El cuidado como bien universalmente necesario y radicalmente humanizador

BID

En una definición sencilla y sin muchos matices, podemos llamar cuidado a la realización para y con otra persona de actividades de la vida diaria necesarias para su supervivencia que dicha persona no puede efectuar sola por y para sí misma. Todas las personas necesitamos ser cuidadas en diferentes épocas y momentos de nuestra vida, lo cual nos habla de la radical interdependencia entre los seres humanos.

La crisis global de cuidados es, sin duda, uno de los fenómenos fundamentales y definitorios de la época que nos ha tocado vivir. Esta crisis podría definirse como la situación en la cual las dinámicas y sistemas de cuidados de los que disponían nuestras sociedades se revelan, cada día más, como radicalmente insuficientes, disfuncionales e injustos. Insuficientes porque la necesidad y demanda de cuidados desborda, con mucho, las capacidades de cuidado efectivamente disponibles. Disfuncionales, porque, frecuentemente, las lógicas y modelos de cuidados existentes desencadenan efectos no deseados en las personas que reciben cuidados, las personas que cuidan y el conjunto de la sociedad. E injustos, porque la carga de los cuidados (de necesitarlos y de proporcionarlos) se reparte de manera inequitativa en términos de género, clase social, origen geográfico u otras características o situaciones de las personas.

Quienes necesitamos cuidados o cuidamos y, en general, las personas preocupadas, política, profesional o socialmente, por los cuidados debemos esforzarnos por lograr que este asunto suba puntos en las agendas políticas, tal como, durante décadas, vienen reclamando movimientos feministas o relacionados con la diversidad funcional, entre otros. Para ello, es fundamental establecer y precisar bien los términos del debate y comprender adecuadamente en qué sentido y con qué alcance puede hablarse del cuidado como un bien público o de otros tipos.

Hablar del cuidado como un bien público supone reconocer que el ejercicio de los cuidados, hoy y aquí, requiere infraestructuras, estructuras, conocimientos, normas y valores que sólo el Estado, que sólo los poderes públicos pueden construir, sostener y legitimar. Supone, seguramente, darnos cuenta de que la construcción de comunidades cuidadoras requiere de una ingeniería social de tal calibre que sólo los poderes públicos, en el mejor de los casos, tienen a su alcance la capacidad de diseñarla, la autoridad para sostenerla y los mecanismos para que funcione.

Sin embargo, las políticas públicas de cuidados no pueden desconocer que los cuidados son, en primera y última instancia, un bien relacional. En la versión del ser humano que conocemos hasta el momento, este ser sólo deviene humano si es cuidado por otros seres humanos que lo aman y esa esencia humana relacional está inscrita para siempre en las personas, tengamos la autonomía funcional que tengamos en cada momento de nuestra vida. Es obvio que, en la dinámica de cuidados, podemos y debemos incorporar tecnologías de apoyo, digitales, organizativas, políticas u otras, pero éstas están ética y políticamente obligadas a configurar cuidados que, además de verdaderamente universales, sean humanizados y humanizadores.

(Reflexiones tras el Diálogo Regional de Políticas organizado en Washington por el Banco Interamericano de Desarrollo los días 12 y 13 de noviembre de 2019.)

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