Entender “lo de las residencias”

ume

La Orden SND/322/2020, de 3 de abril, del Ministerio de Sanidad del Gobierno de España, considera a las “personas residentes en centros de servicios sociales de carácter residencial (centros residenciales de personas mayores, personas con discapacidad u otros centros de servicios sociales de análoga naturaleza)” como “uno de los colectivos más vulnerables y que más severamente está siendo castigado en esta crisis sanitaria”.

Diferentes aportaciones han señalado estos días factores relevantes para comprender cómo y por qué parece producirse en estos centros (o entre las atendidas por ellos) un significativamente mayor porcentaje de personas infectadas por el virus y de fallecidas con él (en comparación, se asume, con personas de perfil similar en salud no usuarias de residencias). Así, se habla, frecuentemente, de sus infraestructuras y recursos; de las proporciones (o ratios) entre asistentes y residentes; del modelo de atención y organización; de la disponibilidad de personal con la cualificación necesaria; de la regulación, dirección, control e inspección por parte de las autoridades; de la posibilidad de que las usuarias se trasladen temporalmente a un domicilio particular; del carácter público, privado o solidario de la titularidad de los servicios; o de las formas de coordinación o integración entre estos centros y otros servicios sociales o los del sistema de salud. Sin duda, todas estas cuestiones son relevantes y tenemos y tendremos que identificarlas, analizarlas y valorarlas con el mayor rigor posible.

En todo caso, si revisamos diferentes encuestas realizadas en nuestro entorno por décadas, reiteradamente, el porcentaje de personas que, por ejemplo, pensando en un horizonte de envejecimiento (y posible limitación funcional y de sus relaciones primarias), expresaba la preferencia por continuar su vida en el domicilio particular superaba, normalmente, el 80% y no sería extraño que, después de los acontecimientos de estas semanas, este porcentaje aumentara. Sea como fuere, en nuestro entorno, es, seguramente, muy reducido el número de personas que están en una residencia por preferencia y voluntad propias.

Sin embargo, las condiciones que podrían permitir el cumplimiento de ese deseo tan extendido de vivir, envejecer y, finalmente, morir “en casa” exigen y van a exigir cada vez más, posiblemente, modificaciones importantes en nuestros hábitos de vida, desarrollos tecnológicos, nuevos servicios sociales y de otros tipos, innovaciones urbanísticas y habitacionales, cambios en nuestras relaciones familiares y comunitarias y, en definitiva, una transformación importante de nuestro modelo de vida y modelo de sociedad. Parece que para entender “lo de las residencias” hay que entender algunas cosas más.

La emergencia que estamos viviendo, seguramente, pone de manifiesto la necesidad de optar, políticamente, estratégicamente. No parece posible una mayor inversión simultánea en todos los dispositivos o mecanismos existentes que sentimos tensionados en esta situación (como los sistemas públicos de salud, la investigación científica, la provisión de tecnología sanitaria y fármacos, los servicios sociales, las políticas de conciliación entre la vida familiar y laboral, el empleo de calidad, los mecanismos de gobernanza de la sociedad, las prestaciones de garantía de ingresos, las viviendas adecuadas, las tecnologías digitales, el voluntariado o las redes comunitarias), sin olvidar, lógicamente, otros que ahora tenemos al ralentí (la educación, la cultura, el comercio, la industria, el transporte y más). Normalmente, al parecer, solemos ver como más importante o estratégico el ámbito o el sector al que pertenecemos o que representamos.

No cabe duda de que se han de mejorar las residencias, los sistemas públicos de servicios sociales y los sistemas de bienestar en general. Pero cabe decir que, en cierta medida, las limitaciones en los recursos disponibles, en la capacidad de reacción, en la resiliencia compartida, en la flexibilidad adaptativa, en la diversidad creativa, en la vitalidad sostenible o en la conectividad con el entorno que han experimentado muchas residencias, posiblemente, no son más que un caso extremo y extremadamente notorio de esas mismas limitaciones en nuestro modelo social en general, en nuestra forma de vida.

