Transiciones estratégicas de nuestra acción social

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Profesionales de los servicios sociales de titularidad, responsabilidad o financiación pública; personal miembro, remunerado o voluntario del denominado tercer sector social, más o menos financiado públicamente; profesionales del trabajo social, la educación social, la psicología de la intervención social o la integración social (o formación profesional de la misma o parecida familia), que pueden trabajar en ámbitos diferentes al de los servicios sociales (como justicia, salud, empleo, educación, ocio o juventud); personas con responsabilidades o actividades políticas o académicas más o menos directamente relacionadas con las anteriormente mencionadas; otras personas involucradas o interesadas en la que llamamos acción social: ¿Cómo orientar nuestras actuaciones en medio de esta complejidad pandémica? Quizá intentando comprender de dónde venimos y consensuar hacia dónde vamos. Cinco posibles pistas:

1. Del colectivo delimitado a la diversidad inclusiva

Nuestra acción social viene de (y continúa en) una larga tradición de identificar (y a veces incluso certificar) una determinada condición o situación de ciertas personas que las legitima para recibir las correspondientes atenciones o prestaciones. Es un hacerse cargo que se justifica en clave de asistencia especializada y acción positiva pero que, lo sabemos, produce frecuentemente efectos no deseados de estigmatización, segregación y daño. Por ello se plantea ya hace décadas ir hacia modelos y formatos de acción social universalistas y personalizados, accesibles para todas las diversidades humanas desde la igualdad de derechos de todas las personas.

2. Del código moral único a la comprensión e impulso del pluralismo moral

De forma más explícita o implícita, nuestra acción social, en muchas ocasiones, se ha ubicado en referencia a un pretendido código moral único, como un instrumento para moralizar con valores impuestos a determinadas personas o grupos, como un medio para la incorporación de dichas personas y grupos a una institucionalidad y moralidad establecidas, como una forma de control y disciplina social. Sin embargo, nuestras sociedades secularizadas y moralmente pluralistas reclaman una acción social promotora de la autonomía y autodeterminación de las personas, respetuosa de la diversidad de modelos de vida buena e impulsora (modestamente) de la emancipación y liberación de las personas frente a cualquier forma de alienación o  dominación.

3. De la institución total a la comunidad y el territorio

Frecuentemente hemos entendido y seguimos practicando ese hacernos cargo desde la acción social como una atención integral que da respuesta (en especie o dinero) a todas o casi todas las necesidades de personas en condiciones o situaciones complejas, muchas veces institucionalizándolas y desvinculándolas de sus entornos físicos y relacionales originarios, anteriores, deseados o deseables (o terminando de hacerlo). Por el contrario, las tendencias de consenso y referencia en la comunidad de conocimiento y pensamiento sobre acción social apuntan a un enfoque comunitario y de proximidad, es decir, a un abordaje preventivo y poblacional, a un foco en las relaciones significativas como fines y medios, a una intervención en y con la comunidad y a una contribución (modesta) a la cohesión territorial.

4. Del saber hacer basado en la experiencia al conocimiento experto basado en la evidencia

La acción social ha sido vista y practicada tradicionalmente como una actividad de bajo valor (económico) añadido, legitimada por sus buenas intenciones más que por su calidad técnica o percibida. La desvalorización por parte de la sociedad se ha proyectado sobre las personas destinatarias de la acción social y sobre la propia acción social, su personal, sus actividades y sus estructuras y hemos caído frecuentemente en el asistencialismo y la burocratización. Sin embargo, en la sociedad del conocimiento, la acción social está llamada, al igual que el resto de ramas de actividad social y económica o ámbitos sectoriales de la política pública, a la participación en ecosistemas profesionalizados de investigación científica, desarrollo tecnológico e innovación, de modo que, cada vez más, nuestra acción social sea una práctica experta y especializada basada en evidencias rigurosas.

5. Del juego de suma negativa entre pública y privada a la sinergia entre pública y solidaria

Históricamente, la actividad que ahora llamamos acción social ha sido interpretada desde la dicotomía entre pública y privada y, frecuentemente, cuando ambas esferas se han relacionado, lo han hecho para instrumentalizarse, colonizarse y debilitarse mutuamente. Cabe, sin embargo, diferenciar nítidamente la economía solidaria de la mercantil y reconocer el protagonismo y la anticipación del tercer sector en el campo de la acción social, de suerte que se puede promover la sinergia entre las verdaderas organizaciones voluntarias de base comunitaria y los poderes públicos de proximidad en claves de coproducción participativa, gestión colaborativa y gobernanza deliberativa. Estos tiempos pandémicos en los que vemos más de cerca el riesgo de catástrofes y derivas de diferente índole deben ser un acicate para estas formas de profundización de la democracia.

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