¿Qué (nos) está cambiando? (Reflexiones pandémicas)

2001

Una de las consecuencias de esta experiencia pandémica es una cierta alteración (diferentes tipos de alteraciones) de la relación entre las diversas personas y algunos de los dispositivos mediante los cuales funcionamos en la sociedad y obtenemos (de forma más directa o indirecta) satisfacción para nuestras necesidades. Se utiliza aquí la palabra dispositivo en un sentido amplio: desde las gafas sin las cuales no podría estar escribiendo este texto hasta la Seguridad Social a la que cotizo todos los meses; desde este ordenador conectado a Internet que tengo ante mí hasta la calle que pisaré cuando salga de casa dentro de un rato.

Esos dispositivos o mediaciones lo son para la relación de las personas con el medio físico y con otros seres humanos. En esas relaciones mediadas, las personas dependemos del medio y lo construimos, utilizamos los dispositivos y somos manipulados y transformados por esos dispositivos y medios. Esto, por cierto, ocurre en unas coordenadas espaciales y temporales. En el año pandémico hemos visto cambiar nuestro ritmo de vida porque hay procesos que se han vuelto más costosos en tiempo y otros que se han facilitado y parecemos oscilar entre la aceleración inducida y la pausa impuesta. Nuestro desenvolvimiento por el espacio se ha visto también notablemente alterado, frecuentemente condicionado o prohibido.

Parece que hay procesos que han tendido a digitalizarse más intensamente. Por ejemplo, los cobros y pagos, es decir, el uso del dinero. Y la digitalización de los flujos financieros puede llegar a modificar en forma importante la propia naturaleza del dinero como regulador de la vida económica y social. Pensemos en las amenazas y oportunidades que la digitalización de todas las transacciones monetarias aporta para la obstaculización o agilización de los pagos de las prestaciones y ayudas que recibimos cuando las personas o las empresas nos encontramos en situaciones de vulnerabilidad económica.

Otras relaciones, en cambio, han revelado con más fuerza su necesaria dimensión corporal y material. El hecho de que el virus haya afectado a nuestros cuerpos nos ha hecho más conscientes de que necesitamos cuidados que requieren proximidad física y las medidas restrictivas de dicha proximidad en las relaciones sociales nos hacen añorar, por ejemplo, la espontaneidad de los encuentros urbanos imprevistos, la común utilización del espacio público cotidiano o los abrazos como forma de expresión de la alegría y el afecto. Está por valorar el alcance del impacto emocional y existencial de esta situación.

El colapso pandémico y su alargamiento con perspectivas inciertas es un colosal experimento social y humano. Sin ninguna duda está afectando a las relaciones económicas, sociales y políticas y a la configuración de sujetos colectivos que actúan en la esfera pública. Sujetos colectivos que están viendo regulado de formas inéditas el ejercicio de libertades y derechos fundamentales para la vida política y social o que son más segmentados, fragmentados y recombinados por el poder de los algoritmos en las redes digitalizadas de comunicación, al que están más sometidos.

Cabe decir, además, que no sabemos hasta qué punto pueden llegar a afectar estos procesos a nuestra propia configuración y sostenibilidad como seres humanos, al alterar notablemente formatos espaciotemporales de relación de las personas con sus entornos físicos y humanos. El humano es un ser forjado en el cuidado en proximidad física y en la conquista de la autonomía mediante el dominio del medio natural con diferentes herramientas. En este contexto, nos preguntamos quizá con más fuerza dónde termina la persona y dónde comienza la tecnología, dónde termina la libertad individual y dónde comienza el poder del algoritmo, dónde termina el “nosotras” y dónde comienzan “los otros”, dónde termina la soberanía colectiva y dónde comienza la regulación y cuándo ésta es legítima o ilegítima.

Preguntas abiertas, reflexiones pandémicas.

(La imagen pertenece a la película “2001: una odisea del espacio”, de Stanley Kubrick.)


  1. Hace unos días escribí esta pequeña reflexión en mi blog, basada en las sensaciones que estoy observando en mi entorno y en mi mismo. Un entorno camuflado de virtual y con el recuerdo cercano del contacto real. Es para ir por casa, y nada mejor dicho, dada la situación de aislamiento colectivo. Las palabras de Fernando nos devuelve a las cosas importantes y a la reflexión.

    CON TACTO Y CONTACTO
    La pandemia tiene su expresión en los efectos que este virus de nombre real produce en los seres humanos. Se manifiesta con síntomas ya sobradamente conocidos. Sabemos sus efectos y cómo protegernos del bicho dentro de lo posible. Lo que resulta menos aparente son otros efectos colaterales que más bien son sustanciales o por lo menos eso es lo que yo creo. Sabemos que, en este momento crítico, necesitamos echar mano a unos de nuestros mejores sentidos: el tacto.

    El vocablo da para más de una acepción. Tener tacto es no perjudicar a otros, ser cuidadoso con nuestros comportamientos, evitar ofender, humillar o despreciar a los demás. También es un tema sensorial.

    Se sabe que el órgano más extenso de nuestro cuerpo es la piel y a través de ella percibimos una infinidad de sensaciones. Un ser humanos puede sobrevivir siendo ciego, sordo, sin olfato y sin gusto, pero es imposible sin la función que tiene la piel. El COVID priva a los afectados del placer de los sabores ibéricos y del cautivador aroma del salitre del mar o de mieses recién cortadas en las amplias extensiones de nuestra meseta y a todos, positivos y negativos, nos priva de los contactos.

    Poder abrazarnos, besarnos, acariciarnos, mezclar nuestros humores…. y dejar al lado otro humor, al de perros me refiero. Bien es cierto que en muchos casos de convivencia forzosa el contacto se convierte en “No-con-tacto”. ¡Un problema tan gordo que la soledad!

    Desde luego, no es tema convertirnos en negacionista (que nos libren de este espécimen deshumano) y lanzarnos en vuelo libre y convertirnos en kamikazes del contacto. Pero los que lo puedan tener, déjense de pamplinas y aprovechen el confinamiento para darle juego a este sentido. Los que como yo viven solos, siempre nos queda el macramé, los pinchos de los cactus o, en su caso, o en el caso de otros, una mascota certificada por las autoridades sanitarias como conviviente, y a falta de todo eso habrá que apelar a la fantasía.

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