Caminos difíciles para nuestros servicios sociales

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Nuestros servicios sociales, tanto en la red de gestión pública directa que se extiende por el territorio como en el mundo de la iniciativa social y la economía solidaria que ha ido surgiendo desde diferentes experiencias compartidas de vulnerabilidad, viven momentos de tensión, saturación y preocupación, como tantos otros agentes o sectores de nuestra sociedad. Viejas y nuevas fragilidades y riesgos sociales, económicos y políticos golpean las puertas nuestras organizaciones cada vez con más fuerza.

Para una parte de nuestro sector, la zona de confort cognitivo y estratégico es la de pensar que se trata de un problema de recursos económicos y que, si los logramos (o, cuando los logremos), nuestros servicios sociales, públicos o concertados, seguirán la senda de universalización, fortalecimiento y reconocimiento que en su día pudieron transitar otros ámbitos de actividad como, por ejemplo, el educativo o el sanitario. Como la famosa rana que se va adormeciendo en el agua cuya temperatura va subiendo, no pocos líderes de próxima jubilación tienen importantes incentivos para, contra toda evidencia, seguir alentando esta visión.

Sin embargo, en el horizonte económico, laboral, demográfico, social y político hay suficientes síntomas para para afirmar que es altamente improbable que los recursos para la eclosión que no hemos logrado en los últimos diez años los vayamos a lograr en los próximos. Cuando, además, tampoco podemos demostrar que los incrementos de recursos que se han dado en determinados momentos y lugares hayan tenido un impacto significativo en términos de eficiencia organizacional, calidad personalizada, universalización de la atención o aprecio por parte de la ciudadanía.

Los malestares sociales que, a nuestro alrededor, están llevando a sectores de la población o agentes políticos a reclamar un aumento de las pensiones, una verdadera política social de vivienda, una profunda reforma de la administración de justicia, una renta básica de ciudadanía, un salto cualitativo de la inversión infancia o una respuesta eficaz a la violencia de género, por poner algunos ejemplos, no están llevando, en ningún caso prácticamente, a una reivindicación de los servicios sociales. Y, lamentablemente, los agentes implicados en los servicios sociales no estamos siendo capaces de tejer ninguna alianza significativa ni dentro ni fuera de nuestro sector.

El discurso de la mejora técnica y tecnológica en los procesos de diagnóstico, intervención y evaluación en los servicios sociales; el discurso del fortalecimiento y accesibilidad de la red pública de servicios sociales de proximidad; el discurso del aporte de las organizaciones solidarias al dinamismo, alcance e innovación del sistema público de servicios sociales; el discurso de la atención integrada comunitaria intersectorial; y otros discursos acertados y necesarios sólo pueden tener alguna probabilidad de éxito y repercusión práctica si se confrontan, se pulen y se integran entre sí. No es nada fácil y cada vez queda menos tiempo. Pero lo seguiremos intentando.

(A partir de la jornada por el aniversario de la ley vasca de servicios sociales del pasado lunes y de la sesión de ayer en dincat.)


  1. Hay cuestiones internas de mejora pendientes, seguro. Però quizás como sector no hemos sido capaces de difundir a la población qué somos, qué podemos ofrecer para mejorar sus vidas. Hemos alimentado nuestra intervención con personas excluidas y no con personas que necesitamos y tenemos derecho a soporte emocional y orientación en momentos de dificultad vital para conseguir autonomía y una vida digna desde que nacemos hasta que morimos. Y explicar las consecuencias en términos de fracaso escolar, problemas de salud, pérdida de talento, soledad, mujeres que quedan atrapadas en las curas, etc… que imposibilitan que una sociedad avance.
    Recuperemos nuestra función de agentes de cambio haciendo politica y no asumamos la gestión de recursos pal.liativos sosteniendo una sociedad injusta.

  2. Perdimos la misión de “agente de cambio”. Nos acomodamos a gestionar recursos y certificar la pobreza. Fué el papel que nos otorgaron hasta desde los partidos de izquierda que gobiernan en municipios o comunidades. Estigmatizamos las personas y estigmatizamos los servicios sociales. A quienes mostraron disconformidad se les relegó y aisló.
    No supimos explicar a la población que ofrecemos el soporte que necesitan cuando se encuentran en situaciones vitales complejas: nacimientos, adolescencias, crianzas, envejecimiento, duelos, crisis familiares, etc.. No somos necesarios porque no saben ni que existimos.

  3. Casi de repente muchas/os profesionales de los servicios sociales nos hemos despertado de una ensoñación qué nos permitió creer qué, como muy bien dice Marina, podríamos ser una parte del cambio social. En todo caso no descarto qué estemos, colectivamente, en una metaensoñacion producto de una compleja, difícil y hasta perversa situación social (politica y economica) por lo qué es aconsejable seguir trabajando, investigando, tejiendo redes; tal vez así el despertar, si se produce, nos pille “arreglaos”.

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