Los servicios sociales, entre dos fuerzas de signo contrapuesto

Flechas

La crisis económica de los últimos años ha llevado a las puertas de los servicios sociales a muchas personas en situación de emergencia social global con graves problemas familiares, laborales, habitacionales y económicos. Simultáneamente los servicios sociales han visto reforzado, en muchos casos, el encargo de hacer frente a esa emergencia social global. Ello ha ocurrido en un momento en el que, paradójicamente, han visto limitados sus recursos y capacidades. Sin embargo, desenfocaríamos el análisis si no fuéramos conscientes de la encrucijada estratégica en la que los servicios sociales se encontraban, ya en el comienzo de la crisis económica, en un contexto en el que estaban siendo atravesados por dos fuerzas de signo contrapuesto:

  • Las fuerzas tendentes a configurarlos como un sector transversal o residual, subsidiario del resto de ámbitos sectoriales del sistema de bienestar y encargado de aquellos casos complejos que quedan excluidos, por defecto, de la intervención de los otros ámbitos.
  • Las fuerzas tendentes a construirlos como un ámbito sectorial más, complementario y universal como todos los demás, con un objeto propio.

Ambas fuerzas configuran un escenario de suma negativa. En la medida en que los servicios sociales aceptan y abordan un encargo transversal o integral (en la medida en que pueden ocuparse de diversos tipos de necesidades: económicas, laborales, habitacionales, relacionales u otras) sólo pueden ser reconocidos y funcionar como subsidiarios y residuales, es decir, como encargados de personas o colectivos minoritarios que no obtendrían satisfacción a sus necesidades (de atención sanitaria, de educación, de empleo, de alojamiento o de ingresos económicos) por los conductos, en los ámbitos y con los sistemas utilizados por la mayoría de la población.

Esa identidad residual se retroalimenta y refuerza en un contexto de aumento de la exclusión y la emergencia social, especialmente la crisis de los últimos años, y con unas limitaciones presupuestarias que dificultan el desarrollo y la visibilidad del que podría ser considerado como valor añadido específico de los servicios sociales en el marco de los catálogos y carteras de prestaciones y servicios que se han ido construyendo (o de parte de ellos). Sin embargo, ese aumento de la emergencia y la exclusión social fruto de la Gran Recesión se produce en un contexto más amplio de aumento de la complejidad en el cambio de época, con lo cual el encargo residual se torna cada vez más una misión imposible, generadora de malestar tanto en las personas que se dirigen a los servicios sociales como en las que trabajan en ellos. Puede decirse que, en la medida que los fenómenos de exclusión social se hacen más estructurales y más complejos, la desnudez del emperador de los servicios sociales queda más de manifiesto, cuando no tienen en sus manos los empleos, las viviendas o los ingresos que demandan las personas que llaman a su puerta.

(Adaptación de párrafos del borrador de un artículo en preparación para la Revista Española del Tercer Sector.)

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