Mito, realidad y futuro de las intervenciones comunitarias

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La comunidad, las comunidades, aparecen como referencia recurrente en un buen número de discursos y en algunas prácticas de las políticas públicas y los servicios de bienestar desde tiempo atrás. Se diría, sin embargo, que, en ocasiones, algunas de nuestras concepciones al respecto, implícitas o explícitas, no se han revisado suficientemente a la luz de los cambios sociales acontecidos durante las últimas décadas.

Sin embargo, son dichos cambios los que nos pueden ayudar a depurar el concepto de la comunidad, de modo que se base decididamente en la dimensión relacional y quede subordinada a ésta, en su caso, la dimensión territorial. Según esta propuesta conceptual, por tanto, podemos hablar de comunidad en tanto en cuanto nos encontremos ante relaciones primarias, es decir, relaciones familiares y otros vínculos de afecto, don, reconocimiento y reciprocidad que, si bien pudieron originarse en contextos de empleo, consumo o, en general, participación en organizaciones, tienen una consistencia y dinámica propia antes o más allá de dichos contextos.

Es evidente que nuestras relaciones familiares y, en general, comunitarias suelen adquirir densidad en la proximidad física. Es muy posible (y para muchas deseable) que, en nuestro domicilio, en nuestro vecindario, en nuestro barrio y en nuestro municipio mantengamos ese tipo de relaciones. Pero no cabe duda de que, cada vez más, nos sentimos parte de comunidades no circunscritas a un territorio y que las relaciones que mantenemos en el seno de dichas comunidades tienen, en esencia, el mismo sentido, significado y valor que aquellas relaciones comunitarias que vienen facilitadas por la proximidad geográfica.

En los servicios sociales, en los servicios sanitarios o en otros, hablaremos de intervenciones comunitarias para referirnos a aquellas capaces de contribuir a la creación y fortalecimiento de relaciones primarias que, a su vez, favorezcan la consecución de los fines de esos servicios profesionales. Seguramente cuanta más experiencia y conocimiento tenemos, más valoramos la aportación a la calidad y sostenibilidad de nuestra vida que proviene de los apoyos y vínculos primarios (desde los más intensos y concentrados hasta los más extensos y ligeros).

Son precisamente los cambios sociales de las últimas décadas los que nos conducen a la necesidad de redoblar el compromiso con el enfoque comunitario de nuestras intervenciones desde la Administración, el tercer sector u otras. Perfeccionar la conceptualización de las dinámicas comunitarias nos llevará, posiblemente, a superar determinadas visiones que privilegiaban y mitificaban un determinado tipo y dinámica de comunidad, a comprender mejor la diversidad presente en la vida comunitaria y a multiplicar la influencia positiva en las relaciones comunitarias de nuestras organizaciones solidarias, intervenciones profesionales y políticas públicas.

(Sobre estas y otras cuestiones conversaremos en el seminario organizado por Progess en Barcelona el próximo 26 de abril.)

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