Necesidad, limitaciones, potencialidades, riesgos y condiciones de las respuestas comunitarias

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Ante situaciones de disrupción, emergencia o colapso, que alteran de forma importante el curso normal de nuestra vida a menor o mayor escala, lógicamente, buscamos y apreciamos respuestas a nuestras necesidades, especialmente si son urgentes, de maneras nuevas o desde lógicas diferentes a las habituales. Así, sucede, por ejemplo, que ciertos recursos o apoyos que obteníamos pagando dinero o determinados bienes y servicios de carácter público y gratuito, en un momento dado, nos planteemos coproducirlos o compartirlos comunitariamente con lógicas, más bien, de ayuda mutua y reciprocidad microsocial.

Por ejemplo, puede considerarse una decisión razonable y un funcionamiento loable que, en una situación en la que pueda verse limitada la labor de entrega de la compra en casa por parte de los supermercados o la de los servicios públicos de ayuda a domicilio, en los vecindarios nos organicemos para llevar suministros de primera necesidad a hogares y personas con dificultades para hacerlo por sí mismas.

La capacidad comunitaria de respuesta es, sin duda, un “músculo social” valioso y que conviene tener en forma: por lo idóneo que resulta, siempre, para la respuesta a una parte de nuestras necesidades; por las externalidades positivas que conlleva en términos, dicho coloquialmente, de “buen rollo” en la moral individual y clima social; y por las sinergias que puede tener con otros “músculos sociales”, como la protección social pública, el asociacionismo cívico o el comercio de proximidad.

Los servicios sanitarios, educativos o sociales, entre otros, han aprendido hace tiempo (aunque no siempre lleven ese aprendizaje a la práctica) que, salvo excepciones, es preferible la vida comunitaria a, por ejemplo, la atención agrupada de las personas en hospitales, internados o asilos, precisamente, entre otras razones, por la potencia de apoyo que ofrece la diversidad distribuida de agentes, recursos y activos comunitarios que podemos encontrar en la vida diaria del kilómetro cero de nuestros domicilios, vecindarios, barrios y pueblos.

Sin embargo, podríamos decir que tanto la potencialidad como la limitación de las dinámicas comunitarias reside en su carácter especialmente reticular. Si bien un aula escolar o una sala de cine tienen un aforo limitado, una red primaria de apoyo mutuo puede crecer, en principio, indefinidamente. Es cierto, pero también lo es que ese crecimiento (siempre hay sitio para una persona más, para un nodo más) sólo puede hacerse con los ritmos y las reglas propias de la red comunitaria: al fuego, relativamente lento, de la construcción de relaciones cálidas de confianza en los tiempos y espacios de la vida cotidiana.

Por otro lado, las relaciones comunitarias no entregan recursos y apoyos con equidad y en ellas parece cumplirse especialmente ese “efecto Mateo” según el cual “a quien tiene se le dará y a quien no tiene se le quitará”. Normalmente las zonas del tejido social con mayor capital relacional no suelen ser aquellas en las que anida la vulnerabilidad, la precariedad y la exclusión laboral, residencial, económica o social en general.

Además, no se ha de olvidar que las redes familiares y comunitarias, junto a bienes relacionales, también son portadoras y promotoras de males relacionales, como el dominio patriarcal, la violencia de género o la transmisión de patrones comportamentales y culturales contrarios a la evidencia y el conocimiento científico o a la construcción de sociedades abiertas, pluralistas e igualitarias.

Por otra parte, en nuestra sociedad, no son pocos los ámbitos de actividad que están ya reservados para la actividad profesional especializada basada en el conocimiento científico y estrictamente regulada por la autoridad pública. Podemos coproducir y compartir comunitariamente los cuidados de criaturas que venía realizando una familia pero no, normalmente, los cuidados de enfermería que requieren una cualificación y ejercicio reglados.

Hoy en día, posiblemente, las tecnologías digitales se presentan como la gran herramienta para el impulso, escalabilidad y sostenibilidad de las relaciones comunitarias pero, a la vez, quizá, como la principal amenaza para nuestros derechos si esa conectividad social ampliada se utiliza para el control social represivo en lugar de para el empoderamiento participativo y democrático. Nuestra geolocalización y trazabilidad nos facilita el encuentro comunitario pero también nos hace más vulnerables ante poderes económicos o políticos con intereses u objetivos que podemos no compartir.

Posiblemente se trate de avanzar en fórmulas y dinámicas que combinen y ensamblen acertadamente: las respuestas familiares y comunitarias de carácter primario; la autoorganización solidaria del asociacionismo cívico, el voluntariado organizado y los movimientos sociales; las capacidades ampliadas de la inteligencia digital; y la autoridad pública y capacidad técnica de los servicios sociales, educativos, sanitarios y, en general, de las administraciones y poderes públicos que conecten el territorio local con otras escalas en una gobernanza global.

(Precede al texto “Luz de luna”, de Paul Klee, 1919.)


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