No sabemos producir cuidados a gran escala

Bioética

No sabemos en qué medida y de qué manera es posible articular un modelo adecuado y satisfactorio de cuidados en determinadas condiciones (tormenta perfecta) de longevidad, individualización, ocupación, cambio en los roles de género, dependencia funcional, desigualdad, alojamiento, globalización, urbanización, movilidad, endeudamiento, exclusión u otras como las que estamos viviendo. Nuestras comunidades no saben cómo proporcionar los (o tantos) cuidados de larga duración en el tipo de sociedad que estamos construyendo. Estamos haciendo varios intentos (desde intentar seguir ejerciendo el cuidado familiar (básicamente femenino) tradicional, a veces incentivándolo económicamente, hasta complementarlo o reemplazarlo por cuidado pagado en forma de servicio doméstico o de servicios sociales) pero parece que no nos sale muy bien.

Parece que, cada vez más, sentimos que los cuidados que conseguimos proporcionar son más descuidados. Frecuentemente intuimos que, cuando se produce un buen cuidado, un cuidado de calidad, un cuidado humano y humanizador, no es por nada que hayamos hecho bien políticamente, sino por azar. Parece que, cuanto más nos preocupa el cuidado y más nos ocupamos de él desde la política pública, más síntomas de insatisfacción aparecen. Se diría que la magia del cuidado aparece de la manera más insospechada. Sabemos que sería suicida fiar nuestros futuros cuidados de larga duración a la espiral del don en un marco de reciprocidad familiar intra e intergeneracional con sesgo de género pero, como comunidad política, no tenemos un modelo creíble de ecosistema de cuidados que garantice mínimamente que tengan esa calidad técnica y ese rostro humano.

Parece que desde las políticas sociales sabemos identificar esos movimientos que ya no ejecuta la persona que necesita cuidados y que debe realizar quien le cuida pero, a la vez, sabemos que el cuidado no está fundamentalmente en esos movimientos sustitutivos sino justamente en esa relación de ayuda que no sabemos cómo generar y sostener. Cuando vemos a la nueva cuidadora preparar la merienda para la persona en situación de dependencia, comprobamos que ejecuta los mismos movimientos que la anterior pero descubrimos que allá está sucediendo algo radicalmente diferente, absolutamente intangible, precisamente por el cuidado que le pone a esa preparación de la merienda y en la autorrealización que representa para ella cuidar bien. Pero no tenemos la menor idea de cómo conseguir a escala sistémica ese cuidado, ese valor añadido diferencial que apreciamos con claridad.

Ver la crisis de los cuidados como crisis sistémica supone pensar que la sinergia entre economía capitalista y protección social pública que ha servido para montar el Estado de bienestar que conocemos quizá ha empezado a revertirse en forma de juego de suma negativa. Quizá estamos poniendo al mundo al límite (o más allá del límite) en cuanto a su equilibrio sistémico desde el punto de vista económico, ecológico, emocional, político u otros. ¿Es la crisis de los cuidados un problema de producción de una mayor cantidad de cuidados o se está dando una especie de salto cuántico o salto cualitativo, un paso de la cantidad a la cualidad?

(Fragmentos de la ponencia elaborada para el XV Congreso Nacional de Bioética, próximamente en esta página web.)

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