Construyendo la atención integrada en, desde y con los servicios sociales

mejorada

Para que la historia de los servicios sociales universales sea una historia de éxito será necesario que se vayan configurando en su interior cadenas de valor que posibiliten itinerarios de consecución de resultados valiosos para las personas. En esos itinerarios las personas usuarias de los servicios sociales nos iremos encontrando con diferentes especialistas de distintas cualificaciones relacionadas con diversas áreas de conocimiento. Entendemos la especialización como la ampliación o profundización del conocimiento acerca de los diversos aspectos, dimensiones, dinámicas, perfiles o instrumentos a considerar en la realización de una actividad o proceso; en este caso, la intervención social.

En esa dinámica de especialización y construcción de cadenas de valor, los servicios o programas presenciales con sede física podrán ubicarse más o menos próximos a los domicilios de las personas en función, fundamentalmente, de su mayor o menor masa crítica de destinatarias potenciales. De ahí surge en los sistemas públicos de servicios sociales la diferenciación entre atención primaria y secundaria, por ejemplo. De este modo, se entiende que nuestros itinerarios en los servicios sociales empezarán normalmente utilizando servicios de atención primaria y que posteriormente podamos (o no) participar en actividades que se nos ofrezcan en la atención secundaria. No hay que olvidar, en todo caso, la existencia e importancia de servicios o programas virtuales, domiciliarios, comunitarios u otros, en los que la ubicación de la sede física (o base de operaciones) no es relevante por no ser lugar de atención presencial a personas.

En sistemas o redes de servicios de este estilo, especialmente si la atención primaria depende de una institución y la secundaria depende de otra, es frecuente que la atención se fragmente y se dificulten los itinerarios de las personas. Procede, entonces, alentar dinámicas de integración vertical, es decir, dinámicas de integración entre la atención primaria y secundaria.

Lo que ocurre es que, según las lecciones aprendidas por nuestras compañeras y compañeros del sistema sanitario, la integración vertical tiende a funcionar en la medida en que se empodera la atención primaria y esto sólo parece posible en la medida en que en la atención primaria exista conocimiento y tecnología capaz de ofrecer a las personas resultados más valiosos que los que les ofrecía o les puede ofrecer la atención secundaria. Por ejemplo, cuando demostramos las diferentes ventajas comparativas para una persona con discapacidad de un programa de acompañamiento social en la comunidad (no específico para personas con discapacidad) frente a su ingreso en un servicio residencial específico para personas con discapacidad alejado de su entorno de procedencia.

Hemos de retener la idea de que la especialización no es menor en primaria que en secundaria, sino que es una especialización diferente. Por otra parte, entendemos que es cada vez más disfuncional y perniciosa la pretendida especialización del conocimiento de la intervención social en función de la segmentación que configura (y, frecuentemente, segrega) a las personas destinatarias de la intervención social en los colectivos especiales a los que antes nos hemos referido.

El avance del conocimiento y la tecnología de la intervención social podría permitir una mayor personalización de los itinerarios (atención centrada en la persona) a la vez que se conseguirían masas críticas de personas destinatarias tales que serían posibles más intervenciones de proximidad de enfoque poblacional, preventivo y comunitario (capaces de gestionar diversidades) y se recurriría menos a servicios presenciales que aparten a las personas de sus entornos y redes familiares y comunitarias deseadas y pertinentes. A la vez los avances tecnológicos (fundamentalmente en el área de la información y la comunicación) deberían también ayudar a desburocratizar los procesos de gestión. Todo ello iría haciendo girar el sistema de modo que la atención secundaria se pusiera, en buena medida, al servicio de la primaria y ésta al servicio de las personas.

Existe, lógicamente, también, una necesidad de integración intersectorial, bien mediante servicios integrados (que incorporan en un sector actividades propias de otro) o bien mediante otros mecanismos de trabajo en red o integración horizontal que faciliten los itinerarios intersectoriales de las personas (como, por ejemplo, el establecimiento de protocolos de actuación o la gestión de casos). Las experiencias más potentes de integración intersectorial de la atención a la complejidad suelen apoyarse en presupuestos compartidos y autonomía para la recalibración de las inversiones y, en general, la asignación de recursos; permitiendo desinvertir en unos sectores para invertir más en otros y alinear recursos con procesos de atención, cadenas de valor e itinerarios personales intersectoriales, a partir de una adecuada y renovada estratificación o segmentación de la población. Se trata de iniciativas que deben ser cuidadosamente evaluadas, cimentando una base de evidencia antes de replicarlas o aumentar su escala.

Ahora bien, según el enfoque que aquí se presenta, no existiría un juego de suma cero entre especialización sectorial e integración intersectorial. Más bien se entiende que unos servicios sociales más estructurados, fortalecidos, especializados y posicionados en relación con su objeto propio estarán en mejores condiciones de construir atención integrada intersectorial con otros sectores.

(Tercera y última parte de un artículo recientemente publicado en el blog Llei d’Engel, que puede descargarse completo aquí y que servirá de base para una conferencia prevista para hoy, 25 de abril, en Mejorada del Campo: más información aquí.)

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