Problemas con el problema de la soledad

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Posiblemente nuestra sociedad y sus agentes políticos, de la información y del conocimiento tienen apreciables razones e incentivos para preocuparse por el problema de la soledad, para hablar de él, para construirlo como problema social. Ahora bien, que lo estén (estemos) construyendo en este momento, en alguna medida, como problema social no necesariamente quiere decir que saben (sabemos) cómo resolverlo, que son (somos) capaces de resolverlo, que han (hemos) decidido (con todas sus consecuencias) resolverlo. Veamos.

Seguramente, las razones e incentivos de estos agentes para conversar e intervenir públicamente sobre la soledad tienen que ver, en buena medida, con el aumento de las situaciones de soledad y de sus interacciones con otras generadoras o potenciadoras de vulnerabilidad. Cabe pensar, por otro lado, que, como asunto emergente, tiene el atractivo de ser relativamente nuevo en la arena política, mediática e incluso académica (llegándose en algunos países a iniciativas como la de un “Ministerio de la Soledad”). Y los asuntos nuevos ofrecen oportunidades por aquello de que quien da primero da dos veces, quien se adelanta toma la posición. Además, una vez se considera plausible como problema social objeto de la agenda política, la soledad tendría la ventaja de que cualquier persona puede sentirse concernida por ella, cualquiera la ha sentido o puede imaginarse en una situación de soledad. Aparentemente, de entrada, a nadie molesta o incomoda que se hable y se actúe al respecto: en un mundo complejo de reivindicaciones controvertidas y polarizadoras, la soledad parece un desafío que nos une, un caballito blanco.

En este contexto con frecuencia nos encontramos, gratuitamente, con visiones apocalípticas del asunto, identificándose la soledad, por ejemplo, como (la) enfermedad, epidemia o pandemia del siglo XXI y como causante, a su vez, de una larga lista de males de muy diferente índole y, en su caso, gravedad y dramatismo (resultando arquetípica la imagen de la persona que fallece en su domicilio y es descubierta pasado un tiempo). A la vez, se tiende a estereotipar y estigmatizar a determinados perfiles de personas, individualizando el problema y adobándolo con dosis de sentimentalismo, moralismo y paternalismo. El alarmismo catastrofista, paradójicamente, invisibiliza en gran medida las maneras en que sistemáticamente venimos generando las condiciones para ese aumento de la soledad: pareciera que la soledad ha venido y nadie sabe cómo ha sido.

Al ser más fácil identificar las manifestaciones y causas inmediatas del problema que los factores estructurales que pueden estar en su base, también son más reconocibles las actuaciones paliativas y más difíciles de visualizar las preventivas: tanto los comportamientos individuales a lo largo de la vida que resultarían protectores frente a la soledad propia y ajena como las actuaciones preventivas de la soledad que pueden realizarse desde las políticas públicas. Sólo nos faltaba la pandemia de la covid y las medidas de confinamiento, distanciamiento y otras como la mascarilla para aumentar la confusión. A la visión descontextualizada del problema corresponde la propuesta de respuestas voluntaristas por parte de la persona que está en situación de soledad o de su entorno: si nos esforzamos lo suficiente superaremos las soledades propias y próximas, al parecer.

Puede resultar frustrante y contraproducente tal desequilibrio entre la magnificación del problema y lo magro de las respuestas disponibles. Y, en todo caso, facilitador de que las estrategias y políticas ante la soledad pasen como otra moda más de esas que acostumbran a venir y marcharse en el campo de las políticas públicas. Sin embargo, la responsabilidad del conocimiento al respecto nos obliga a alertar de que no contamos con un modelo contrastado de abordaje a gran escala del problema de la soledad. Las estrategias y programas que conocemos (procedentes muchas veces de contextos culturales e institucionales sensiblemente diferentes al nuestro) no parecen encontrar el punto justo entre el riesgo de escorarse a intervenciones muy focalizadas sobre personas que ya se encuentran en situaciones severas y difícilmente reversibles de soledad (frecuentemente acompañadas de otras condiciones problemáticas) y el de ser contenedores casi para cualquier tipo de actividad o intervención (urbanísticas o turísticas, educativas o sanitarias y así sucesivamente).

Nuestra conversación y políticas públicas basadas en el conocimiento sobre la soledad como problema social están, seguramente, por hacer, en buena medida. Ser conscientes de ello es un primer paso necesario para diseñar y aportar respuestas a este importante desafío de nuestra sociedad.

(Sobre estas cuestiones y otras conexas conversamos el pasado sábado en Cáritas Gipuzkoa y conversaremos el próximo jueves con Hartu Emanak en la Facultad de Educación de la Universidad del País Vasco, a la vez que estamos trabajando en procesos al respecto en Servicios Sociales Integrados, Adinberri y el Gobierno de Cantabria.)


  1. Muy de acuerdo con el primer párrafo. Que me recuerda a una frase que leí recientemente y se me ha venido a la cabeza: «[…] No es que la toma de consciencia no sirva de nada, sino que no es suficiente» (Bourdieu, 2002:232).

    En el campo de lo social, se nos olvida mucho esta cuestión, muchas veces presos/as por querer “dar primero” y que nos acaba llevando, como bien dices, a soluciones de “fin de tubería”.

    Saludos y gracias!

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