Redes vecinales y acción comunitaria, hoy y aquí

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La mayor parte de las personas, en nuestra sociedad, carecen de experiencia de acción comunitaria. Entienden, al parecer, que tienen obligaciones familiares y laborales o que han de cumplir las leyes pero, sin embargo, no han desarrollado una sensibilidad (quizá por haberse desenvuelto en contextos inapropiados para ello) acerca de sus responsabilidades comunitarias, acerca de su contribución a la parte de la sociedad que les es más próxima.

Las situaciones vividas a raíz de la pandemia de la covid-19 han representado para algunas personas un estímulo y ocasión para comprometerse libremente (sin estar obligadas por lazos de sangre, por la autoridad, por una membrecía, por un contrato o por un pago) con la suerte de vecinas y vecinos a quienes, hasta ahora, apenas conocían de vista. Al menos en eso, esta terrible enfermedad ha tenido algún efecto colateral positivo.

En el caso del barrio de San Francisco, en Bilbao, más de cien personas (la mayoría no vinculadas a ninguna organización asociativa barrial) hemos constituido una red para ofrecer y compartir cuidados y ayudas a cualquier persona del barrio que, de pronto, se encontrara sin poderse abastecer de alimentos o medicinas, sin poder atender a sus hijas o hijos o sin saber a quién acudir por cualquier otra necesidad sobrevenida en una situación tan inesperada y problemática.

En este caso no estamos hablando de una acción voluntaria organizada y encuadrada en el llamado tercer sector sino de aquella más primaria y espontánea que hunde sus raíces en la proximidad física, en la comunidad vecinal, en el espacio público compartido, en el territorio cotidiano. Ahí reside, posiblemente, su gran valor: en la confianza fraguada a fuego lento o en oportunidades especiales que surgen en esa vida diaria de nuestros cuerpos, que, por más que, gracias a las tecnologías digitales, puedan comunicarse telemáticamente de forma fácil y asequible, para muchas de sus vivencias, necesidades, afectos y actividades, siguen requiriendo de una relativa (o, a veces, absoluta) cercanía física.

Nuestro reto ahora es seguir regando esa frágil planta de la ayuda vecinal, de la colaboración comunitaria y que, como una enredadera de vida, cubra y comunique lo mejor posible todas las manzanas y todos los portales de nuestro barrio (creando barrionalismo). Que sea apoyo para las familias y unidades de convivencia y sus cuidados infantiles y de todo tipo Y que se siga anudando también con las organizaciones solidarias y movimientos vecinales existentes, con los servicios públicos de la zona (sociales y socioeducativos, sanitarios, habitacionales, educativos y preescolares, laborales, culturales, de protección o seguridad u otros) y con el comercio y la economía de proximidad (econonuestra), para seguir construyendo y disfrutando un barrio con futuro.

(La foto corresponde a nuestra primera reunión presencial, el 16 de junio de 2020. El texto es una adaptación del publicado en Irekita, de Cáritas Bizkaia. En los próximos días 18 y 22 de junio, de 18 a 20 horas, compartiremos experiencias en encuentros telemáticos organizados, respectivamente, por ISF y ASAD)

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