra e inflación.

Sin embargo, a pesar de su cansancio, confusión y preocupación, María cree que la suerte no está echada, que es mucho y valioso lo que las gentes de los servicios sociales aportan y pueden seguir aportando a la sociedad en Gijón y en todas partes. Que lo que proporcionan y consiguen los servicios sociales (aunque no sepamos explicar muy bien qué es) resulta esencial para cualquier persona y para el conjunto de la sociedad. Que los cambios y convulsiones sociales que la acongojan pueden funcionar como oportunidad y acicate para la transformación e impulso del conjunto de políticas sociales. Quizá, piensa, tenga sentido esa convocatoria para pensar en el propósito

(continuará)

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