Malentendidos sobre la dependencia

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No cabe duda de que la dependencia funcional, entendida como situación personal de importante necesidad de ayuda externa para la realización de determinadas actividades, es un fenómeno muy relevante tanto en la existencia individual como para la vida social. Esta situación es compartida por todos los seres humanos en los primeros años de vida, a algunos los acompaña para siempre y el resto puede verse inmerso en ella en unos u otros momentos o períodos de su trayectoria vital. Sin embargo, el abordaje de las situaciones de dependencia desde las políticas públicas y las dinámicas sociales en nuestro país se ve distorsionado, posiblemente, por una serie de malentendidos que podemos observar analizando la legislación, las estrategias y el discurso al respecto.

Así, en primer lugar, cabe señalar que, frecuentemente, se presenta la dependencia como una situación estática en la que se está o no se está (que, se diría, existe cuando se reconoce administrativamente). Sin embargo, sabemos que la dependencia funcional es un fenómeno dinámico y cambiante, complejo y diverso. La dependencia admite muchas intensidades o gravedades y puede aparecer súbitamente o progresar lentamente. Por otra parte, son muy diferentes las situaciones de dependencia en función de los órganos o funciones involucradas y de las interrelaciones entre las funciones y actividades afectadas. Por ello, la respuesta que demos a una situación de dependencia debe ser necesariamente flexible y fácilmente adaptable y modificable (obviamente, sin requerir necesariamente trámites administrativos).

En segundo lugar, pareciera que la dependencia es algo que tiene el individuo, que le sucede al individuo; un fenómeno que podemos valorar evaluando a la persona aislada de su entorno. Sin embargo, los marcos de referencia y la evidencia acumulada acerca de estas situaciones humanas las identifican como eminentemente interactivas: la dependencia (la misma palabra lo dice) es una relación entre una persona y unos entornos (físicos, relacionales o de otra índole) y tan necesario es actuar con las personas como con sus entornos, que son enormemente relevantes para el desencadenamiento y evolución de las situaciones de dependencia funcional de las personas.

En tercer lugar, se diría que el pensamiento predominante sobre la dependencia en nuestro país se orienta mucho más a la actuación cuando la dependencia se ha presentado que a su evitación o prevención. Dicho de manera más descarnada, tenemos más bien dispositivos para cuando la situación se  ha agravado y complicado mucho. Ante esto debemos insistir en que la dependencia funcional es prevenible y que es mucho y muy valioso y rentable lo que se puede o se podría hacer en términos de prevención primaria (para que no llegue a presentarse el riesgo de dependencia), secundaria (para que el riesgo o vulnerabilidad no lleve a la situación de dependencia) o terciaria (cuando aparecen los primeros signos de fragilidad o limitación).

En cuarto lugar diremos que la dependencia se visualiza mayoritariamente como un fenómeno irreversible. Sin embargo, el pensamiento correcto es el contrario. Las situaciones de dependencia funcional son, en mayor o menor medida, abordables, transformables, compensables o reversibles mediante la provisión de diferentes tipos de cuidados, productos, apoyos o intervenciones. Y es la no actuación o la actuación insuficiente o equivocada la que, frecuentemente, contribuye de manera determinante a la consolidación y agravamiento de la dependencia de muchas personas y al desempoderamiento y desorientación de éstas.

Y el último error o sesgo que cabe identificar es el de considerar a la dependencia como un asunto que concierne a una rama, sector o sistema de actividad, como puede ser el de la garantía de ingresos para la subsistencia o el de los servicios sociales o, peor aún, entender que la dependencia es o debe ser cosa de un sistema o ámbito (vertical o sectorial) específico de “atención a la dependencia”. Por el contrario, es bastante evidente que la dependencia es y debe ser vista y tratada como un asunto transversal que interesa a los servicios sociales, a los sanitarios, a las políticas de vivienda, al ámbito del empleo, a la garantía de ingresos para la subsistencia y así sucesivamente. La prevención y atención de las situaciones de dependencia necesita apoyarse en todos los pilares sectoriales y llama a la integración intersectorial entre todos ellos, en aras de un abordaje centrado en las personas.

Evidentemente el reto de la dependencia en nuestro país requiere compromiso político y presupuestario para el desarrollo y la mejora de una batería de estrategias e intervenciones y reclama también compromiso comunitario y solidario para la construcción de una comunidad sostenible, entre otras cosas. Pero todo ese esfuerzo tiene los pies de barro si no lo apoyamos en una comprensión adecuada del fenómeno, basada en el conocimiento, que supere estos lugares comunes, mantras, sesgos y malentendidos tan frecuentes.

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