Los servicios sociales en el corazón de un nuevo contrato social

Contrato

Fenómenos como el desarrollo tecnológico, la precarización laboral, la individualización de las trayectorias vitales, la crisis de los cuidados o el éxito del Estado de bienestar (entre otros) determinan una nueva complejidad social que va colapsando el modelo clásico de bienestar y fracturando su correspondiente contrato social de referencia.

En ese contexto soluciones del tipo “más de lo mismo” no hacen sino acentuar los problemas e incrementar la confusión en las estrategias y la fragmentación de los sujetos imprescindibles para impulsar procesos de cambio. Hemos de reconocer, sin embargo, que no nos resulta fácil modificar trayectorias que en su momento nos fueron útiles y que nos generaron seguridad.

Los servicios sociales, como sector de maduración intermedia (ni muy inmaduro ni muy inmaduro) en el contexto de nuestro sistema de bienestar, ofrecen oportunidades para ensayar estrategias innovadoras que contribuyan simultáneamente a mejorar la calidad de vida de la población y a reconfigurar el conjunto del entramado de las políticas sociales.

Su relativo grado de madurez hace creíble la opción de configurarlos como un nuevo pilar universal del sistema de bienestar, al modo del sanitario y el educativo: servicios personalizados de alto valor añadido basados en el conocimiento (en el caso de los servicios sociales, cuidados y apoyos para la interacción). Su relativo grado de inmadurez permite ensayar en su seno arreglos innovadores para la sinergia entre autogestión de los cuidados y apoyos, organización solidaria, emprendimiento profesional y empresarial y garantía pública de derechos. A la vez, el desarrollo de los servicios sociales puede constituir una oportunidad para la reordenación e integración de la atención a las personas, compartida por los diferentes ámbitos sectoriales (sanidad, educación, servicios sociales, empleo, vivienda y garantía de ingresos).

Ello, sin embargo, sólo es posible en la medida en que se articulen y se alineen estrategias intencionales al respecto. De lo contrario es perfectamente posible que se imponga  la tendencia opuesta, es decir, la de unos servicios sociales residuales y asistencialistas, de bajo valor añadido, dedicados al control social de minorías pretendidamente conflictivas y perfectamente insignificantes para el reto estratégico que nuestro sistema de bienestar y nuestro contrato social tienen planteado.

(Sobre esto conversamos el pasado sábado en Santiago de Compostela y seguiremos haciéndolo el 10 de mayo en el Vallés Oriental, Barcelona.)

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