Una teoría del cambio para nuestros servicios sociales

Cambio 2

Cuando los diferentes agentes interesados en desencadenar transformaciones estratégicas en un determinado ámbito de la vida social expresan sus propuestas o toman decisiones, de forma más o menos elaborada, consciente, compartida o explícita, dan pistas acerca de su “teoría del cambio” (Carol Weiss), es decir, de la manera en que construyen cognitivamente las relaciones causa-efecto entre los factores o aspectos que está en su mano modificar o alterar mediante sus actuaciones y las posibles o previsibles cadenas de efectos de dichas actuaciones, en un marco dado de supuestos y restricciones.

En el sector de los servicios sociales en España, hace diez años, posiblemente, muchos agentes entendimos que la garantía legal del derecho subjetivo (exigible y justiciable), asociada a catálogos y carteras de prestaciones y servicios de responsabilidad pública y a un incremento sostenido de la inversión social en estas actividades y estructuras conduciría (en una década, más o menos) a nuestros servicios sociales a un grado de universalización efectiva y a un tipo de posicionamiento ante la ciudadanía similar al que tenían en ese momento la sanidad, la educación o las pensiones (y por eso hablábamos del cuarto pilar).

Posiblemente no son pocos los agentes que, en este minuto, mantienen básicamente intacta esa teoría del cambio, entendiendo que ha sido la pinza entre el agravamiento de las necesidades y las limitaciones presupuestarias derivadas de la crisis económica vivida en la última década (o, en todo caso, establecidas políticamente) la que ha impedido o retrasado la prevista eclosión de nuestros servicios sociales.

Una visión alternativa a esta, sin embargo, sostendría que inyectar recursos y garantizar prestaciones sin imprimir un giro estratégico a los servicios sociales realmente existentes podría más bien, en una suerte de más de lo mismo, estar acentuando (o hacerlo en el futuro) las ineficiencias y disfunciones del sistema y, paradójicamente, alejarlo de las deseadas metas de impacto, universalidad y reconocimiento.

Desde este punto de vista, el factor clave de éxito podría tener que ver, más bien, con la capacidad de las nuevas regulaciones jurídicas y las nuevas líneas de inversión social para desarrollar (e ir incrementando la escala de) una nueva generación y un nuevo ecosistema de productos, cuidados, aplicaciones, apoyos y plataformas (fundamentalmente virtuales, domiciliarias y de medio abierto), basadas en el conocimiento, al servicio del desenvolvimiento autónomo y autodeterminado de todas las personas en su vida diaria y cotidiana, en el seno de relaciones familiares y comunitarias diversas y deseadas.

En esta teoría de cambio alternativa, el elemento más posibilitador del cambio deseado sería más bien la innovación en unos procesos operativos de intervención social de creciente valor añadido, unida, seguramente, al ensayo y despliegue de modelos de gestión capaces de crear más valor público articulando a diversos agentes y de procesos de gobernanza integrada intersectorial de ámbito territorial adecuado que hagan posibles los itinerarios vitales de todas las personas.

(Sobre estas cuestiones hablaremos en Santander, los días 6 y 7 de noviembre, con profesionales de la atención primaria de servicios sociales; en Toledo, el 9 de noviembre, en las jornadas organizadas por el Gobierno y la Federación de Municipios y Provincias de Castilla la Mancha; y los días 14 y 15 de noviembre, en Oviedo, con directivas de la Consejería responsable en materia de servicios sociales. Como complemento, puede descargarse aquí una guía breve para la elaboración de planes estratégicos locales de servicios sociales.)


  1. Las transformaciones estratégicas exigen un contexto previo de tránsito, por la historia del día a día, seguido de otro de transferencia de conocimientos y experiencias. Un razonamiento de los porqués se producen determinadas situaciones y, como señalas, porqué y qué hay que abordar desde los servicios sociales. Si unimos esto con los objetivos deseados, tenemos un sentido de dirección íntimamente relacionado con cuestiones estratégicas. El tránsito lo tenemos en abundancia, es el trabajo diario, conocemos las situaciones y las necesidades. La transferencia es limitada, aunque hay numerosas voces que reflexionan y comparten, cada vez más. La transformación, exige algo más y hay los de a pie, únicamente podemos tratar de influir para que se produzca precisamente con trabajo, reflexión y propuestas.
    Más centrado en la intervención directa, el derecho subjetivo se ha convertido en una especie de dispensario acorde con el paternalista binomio demanda-recurso, olvidando en la mayoría de los casos, la valoración de la necesidad y la propuesta de trabajo para el cambio. En este contexto el giro general ha sido más bien hacia la caridad asistencialista, con todos mis respetos, no se si en los servicios hay otra posibilidad de respuesta. Ante la demanda hemos plegado, en general vencidos por la “comodidad” de la tramitación rutinaria. Probablemente con planteamientos más ambiciosos que no han tenido el desempeño necesario.
    Las nuevas aplicaciones, en mi opinión, pasan por valoraciones rigurosas de las necesidades comunitarias, grupales e individuales, planes de intervención derivados de ellas y son posibilidad de ser valorados para ver que ha funcionado realmente y que no. Desde aquí podemos ir creando una cultura que lleve el planeamiento de la gestión eficaz a la confirmación de lo realmente eficaz. Todo esto hay que ir haciendo sin dejar de atender la actual demanda, una tarea que va a implicar un gran esfuerzo con un gran compromiso con nuestro sector.
    Parece que la intervención individual trata de pasar de moda. Sin embargo, atendiendo los casos podemos detectar patrones de conductas o de necesidades que permitan intervenciones en grupo o comunitarias.
    Comparto plenamente que nuestro objetivo debe ser conseguir el máximo grado de autonomía de las personas que atendemos.
    Como siempre un placer leerte.

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