Otra historia del bienestar

expósitos

Como sabemos (ver entrada anterior) Lucio vino al mundo ayudado por las mujeres de su familia, Flortxu lo hizo con la partera comunitaria de Zalla, Fernando nació en una clínica privada y Marta en la sanidad pública, en estos dos últimos casos con asistencia médica y otras sanitarias. Reconstruyamos ahora otra saga familiar de personas que nacieron, más o menos, a la vez que estas cuatro que conocimos ayer y no muy lejos de ellas.

María Bilbao nació a finales del siglo XIX en un “refugio para mujeres marginadas” regentado por la orden de Nuestra Señora de la Caridad y del Buen Pastor en Bilbao. Su madre practicaba la prostitución en el barrio de San Francisco, en esa ciudad. Fue asistida por una monja enfermera bien formada y notablemente experimentada para esa tarea. Después de nacer, esta misma institución religiosa se hizo cargo de sus cuidados, aunque no por muchos años, por diferentes razones. En los años treinta del pasado siglo, María dio a luz a Juan, Juan Bilbao. Lo hizo (previa comprobación de su condición de vizcaína, soltera y carente de recursos) en la Casa de Maternidad, establecimiento municipal, abandonándolo en la aledaña Casa de Expósitos, regentada por la Diputación, que se encargaba de los hijos considerados “ilegítimos” (según el reparto de competencias establecido por la normativa española sobre la Beneficencia). Desde 1924, por cierto, se habían diferenciado, por su especialidad, el médico ginecólogo que atendía a las parturientas, en la Maternidad, y el médico puericultor, que atendía a los “expósitos”. Juan trabajó duro desde muy joven y se casó en los años cincuenta del siglo XX con Elena Ajuria. En los años sesenta del pasado siglo nació Ana Bilbao Ajuria, su única hija, en la Residencia Sanitaria Enrique Sotomayor (denominación que tenía entonces el actual Hospital Universitario de Cruces, dado que, en aquel momento, el término “hospital” se asociaba a la Beneficencia, para personas “indigentes”). Elena y Ana recibieron esa atención médica y, en general, sanitaria gracias a las cotizaciones a la Seguridad Social, pública, de Juan y de la empresa para la que trabajaba. En los años noventa del pasado siglo Ana Bilbao Ajuria tuvo a su primer hijo, Iker, en el Hospital de Cruces, hospital público, universal y gratuito, del Servicio Vasco de Salud, dotado de los recursos humanos y tecnológicos más avanzados.

Son muchas las reflexiones que cabe hacer si comparamos estas dos historias familiares pero la que ahora nos interesa tiene que ver con la relación entre la actual sanidad pública y los actuales sistemas públicos de servicios sociales en España. Por ejemplo, en la actual Osakidetza podemos acceder, de forma universal y gratuita, al Centro de Salud de Santutxu, de atención primaria (cuyo edificio es el de la Casa de Expósitos de la que hemos hablado) o al hospital universitario público en el que se ha convertido la “residencia sanitaria” de la Seguridad Social (en aquel momento con forma de prestación contributiva, no universal) a la que nos hemos referido. Cabe entender que los avances de las ciencias y tecnologías de la salud, junto a otros factores, han contribuido a acotar el ámbito de los servicios sanitarios y a impulsar su universalización, por la percepción generalizada de su valor añadido para la calidad de vida de las personas, entre otras razones.

En nuestros servicios sociales públicos, al igual que en nuestros sistemas de salud, también encontramos trazas de aquella Beneficencia pública que asistió en el parto a María Bilbao (por cierto, con una atención sanitaria más cualificada profesionalmente y de mayor base científica que la que recibió Flortxu de su partera comunitaria en la misma época). Más aún, los servicios sociales pueden ser vistos como el resto que queda cuando, de la Beneficencia, salen (por desarrollo técnico y universalización política) los servicios sanitarios, los educativos u otros. Ciertamente, nuestros actuales sistemas públicos de servicios sociales no sólo heredan estructuras de la Beneficencia (transformada en su momento en Asistencia Social) sino también servicios sociales de la Seguridad Social. Sin embargo, en buena medida, siguen realizando una labor de comprobación administrativa de situaciones de exclusión que dan acceso a prestaciones que no podemos considerar universales y que no son consideradas como valiosas por y para el conjunto de la población (como hizo la Casa de Maternidad con María Bilbao).

Seguramente, y aquí se acaba esta reflexión, la acotación del ámbito (objeto y perímetro) de los servicios sociales (y de otros) y el avance del conocimiento en las ciencias y tecnologías de la intervención social son dos factores que se potencian mutuamente y, a la vez, son condición necesaria, aunque no suficiente, para la universalización de los servicios sociales. A la vez, esta acotación y universalización de los servicios sociales nos obliga a idear, experimentar y desarrollar nuevas formas, basadas en la evidencia científica y el enfoque de derechos, para la atención comunitaria e integrada de las situaciones de complejidad y para la sinergia entre los distintos tipos de agentes (comunidad, Estado, tercer sector y mercado).

(Segunda parte de la narración utilizada en Vic (Osona) el 20 de marzo de 2019. La imagen corresponde al jardín de la Casa de Expósitos de Bilbao de la que se habla en la entrada.)

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