Discutiendo, con consecuencias, el concepto de salud

OMS

A la hora de acercarse al concepto de salud suele hacerse referencia a la definición canónica que ofrece la Organización Mundial de la Salud: “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Según la página web de la OMS, esta definición no ha sido modificada desde 1948.

Desde el diseño de políticas sociales podríamos decir que en dicha definición se observa una cierta vis expansiva o tendencia a incluir demasiado contenido dentro del concepto de salud. Efectivamente, la interacción, el aprendizaje o el alojamiento, por poner tres ejemplos, son bienes que influyen en la salud y se ven afectados por ella, pero son bienes diferentes. Parece claro que una enfermedad afecta a la salud y que corresponde al ámbito sanitario encargarse de su curación. Sin embargo, una vez curada dicha enfermedad, no parece que deba seguir actuando con el mismo protagonismo hasta conseguir ese completo bienestar físico, mental y social del que habla la OMS. De hecho, en un sistema de bienestar, el bienestar se considera resultante de la salud y de otros bienes (como subsistencia, empleo, alojamiento u otros).

Estas consideraciones pueden tener cierto interés práctico, puesto que, al ser los aparatos organizativos de la política sanitaria más poderosos que otros en muchos contextos, la definición expansiva de la salud puede dar cobertura teórica a estrategias tendentes a la subordinación o instrumentalización de otras políticas por parte de la sanitaria, en detrimento del objetivo común y compartido del bienestar (que necesitaría del equilibrio entre los diferentes bienes). De ahí la necesidad ir construyendo una conceptualización que reconozca la importancia de la salud en nuestra vida pero que también reconozca equilibradamente el lugar de otros bienes. Dicho esto, es necesario, como hace la definición de la OMS, subrayar que la preocupación por la salud debe ir más allá del abordaje de la enfermedad, como se comprende claramente, por ejemplo, si pensamos en la intervención desde este ámbito sectorial en relación con las situaciones de discapacidad y sus necesidades sanitarias conexas.

Por otro lado, en el caso de la salud, se cumple con claridad un principio que vale para el conjunto de la política social: que en ningún caso una política sectorial puede cumplir en su totalidad (saturar) la misión de protección y promoción del bien que le corresponde. En lo tocante a la sanidad es canónico el Informe Lalonde (de 1974), que identifica, dentro del campo de la salud, cuatro campos interdependientes como determinantes de la salud individual: la biología, el ambiente, el estilo de vida y la organización de la atención sanitaria. Este informe, por cierto, precedió a la histórica Conferencia de la OMS de Alma-Ata, que resultó determinante en la adopción de un mayor énfasis en la atención primaria y la promoción de la salud y, en definitiva, en la comprensión de que la salud de las personas depende en mayor medida de otros factores (alguno de ellos, en buena medida, de responsabilidad individual) que de la propia política e intervención sanitaria.

El lema “salud en todas las políticas” adoptado en Adelaida por la Organización Mundial de la Salud en 1988, vale para todos los bienes de los que se ocupan las diferentes políticas sectoriales (como aprendizaje, interacción, empleo, alojamiento o subsistencia) pues cada una de las políticas sociales sectoriales (como sanidad, educación, servicios sociales, empleo, vivienda y garantía de ingresos) influye en que las otras puedan (o no) alcanzar sus fines. Para ello, en todo caso, es fundamental que se reconozcan recíproca y simétricamente legitimidad y autonomía. Empezando por reconocerse, recíproca y simétricamente, el objeto de cada una.

Adaptado de Diseño de políticas sociales (CCS, 2014).

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