Soledad no deseada y exclusión social

socexc

Las conceptualizaciones de consenso en la comunidad de conocimiento y la evidencia empírica disponible nos hacen ver la exclusión social como un proceso que, si bien es protagonizado por cada persona con sus decisiones en su biografía individual, tiene una innegable y determinante dimensión estructural. El proceso vital mediante el que podemos llegar a una situación de exclusión social está jalonado de obstáculos económicos, relacionales, laborales, residenciales, administrativos o de otra índole que nos hemos ido encontrando (que estaban y nos han ido poniendo) en el camino.

Ese proceso puede ser activado o catalizado por una afectación de la salud, por una situación de desempleo, por la vivienda en la que habitamos o por otros factores. La fragilidad relacional y el aislamiento social (entendidas como situaciones de menor o mayor limitación de las relaciones o vínculos afectivos con personas próximas comprometidas en alguna medida en el cuidado de nuestra vida en claves de gratuidad y reciprocidad) son, sin duda, ingredientes clave en las dinámicas de exclusión e inclusión social.

Sin embargo, a pesar de que las ciencias sociales nos hablan de este carácter estructural y complejo de la exclusión social, nuestras políticas públicas se empeñan en encapsularla en una parte residual de unos servicios sociales ya de por sí residuales. Es como si intentáramos pelear contra el coronavirus sólo o fundamentalmente desde las unidades de cuidados intensivos (unidades de cuidados intensivos, en este caso, fundamentalmente en manos del tercer sector). Posiblemente actuamos así porque muchas personas que somos conscientes de la facilidad con la que nos podemos contagiar de la covid, creemos (con mayor o menor base) que es difícil que lleguemos a una situación de exclusión social.

La pandemia, en todo caso, ha dejado todavía mas clara la imposibilidad de prevenir y combatir las actuales formas y dinámicas de exclusión social desde los clásicos servicios sociales concebidos como última red general o integral. Es más, estos dispositivos se revelan como crecientemente ineficientes e incluso yatrogénicos, al contribuir frecuentemente a la estigmatización y segregación de las personas que los utilizan. En tiempos de pandemias y colapsos, cada política pública ha de demostrar, con mayor exigencia, si es parte del problema o parte de la solución.

En este contexto, la actual eclosión de planes y estrategias en relación con la soledad no deseada corre el riesgo de incrementar la confusión y el postureo en el campo de las políticas públicas. Sin embargo, al conectar con una necesidad sentida por muy diferentes segmentos de la población, podría constituir una oportunidad para impulsar y legitimar una acción más universal, relacional, comunitaria y preventiva de los servicios sociales y una mejor integración intersectorial de las políticas públicas. Posiblemente ese sea el reto.

(Contenido de una exposición realizada por invitación de Cáritas Gipuzkoa, el Teléfono de la Esperanza, Emaús, la Universidad del País Vasco y la Diputación Foral de Gipuzkoa.)

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