Pobreza y exclusión en sociedades complejas

Blake

Usando un trazo grueso, podría decirse que nuestros servicios sociales consisten, en buena medida, en oficinas municipales que dan ayudas económicas a personas o familias pobres y centros del tercer sector que atienden a miembros de diferentes colectivos en riesgo o situación de exclusión social. Somos más que eso y queremos ser, cada vez más, algo diferente de eso; pero el imaginario social y político no está muy lejano del que acabamos de pintar con la brocha gorda y hemos de reconocer que algo de verdad contiene.

Sin embargo, con independencia de las valoraciones éticas o técnicas que cupiera hacer en sus orígenes acerca de ese encargo de la pobreza y la exclusión a los servicios sociales, parece bastante evidente que la complejidad que actualmente presentan nuestras sociedades convierte esa encomienda en una verdadera misión imposible. Y ello es así por el carácter crecientemente estructural, diversificado y reflexivo que presentan en estas sociedades las situaciones y trayectorias de pobreza económica y exclusión social.

Para bien o para mal (no es esa ahora la cuestión) ya no vivimos en aquella sociedad en la que la promesa universalizable de la capacidad inclusiva del empleo, de las familias y comunidades homogéneas y del aseguramiento público ante contingencias previsibles y tasables era creíble para amplias mayorías sociales. Hoy y aquí, ya sabemos que esos tres grandes vectores de bienestar material e inclusión social dejan estructuralmente fuera de su manto protector a importantes segmentos de población.

Por otra parte, la fragmentación sistémica de nuestras sociedades compone trayectorias de empobrecimiento y exclusión crecientemente diversificadas e impredecibles en sus factores de cambio. No es igual la familia desahuciada por no poder hacer frente a una hipoteca contratada hace cinco años que la que nunca alcanzó un mínimo estándar de estabilidad y calidad residencial. No corre la misma suerte la persona de setenta años con importantes limitaciones cognitivas que había sido diagnosticada de “deficiencia mental” a los diez años o la que lo ha sido de “demencia senil” a los sesenta.

Por último, los propios discursos y dispositivos que el Estado o, en general, la sociedad ha generado para dar respuesta a los riesgos y situaciones de pobreza y exclusión o para generar bienestar e inclusión, siendo más o menos eficaces, alteran, muchas veces de manera imprevista e indeseada, el pensamiento, los valores y los comportamientos de los diferentes actores sociales, incluidas las personas en riesgo o situación de pobreza y exclusión: actores reflexivos, compitiendo en viejas y nuevas arenas, por recursos limitados.

Ciertamente, en este contexto, no resulta sencillo saber cómo responder al reto de la pobreza y la exclusión. Lo que sí resulta fácil es adivinar que no se trata de un asunto del que, de forma exclusiva o especial, se puedan encargar los servicios sociales.

(La fotografía corresponde a la película “I, Daniel Blake”. Sobre este asunto se tratará en un próximo encuentro organizado por la Diputación Foral de Bizkaia.)


  1. Efectivamente.
    Lo relaciono con la cuestión de la valoración integral con 5,. 8, 9 o más dimensiones, donde parece que debemos dar respuesta a todas ellas.
    Como señalas, la pobreza estructural supera nuestro encargo que más bien se limita al “reparto de ayudas”.
    Sería mucho más interesante enfocar la intervención a trabajar acuerdos tratando de provocar el cambio primero remediativo y a partir de hay incluir otras propuestas a más largo plazo.
    El actual diseño del sistema no facilita esto, más bien casi obliga a comportarnos como un nivel de atención qué trata de solucionar a duras penas lo que se descuelga del resto de los sistemas.
    Sin embargo, hay que intentarlo. La suma de pequeños cambios va marcando diferencia.

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