Tres procesos históricos que hacen insostenible a corto plazo nuestro modelo de servicios sociales

demolición

Nuestros servicios sociales (públicos o financiados con fondos públicos, pues apenas hay servicios privados que se consideren a sí mismos como servicios sociales) están posicionados, básicamente, como encargados de referencia para una atención relativamente integral (o, en su defecto, para la entrega de dinero en el caso) de situaciones complejas de exclusión social o de riesgo de exclusión social. Pero hay tres importantes procesos de cambio social en curso que convierten en inviable, a corto plazo, este posicionamiento.

El primero es la ruptura digital del contrato sociolaboral de la sociedad industrial que garantizaba (o, al menos, prometía), a través del empleo remunerado y de la seguridad social contributiva, cierta satisfacción de necesidades de la clase trabajadora. Pensemos que la agenda en política social del gobierno de Zapatero, hace poco más de diez años, se pudo centrar, al menos por un tiempo, en los servicios sociales de prevención y atención a la dependencia funcional o en el cuidado infantil (con el cheque bebé), mientras que ahora se habla más prioritariamente de cuestiones que en aquellos momentos se creyeron relativamente encarriladas como las pensiones o ingresos mínimos o la vivienda. Síntoma, posiblemente, de que la precariedad laboral, residencial o económica es cada vez menos abordable como un fenómeno coyuntural y excepcional del que puede hacerse cargo una pretendida “última red” de protección social general.

En segundo lugar, nos hallamos en una crisis sistémica de la familia heteropatriarcal y extensa imbricada en comunidades homogéneas como red relacional primaria proveedora de cuidados y acompañamiento, lo que se expresa en la fuerte emergencia de problemas sociales como la crisis de los cuidados (especialmente en las etapas iniciales y finales de la vida), el aislamiento relacional y la soldad no deseada, el maltrato y las violencias de género e intergeneracionales o las tensiones en la convivencia intercultural en el territorio (territorio, por otra parte, amenazado ambientalmente). Estos problemas, que eran abordados por los servicios sociales como situaciones propias de colectivos vulnerables o minorías excluidas adquieren ya una magnitud que puede llegar a afectar a nuestra propia configuración, identidad y dignidad como seres humanos interdependientes.

Por último, en tercer lugar, nos encontramos en una sociedad del conocimiento científico y la especialización tecnológica, en la que, cada vez más, las personas, organizaciones o instituciones son exitosas o se tornan obsoletas en función de su capacidad de innovación, entendida como destrucción creativa. En ese contexto, funciones como la asignación de dinero para la subsistencia y el control de las personas que lo reciben son vistas cada vez menos como correspondientes a profesionales y servicios de intervención social. A la vez, la ciudadanía aprende a distinguir para qué necesidades admite o desea una prescripción facultativa y una autoridad pública y para cuáles prefiere, más bien, ejercer su autonomía moral y capacidad de elección. Hoy por hoy, para muchas necesidades a las que pretenden dar respuesta los servicios sociales, gran parte de la población prefiere dinero en función de criterios fácilmente objetivables para pagar, por ejemplo, por servicio doméstico, alojamiento o determinados productos en lugar de servicios sociales bajo prescripción y seguimiento de profesionales de la intervención social.

Si estos tres procesos de cambio tienen la envergadura y el sentido indicados, los servicios sociales no están llamados a un crecimiento de sus actuales estructuras o a pequeñas reformas sino a una verdadera transformación y reinvención, a partir de apuestas estratégicas. Transformación y reinvención que algunos agentes, seguramente, están realizando, impulsando o intentando y  cuya suerte está, posiblemente, en nuestras manos, en las de aquellas personas que entendemos que nuestros servicios sociales son una herramienta llena de futuro.

(Sobre estas cuestiones hablaremos el miércoles 10 de abril de 2019 en Castellón, con el Colegio Oficial de Educadoras y Educadores Sociales de la Comunidad Valenciana, y el jueves, 11, en el Monestir de les Avellanes, en Lleida, con el Consell Comarcal de la Noguera.)


  1. Fernando, genial!!!!! aunque se me queda cierta sensación de malestar por lo que queda por hacer, por reivindicar
    Ruptura digital del contrato sociolaboral esto hace necesarias las rentas garantizadas que permitan cubrir necesidades básicas. La última red que señalas… ante situaciones de alta complejidad los servicios cuyo objeto es atender esas circunstancias no lo hacen y derivan o directamente desatienden. Surge la cuestión de los “no interesantes”.
    familia heteropatriarcal. En las zonas rurales se ve la crudeza de esta cuestión. Cada vez son más las personas mayores que necesitan apoyo y menos las personas para atenderles. Es una cuestión genelarizada, crear trabajo evitaría, en parte la despoblación rural. Un tema para reflexionar.
    El conocimiento científico, cuando nos vamos a creer en Serv. Soc. que nuestros modelos, metodologías y tecnologías son potentes y solucionan o atenuan problemas, igual que en sanidad o educación. Cuándo pondremos en valor esto y junto a ello la imagen que trasmitimos, cuándo defenderemos la marca servicios sociales y cuidaremos la imagen, ¡ basta de folios que digan Servicio Social !

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