Crisis de cuidados y sostenibilidad relacional

Bosch

Del mismo modo que la sostenibilidad ambiental depende de que las actividades humanas promuevan (en lugar de destruir) la biodiversidad (entendida como la variedad de seres vivos en sus interacciones naturales), la sostenibilidad relacional se basa en que los seres humanos cuidemos (y no socavemos) la necesaria diversidad humana (sexual, generacional, funcional y cultural) y las relaciones primarias existentes entre las diversas personas.

Cabe denominar sostenibilidad relacional a la capacidad que alcanzamos las personas y las comunidades de vivir y sobrevivir gracias a nuestras relaciones primarias, es decir, las gratuitas y recíprocas que mantenemos en nuestras redes y entornos familiares, amistosos, convivenciales, vecinales o digitales. Relaciones primarias entre personas necesariamente diversas que se complementan y construyen mutuamente. Sabiendo, obviamente, que ninguna vida individual o social es sostenible si no existen, también, otros tipos de transacciones interpersonales, como las que se realizan en las esferas del Estado, el mercado o el tercer sector.

Sin embargo, uno de los fenómenos que más caracteriza la época histórica que estamos viviendo es la crisis de cuidados, provocada, entre otros factores, por un notable incremento de la diversidad generacional y funcional que se deriva del aumento de la esperanza de vida con discapacidades, que coincide con procesos de relativo y disfuncional cuestionamiento y superación de ciertas estructuras y valores patriarcales, basados en el supuesto de que las mujeres renunciaran en buena medida a su participación en la esfera del mercado, la sociedad civil organizada o el Estado para dedicarse, fundamentalmente, a relaciones primarias, especialmente de cuidado. Relativo porque siguen siendo mujeres, con diferencia, quienes más cuidado primario asumen y disfuncional porque seguimos lejos de encontrar un ajuste satisfactorio entre cuidado primario y profesional.

La crisis de cuidados, desde luego, obliga al reconocimiento, garantía y fortalecimiento de un nuevo derecho social, el derecho a los servicios sociales, al mismo nivel que los otros derechos sociales (como sanidad, educación, empleo, vivienda e ingresos para la subsistencia). Sin embargo, el cuestionamiento que nos provoca y las obligaciones que la crisis de cuidados nos genera van más allá, porque la vida humana necesita cierta sostenibilidad relacional, es decir, cierta capacidad de cuidarnos y apoyarnos gratuita y recíprocamente en relaciones primarias. Dicho de otro modo, los cuidados y apoyos profesionales que aportan los servicios sociales, por desarrollados que estén, pueden complementar los cuidados primarios, pero no parece que puedan, cabalmente, sustituirlos.

Sin embargo, posiblemente, nuestros servicios sociales y nuestro sistema de protección social están contribuyendo inadvertidamente a destruir importantes reservas de capital relacional. Lo hacen, por ejemplo, al contribuir a fragmentar una sociedad, la vasca, en la que la pobreza de las personas menores de 15 años es cinco veces mayor que la de las mayores de 65. O cuando una cobertura de servicios sociales domiciliarios (1,4% para mayores) que es menos de la mitad que la (ya baja) media española hace más probable que seamos extraídas de la diversidad comunitaria para ser alojadas en colectivos generacional y funcionalmente homogéneos.

(Sobre estas cuestiones estamos trabajando en un documento para Eusko Ikaskuntza y sobre ellas se hablará el lunes, 8 de enero, a partir de las 17:00 horas en una conferencia en la Casa de Cultura Ignacio Aldecoa de Vitoria-Gasteiz titulada “Servicios sociales: inversión de futuro”. En la imagen un tuit reciente de Joaquim Bosch.)

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