La comunidad, para que no nos roben nuestro miedo

ssi-berriketan

Una mariposa aleteó, al parecer, hace algunos meses, en Wuhan, China. Desde entonces, los cambios en cadena o efectos en racimo que se han ido, continúan y se seguirán produciendo son rápidos y complejos y representan un enorme desafío para nuestra capacidad individual y colectiva de comprensión y de reacción. El esfuerzo por diferenciar y relacionar niveles e instrumentos de análisis e intervención es costoso y, a la vez, necesario.

Nos preguntamos, de inicio, por las emociones colectivas que pueden llegar a predominar en este contexto y por sus consecuencias. Algunas personas perciben, especialmente, miedo. Un miedo que, posiblemente, lleve a comportamientos de sumisión ante el poder o, también, de agresión a personas débiles o vulnerables que se presenten o sean presentadas como amenaza. Como decía Imanol Zubero en un vídeo recientemente grabado para Cáritas, sentir miedo en esta pandemia es lógico y funcional y una clave está en con quién compartimos nuestro miedo, quién gestiona nuestro miedo y si alguien nos roba nuestro miedo: “que nadie nos robe nuestros miedos”, decía.

Aquí surge la pregunta sobre artefactos institucionales en los que estamos inmersas: el tercer sector de acción social, el sistema público de servicios sociales u otros. Al mirar a esas organizaciones, y al mirarnos dentro de ellas, nos damos cuenta de que tenemos una gran inercia institucional, una poderosa autorreferencialidad que nos hace difícil imaginar cambios en funciones y relaciones. Quizá hemos de atrevernos a preguntarnos por el valor que aportamos, en su visión más esencial, sin confundir necesidades con satisfactores, para explorar después, acaso, formas inéditas de generarlo, darle forma, proyectarlo y compartirlo. Y posiblemente, cambiar nuestra oferta al entorno más comunitario y cambiar nuestra relación con él, a la vez que nos conectamos con nuestra razón de ser, con nuestra raíz moral, que tanto tiene que ver con la proximidad.

Al respecto, la atractiva y temida  tecnología (digital o no) no será, seguramente, la primera respuesta. Intentar hacer lo que ya hacíamos, sólo que telemáticamente, es, seguramente, lo primero que se nos ocurre, pero sabemos que es tan sólo una primera reacción, seguramente insuficiente y engañosa. Las tecnologías, y específicamente las digitales, van a estar ahí, pero no resuelven la pregunta, fundamental, por los procesos, estructuras, reglas e instituciones sociales en los que se incorporan y que modifican y, en definitiva, ahora descarnadamente, por las relaciones inequitativas de poder, local y global, global y local.

Y entonces volvemos a la comunidad, a las comunidades: a las imprescindibles relaciones de confianza interpersonal construida que están en el corazón de cualquier acuerdo interpersonal, negocio económico o pacto político. Ningún individualismo líquido de garrafón puede borrar de nuestro paladar el gusto inconfundible de los cuidados recibidos, de las caricias deseadas, de los abrazos fraternos, de la conversación cómplice, de la camaradería militante. No es impensable un futuro distópico de deshumanización tecnológica, pero, de momento, en esta emergencia, los seres humanos que ahora poblamos la tierra, esta tierra, en esta experiencia inédita, en palabras de Humberto Maturana y Francisco Varela, escritas hace un cuarto de siglo, estamos sintiendo, quizá, “que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros”.

Como dicen estos sabios chilenos, eso podemos saberlo “ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad”. Ojalá seamos capaces de lograr que el sentimiento y la conciencia de nuestra vulnerabilidad e interdependencia sea un buen caldo de cultivo para dinámicas de incondicionalidad, reciprocidad, solidaridad, colaboración y gratuidad. Experiencias vitales y creativas, basadas en el conocimiento y fuente de conocimiento, que después podamos escalar y universalizar.

(Segunda versión de las reflexiones, publicadas en el blog de SSI, a partir de las preguntas y comentarios que quedaron sin atender en la conversación sobre bienestar comunitario organizada por este grupo cooperativo de economía solidaria el 28 de abril de 2020 a través de su canal de youtube dentro de la iniciativa #SSIBerriketan. El vídeo, de una hora, está aquí.)


  1. La incertidumbre es mucha, pero sabemos como evitar el contagio del coronavirus. Y nos quedamos en casa, extremamos la higiene, usamos mascarillas y respetamos la distancia física con otras personas (no la social). Pero peor que el temor a enfermar es el miedo que a veces trasmiten los rumores, las redes sociales, la televisión o la prensa. O, mejor dicho, el miedo que quieren transmitir algunas de estas vías Por ello, me gusta esta recomendación. Guardemos el miedo para que no nos lo roben… y puedan maniobran con él. Gracias.

  2. A pesar de la incertidumbre, sabemos como evitar el contagio por coronavirus. Y nos quedamos en casa, extremamos la higiene, usamos mascarillas y respetamos la distancia física con otras personas (no la social). Pero peor que el temor a enfermar es el miedo que a veces trasmiten los rumores, las redes sociales, la televisión o la prensa. O, mejor dicho, el miedo que quieren transmitir algunas de estas vías Por ello, me gusta esta recomendación. Guardemos el miedo para que no nos lo roben… y puedan maniobran con él. Gracias.

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