¿Todo mercado? ¿Cuánto mercado? ¿Cuándo mercado?

mercado 2

Intentaría apuntar algunas respuestas en forma de posibles lecciones aprendidas o (hipo)tesis provisionales desde el área de conocimiento en la que trabajo, que es la del estudio y diseño de políticas sociales. Terminaría, sin embargo, dando cuenta de las limitaciones de dicho marco de análisis y de la necesidad de desbordarlo.

Me referiría inicialmente a los resultados y legitimación de nuestros Estados de bienestar, como forma histórica de garantía pública de derechos humanos sociales universales. La construcción de estas políticas sociales puede ser presentada como un caso de éxito en la apuesta del Estado por producir, tratar o gestionar determinados bienes como bienes públicos (por desmercantilizarlos en alguna medida). Como un indicador del relativo éxito de esta experiencia histórica cabría presentar el hecho de que determinadas políticas sociales y el reconocimiento del carácter social del Estado y de la dimensión social de todas las políticas públicas forman parte de un cierto patrimonio compartido por las principales y diversas ideologías y formaciones políticas.

La construcción de los Estados de bienestar y las políticas sociales puede ser vista como la emergencia de subsistemas sociales que intentan ser una respuesta de la inteligencia e ingeniería social para una mejor gestión de la complejidad. Una respuesta exitosa que, paradójicamente, contribuye a la generación de nuevos factores de complejidad social. Como contenido, síntoma y expresión de ese incremento de la complejidad, cabe referirse al proceso que vivimos en las últimas décadas de configuración, problemática, de todo un heterogéneo tercer sector, entendido como institucionalización (alternativa) de una producción, tratamiento o gestión de los bienes, no como privados (intercambiables por precio) ni como públicos (garantizados como derecho), sino como bienes comunes (compartidos solidariamente). En un contexto, por cierto, de importantes mutaciones en la esfera de las relaciones de reciprocidad (familiar y) comunitaria, cuya manifestación más sobresaliente sería la crisis de los cuidados (que el ecofeminismo identifica como un vector central de la amenaza actual a la sostenibilidad de la vida).

En ese contexto, las políticas sociales se convierten necesariamente en laboratorios de innovación tecnológica y social acerca de los arreglos y sinergias entre estas cuatro esferas de las que hablamos (pública, privada, solidaria y comunitaria). Arreglos y sinergias (mix de bienestar) que, razonablemente, pueden ser diferentes en las diversas políticas sectoriales y que, para cada servicio o bien, pueden referirse (en forma diversa) a más de una docena de aspectos distintos (su titularidad, su gestión, su financiación, su provisión y así sucesivamente). En contextos en los que lo que interesaría a cada tipo de agente (público, privado, solidario o comunitario) no es tanto un (cada vez más impensable) monopolio de los resortes de respuesta a las necesidades y demandas de la población, sino la capacidad estratégica de ser determinante en el tablero apoyándose en sus ventajas comparativas desde su identidad y legitimidad.

Ahora bien, como ya empezábamos a apuntar de la mano del ecofeminismo, este progreso social que han impulsado los Estados de bienestar realmente existentes; que, sin duda, ha representado y representa oportunidades de más y mejor vida para muchas personas en nuestro entorno; y que contiene, dentro de sus políticas sociales y de su estudio científico, cierta capacidad de innovación y transformación; nos coloca, también, en y ante un mundo plagado de viejas y nuevas amenazas (económicas, sociales, políticas, ecológicas y morales), ante las que se nos impone éticamente la obligación y el riesgo de pensar políticamente, apostar por un modelo de sociedad y ejercer la ciudadanía.

Desde ese punto de vista, por razones biográficas y con algún argumento, me apunto al intento de repensar una socialdemocracia predistributiva y redistributiva que reconoce con humildad la capacidad del mercado (entre otras cosas de haber sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en las últimas décadas) y a la que le gustaría no tanto adelgazar como agilizar al Estado, es decir, liberarlo de la grasa que supone su colonización por parte de intereses privados (de algunos de quienes, como proveedoras, empleados, cargos o pensionistas cobramos de él) y muscularlo como regulador e incentivador de la vida social y, fundamentalmente, garante de derechos. Siento, sin embargo, que la socialdemocracia no puede reinventarse en ese sentido si no se abre a procesos de colaboración, fecundación e hibridación con otros sujetos o espacios sociales y políticos (especialmente a los movimientos de base, populares y sociales que están repolitizando el tercer sector y la economía solidaria en todo el mundo) en un proceso histórico (para el que no tenemos manual de instrucciones) de construir nuevos sujetos sociales, políticos y electorales en los que se puedan encontrar las víctimas de la globalización neoliberal, la exclusión de la ciudadanía, el sistema patriarcal y la amenaza ecológica con sectores instalados pero lúcidos en relación con su injusticia e insostenibilidad.

(Ideas principales para una intervención en el seminario organizado por Carlos García de Andoin que comienza el 22 de marzo de 2017 en Bilbao.)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

CAPTCHA image
*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

WP-SpamFree by Pole Position Marketing