Los cuidados: ¿son aplicación, software de base o hardware de nuestra sociedad?

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Cuando un ordenador (o un teléfono) no realiza adecuadamente alguna función que esperamos de él, nos preocupamos poco si se nos dice que hemos de actualizar o instalar una aplicación o programa específico. El asunto se complica si lo que está afectado es el sistema operativo o software de base, es decir, ese programa que permite que los demás funcionen. Finalmente, si nos comunican que tenemos un problema de hardware, esto es, en el propio aparato físico que tenemos delante, empezamos a pensar en adquirir uno nuevo. Estos términos nos pueden servir analógicamente para reflexionar sobre el reto de los cuidados en nuestra sociedad.

Según algunas visiones, en este momento, se trataría, simplemente, de instalar una nueva funcionalidad a nuestros Estados. Del mismo modo que, en su día, asumieron ocuparse de la seguridad, de la movilidad o de la salud, ahora se encargarían también de los cuidados. El mecanismo sería similar al de otros programas: las personas pagaríamos (bastante, eso sí) a los Estados para que estos contrataran (directa o indirectamente) a profesionales, que nos cuidarán cuando lo necesitemos. Algunas “aplicaciones” hacían algo de esto parcialmente pero ahora sería la hora de la verdad al respecto, la de un verdadero subsistema universal de nuestro Estado de bienestar básicamente encargado de los cuidados (o, al menos, de los prolongados).

Según otros puntos de vista, nuestro “sistema operativo” (nuestro Estado de bienestar) no puede, sin más, soportar un nuevo programa (un nuevo subsistema de la protección social) dedicado a brindar cuidados. Es como si al intentar instalar una aplicación más (la de los cuidados) nuestro software de base (nuestro Estado de bienestar) no diera más de sí, mostrara haber llegado a algún tipo de límite en su gestión de recursos. Desde esta mirada, para hacer frente al reto de los cuidados, se necesita una transformación de nuestro Estado de bienestar, quizá haciéndolo más preventivo, más predistributivo, más proactivo, más tecnológico, más personalizado, más integrado, más comunitario, más profesional, más intergeneracional, más participativo o más basado en el conocimiento científico (elíjase la característica o mezcla de características deseada).

En tercer y último lugar estarían quienes entienden que la crisis de los cuidados es una crisis de la sociedad como tal. Es decir, que estaría afectada la trama de interdependencia entre personas que constituye la sociedad. Según esta aproximación, los cuidados, más que (o además de) ser una actividad específica que puede realizar el Estado o un asunto o eje que vertebra el sistema de bienestar, son el mecanismo fundante de la interdependencia que es connatural a los seres humanos, serían (constituyentes de) la médula del llamado contrato social. Desde este punto de vista, la sociedad, no podría, sin más, esperar del Estado que asuma en última instancia la responsabilidad de los cuidados sino que debe antes, ella misma, configurarse como red de comunidades de cuidados en un nuevo contrato social de género, intergeneracional y general.

¿Qué hacer? ¿En qué medida apostar por nutrir y desarrollar nuestros servicios sociales como sistema de cuidados de larga duración? ¿En qué medida considerar los cuidados como un driver (programa intermediario) para la mejora o transformación del conjunto del sistema de bienestar? ¿En qué medida asumir el cuidarnos y cuidar a otras como función (como relación) que no podemos finalmente delegar porque somos esencialmente seres dependientes e interdependientes en su constitutiva diversidad?

Muchas preguntas, pocas respuestas, tiempos sindémicos.

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