Su última milla es nuestra primera milla: por una convivencia comunitaria inteligente

Etorkizuna

Resulta un lugar común señalar que nuestro modelo social se las arregla mal con fenómenos emergentes que no sabemos bien dónde y cómo abordar: los cuidados, la exclusión social, la longevidad, la conciliación de diferentes facetas de la vida, la soledad, la salud mental o la convivencia en diversidad podrían constituir algunos de esos problemas o riesgos sociales que cabría adjetivar como complejos, al menos desde el conocimiento disponible hoy para hacerles frente.

Hacer prospectiva en relación con la acción pro bienestar supone, entre otras cosas, intentar acertar en qué orden y con qué medios se podrían ir enfrentando esos y otros retos y cómo ello podría trasformar el conjunto de dispositivos para el bienestar (familias, dinero, Seguridad Social, empresas, sistema sanitario u otros) con el que contamos hoy y aquí.

Si aceptamos que se nos ha ido la mano, por ejemplo, con la individualización, la mercantilización y la medicalización del bienestar, parecería razonable apostar por invertir, alternativamente, en facilitación de la convivencia y la colaboración en los domicilios y vecindarios apoyándonos en el urbanismo social, la acción comunitaria y las tecnologías digitales, pero hemos de reconocer que, por el momento, sólo contamos con prototipos muy iniciales o tentativos de ese tipo de respuestas o dinámicas.

La libertad individual, el dinero o la medicina y farmacia convencionales, por citar tres importantes, siguen siendo bienes muy apreciados en nuestra sociedad (por buenas razones en muchos casos) por más que repitamos que, en gran medida, los desafíos mencionados al principio de esta entrada son los de una sociedad de individualismo posesivo y consumista y consiguiente desvinculación y segregación social. Una sociedad, por tanto, que necesita otros puntales (en claves relacionales y comunitarias, de proximidad física, emocional y existencial, con soporte digital), tanto como esos.

La presión sobre nuestras vidas que están representando la actual pandemia y su gestión y derivadas representa una enorme prueba para nuestra inteligencia política, nuestra compasión solidaria y nuestro universalismo ilustrado. Los que el capitalismo extractivo y adictivo construye como segmentos y nichos de mercado pueden transformarse en nidos ecológicos en red, posibilitadores de la vida de cualquier persona. Las vidas que la cultura digital de la satisfacción individual aliena y desvincula pueden trenzarse en sentidos compartidos y proyectos ilusionantes. Lo que la logística para el consumo llama la última milla es en realidad, ojalá pueda ser, la primera milla para nuestra convivencia cotidiana, autónoma, inteligente, solidaria y sostenible.

Sin duda, hay tajo.

(En la foto, actuación del grupo Etorkizuna Musikatan en el Museo de Reproducciones Artísticas del barrio de San Francisco (Bilbao) en la reciente Gau Irekia, noche abierta.)

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