Una historia del bienestar

bebé

Mi abuelo, Lucio Azcoaga, nació en Sestao a finales del siglo XIX. Nació en su casa. Mi bisabuela, a la que nunca conocí, fue ayudada por su familia en el momento de dar a luz. La atención al parto, en ese caso, fue un bien relacional. Los conocimientos, capacidades o actitudes que se manifestaron en el momento del feliz alumbramiento de Lucio y que contribuyeron a que naciera bien se habían coproducido, en buena medida, mediante relaciones familiares extensas. Las personas que andaban por allí habían visto muchos partos de seres humanos y otros animales. Una sororidad de cuidados formada por mujeres emparentadas con mi bisabuela (su madre, sus hermanas, su tías, sus primas) se confabularon en torno a ella y hermanaron sus saberes, afectos y habilidades antes, durante y después de ese momento especial.

Flortxu Azcoaga, mi madre, nació en Zalla en los años treinta del siglo pasado. Mi abuela fue atendida en el parto por Carolina Renobales, partera del pueblo. Cuando Carolina cumplió cien años, casi ya en este siglo, recibió el homenaje, reconocimiento y cariño de cientos de personas que, en Zalla, habían sido recibidas por ella en su llegada a este mundo. Carolina, sin duda, era toda una institución en Zalla: un bien común. De forma voluntaria y gratuita acudía a las casas cuando una mujer de la localidad se ponía de parto. Obviamente era frecuente que recibiera expresiones de agradecimiento en forma de productos de la huerta o huevos de las gallinas de la casa. La propia comunidad, al conferirle y reconocerle su papel la fue convirtiendo en la gran comadrona experta que fue.

Yo me llamo Fernando Fantova Azcoaga. Nací en Bilbao en los años sesenta del pasado siglo. Vine a esta tierra en una clínica privada: en la clínica del doctor Aranguren, médico titulado que, personalmente, me estaba esperando y ayudando a nacer. Mi familia no tuvo que costear directamente el precio por esa atención sanitaria porque el Banco Hispano Americano, en el que mi padre trabajaba, tenía previsto hacerse cargo, como hizo, de tal pago. Si mi padre hubiera trabajado como autónomo en una tienda de ultramarinos habría adquirido con su propio dinero ese bien privado que, en este caso, fue la atención a mi nacimiento. De cualquier modo, fue el empleo remunerado (en dinero o en especie) el que posibilitó a mis progenitoras acceder al mercado de servicios sanitarios para obtener la asistencia necesaria para el nacimiento de su primogénito.

Marta, mi segunda hija, nació, como Sara, la primera, en el Hospital de Cruces, hospital público perteneciente a Osakidetza, Servicio Vasco de Salud. Una médica, especialista en ginecología vía MIR (médica interna residente) y una enfermera matrona, entre otro personal sanitario, ayudaron a Ana, mi pareja, a dar a luz. La niña “hizo” (según esa expresión tan del gusto del estamento médico) un neumotórax y fue ingresada nada más nacer en la zona de cuidados intensivos de neonatología, con tecnología avanzada y protocolos de atención profesional basados en la evidencia, de donde salió en pocos días en perfecto estado. Este valioso conjunto de procesos de atención fue disfrutado por nuestra familia como un bien público, gratuito, al que teníamos derecho ciudadano universal.

Antes o después, me gustaría tener nietos y nietas, pero la verdad es que no soy capaz de anticipar en qué régimen institucional y con la ayuda de qué tipo de saberes podrán venir al mundo. No sé el papel que, en sus cuidados, tendrán el Estado, la comunidad, el tercer sector o el mercado; ni cuánto se beneficiarán del saber experto, de la sabiduría moral, de la tecnología o del conocimiento científico. Continuará.

(Narración, basada en hechos reales, utilizada ayer en Vic (Osona) en una sesión de trabajo con personal sanitario y de los servicios sociales.)

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