Quizá las residencias eran un lugar al que no queríamos mirar porque veíamos en él nuestro reflejo.

(Una propuesta de mejora, impulsada por Mayte Sancho y Teresa Martínez, a la que es posible adherirse, puede consultarse aquí. En la fotografía, militares desinfectando una residencia.)


  1. Los centros residenciales, son eso: lugares para residir. Forman parte del sistema de servicios sociales. No son hospitales, aunque dan servicios sanitarios. Una alarma sanitaria ha de atenderla lo sanitario. El resto colaboraremos con ellos en todo lo que podamos, desde nuestros conocimientos, habilidades y recursos, desde nuestra responsabilidad y compromiso.
    Asisto con estupor a la creación de centros de atención, a personas con Covid-19, que buscan directores de perfil social y no los encuentran. Tiene lógica, no son expertos en atender enfermedades infecto contagiosas y, probablemente, se ven superados por un encargo cuyo objeto no dominan. Es importante, la diferencia entre: aficionados, principiantes y expertos. Una crisis de este tipo y sus consecuencias deben atenderlas expertos, la crisis sanitaria primero, y nos está llegando la “ola” de la crisis social esa parte dominamos ¿podremos montar oficinas de atención de “campaña”, tendremos recursos para reforzar plantillas o dar más prestaciones y más rápidas?
    Lamento el tono de desesperación y reproche por la vuelta a un nivel de atención que nadie parece cuestionar. Lo digo con el máximo respeto hoy trabajaré con compañeras de salud para atender conjuntamente a las personas con fragilidad (término sanitario análogo al nuestro de vulnerabilidad).
    Änimo

  2. Por si os ayuda a entenderlo Fernando. Las residencias hace ya muchos años que son lugares a los que van a pasar los últimos años personas mayores dependientes cuando la familia ya no puede atenderles en su domicilio. La media de edad supera los 82 años, más del 60% de las personas que viven allí tiene algún tipo de demencia, muchas de estas personas son enfermas crónicas pluripatológicas, y la vida media de estas personas en los centros esta siendo inferior a los dos años.
    Dicho esto quizás lo que habría que plantearse es que estos centros, al igual que ocurre con todos los servicios de atención a la dependencia, deberían de depender de los departamentos de Sanidad de las Comunidades Autónomas y no de los servicios sociales.
    Yo creo que el debate cuando esto pase esta aquí, no tanto en el modelo de atención, que también, sino en esto.
    ANIMO y mucha suerte¡¡¡¡¡

    • Muchas gracias, Aitor. Muchas gracias por tus muchos años de trabajo a pie de obra, por tu mirada y por ésta y otras de tus aportaciones, muy interesantes y valiosas.

  3. Es de esperar que cuando la tormenta amaine se hable de las residencias de mayores. Pero no solo de un modelo más o menos sanitario o social, también de la dimensión política que hay detrás de él. Hay voces que advierten de que detrás de muchos macrocentros se encuentran firmas económicas potentes, que hacen negocio a costa de la atención a la dependencia y la vejez, sobre todo en la Comunidad de Madrid. ¿Se pondrá sobre la mesa esta cuestión? A mi juicio, está en la base de los problemas diarios que con tanto dolor vemos en estos días tan crueles.

  4. Es de esperar que cuando la tormenta amaine se hable de las residencias de mayores. Pero no solo de un modelo más o menos sanitario o social, también de la dimensión política que hay detrás de él. Hay voces que advierten de que detrás de muchos macrocentros se encuentran firmas económicas potentes, que hacen negocio a costa de la atención a la dependencia y la vejez, sobre todo en la Comunidad de Madrid. ¿Se pondrá sobre la mesa esta cuestión? A mi juicio, está en la base de los problemas diarios que con tanto dolor vemos en estos días tan crueles.

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