Ascensoristas en el edificio del Estado de bienestar

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Érase una vez el edificio del Estado de bienestar. En su planta baja, los servicios sanitarios solían ayudar a las personas en el momento de nacer y de morir, y en muchos otros de su vida. La planta primera estaba ocupada por las políticas de vivienda, que tenían la encomienda de responder a las necesidades de alojamiento de la gente. El sistema educativo ocupaba la planta segunda y, en la tercera, los servicios de empleo ofrecían orientación o intermediación a quienes necesitaban mejorar su posición en el mercado de trabajo. La planta cuarta correspondía a los sistemas de garantía de ingresos, que proporcionaban pensiones u otras prestaciones económicas para adquirir alimentos, vestido u otros bienes necesarios para la subsistencia.

El edificio tenía, desde luego, plantas subterráneas en las que encontrábamos profesionales encargadas de la construcción de carreteras, la distribución de energía o la organización de las telecomunicaciones. U otras plantas más altas, responsables de la creación cultural, la participación política o los tribunales de justicia.

En este edificio los servicios sociales (antes llamados asistencia social) no estaban ubicados en ninguna planta en particular sino en los ascensores. Y sus profesionales constituían el cuerpo de ascensoristas del edificio. Se entendía que su labor no tenía valor en sí misma (nadie iba al edificio para hacer uso de los ascensores) sino en la medida en que posibilitaban o facilitaban el acceso a los servicios profesionales y a las prestaciones que se ofrecían en las diversas plantas.

Sin embargo, la gente se fue familiarizando con el uso de los ascensores y sus tecnologías fueron mejorando, de modo que se fue generalizando la duda acerca de si era necesario disponer de ascensoristas en el edificio. Por otra parte, se fue agravando el problema de personas que no eran recibidas en la planta a la que querían acceder y que permanecían largo tiempo en los ascensores haciendo nuevos intentos de acceso a ese u otros pisos o, simplemente, instaladas en el ascensor.

El cuerpo de ascensoristas entendió que su labor no tenía sentido en ese contexto y decidieron reinventarse y ubicarse en la entreplanta (que estaba vacía) entendiendo que había importantes necesidades de las personas (de todas las personas) que no estaban cubiertas en ninguna de las plantas, necesidades que tenían que ver con los cuidados personales, con la organización de la vida cotidiana, con las relaciones familiares y con los vínculos comunitarios. En las otras plantas se recibió una nota que informaba de la desaparición del cuerpo de ascensoristas y de los valiosos servicios que se brindaban en la entreplanta, animando a sus profesionales a tomar el ascensor para visitarla.

(Sobre identidad, valor añadido, posicionamiento y futuro de los servicios sociales conversaremos esta semana en actividades organizadas por Servicios Sociales Integrados y el Ayuntamiento del Prat de Llobregat.)


  1. Vaya, vaya. Soy ascensorista sin saberlo (trabajador social) . Entre lo de la obsolescencia de Kodack y el extinguido cuerpo de ascensoristas, me temo que tendré que buscar un trabajo con más futuro.
    Fernando, hablas con una sinceridad inquietante pero necesaria. Gracias, de nuevo

    • Gracias a ti, por tu lectura, por tu buen humor y por ejercer esa profesión y representar esa disciplina tan querida, tan necesaria, tan valiosa y con tanto futuro. Un abrazo fuerte.

  2. La metáfora es estupenda y descriptiva, la historia amable y sugerente. En cuanto al desenlace… todos soñamos con finales felices, que no suelen darse en la realidad. De cualquier modo gracias por hacernos soñar. Saludos.

    • Gracias a ti, Pedro, porque trabajas cada día por finales (y nuevos comienzos) felices para las personas y, también, para nuestros servicios sociales.

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