La interacción como objeto de la intervención social y de los servicios sociales

Interacción

Cuando se propone la interacción como objeto de los servicios sociales, no se está haciendo referencia, exactamente, a ninguna conceptualización preexistente de ese término, sino que se está proponiendo, en cierta medida, una nueva acepción o una versión precisa de la palabra “interacción”, para plantearla como denominación breve de la situación o necesidad de la que, según se dice, se ocupan o debieran ocuparse (en la que desencadenan cambios, a la que afectan, en la que obtienen efectos) la intervención social y los servicios sociales. Solemos decir que la interacción tiene dos facetas o dimensiones inseparables: la de la autonomía funcional y la de la integración relacional. Veamos.

La Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), de la OMS, aprobada en 2001, se refiere a estados de salud (o relacionados con la salud) de las personas y para ello se fija en las diferentes estructuras corporales, que son las partes anatómicas del cuerpo humano, y funciones corporales (que incluyen las que denomina funciones psicológicas, que podemos denominar también mentales o cognitivas), que permitirán realizar unas determinadas actividades mediante las cuales las personas tendrán una participación social (teniendo en cuenta, lógicamente, los factores contextuales). Así, por ejemplo, las funciones visuales estarán relacionadas con el ojo y estructuras conexas y permitirán, por ejemplo, la actividad de mirar y la participación de la persona, por ejemplo, en un baile. Dentro de este marco conceptual se entiende que las capacidades de las personas (definidas por la CIF como aptitudes de un individuo para realizar una tarea o acción) dependen, en buena medida, del estado de sus estructuras y funciones corporales, pero también de los procesos de aprendizaje social.

La autonomía funcional es, por tanto, la capacidad relativa de funcionar sin depender, sabiendo que siempre existe algún grado de dependencia o interdependencia. Nótese que, si bien el concepto de autonomía, originariamente, remitía más bien a la capacidad de darse normas (autonomía moral), su uso se ha ido extendiendo también a otras capacidades más operativas, es decir, a la capacidad de ejecutar las decisiones (se llega a hablar incluso de la autonomía de un coche, para referirnos a su capacidad de funcionar sin repostar). La autonomía funcional se refiere a las capacidades del cuerpo (que en el lenguaje de la CIF incluyen, por ejemplo, las cognitivas, y emocionales, para el autogobierno), pero no a otras dimensiones de la autonomía como, por ejemplo, la autonomía económica.

Lógicamente, la autonomía funcional de las personas es relevante en varios ámbitos de su vida. Por ejemplo, en el ámbito laboral es relevante la capacidad funcional que se configura como cualificación profesional. Así, podríamos referirnos al repertorio de capacidades o competencias que posee una ebanista, un flautista o una taxista. Pues bien, la parcela o dimensión de la autonomía funcional que, según proponemos, nos interesa como objeto de la intervención social y los servicios sociales es la que tiene que ver con las denominadas Actividades de la Vida Diaria (sobre las que no cabe extenderse aquí). Entendiendo que, a la hora de decir si una persona es capaz de realizar las AVD (incluyendo, obviamente, el autocuidado), aparte de la capacidad para su pura ejecución física, se toma en cuenta la capacidad cognitiva de tomar adecuadamente las iniciativas y decisiones (a corto, medio o largo plazo) correspondientes o el ejercicio de la vigilancia o supervisión del propio cuerpo y del entorno que permite tomar dichas iniciativas o decisiones. La autodeterminación se ve, así, como una parte o dimensión de la autonomía funcional.

Posiblemente, disciplinas como la medicina o la pedagogía nos ayudan, a través de las estructuras corporales y las capacidades funcionales, a mirar las cosas del lado de la autonomía funcional y disciplinas como la psicología comunitaria o la microsociología nos colocan, más bien, del lado de la integración relacional, con conceptos como apoyos naturales o apoyo social. Así, volviendo al ejemplo del ámbito laboral, para que nuestra ebanista, nuestro flautista o nuestra taxista lo sean, no basta con que tengan las capacidades funcionales correspondientes, sino que su entorno laboral debe incorporarlos en empleos, es decir, se debe dar un ajuste entre capacidad profesional e integración laboral. Pues bien, en el objeto que proponemos para la intervención social y los servicios sociales, la otra cara de la moneda de la autonomía funcional para las actividades de la vida diaria es la integración (la convivencia, la inclusión, la relación) familiar y, en general, comunitaria (dicho de otra manera, la socialización primaria). Se asume, por tanto, que hay un marco de vida cotidiana en el que se busca un ajuste entre esas dos caras de la moneda y que para un adecuado estado de interacción, lo relevante es el ajuste. Así, por ejemplo, todas las criaturas recién nacidas disponen de una limitada autonomía funcional para las actividades de la vida diaria, pero pueden estar en un perfecto estado de interacción si disponen de una adecuada red familiar y comunitaria. Del mismo modo, podremos decir que una persona sin familia ni amistades que llega a vivir a un nuevo lugar, si es capaz de desenvolverse cotidianamente, no tiene especiales necesidades de apoyo en lo tocante a su interacción.

Con las contribuciones de estas y otras áreas de conocimiento es posible identificar la interacción humana como un bien para cualquier persona, un bien que es diferente de (y sinérgico con) la salud, el conocimiento, la subsistencia, el alojamiento o el empleo,  por ejemplo, objetos de otros sectores de actividad. Un bien del que disfrutamos en la medida en que disponemos de esas dos caras de la moneda de las que hemos hablado: de la autonomía funcional en la convivencia comunitaria, que al ser autonomía es interdependencia; y de la integración relacional en las redes primarias, que, al ser integración, es activa por todas las partes participantes.

(Adaptado de un libro colectivo de próxima publicación.)


  1. Gracias, Fernando, un buen resumen de lo que debería ser nuestro objeto, técnicamente inapelable y que suscribo totalmente. En todo caso me sigue generando dudas el término “interacción”, no en cuanto al contenido, pero sí en cuanto a su utilización como marca de contexto para el sistema. Creo que sería dificil presentarnos a la ciudadanía con un concepto tan técnico y, como dices, tan “en construcción”. Sigo preferiendo el término “convivencia”, que para mí incluiría esa conceptualización que propones sobre la interacción y que puede ser más comprensible por sectores no profesionales. Saludos.

    • Muchas gracias, Pedro. Estoy totalmente de acuerdo contigo en que el término “interacción”, que puede sernos de utilidad en la búsqueda o construcción de nuestro objeto en la comunidad de conocimiento, no sirve apenas para presentarnos ante la ciudadanía. Un abrazo.

      • Si asumimos que el término “interacción” no nos sirve para presentarnos ante la ciudadanía, tendremos que buscar otro :) Tenemos que encontrar una respuesta sencilla a la pregunta: “¿De qué os ocupáis los servicios sociales?”. ¿Qué tal si respondemos?: “De las relaciones de las personas, entre ellas y con su entorno. De que sean lo mejor posible”.
        Es sólo una idea, para seguir hablando ;)

  2. Parece que coincidimos en el término interacción puede no ser muy cercano para la ciudadanía. Si embargo, si es muy acertado para los tiempos que corren de ultraconexión. Tomando “la interacción humana como un bien para cualquier persona” como el eje de tu reflexión creo que es nuclear enfatizar que para las nuevas generaciones esa interacción se desarrolla mayoritariamente, o en un alto porcentaje, en la red. Con lo que, también, el concepto de comunidad supera los límites físicos.
    Quizás la intervención social debe tener en cuenta esta realidad, y hablar de intervención social digital y global.

    Un abrazo grande, amigo.

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